Las dueñas de Zamora CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

La condena

La sala capitular estaba llena hasta rebosar.

Habían traído público para este acto final: nobles de Zamora de las familias más poderosas —los Arias, los Manrique, los Cabrera—, sentados en bancos de madera que habían traído especialmente.

Mercaderes ricos del gremio de paños con sus mejores túnicas.

El alguacil mayor del concejo con su vara de justicia.

Y en primera fila, separadas del resto como apestadas, tres prostitutas del barrio junto al río. Las habían traído para que vieran «la justicia de Dios» aplicada a sus hermanas caídas.

Las ventanas seguían tapadas pero habían añadido más velas, docenas de ellas, para que todos pudieran ver bien el espectáculo.

Pedro estaba encadenado al frente, junto al estrado del tribunal. Apenas podía mantenerse en pie. Le habían puesto grilletes en los tobillos además de las cadenas en las muñecas.

Casi dos semanas en las mazmorras lo habían transformado en espectro. El rostro tan hinchado que apenas podía abrir los ojos. Los labios partidos y sangrantes.

Pero lo peor eran sus pies.

Desnudos. Negros. Las plantas cubiertas de ampollas supurantes donde los habían quemado con hierros al rojo. No podía apoyarlos. Se sostenía de puntillas, temblando del esfuerzo, cada segundo una agonía.

Cuando vio que Catalina no estaba entre nosotras, cuando contó las monjas y no la encontró, algo en él se rompió definitivamente.

—¿Dónde está? —preguntó con voz ronca—. ¿Dónde está Catalina?

El obispo Suero Pérez entró entonces, seguido de su séquito de canónigos de la catedral con sus sobrepellices blancos. Se sentó en el estrado como un rey en su trono. Su cruz pectoral de oro capturaba la luz de las velas.

—La fornicaria murió —respondió. Lo dijo sin triunfo, casi con fastidio, como quien constata que ha llovido—. El pecado la consumió. Dios la ha juzgado ya.

Pedro aulló. No fue un grito humano. Fue el sonido de un alma quebrándose en mil pedazos.

—¡Asesino! —gritó—. ¡Asesino de mujeres! ¡Asesino de niños inocentes!

Los guardias lo golpearon hasta que cayó de rodillas. El sonido de sus pies quemados golpeando el suelo de piedra hizo que varias monjas gimieran.

—Silencio. —El obispo golpeó la mesa con una vara—. Comencemos.

*

Un notario se levantó y desenrolló un pergamino largo. Empezó a leer con voz monótona:

—Por la autoridad que nos confiere Nuestro Señor Jesucristo y la Santa Madre Iglesia, nos reunimos hoy, diecinueve de mayo del año de Nuestro Señor de 1279, para dictar sentencia contra las acusadas de los siguientes crímenes...

La lista era interminable. Fornicación. Herejía. Rebelión contra la autoridad eclesiástica. Conducta escandalosa. Desobediencia. Soberbia diabólica.

Cuando terminó, el obispo se puso de pie.

—Doña Gimena Rodríguez de Cabrera. Acercaos.

Gimena caminó con la cabeza alta por el pasillo que se abría entre las monjas. Tenía tierra bajo las uñas de enterrar a Catalina, el hábito manchado de barro y sangre, pero parecía una reina caminando hacia su coronación.

—¿Reconocéis estos crímenes?

—Reconozco que os dije no. Y lo volvería a hacer.

El obispo asintió, como si esa respuesta le simplificara el trabajo.

—Entonces oíd vuestra sentencia. Vos y las que os siguieron en vuestra rebelión seréis expulsadas de este convento. Excomulgadas de la Santa Madre Iglesia. Vuestros nombres serán borrados del libro de la vida. Vuestras almas, condenadas al fuego eterno.

Pausa. Dejó que las palabras cayeran como piedras.

—Pero antes de vuestra expulsión, caminaréis desnudas por las calles de Zamora desde este convento hasta la puerta del puente, para que todo el pueblo vea la vergüenza que habéis traído sobre vosotras mismas y sobre la Santa Iglesia.

El silencio fue absoluto.

—Muy bien. —El obispo se volvió hacia Pedro—. Y en cuanto a vos, fray Pedro Pérez de la Orden de Predicadores...

—No soy fray Pedro. —La voz de Pedro salió débil pero clara—. Renuncio a mis votos. Renuncio a la Orden. Renuncio a todo excepto a mi amor por Catalina.

—¿Renunciáis a Dios?

—Renuncio a un Dios que tortura. Renuncio a una Iglesia que mata por amor. Si vuestro Dios condena el amor, entonces no es mi Dios.

El público murmuró escandalizado.

—Herejía —dijo el obispo. Y por primera vez en todo el juicio bajó la voz—. Acabáis de confesar herejía formal. La pena es la muerte.

—Ya estoy muerto. Me matasteis cuando matasteis a Catalina.

—No la maté yo. La mató su propio pecado.

—No. —Pedro levantó la cabeza, buscando al obispo con los ojos hinchados—. La matasteis vos. Y lo sabéis. Por eso habéis llenado esta sala de gente: la verdad a solas no la soportaríais.

El obispo bajó del estrado. Se acercó a Pedro. Le habló en voz baja pero todos pudimos oírlo en el silencio absoluto.

—Mañana seréis ejecutado en la plaza del mercado. Muerte por garrote vil, como corresponde a traidores y herejes. Vuestro cuerpo será quemado. Vuestras cenizas, esparcidas en el Duero como basura. Y vuestro nombre será maldito por los siglos de los siglos.

—Al menos moriré amado. ¿Vos podéis decir lo mismo?

El obispo lo abofeteó. Pedro cayó al suelo, incapaz de sostenerse con sus pies quemados.

—Lleváoslo.

Los guardias arrastraron a Pedro fuera de la sala. Sus gritos de dolor resonaron en el claustro hasta que se perdieron en la distancia.

Fue la última vez que lo vi vivo.

*

El obispo se volvió hacia mí.

—Teresa Álvarez.

Me levanté. Mis manos temblaban pero mi voz salió firme:

—Aquí estoy, excelencia.

—Eres virgen certificada. No participaste en las... actividades de estas mujeres. ¿Por qué sigues con ellas?

—Porque lo que les hacéis está mal.

El obispo entrecerró los ojos.

—¿Mal? ¿Aplicar la ley de Dios está mal?

—Esto no es la ley de Dios. Esto es venganza.

—Cuidado, niña. Tu virginidad te protege, pero no infinitamente.

Me temblaban las manos. Las escondí en las mangas. Tres años de observar me habían enseñado muchas cosas, y una era esta: el poder no teme a los gritos. Teme a los nombres.

—He escrito lo que he visto en estos casi tres años, excelencia. Todo lo que he visto. —Tragué saliva—. María. La lavandera de vuestro palacio.

No dije más. No hizo falta.

Algo cruzó por su rostro. Duró menos que un parpadeo, pero yo llevaba tres años estudiando rostros, y lo vi. Y él vio que yo lo veía.

—Mientes —dijo. Pero lo dijo tarde.

Cruzó la sala en cuatro zancadas y me abofeteó con tanta fuerza que caí al suelo. El cuaderno se me escapó de las manos, deslizándose por las losas.

Gimena se lanzó a recogerlo, pero dos guardias la sujetaron.

—¡Soltadme! —gritó—. ¡Ese cuaderno es su testimonio!

—Esto —dijo el obispo recogiendo el cuaderno del suelo— será confiscado como evidencia de calumnias contra un prelado de la Santa Iglesia.

Me incorporé con dificultad. La boca me sangraba.

—Serás encerrada en tu celda bajo llave —dijo. Su voz había recuperado la calma, y eso era peor—. Sin luz, sin libros, sin papel. Meditarás sobre tu soberbia hasta que aprendas humildad.

—Entonces estaré allí mucho tiempo.

No me golpeó de nuevo. Me miró largamente, como se mira un problema que habrá que resolverse más adelante.

—Lleváosla. Y que nadie le dirija la palabra. Que nadie la mire. Que aprenda lo que significa ser invisible de verdad.

Dos guardias me sujetaron de los brazos y me arrastraron fuera de la sala. Yo gritaba, pataleaba, intentaba alcanzar mi cuaderno. Pero era inútil.

Lo último que vi antes de que cerraran las puertas fue a Gimena, de pie entre sus hermanas condenadas, mirándome con algo que no era lástima.

Era orgullo.

*

Me encerraron en una celda pequeña en el sótano del ala norte. Solo un pequeño hueco casi en el techo a la altura de la calle al que no alcanzaba ni de puntillas y la luz que se filtraba por debajo de la puerta. Sin jergón, solo paja húmeda en el suelo. Un cubo para las necesidades.

Oscuridad absoluta.

Al principio intenté contar el tiempo por las campanas que tocaban los oficios. Prima. Tercia. Sexta. Nona. Vísperas. Completas. Maitines de nuevo.

Pero después de un día, o dos, o tres, perdí la cuenta.

El hambre llegó primero. Me dieron pan duro y agua una vez al día, metidos por un ventanuco de la puerta sin una palabra.

Luego llegó la sed. El agua que me daban no bastaba. Nunca bastaba.

Pero lo peor fue el silencio.

El silencio absoluto. Nadie hablaba conmigo. Nadie me miraba cuando empujaban el pan bajo la puerta. Era como si ya no existiera.

Como si fuera un fantasma.

En la oscuridad, empecé a recordar. Todo lo que había visto. Todo lo que había escrito en mi cuaderno perdido. Tres años de observaciones. Tres años de verdades que el obispo ahora poseía.

¿Las quemaría? ¿Las usaría en mi contra?

No importaba. Porque yo las recordaba. Cada palabra. Cada fecha. Cada nombre.

Mi memoria era mi única arma. Y nadie podía confiscarla.

*

No sé cuánto tiempo pasé en esa celda antes de escuchar algo más que silencio.

Gritos. Muchos gritos. Voces masculinas gritando obscenidades. Risas. Insultos. El rugido de una multitud enfurecida.

El castigo público había comenzado.

Me puse de puntillas intentando alcanzar el hueco.

Intenté oír algo, entender qué estaba pasando. Pero solo llegaban ecos distorsionados. Voces sin palabras. Horror sin forma.

Duró horas.

Cuando finalmente cesó, solo quedó el silencio. Y yo, sola en la oscuridad, imaginando lo peor.

*

Años después, Gimena me contaría lo que pasó esa tarde del veintidós de mayo. Y también me contaría lo que vio en la plaza dos días después, porque, sí, ella estuvo allí.

Una de las tres prostitutas que el obispo había traído al juicio la escondió en su casa. Una casa pequeña que daba directamente a la plaza del mercado.

—¿Por qué me ayudas? —le preguntó Gimena cuando la mujer la encontró desnuda, sangrando, escondida en un callejón después de cruzar el puente.

—Porque te vi caminar —respondió la mujer—. Vi cómo no bajaste la cabeza. Y pensé: si ella puede ser valiente desnuda en la calle, yo puedo ser valiente ofreciéndole mi casa.

Se llamaba Aldonza. Tenía veintitrés años. Había sido vendida a un burdel a los once.