Las dueñas de Zamora CAPÍTULO 6 #4
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CAPÍTULO 6 #4

Entonces se acercó a Marina. La tomó de la barbilla con dedos que parecían garras.

—¿Tú firmaste, niña?

Marina tembló como hoja en ventisca. Miró a Gimena tirada en el suelo, sangrando. Miró a Catalina retorciéndose de dolor. Miró a Pedro con sus manos quebradas.

Miró el futuro.

Vi el momento exacto en que eligió la supervivencia sobre la dignidad. No la juzgo. Yo había elegido lo mismo, solo que antes, más silenciosamente, sin que nadie lo notara.

Asintió. Apenas un movimiento de cabeza.

—Yo... yo firmé, excelencia. Pero no sabía...

—Shh. —El obispo le acarició la mejilla con falsa ternura—. La juventud es excusa para muchos pecados. ¿Fuiste engañada, ¿verdad? ¿Te llenaron la cabeza de ideas heréticas sobre la libertad y el amor?

Marina empezó a llorar.

—Sí... sí, excelencia.

—Entonces arrepiéntete. Arrepiéntete públicamente aquí, ante todas tus hermanas, y serás perdonada. Podrás quedarte. Podrás continuar tu vida de oración y servicio.

—¡No lo hagas! —gritó Gimena desde el suelo—. ¡Marina, no...!

Un guardia la pateó en las costillas. El sonido fue de madera crujiendo.

Marina cayó de rodillas. Las lágrimas corrían por su rostro.

—Me... me arrepiento...

—Más alto —ordenó el obispo—. Que todas te oigan.

—¡Me arrepiento! —sollozó—. Perdón, excelencia. Fui engañada. Fui tonta. Fui... fui pecadora.

—¿Y renuncias a la herejía?

—Renuncio.

—¿Y aceptas la autoridad del obispo de Zamora como tu pastor legítimo?

—Acepto.

El obispo sonrió y le dio una palmadita en la cabeza como se hace con los perros.

Y como dique que se rompe, una tras otra empezaron a caer.

Primero sor Beatriz, veintiún años. Luego sor Inés, diecinueve. Después sor Constanza la joven. Una tras otra, arrodillándose, llorando, arrepintiéndose.

Las jóvenes primero. Las asustadas después. Luego las pragmáticas que calcularon sus probabilidades y eligieron la supervivencia sobre la dignidad.

Cada arrepentimiento era una puñalada para Gimena. La vi encogerse un poco más con cada traición. Pero no dijo nada más. Solo miraba. Memorizando rostros. Memorizando nombres.

Cuando terminó la sangría, las diecinueve seguían en pie. Diecinueve de las veintidós que habían votado por Gimena. Tres se habían arrepentido a tiempo. Estas diecinueve habían elegido mantenerse firmes hasta el final.

Las que quedábamos éramos las desesperadas. Las que no teníamos nada que perder. O las que teníamos algo más valioso que la vida: la verdad.

—Veo que algunas prefieren la condenación —dijo el obispo paseando ante nosotras como general ante tropas vencidas —. Que así sea. Por la autoridad que me confiere Dios Todopoderoso y la Santa Sede Apostólica, declaro a estas diecinueve monjas rebeldes excomulgadas de la Santa Madre Iglesia.

—¿Y yo?

La voz me salió antes de poder detenerla. Pequeña. Aguda. Aterrada.

Todos se volvieron hacia mí. La pequeña Teresa. La escribana. La invisible.

Dejé de ser invisible en ese momento. Para siempre.

—¿Tú? —El obispo me estudió como un entomólogo estudia un insecto. —¿Firmaste la carta?

—No, excelencia.

—¿Participaste en las... actividades de estas mujeres?

—No, excelencia.

—Pero has sido vista con ellas. Hablando. Sirviendo. Obedeciendo a esta... —escupió la palabra— priora ilegítima.

Miré a Gimena. A Catalina retorciéndose en el suelo. A las diecinueve mujeres que habían elegido la libertad sobre la seguridad. Pensé en los casi tres años que llevaba en el convento. En todo lo que había aprendido, visto, documentado. En los secretos que guardaba.

Pensé en mi cuaderno escondido bajo la piedra suelta de mi celda. Casi tres años de observaciones. Casi tres años de verdad.

—Decide ahora —ordenó el obispo—. Sumisión o exilio. Obediencia o condenación. Dios o el demonio.

El silencio se extendió.

Todos me miraban: el obispo con sus ojos de halcón, Gimena con sangre en la cara, las monjas divididas entre las que me suplicaban con los ojos que me uniera a ellas y las que me suplicaban que me salvara, Pedro apenas consciente contra la pared.

Pensé en mi padre. En cómo me dejó en el portón sin mirar atrás. En mis cuatro hermanas casadas, prisioneras de otros muros, con otros nombres, cumpliendo otros destinos que no eligieron.

Pensé en los casi tres años en este convento.

En todo lo que había visto, escrito, guardado.

En los secretos bajo la piedra suelta de mi celda.

En Catalina enseñándome que el amor era posible incluso aquí.

En Pedro predicando que la carne no era pecado.

En Gimena diciéndome que mi pureza era mi poder.

Alguien debía sobrevivir para contar.

Y ese alguien era yo, porque era la única que podía hacerlo sin ser quemada.

—Me quedo, excelencia. Me someto.

Un parpadeo. Una inclinación casi imperceptible de cabeza.

Cuenta la verdad, decían sus ojos. Sobrevive y cuenta la verdad.

[De los cuadernos de Teresa Álvarez]

La evidencia

Tinta sobre pergamino.

«Don Suero llegó hoy. Vio el vientre de Catalina y sonrió. Una sonrisa terrible. Como si hubiera ganado. Gimena intentó defenderla, pero el obispo ya tenía su veredicto preparado. El proceso es una farsa. El resultado ya está escrito. Y yo dibujo porque es lo único que puedo hacer.»

Fecha: 3 de mayo, año de Nuestro Señor de 1279.