Las dueñas de Zamora CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

Don Suero golpeó la mesa con el puño. Sabía que estaba atrapado. Negarse sería admitir que no respetaba el derecho canónico. Aceptar era darme poder.

—De acuerdo. Mañana vendrán las matronas. Hasta entonces... —miró a Gimena— estáis todas bajo arresto conventual. Nadie entra. Nadie sale. Mis guardias vigilarán las puertas.

Se fue con sus soldados, sus pasos resonando en el claustro.

Se llevaron a tres monjas embarazadas que no habíamos podido ocultar: Leonor, Sancha y Mayor de Benavente.

Catalina lloró toda la noche, acurrucada en su celda, acariciándose el vientre.

«Hoy elegí defenderme como pude. Exigí las matronas.

Mañana vendrán. Mañana certificarán lo que soy: virgen intacta.

Y eso me dará poder. Pero ¿qué poder? ¿El poder de sobrevivir mientras las otras arden?

¿El poder de observar sin actuar? ¿El poder de la cobardía disfrazada de estrategia?

Gimena lo entiende. Catalina también. Alguien debe quedar para contar.

Pero el precio... El precio es demasiado alto. »

*

Entraron tres mujeres al día siguiente. Las conocía de vista: Doña Leonor, la partera principal de Zamora, sesenta años, manos como cuero curtido.

Doña Sancha, esposa del mercader más rico, cuarenta años, había parido ocho hijos.

Y la joven Marina, apenas veinticinco, la nueva esposa del alguacil mayor.

Detrás de ellas, dos guardias y un notario.

—Desnúdate —ordenó doña Leonor.

No había compasión en su voz, pero tampoco crueldad. Solo cansancio. Me pregunté cuántas muchachas había examinado así. Cuántas habían fallado la prueba.

Me quité el hábito con dedos temblorosos. La camisa de lino. Quedé desnuda ante ellas, los brazos cruzados sobre el pecho, tiritando no de frío sino de terror.

—En el jergón. Piernas abiertas.

El jergón olía a paja vieja y miedo ajeno. Cuántas habrían estado aquí antes que yo.

Me acosté. El techo tenía manchas de humedad que parecían mapas de reinos inexistentes. Me concentré en ellas mientras abría las piernas.

—Más —dijo doña Sancha.

Abrí más. El aire frío contra mi sexo expuesto. Nunca me había sentido tan vulnerable.

Doña Leonor se arrodilló entre mis piernas. Sus manos, sorprendentemente suaves, me tocaron primero los muslos.

—Quieta, niña. Si te mueves, dolerá más.

Sus dedos me abrieron. Sentí el aire, luego la mirada. Tres pares de ojos examinando mi entrada como si fuera la puerta de una fortaleza.

—El himen está presente —dijo doña Leonor al notario—. Intacto. Sin desgarros.

—¿Está segura? —preguntó el notario.

—Llevo treinta años haciendo esto. Sé reconocer un himen intacto.

Doña Sancha se inclinó también.

—Confirmo. No hay señales de penetración. Ni antigua ni reciente.

Marina, la joven, dudó antes de mirar. Cuando lo hizo, nuestros ojos se encontraron por un instante. Vi algo en ellos: ¿envidia? ¿compasión? ¿recuerdo de su propia noche de bodas?

—Confirmo también —dijo en voz baja—. La muchacha es virgen.

Pero doña Leonor no había terminado.

—Hay otras formas —dijo mirándome directamente—. ¿Has conocido placer sin penetración?

—No.

Sus dedos palparon alrededor, buscando señales de inflamación, de uso, de experiencia. Encontraron solo la inexperiencia genuina de mi cuerpo, aunque mi mente supiera todo lo que había visto.

—Virgen —confirmó finalmente.

—Vístete —ordenó.

Pero antes de que pudiera moverme, añadió en voz baja, solo para mí:

—Úsalo bien, niña. Lo que tienes entre las piernas te acaba de dar más poder que el que tendrá ninguna de esas putas en el juicio. Pero recuerda: el poder de la virginidad solo se puede usar una vez.

Me vestí con manos que ya no temblaban. La humillación se había transformado en algo distinto.

El notario redactó el acta:

Las matronas del concejo de Zamora certifican que Teresa Álvarez, novicia del convento de las Dueñas, es virgen intacta, sin señal alguna de corrupción carnal.

Las tres firmaron. Marina fue la última, y al hacerlo me susurró:

—Ojalá yo hubiera tenido tu opción.

No entendí entonces. Años después supe que la habían casado a los trece con un hombre de cincuenta que la violaba cada noche.

El obispo leyó el acta dos veces. Pareció casi decepcionado.

—Virgen —dijo al fin, como quien sopesa una moneda. Me miró largamente—. ¿Sabes por qué hago esto, niña?

No respondí.

—Crees que es crueldad. —Se frotó los ojos. De cerca, a la luz de las velas, era solo un viejo cansado—. Treinta y siete almas a mi cargo. Treinta y siete, ante Dios, el día del Juicio. ¿Crees que me importa con quién yace una monja? Me importa que ardan. Que ardáis. Yo respondo por vosotras.

Lo dijo sin teatro. Y eso fue lo que me asustó: que lo creía. Los hombres que se creen salvadores son capaces de cualquier cosa.

*

Llegó el tercer día del proceso.

Volvió el obispo, con sus guardias y su séquito.

Y —esto fue lo que heló mi sangre— tres frailes dominicos. Túnicas blancas, escapularios negros, capuchas sobre las cabezas gachas.

—Fray Pedro Pérez —llamó el obispo con voz que cortaba como un cuchillo recién afilado.

El más joven dio un paso al frente. Pero no era el Pedro que conocíamos. El que saltaba el muro del huerto cada noche para perderse en brazos de Catalina. El que predicaba sobre el amor como sacramento.

Este era un hombre destrozado.

Rostro tumefacto. Uno de los ojos cerrado por la hinchazón. Los labios partidos. Las manos... Dios santo, las manos. Los dedos retorcidos en ángulos imposibles, como ramas rotas. Apenas podía mantenerse en pie. Cuatro días en las mazmorras del palacio episcopal. Cuatro días de tormento.

—¿Reconoces a esta mujer?

Pedro levantó la vista hacia Catalina tirada en el suelo. Un instante. Un parpadeo.

En ese momento vi todo: el amor, el dolor, la desesperación de un hombre quebrado. Vi setenta años de Inquisición condensados en una mirada. Vi el precio exacto del amor prohibido.

—Sí —susurró con voz rota, lágrimas corriendo por su rostro—. La conozco.

—¿Y qué tienes que decir sobre ella?

Pedro miró al obispo. Por un momento, sólo por un momento, creí que iba a derrumbarse.

En cambio, escupió a los pies del obispo.

—Que la amo. Que siempre la amaré. Y que vos sois un monstruo.

El obispo sonrió. Una sonrisa de serpiente que ha encontrado un ratón herido.

—El acusado delira por el dolor. Pero tenemos su confesión firmada. —Sacó un pergamino enrollado—. Aquí dice que fue seducido por artes diabólicas. Que estas mujeres son brujas que lo hechizaron con pociones y conjuros.

—¡Mentís! —gritó Pedro—. ¡Jamás firmé tal cosa! ¡Mirad mis manos!

Levantó sus manos destrozadas. Los dedos quebrados. Las articulaciones hinchadas como nueces.

Treinta y siete pares de ojos viendo lo que habían hecho.

Los dedos de Pedro apuntaban en direcciones que ofendían a la geometría divina.

El índice derecho doblado hacia atrás hasta casi tocar el dorso de su mano.

El meñique izquierdo retorcido como una ramita seca.

Dos dedos sin uñas —arrancadas, no caídas— con la carne viva supurando un líquido amarillento.

—¿Cómo pude firmar nada con estas manos?

—La firmaste antes del tormento —mintió el obispo sin pestañear—. Cuando aún tenías uso de tus dedos.

Gimena dio un paso adelante. Dos guardias se movieron para interceptarla, pero ella los apartó con un gesto.

—¡Es una falsificación! —su voz resonó en el claustro—. ¡Todos pueden ver que sus manos están destrozadas! ¡Mostrad el documento! ¡Que los notarios aquí presentes verifiquen la firma!

—No es necesario —respondió el obispo—. Mi palabra basta.

—¡Vuestra palabra es mentira! ¡Vuestra palabra es tiranía!

Dos guardias la sujetaron antes de que pudiera llegar a Pedro. Vi cómo la golpeaban con el dorso de las manos. Cómo la tiraban junto a Catalina. Sangre en su labio. Pero fuego, puro fuego, en sus ojos.

—Doña Gimena Rodríguez de Cabrera —el obispo prácticamente ronroneó—. La instigadora. La que escribió al Papa. La que creyó poder desafiarme en mi propia diócesis.

La priora María Martínez se levantó de su lugar. Por primera vez desde que la conocía, habló con voz firme, sin el temblor servil que usaba con el obispo:

—Vuestra excelencia, recuerdo al tribunal que yo fui elegida priora legítimamente en 1277, confirmada por vuestra autoridad episcopal.

Esta mujer —señaló a Gimena— se autonombró priora en una votación irregular, sin esperar vuestra confirmación, basándose en una bula papal cuya autenticidad nunca fue verificada.

—La bula es auténtica —respondió Gimena sin alterarse—. Y mi elección fue según la regla de San Agustín mayoría de votos de las profesas. Veintidós a quince. Legítima.

—Legítima solo si el obispo la confirma —insistió María Martínez—. Según el derecho canónico...

—Según el derecho canónico, los conventos bajo jurisdicción dominica no requieren confirmación episcopal para elegir priora. —Gimena sacó el pergamino que siempre llevaba consigo—. Aquí está la bula de Juan XXI, año 1277.

«Las Dueñas de Zamora gozarán de plena autonomía bajo la Orden de Predicadores, con derecho a elegir priora según sus constituciones. »

El obispo arrebató el pergamino de las manos de Gimena.

—Este documento llegó tarde. No tiene validez retroactiva.

—El Papa nos dio la razón —Gimena escupió sangre—. La bula papal nos otorga independencia bajo jurisdicción dominica. No tenéis autoridad sobre...

El obispo se encogió de hombros—. Roma está muy, muy lejos. Mientras que yo... yo estoy aquí.

Se volvió hacia nosotras. Treinta y siete monjas restantes, divididas entre las que miraban con horror y las que miraban con satisfacción apenas disimulada.

—Todas las que firmaron la carta a Roma —anunció Suero con voz que cortaba el aire matinal—. Todas las que apoyaron esta rebelión contra mi autoridad. Dad un paso al frente.

Nadie se movió.

El silencio se extendió. Largo. Tenso. Mortal.

Un pájaro cantó en el nogal del huerto. El Duero murmuraba abajo. Las campanas de San Cipriano tocaban a laudes en la ciudad. El mundo seguía girando ajeno a nuestro fin.

El obispo esperó. Sabía esperar. Setenta años le habían enseñado paciencia.