CAPÍTULO 6 #2
Yo, que tengo ochenta y tres años y he visto subir y bajar muchas aguas, sé que los ríos no se apiadan ni castigan.
Los ríos solo suben cuando se derrite la nieve y bajan cuando deja de llover.
No saben de pecados. No vienen a limpiar nada.
El Duero no se llevó a Elvira por castigo: se la llevó porque ella se arrojó, y se arrojó porque unos hombres habían decidido que su hijo no tenía derecho a vivir y que ella no tenía derecho a llorarlo.
El castigo no bajaba por el río. El castigo tenía nombre, y mitra, y vendría en mayo, seco, con los pies enjutos, sin mojarse las sandalias.
Pero aquella tarde de febrero, mirando el agua, aprendí algo que sor Beatriz no supo enseñarme aunque creyó hacerlo: que hay cosas que el agua no lava. Solo las remueve.
Y que lo que esta casa guardaba bajo los manzanos no lo limpiaría ninguna crecida, ni ningún perdón, ni ningún olvido. Solo yo, años después, escribiéndolo. Sacándolo a la luz con tinta en vez de con agua.
Esa noche no recé. Bajé al scriptorium y volví a dibujar el río. Pero esta vez no dibujé a Elvira flotando. Dibujé el agua subiendo hacia los manzanos. Y supe, mientras lo trazaba, que algún día tendría que contar lo que había bajo ellos.
*
Catalina dejó de asistir a los oficios del mediodía, fingiendo dolores de cabeza. En marzo, apenas salía de su celda.
Pero en abril, cuando tenía seis meses, ya no había forma de esconderlo.
El vientre se le notaba incluso bajo las capas de tela. Sus pechos estaban hinchados. Su rostro, más redondo. El embarazo la transformaba de formas que ningún hábito podía ocultar.
Las monjas del bando del obispo lo sabían. Y esperaban su momento.
Pedro venía cada noche que podía, saltando el muro del huerto, arriesgándose todo por verla. Se arrodillaba frente a ella, ponía las manos en su vientre, sentía al bebé moverse.
—Huyamos —le rogaba—. Ahora. Esta noche. Antes de que sea tarde.
—Ya es tarde —respondía Catalina—. Si huimos, confirmaremos todo lo que dicen de nosotros. Que somos criminales. Que somos diablos.
—Prefiero ser diablo vivo que santo muerto.
—Yo también. Pero no puedo condenar a Gimena. No puedo abandonar a las demás. Si huyo, el obispo las destruirá a todas.
—Te destruirá a ti de todas formas.
—Entonces que me destruya luchando. No huyendo.
No había forma de convencerla. Catalina había decidido quedarse. Había decidido dar a luz aquí, en el convento, rodeada de sus hermanas.
Había decidido morir, aunque no lo dijera en voz alta.
Pero todas lo sabíamos.
*
Llegaron al amanecer, cuando aún estábamos en la iglesia cantando laudes.
El estruendo de las puertas de roble estallando hacia adentro ahogó nuestro canto. El eco multiplicándose en las bóvedas como truenos encerrados.
Con las botas llegó el hedor: sudor de hombres, cuero mojado de las armaduras, aceite rancio de las antorchas que portaban pese a que ya clareaba. Y bajo todo eso, el olor inconfundible del miedo —nuestro miedo— súbito y ácido.
Vi a sor Beatriz dejar caer su breviario. Las páginas se abrieron contra el suelo como alas rotas. Vi a Marina retroceder hasta la pared, sus manos buscando las piedras como si pudiera atravesarlas y escapar. Vi a Isabel palidecer hasta volverse transparente.
Y vi a Gimena dar un paso adelante con los puños cerrados. Lista para la guerra que todas sabíamos perdida desde el principio.
Las monjas del bando del obispo —la ex priora María Martínez y sus fieles— retrocedieron también, pero no de miedo. De satisfacción apenas contenida. Esto era lo que habían estado esperando. Su vindicación. Nuestra condena.
Cuarenta soldados del concejo, diez guardias episcopales, tres notarios, un inquisidor dominico traído de Valladolid, y el médico del obispado.
Los guardias invadieron el coro. Yo observaba desde las sombras de la arquería norte, mi breviario aún abierto en el salmo interrumpido, cuando vi cómo agarraban a doña Catalina.
El capitán de la guardia la tomó del velo primero. El lino blanco se rasgó con un sonido delicado, casi musical, que contrastaba obscenamente con la brutalidad del gesto. Cuando eso no bastó, hundió los dedos en su cabello y tiró.
Catalina jadeó —no gritó, jadeó— y el sonido resonó en el súbito silencio como si todas hubiéramos dejado de respirar a la vez.
La arrastraron por el coro. Sus rodillas golpeaban rítmicamente cada escalón de piedra: cloc-cloc-cloc, como una parodia siniestra de las campanadas de maitines. Su túnica de lana blanca se fue desgarrando con cada tirón, dejando jirones en los salientes.
Conté cada uno. Doce desde el coro hasta el suelo de la nave.
Cloc.
Cloc.
Cloc.
Vi cómo se le desgarraba la media al tercer escalón. Cómo la piel de su rodilla se abría al séptimo dejando una mancha roja sobre la piedra gris. Cómo intentaba protegerse el vientre con las manos, doblándose sobre sí misma como un caracol intentando meterse en su caparazón.
Su cabello —ese cabello rubio que Pedro besaba en secreto, que yo había visto suelto en la cripta brillando a la luz de las velas— ahora tirado por el capitán de la guardia como si fuera una cuerda. Algunos mechones se arrancaron de raíz. Los vi caer al suelo, dorados contra la piedra oscura.
Y su vientre. Su vientre abultado de siete meses golpeando cada escalón. Primero levemente. Luego con más fuerza. Al noveno escalón, Catalina gritó finalmente. No de dolor en las rodillas o en el cuero cabelludo. De terror por el bebé.
—¡Parad! —gritó—. ¡Por favor! ¡El bebé!
Nadie paró.
—¡Ramera! —escupió María Martínez—. ¡Profanadora del sacramento!
El incienso sagrado se mezcló entonces con otro olor: el almizcle del terror, ese sudor particular que solo produce el pánico absoluto. Lo reconocí porque lo estaba sudando yo misma, empapando mi camisa de lino bajo el hábito.
Catalina no gritó más. Ni siquiera cuando la tiraron al suelo empedrado del patio.
El golpe fue sordo. Húmedo. Como fruta madura cayendo desde lo alto.
Su vientre golpeó las losas primero. Luego su rostro. Vi cómo se doblaba sobre sí misma, protegiéndose tarde, demasiado tarde. Vi la mancha oscura que empezaba a expandirse bajo su hábito.
Sangre en la piedra. Eso fue lo primero que vi.
Di un paso adelante.
Una mano de hierro me sujetó el brazo. Sor Isabel, junto a mí en las sombras.
—No —susurró—. Vigila. Recuerda. Alguien debe contar esto.
Tenía razón. Mi don no era el valor sino la memoria.
*
El obispo interrogaba a las monjas una por una. Debía registrarse cada palabra en latín, para el acta oficial.
Pero las monjas no hablaban en latín.
Hablaban en castellano. El castellano crudo, sucio, violento de las calles de Zamora.
—¿Reconocéis haber desobedecido a la priora María Martínez? —preguntó el obispo.
Isabel escupió al suelo.
—Esa perra del obispo no es priora de nada.
Canis episcopi , dije para mí. Perra del obispo. Las palabras en latín sonaban casi elegantes. Pero en castellano eran veneno puro.
—¿Reconocéis haber mantenido relaciones carnales con fray Martín?
—Sí. Y volveré a hacerlo cuando salga de aquí, si Dios quiere.
El escribano mayor levantó la vista. Iterum faciam cum libera ero . Lo haré de nuevo cuando sea libre.
Cuando interrogaron a Mercedes, ella gritó:
—¡María Martínez es hija de hereje! ¡Su madre fue conversa y su padre renegado!
Filia haeretici . Hija de hereje. La acusación más grave que podía hacerse.
El obispo golpeó la mesa.
—¡Silencio! Escribano, ¿estás registrando todo esto?
Levantó la vista.
—Sí, Monseñor. Todo.
—Bien. Que quede constancia exacta de su rebeldía. Palabra por palabra.
Cuando interrogaron a Gimena, ella miró directamente a María Martínez y dijo:
—Puta rastrera. Judas con tetas. Vendiste a tus hermanas por un cargo que no merecías.
¿Cómo traducir «puta rastrera» al latín de las actas oficiales? ¿ Meretrix humilis ? No capturaba la violencia del original. ¿ Scortum vile ? Demasiado abstracto.
Meretrix abiecta , figuraría finalmente. Proditor mammatus . Puta abyecta. Traidora con pechos.
Las palabras quedaban. El latín las hacía permanentes, oficiales, irrefutables.
Algún día alguien leería aquellas actas y sabría exactamente lo que había pasado en Las Dueñas de Zamora.
*
Nos llevaron al refectorio, la sala grande donde comíamos en silencio bajo las pinturas de santos en las paredes. Nos hicieron formar en fila contra la pared sur, como convictos.
Una por una, fuimos «examinadas».
Primero, preguntas hechas por un notario que escribía cada respuesta. ¿Has fornicado? ¿Con quién? ¿Cuántas veces?
Las que confesaban eran apartadas a un lado. Las que negaban eran llevadas a la mesa alta, donde el médico del obispo —un hombre gordo llamado Juan, con manos como jamones— las examinaba.
Y por examinadas quiero decir violadas con los dedos, allí mismo, mientras los soldados miraban y algunos se reían.
—Esta no es virgen —decía el médico con voz pastosa—. Ni esta. Ni esta.
Cuando llegó mi turno, temblaba de pies a cabeza.
El médico me miró de arriba abajo, relamiéndose.
—La novicia escribana. —Se frotó las manos—. Veamos qué secretos guardas.
—No la toquéis —dijo Gimena desde el grupo de las apartadas.
—¿Por qué? ¿Es especial?
—Es virgen —dijo la priora María Martínez inesperadamente—. Lo garantizo.
El obispo la miró con sorpresa.
—¿La garantizas?
No sé por qué me defendió. Tal vez por decencia mínima. Tal vez porque vio una oportunidad de salvar al menos una reputación.
—Aun así —dijo el obispo—. Comprobadlo.
El médico se acercó, sus manos gordas extendidas.
—Excelencia —intervine, mis manos temblaban, pero mi voz salió clara—. Exijo el derecho a examen canónico.
Silencio. Hasta las moscas dejaron de zumbar.
—¿Examen canónico? —El obispo entrecerró los ojos.
—Soy virgen, excelencia. Según el derecho eclesiástico, mi testimonio vale más si mi pureza es certificada. Exijo que las matronas del concejo me examinen. Ante testigos.
Era mi única carta. La había guardado casi tres años para este momento.