Las dueñas de Zamora CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Catalina cerró los ojos. Su respiración se volvía más superficial. Las pausas entre cada aliento, más largas.

El amanecer entraba por la ventana estrecha de la celda. Luz dorada, hermosa, indiferente. Iluminaba la sangre oscura, las caras pálidas, el cuerpo diminuto de la bebé.

Catalina me miró una última vez.

—Teresa. Ven.

Me acerqué. Me arrodillé junto al jergón. La sangre empapaba todo. Su rostro estaba blanco como el pergamino.

—Júrame. Júrame que escribirás su historia. Que dirás que existió. Que fue amada.

—Lo juro.

—Y júrame... —tosió sangre— que si sobrevive... le dirás que su madre murió libre. No de rodillas. Libre.

—Lo juro, Catalina. Lo juro por Dios y por la Virgen.

Catalina agarró mi mano con una fuerza sorprendente para alguien tan cerca de la muerte.

—No —dijo—. No jures por Dios ni por la Virgen. Jura por nosotras. Por las mujeres que vinimos antes y las que vendrán después. Jura por la verdad, no por lo que ellos llaman verdad.

Sus ojos me taladraban. Ya no había dulzura en ellos. Había fiereza.

—Escucha, Teresa. Escúchame bien porque no tengo tiempo. —Respiró con dificultad—. Toda tu vida serás invisible.

—Catalina...

—Déjame hablar. —Apretó mi mano—. Aprovecharás esa invisibilidad. Sobrevivirás cuando nosotras no podamos. Y cuando seas vieja, cuando todas hayamos muerto o desaparecido, escribirás. Y dirás que yo no fui una puta. Que Pedro no fue un fornicario. Dirás que fuimos humanos. ¿Entiendes?

Las lágrimas me cegaban.

—Entiendo.

Tosió de nuevo—. El obispo ganará. Siempre ganan. Pero dentro de cien años, dentro de doscientos, alguien leerá tu manuscrito y sabrá que existimos. Que elegimos. Que amamos. Y eso... eso es lo único que importa.

Besó a su hija.

«Esperanza.»

Su mano se aflojó en la mía.

—¿Catalina?

No respondió.

Era el alba del dieciocho de mayo de 1279.

El día que Catalina de Zamora, de diecinueve años de edad, dejó de respirar.

Me quedé allí, arrodillada, sosteniendo su mano fría, mientras el amanecer entraba por la ventana estrecha. La bebé lloraba débilmente en los brazos de Gimena.

Gimena me miraba con lágrimas silenciosas cayendo por sus mejillas.

—Ella sabía —dije—. Sabía que esto pasaría.

—Todas lo sabíamos —respondió Gimena—. Desde el principio.

La bebé dejó de llorar. El silencio fue absoluto.

Gimena la acercó a su pecho, la meció suavemente.

—Vete con tu madre, pequeña Esperanza —susurró—. No hay lugar para ti en este mundo cruel.

*

Constanza fue la primera en moverse.

Se arrodilló junto al jergón y cerró los ojos de Catalina con dos dedos. Sus manos, aún manchadas de sangre del parto, temblaban.

—Hay que lavarlas —dijo con voz hueca—. Antes de que se enfríen del todo.

Isabel trajo agua del pozo en una jarra de barro. Gimena trajo trapos limpios. Entre todas levantamos el cuerpo de Catalina del jergón empapado de sangre y lo colocamos sobre mantas extendidas en el suelo de piedra.

La desnudamos con cuidado. Su camisa estaba rígida de sangre seca. Se pegaba a su piel. Tuvimos que desprenderla poco a poco, revelando el cuerpo destrozado debajo.

Los moretones de las escaleras. Las marcas de dedos en los muslos. El vientre blando, vacío, con estrías rosadas como cicatrices de batalla.

—Era hermosa —susurró Marina.

—Sigue siendo hermosa —la corrigió Gimena.

Lavamos su cuerpo con trapos húmedos. El agua en la jarra se volvió roja. Isabel tuvo que ir dos veces más al pozo. Limpiamos la sangre de sus piernas, de su vientre, de entre sus dedos. Peinamos su cabello rubio, arrancando con cuidado los mechones enredados con sangre seca.

La bebé era más fácil. Tan pequeña. Constanza la envolvió en lino blanco limpio, como un capullo. Solo se veía su carita azul, los párpados cerrados, la boca diminuta entreabierta.

—Parece que duerme —dijo Isabel.

—Duerme —respondió Gimena—. Para siempre.

Vestimos a Catalina con un vestido limpio. No el hábito de diario, raído y manchado, sino un vestido blanco que Gimena guardaba en el fondo de su arca desde hacía años. De su vida de antes. De cuando era otra, fuera de estos muros

—Murió libre —dijo Gimena mientras le ataba los lazos—. Que la entierren como mujer, no como monja.

Tardó tres intentos en hacer el nudo. Fue la única vez, en todos los años que la conocí, que le vi temblar las manos.

Colocamos a la bebé en los brazos de Catalina. Sus dedos rígidos la sostenían como si aún estuviera viva. Madre e hija.

Juntas.

*

—¿Dónde? —preguntó Isabel.

—Con los otros, con los sin nombre. —respondió Gimena.

—Con el hijo de Elvira —añadió Constanza en voz baja—.

Gimena miró a Catalina, envuelta en su vestido blanco, la bebé diminuta en sus brazos.

—Pero esta tiene nombre. Esperanza. Y su madre también será recordada. Y también Elvira será recordada. Y su hijo. Todos ellos.

Me miró directamente.

—Teresa se encargará de eso.

Asentí. No podía hablar. La garganta me ardía de lágrimas no derramadas.

*

Esperamos hasta que los guardias cambiaron turno al amanecer. Gimena sobornó al nuevo capitán con el anillo de oro que su madre le había dado al entrar al convento.

—Diez minutos —dijo el guardia—. Y solo vosotras. Nadie más.

Fuimos Gimena, Constanza, Isabel, Urraca, Marina y yo.

Cargamos el cuerpo envuelto entre cuatro. Era liviana. Demasiado liviana. Como si la muerte le hubiera quitado peso junto con el aliento.

El huerto viejo

El tercer manzano desde la esquina oeste de la capilla de San Lázaro.

Cavamos con las manos porque no nos dejaron usar palas.

La tierra era oscura, rica, viva. Olía a lombrices y raíces. Un olor honesto.

Colocamos a Catalina en la fosa poco profunda. Envuelta en su sábana de lino blanco. La bebé aún en sus brazos.

Gimena dijo unas palabras. No el responso oficial, porque no teníamos autorización para eso. Solo palabras simples:

—Catalina. Fuiste valiente cuando otras fuimos cobardes. Amaste cuando otras solo obedecimos. Moriste libre. Que Dios, si existe y si es justo, te reciba con honores.

Echamos tierra sobre ellas. Puñado tras puñado. El lienzo blanco desapareciendo bajo la tierra oscura.

Cada palada pesaba como el plomo.

Cuando terminamos, Gimena clavó dos ramas de manzano en la tierra, formando una cruz simple.

—Para que recordemos dónde está —dijo—. Cuando esto termine. Cuando podamos volver.

Si es que podíamos volver.

Teníamos tierra bajo las uñas. Sudor mezclándose con lágrimas. Los hábitos manchados de sangre y tierra.

Entonces escuchamos los golpes en la puerta del huerto.

—¡El obispo ordena vuestra presencia! —gritó un guardia—. ¡Todas! ¡Inmediatamente!

Ni siquiera nos dejaron limpiarnos las manos ni cambiarnos los hábitos.

[De los cuadernos de Teresa Álvarez]

Madre e hija

Tinta negra sobre pergamino.

«Catalina murió con su hija en brazos. Tres horas vivió con ella. Tres horas de amor puro. Dijo el nombre de Pedro siete veces. La última vez sonreía. No había dolor en su rostro. Solo paz. Como si finalmente hubiera encontrado lo que buscaba.»

Fecha: veinte de mayo, año de Nuestro Señor de 1279