Las dueñas de Zamora CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

La muerte

Esa noche, Catalina empezó con dolores.

Pero esos dolores habían comenzado días atrás, con el primer hilo de sangre que manchó su camisa tras el arrastre por las escaleras del coro.

Yo lo había visto todo.

Vi cómo, tres días después de aquel arrastre brutal, Catalina intentaba levantarse para laudes y se desplomaba. Vi la palidez que iba apoderándose de su rostro, transformando su piel de alabastro en pergamino transparente donde las venas azules se dibujaban como ríos en un mapa.

Las ojeras más profundas cada mañana. Círculos oscuros, casi negros, que parecían cavados con carbón. Sus ojos —esos ojos verdes que Pedro adoraba— se hundían en las cuencas.

—Come —le rogaba Isabel cada mediodía, acercándole el plato de potaje.

Catalina apartaba la comida con náusea.

—No puedo. Todo me sabe a hierro.

Era la sangre. La saboreaba constantemente, esa sangre que tosía cada vez con más frecuencia. Al principio, eran solo hilos rosados en el pañuelo. Luego manchas carmesí. Finalmente, coágulos oscuros que escupía en un cuenco que Constanza vaciaba cada noche.

Los moretones de las escaleras no sanaban. En las rodillas, manchas púrpura y amarillo que se extendían como flores venenosas. En los muslos, donde los guardias la habían sujetado, marcas de dedos que permanecían impresas en su carne como lacres en la cera.

Pero lo peor era su vientre.

El bebé se movía menos cada día. Al principio, Catalina nos llamaba para que sintiéramos las pataditas.

—¿Lo notáis? Es fuerte. Como su padre.

Luego, los movimientos se espaciaron. Una patada por la mañana. Otra por la noche. Después, solo ondulaciones suaves, como peces moribundos bajo el hielo.

—No está bien —susurró Constanza una tarde, después de palpar el vientre de Catalina—. El bebé debería moverse más.

—¿Morirá?

—Me preocupas tú. Sangras demasiado. Algo se rompió dentro cuando te arrastraron.

Catalina sonrió con amargura.

—Muchas cosas se rompieron ese día.

Sangre oscura empapando su camisón.

—El bebé viene —dijo—. Demasiado pronto.

*

—Dejadnos solos.

La voz de Gimena sonó en el umbral. Estaba allí con dos guardias del obispo y, entre ellos, encadenado, Pedro.

—No —dijo uno de los guardias—. Órdenes del obispo. El fraile fornicario no puede...

—El fraile va a confesar a la moribunda. —Gimena habló con una frialdad que helaba—. ¿O es que Don Suero niega ahora incluso la extremaunción?

Los guardias vacilaron.

—Diez minutos —dijo finalmente el capitán—. Y nosotros nos quedamos en la puerta.

—En el pasillo —corrigió Gimena—. Esta mujer merece morir con dignidad.

Los guardias aceptaron a regañadientes. Salieron al corredor. Gimena los siguió, pero antes me miró.

—Teresa. Tú quédate.

—Pero...

—Quédate.

Entendí. Gimena cerró la puerta.

Los soldados salieron, Vi a Pedro avanzar, arrastrando sus cadenas hasta caer de rodillas junto al lecho. Y luego, silencio.

Silencio absoluto durante largo rato.

Entonces, la voz de Catalina, débil:

—No llores.

—No puedo evitarlo. —La voz de Pedro estaba rota—. Mira lo que te han hecho. Lo que yo te he hecho.

—Tú no me hiciste nada. Elegí. ¿Recuerdas? En la biblioteca, en la cripta, en el granero. Siempre elegí.

—Elegiste mal.

—Elegí amor. —Una pausa, el sonido de alguien moviéndose con dolor—. Dame tu mano.

Silencio. Imaginé sus manos encontrándose. Dedos entrelazándose. Las cadenas de Pedro tintineando suavemente.

—¿Lo sientes? —preguntó Catalina—. La bebé. Todavía se mueve.

—Apenas. —La voz de Pedro tembló—. ¿Sufrirá?

—No lo sé. Espero que no. Espero... espero que se vaya dormida. Que nos vayamos juntas.

—No hables así.

—Pedro. —Catalina tosió—. Mírame. Sabes cómo termina esto.

Un sollozo. Ahogado, desgarrador. Nunca había oído llorar a un hombre así.

—Perdóname —dijo Pedro—. Por Dios, perdóname. Por haberte amado, por haberte tocado, por haberte condenado...

—No. —La voz de Catalina sonó fuerte, casi feroz—. No te atrevas. No te atrevas a arrepentirte.

—Catalina...

—Escúchame. ¿Me amaste?

—Sí.

—¿Valió la pena? Cada momento. Cada riesgo. ¿Valió la pena?

Silencio largo. Luego, con voz quebrada:

—Sí.

—Entonces no pidas perdón. No a mí, no a Dios, no a nadie. —Otra pausa, respiración trabajosa—. Pon tu mano en mi vientre.

El sonido de tela moviéndose. Un gemido suave de Catalina.

—¿Lo sientes? Ahí. Esa es su cabeza. Y ahí... creo que es su pie.

—Es tan pequeña.

—Pero está viva. Todavía está viva. —La voz de Catalina se suavizó—. ¿Recuerdas? Esperanza. Es lo único que no pueden quitarnos. Ni Don Suero, ni Roma, ni todos los obispos del mundo. La esperanza de que el futuro sea diferente. De que algún día, mujeres como yo puedan amar sin morir por ello.

Pedro lloró. Lo escuché claramente a través de la puerta. Llanto profundo, incontrolable.

—No quiero perderte.

—Ya me perdiste. Me perdieron todos. Me perdí yo misma. —Catalina hablaba con dificultad ahora—. Pero mírame. Mírame antes de irte.

Silencio.

—¿Qué ves?

—Veo... —La voz de Pedro tembló—. Veo a la mujer más valiente que he conocido. Veo a alguien que eligió vivir en lugar de sobrevivir. Veo...

—¿Me ves hermosa todavía? ¿Después de esto?

—Te veo perfecta.

Catalina río. Una risa pequeña, triste, pero genuina.

—Mentiroso. Estoy hecha pedazos.

—Los pedazos también son hermosos.

Más silencio. El sonido de un beso. Suave, casto, último.

—Vete —susurró Catalina—. Antes de que me veas morir. Quiero que me recuerdes viva.

—No puedo.

—Puedes. Debes. —Su voz se endureció—. Vete, Pedro. Y vive. Vive por los dos. Vive por los tres.

—¿Cómo?

—No lo sé. Pero no dejes que esto te destruya. Prométemelo.

—Catalina...

—¡Prométemelo!

Un sollozo.

—Te lo prometo.

—Bien. —Su voz se suavizó de nuevo—. Ahora vete.

Escuché pasos pesados. La puerta se abrió.

Pedro se incorporó. Su rostro estaba destrozado, empapado de lágrimas. Ni siquiera me miró al pasar. Los guardias lo arrastraron por el corredor.

Gimena me tocó el hombro.

—Acércate.

*

Catalina yacía en el jergón, una mano sobre su vientre. Su rostro estaba en paz. Tenía los ojos cerrados, pero las lágrimas corrían silenciosas por sus mejillas.

—¿Catalina?

Abrió los ojos y me miró.

—Gracias, Teresa.

—No he hecho nada.

—Has todo. Ha sido testigo. —Sonrió levemente—. Ahora siéntate. La bebé viene.

Catalina gritaba. Ya no intentaba acallar sus gritos. Que los oyera toda Zamora. Que supieran lo que costaba el amor.

—Respira. Empuja. Ya viene.

Sangre. Tanta sangre sobre el suelo, sobre el jergón, sobre las manos de Constanza.

El bebé nació al amanecer, cuando las campanas de la catedral tocaban a maitines. Pequeño como un gatito. Azul. Pero respiraba.

Una niña.

Catalina la sostuvo contra su pecho desnudo, llorando, temblando.

—Es perfecta. Es perfecta.

Pero la perfección duró solo un instante.

La bebé era diminuta. Cabía en mis dos manos juntas. Su piel tenía un tinte azulado, como cielo de tormenta. Los labios, morados. Los dedos, tan pequeños que parecían pétalos de flor.

Respiraba. Apenas. Un jadeo leve, irregular, como suspiros.

—Dámela —susurró Catalina.

Gimena colocó a la bebé sobre el pecho desnudo de Catalina. La bebé buscó el pezón instintivamente, pero era demasiado débil para succionar.

—Vamos —murmuró Catalina, sosteniéndola con dedos temblorosos—. Vamos, pequeña. Intenta.

La bebé abrió la boca. La cerró. Sus ojitos, apenas abiertos, miraban sin ver.

La sangre no paraba.

Seguía fluyendo de entre las piernas de Catalina, empapando el jergón, goteando al suelo de piedra. Un charco oscuro crecía bajo ella, negro a la luz de las velas.

—El útero no contrae —dijo Constanza, con las manos ensangrentadas hasta los codos—. He presionado, he usado todas las hierbas. No sirve de nada.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó Gimena.

Constanza negó con la cabeza.

—Una hora. Quizás dos.

Las dueñas empezaron a reunirse.

Una por una, fueron llegando a la celda. Isabel, con su rosario. Urraca, la vieja, con lágrimas silenciosas. Marina, la joven, sollozando abiertamente. Incluso algunas de las partidarias de la priora vinieron, avergonzadas, para despedirse.

Se arrodillaron alrededor del jergón.

Isabel empezó a rezar. No el Padre Nuestro ni el Ave María.

Algo más viejo, que no venía de ningún misal: palabras de partera, heredadas de sus abuelas y de las abuelas de sus abuelas.

El ensalmo que se dice sobre las mujeres cuando les llega la hora.

—Marina salió de la bestia, sana y entera...

sal tú también... abre, carne, abre, sangre, deja paso... Marina abrió y salió, abre tú y sal...

El frío empezó a invadir a Catalina.

Lo vi en sus labios, que perdían color. En sus dedos, que temblaban al sostener a la bebé. En sus ojos, que comenzaban a vidriarse.

—Teresa —llamó.

Me arrodillé a su lado.

—Tengo frío.

—Te traigo mantas.

—No. —Me agarró la mano—. El frío viene de dentro. Las mantas no servirán.

—Catalina...

—Escucha. Escucha lo que voy a decirte. —Sus ojos buscaron los míos, febriles—. Gimena.

—Aquí estoy.

Gimena se arrodilló al otro lado.

—Gracias. Por todo. Por defenderme. Por pelear cuando yo ya no podía.

—No hables —dijo Gimena con voz rota—. Conserva fuerzas.

—¿Para qué? —Catalina sonrió débilmente—. Mi pelea terminó.

Se volvió hacia Isabel.

—Isabel. Tú que eres dulce. Que nunca juzgaste. Gracias.

Isabel sollozó.

—No hay nada que agradecer.

—Hay todo que agradecer. —Catalina miró a cada una de las monjas reunidas—. Todas vosotras. Gracias por verme humana. Por no llamarme ramera.

—Nunca fuiste ramera —dijo Urraca con fiereza—. Eras mujer enamorada.

Catalina tosió. La sangre brotó de sus labios. Gimena la limpió con ternura.

—La bebé —susurró Catalina—. ¿Respira todavía?

Constanza puso su mano sobre el diminuto pecho.

—Sí. Pero débil. Muy débil.

—Esperanza —dijo Catalina, besando la cabecita—. Mi pequeña Esperanza. Perdóname. Perdóname por traerte a este mundo cruel. Pero... pero no podía no intentarlo. ¿Entiendes?

La bebé exhaló. Un suspiro leve.

—Está fría —dijo Catalina—. Tenedla caliente. Por favor.

Marina se quitó su manto y lo colocó sobre la bebé.