Las dueñas de Zamora CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Le dio a Gimena agua, pan, y una túnica vieja. Y cuando Gimena le dijo que quería ver la ejecución del fraile, no intentó detenerla.

—Entonces mira desde mi ventana —dijo—. Pero luego vete. Si te encuentran aquí, nos quemarán a las dos.

Así que Gimena estuvo allí. Oculta detrás de una contraventana, viendo cómo mataban al hombre que había amado a nuestra hermana Catalina.

Me lo contó una sola vez. Luego nunca más volvió a hablar de ello. Esta es su historia:

*

Las diecinueve monjas fueron sacadas al patio del convento al mediodía, cuando el sol de mayo estaba en su punto más alto.

Los guardias les arrancaron los hábitos a tirones, desgarrando la tela, hasta dejarlas completamente desnudas.

—Desnudas como vinisteis al mundo —dijo el obispo—. Desnudas como iréis al infierno.

Algunas intentaron cubrirse con las manos. Los guardias les golpearon los brazos hasta que los bajaron.

Las formaron en fila. Gimena al frente, como líder. Constanza la vieja al final, apenas capaz de caminar.

—Caminaréis desde aquí hasta la puerta del puente. Si alguna intenta cubrirse, será azotada. Si alguna intenta correr, será arrastrada. Si alguna cae, será abandonada donde caiga.

Abrieron las puertas del convento.

La muchedumbre las esperaba.

Cientos de personas llenaban el camino desde el convento hasta el puente. Hombres, mujeres, niños. El obispo había corrido la voz. Había anunciado el castigo desde el púlpito el domingo anterior. « Venid a ver la justicia de Dios aplicada a las rameras que profanaron el hábito sagrado. »

Y vinieron.

Vinieron por curiosidad malsana. Por entretenimiento. Por el espectáculo de ver a monjas nobles desnudas caminando por las calles.

—¡Putas! —gritó alguien antes de que dieran el primer paso.

—¡Rameras del diablo!

Empezaron a caminar.

Las piedras empezaron a volar inmediatamente. Pequeñas al principio, del tamaño de nueces. Luego más grandes. Una golpeó a Leonor en la frente. La sangre corrió por su rostro pero siguió caminando, la cabeza alta.

Alguien lanzó excrementos de caballo. Golpearon a Constanza en el pecho. El hedor era insoportable pero no se detuvo.

—¡Arrepentíos!

—¡Confesad vuestros pecados!

—¡Putas!

Pero no confesaron. No se arrepintieron. No bajaron la cabeza.

Caminaron con las espaldas rectas, desnudas bajo el sol de mayo, mientras todo Zamora las miraba.

Gimena al frente. Alta. Imponente. A pesar de la desnudez. A pesar de las piedras que le abrían cortes en la piel. A pesar de la mierda que le manchaba el cabello.

Caminaba como una reina.

Y eso enfurecía aún más a la multitud.

—¡Miradla! ¡Todavía orgullosa!

—¡Que alguien le quite esa soberbia!

Un hombre se abrió paso entre la multitud. Joven. Borracho. Con una vara en la mano.

La golpeó en las piernas. En la espalda. En los hombros.

Gimena no gritó. No cayó. Siguió caminando.

—¿Por qué no gritas, puta? —le gritó el hombre—. ¡Grita!

—No te daré ese placer —respondió Gimena sin mirarlo.

Eso fue lo que más recordaría después. Que respondió. Que incluso desnuda, golpeada, humillada, seguía respondiendo.

El camino desde el convento hasta la puerta del puente era de media legua. Normalmente se caminaba en quince minutos.

A ellas les llevó una hora.

Una hora de piedras. Una hora de escupitajos. Una hora de obscenidades gritadas por bocas que habían comulgado esa misma mañana.

Gimena contaría después que lo peor no fueron las piedras.

No fueron los insultos.

No fue la humillación de la desnudez.

Lo peor fue las mujeres que las miraban desde las ventanas.

Mujeres nobles. Esposas de mercaderes. Madres con sus hijas.

Todas mirando en silencio. Algunas con lágrimas. Otras con terror. Otras con una mezcla de horror y alivio: «No soy yo. Gracias a Dios, no soy yo.» Todas pensando: «Podría ser yo. Si hubiera dicho no. Si hubiera elegido. Podría ser yo desnuda en la calle.»

Y ese terror era exactamente lo que el obispo quería.

Que cada mujer en Zamora viera lo que le pasaba a las que se rebelaban. Que cada monja en cada convento supiera cuál era el precio de decir no.

Cuando llegaron al puente, apenas podían mantenerse en pie.

Sangre, mierda y lodo cubrían sus cuerpos desnudos.

Constanza la vieja había caído dos veces y habían tenido que levantarla entre cuatro.

Leonor sangraba de una docena de cortes.

Urraca cojeaba de una pierna donde una piedra le había golpeado la rodilla.

Pero llegaron. Las diecinueve.

El obispo las esperaba allí, a caballo, como un general viendo desfilar a sus prisioneros derrotados.

—Salid de Zamora. No volváis nunca. Si alguna es vista en esta ciudad de nuevo, será arrestada y quemada como hereje reincidente.

—¿Y nuestras ropas? —preguntó Gimena, sangre corriendo de un corte en su frente—. ¿Nos dejarás ir desnudas?

—Os dejaré salir como merecéis. Como vinisteis al mundo. Como las putas que sois.

—No somos putas. —Gimena escupió sangre a sus pies—. Somos mujeres libres. Y eso es lo que nunca nos podrás quitar.

El obispo sonrió.

—Ya os lo quité. Os quité vuestra casa. Vuestros votos. Vuestra dignidad. ¿Qué os queda?

Gimena lo miró directamente a los ojos.

—La verdad. Y eso basta.

—Fuera de mi vista. Las diecinueve cruzaron el puente desnudas, dejando huellas de sangre en la piedra.

Al otro lado, unas campesinas piadosas les lanzaron mantas viejas. Se cubrieron como pudieron y desaparecieron en los campos hacia el oeste.

Hacia lo desconocido. Hacia el exilio.

*

Me liberaron al anochecer.

Habían pasado cuatro días desde que me encerraron. Cuatro días de oscuridad. Cuatro días de silencio. Cuatro días de pan duro y agua sucia empujados por el ventanuco sin una palabra.

Cuando abrieron la puerta, la luz de la antorcha me cegó. Grité y me cubrí los ojos.

—Fuera —dijo un guardia—. El obispo ordena que volváis a vuestras labores.

Me arrastré fuera de la celda. Las piernas apenas me sostenían. Cuatro días sin caminar, sin luz, sin más movimiento que ir del jergón de paja al cubo de necesidades.

—¿Dónde...? —mi voz salió como un graznido—. ¿Dónde están las otras?

El guardia no respondió. Me empujó hacia las escaleras.

Subí agarrándome a la pared. Cada escalón era una agonía. Los ojos me lloraban con la luz de las velas del corredor.

El convento estaba muerto.

Silencio absoluto. Como si todos hubieran desaparecido.

Fui primero a buscar a Gimena. Su celda estaba vacía. El jergón deshecho, el baúl abierto y vacío. Las paredes desnudas donde antes había colgado un crucifijo de madera.

Fui al dormitorio común. Dieciocho monjas acurrucadas en sus jergones. Algunas dormían. Otras lloraban en silencio. Otras rezaban con los rosarios apretados entre los dedos.

—¿Dónde están? —pregunté.

Nadie respondió. Nadie se atrevía a mirarme.

—¡¿Dónde están?! —grité.

Sor Inés, una de las que se había arrepentido, finalmente levantó la vista. Sus ojos estaban rojos de llorar.

—Se las llevaron —susurró—. Ayer al mediodía. Las... las desnudaron y las sacaron a la calle. Las hicieron caminar hasta el puente. —Sollozó—. Toda la ciudad las vio. Todos. Las apedrearon. Las escupieron. Les gritaron...

—¿Y después?

—Las expulsaron. Desnudas. Al otro lado del puente.

—¿Gimena?

—Todas. Las diecinueve que no se arrepintieron.

Me apoyé contra la pared. Las piernas me fallaron y me dejé caer al suelo.

Cuatro días encerrada mientras ellas...

Cuatro días en la oscuridad mientras Zamora entera las humillaba.

Cuatro días sin poder hacer nada.

—¿Y Pedro? —pregunté—. ¿Qué pasó con fray Pedro?

El silencio que siguió fue peor que cualquier respuesta.

—Lo ejecutan mañana —dijo finalmente sor Inés—. Al alba. En la plaza del mercado.

*

Esa noche volví al huerto.

Al tercer manzano desde la esquina oeste de la capilla de San Lázaro. Flores silvestres crecían ya sobre la tumba de Catalina.

Me arrodillé allí.

—Lo siento —susurré a la tierra—. Lo siento, Catalina. No pude salvar a Pedro. No pude salvar a Gimena. No pude salvar a ninguna de vosotras.

El viento movía las hojas de los manzanos. Sonaba casi como una respuesta.

—Solo pude salvarme a mí. Y ni siquiera estoy segura de que valiera la pena.

Me quedé allí toda la noche, arrodillada sobre la tumba, mientras la luna recorría el cielo.

Al este, sobre los tejados de Zamora, el cielo empezaba a aclararse.

Pronto sería el alba.

Y en la plaza del mercado, los carpinteros ya habrían terminado de construir el garrote.

*

No me dejaron ir.

Cuando intenté salir del convento al amanecer, dos guardias me bloquearon la puerta.

—Órdenes del obispo. No podéis salir.

—Tengo derecho a presenciar la ejecución. Soy testigo oficial del proceso.

—Ya no. El obispo revocó vuestro nombramiento. Volveréis a vuestra celda.

—¡No! ¡Dejadme salir!

Me sujetaron de los brazos y me arrastraron de vuelta al dormitorio. Me encerraron con llave.

Golpeé la puerta.

Grité hasta quedarme ronca.

Nadie vino.

Pero hay ventanas en el dormitorio.

Ventanas que dan al oeste, hacia la ciudad. Hacia la plaza del mercado.

Me arrastré hasta la más alta, trepando por los jergones apilados. Desde allí podía ver los tejados de Zamora. La torre de la catedral. Y más allá, la plaza del mercado.

No podía ver los detalles. Pero podía ver la multitud.

Cientos de personas llenaban la plaza. Quizás mil. Todo Zamora había venido a ver morir al fraile hereje.

El sol apenas asomaba sobre las colinas del este cuando escuché las campanas.

Tres campanadas lentas, espaciadas.

La señal de una ejecución.

*

En la plaza del mercado, Pedro fue traído encadenado desde las mazmorras del palacio episcopal.

Apenas podía caminar. Lo arrastraron más que llevarlo.