CAPÍTULO 6
El proceso
El invierno llegó con la primera nevada de noviembre.
La priora me encontró en el scriptorium cuando ya no quedaba luz para copiar y yo fingía que aún la había. Sabía que vendría. En aquellas semanas iba peinando el bando de Gimena monja por monja, buscando la hebra que, tirada, deshiciera el tejido. Aquella tarde la hebra era yo.
—La escribana —dijo, y se sentó sin que la invitara, porque era la priora y no necesitaba permiso—.
La que mira y calla. El día que llegaste, contaste las monedas, ¿verdad?
Las oíste caer en la bolsa de la portera, una a una.
Trescientos maravedís. Creíste que tu padre había juntado una fortuna para quitarse de encima a la hija que no supo casar. No levanté la pluma del pergamino.
—No fue tu padre quien puso ese precio, niña.
Fue doña Gimena. Mandó razón a Toro antes de que tú cruzaras el río y le dijo a la portera lo que debía cobrar: poco, muy poco, la dote más baja que hay escrita en estos libros.
Para que tu padre no pudiera decir que no.
—Se inclinó—. No te recogió por caridad.
Te abarató. Te puso un precio que ningún padre con una hija de más rechazaría, porque ya había decidido que quería la pluma.
No te admitieron, Teresa. Te compraron. Y te compraron barata.
El frío de siempre, el que sentí la primera tarde en su despacho, me subió por el pecho.
—Mentís.
—Míralo tú misma, que para eso sabes leer.
—No sonreía; lo decía como quien recita una renta—.
Crees que estás del lado de las libres. Pobre.
Las libres también compran mujeres cuando las necesitan, igual que el obispo, igual que tu padre.
Doña Gimena no te salvó. Te adquirió. Te probó aquella primera noche como se prueba una mula antes de pagarla, a ver si tenías estómago, y cuando vio que no gritabas, cerró el trato. No eres su hermana. Eres su pluma.
Quise contestar y no encontré con qué. Porque recordaba sus palabras exactas, las de Gimena, dichas junto a la ventana estrecha: Por eso te quiero a ti. No para rezar. Para recordar. Las había guardado tres años como un regalo. Ahora sonaban a inventario.
La priora se levantó. En la puerta se detuvo, y por un momento dejó de ser la perra del obispo que todas insultaban y fue otra cosa, más vieja y más cansada.
—¿Sabes por qué a mí me obedece, niña? —Su voz bajó—.
Porque mi madre fue conversa y mi padre renegó, y el obispo guarda eso escrito en un papel que puede sacar el día que le convenga.
No mando aquí. Sostengo su papel para que no lo lea nadie.
Esa es toda mi autoridad. —Me miró sin rencor—.
Tú sostienes la pluma de doña Gimena por lo mismo: porque alguien encontró tu correa antes que tú.
La única diferencia es que yo sé de quién soy. Tú todavía crees que elegiste.
Y se fue, dejando la puerta abierta a la corriente.
*
Encontré a Gimena en el huerto, arrancando las últimas berzas heladas. No me anduve con rodeos. Había aprendido de ella a no andarme con rodeos.
—¿Le pagasteis a mi padre?
No se volvió enseguida. Cuando lo hizo, no buscó la mentira. Nunca buscaba la mentira; era lo que más me dolía y lo que más la quería.
—Sí.
—¿Cuánto valía?
—No te compré a ti. Compré lo que sabías hacer.
—Se limpió la tierra de las manos en el hábito—.
Tu padre tenía una hija de más y una dote de menos.
Yo tenía una guerra y nadie que la escribiera.
Así que fui yo quien puso el precio, no él.
Trescientos maravedís, se lo dije a la portera antes de que llegaras.
Una miseria por una hija. La fijé baja a propósito, para que tu padre no se lo pensara.
No se lo pensó. Contó las monedas y se fue sin desmontar.
Si te consuela, ni siquiera tuve que regatear.
—La priora dice que soy vuestra pluma. No vuestra hermana.
—La priora tiene razón. —Lo dijo sin pestañear—.
Y miente al mismo tiempo, que es lo que mejor sabe hacer.
Eres mi pluma, Teresa. Te busqué, te probé, te pagué y te puse a mirar.
Todo eso es verdad. —Dio un paso hacia mí—.
Ahora dime tú dónde está la mentira. Tu padre te tuvo catorce años para que hilaras y callaras hasta desaparecer.
El obispo, si te tuviera, te querría arrodillada y muda como tiene a esa pobre mujer.
Yo te quise para que duraras más que todos nosotros.
Te di lo único que ninguno de ellos te iba a dar: un nombre que no se lo lleve el viento. ¿Eso es comprarte o es soltarte?
—Las dos cosas —dije, y la voz me salió más firme de lo que esperaba—. Eso es lo que no soportáis admitir. Me usáis igual que el obispo a la priora. La diferencia no es que vos no me uséis. Es para qué.
Gimena me miró un rato largo. Algo cruzó su cara que no era enfado.
—Para qué —repitió—. Sí. Esa es toda la diferencia que hay en el mundo, y es la única que importa.
El obispo usa a esa mujer para borrar. Yo te uso para que nada se borre.
Quédate con eso o vete a sostenerle el papel a él.
Pero no me vengas con que querías ser libre, porque libre no fuiste nunca, ni el día que naciste.
Nadie lo es. Solo se elige de quién ser y para qué.
No le contesté aquella tarde. Volví a mi celda, levanté la piedra suelta y miré el cuaderno donde llevaba tres años dándole fe a una guerra que no era mía.
Y entonces, por primera vez, escribí una línea que no me había dictado nadie. Ni mi padre, ni la priora, ni Gimena. Mía.
Tardé sesenta años en entender que aquella noche dejé de ser la pluma de doña Gimena. No porque dejara de escribir para ella. Seguí haciéndolo hasta el final. Sino porque, por fin, había elegido yo la mano.
*
Una mañana, después de laudes, Catalina vomitó su desayuno en las letrinas. Y luego al día siguiente. Y al siguiente.
—Estás embarazada —le dijo Constanza sin necesidad de preguntas.
Catalina se limpió la boca con el dorso de la mano. Tenía diecinueve años. Sabía lo que significaba.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—Si las náuseas empezaron hace dos semanas, estás de mes y medio. Quizás dos meses.
—¿Las hierbas?
Constanza negó con la cabeza.
—Podrían funcionar. Pero el riesgo...
—¿Entonces qué hago?
—Lo tienes. O huyes. No hay más opciones.
Catalina se llevó una mano al vientre todavía plano. Dentro, algo del tamaño de una nuez crecía. Algo hecho de ella y de Pedro. Algo condenado desde antes de nacer.
—Lo tendré —dijo finalmente—. Que Dios me perdone, pero lo tendré.
*
Intentamos ocultarlo durante meses.
En diciembre, Catalina usaba el hábito más suelto. En enero, se fajaba el vientre con vendas bajo la ropa.
El Duero creció en febrero.
Llevaba semanas lloviendo sobre Zamora, una lluvia fina y terca que no cesaba ni de día ni de noche, y allá arriba, en las sierras donde el río nace, debía de estar fundiéndose la nieve, porque una mañana el Duero amaneció distinto.
No era el río manso que yo había cruzado con mi padre tres años atrás.
Era otra cosa. Una bestia parda, hinchada, que arrastraba ramas y animales muertos y se llevaba por delante los juncos de la orilla.
Bajamos a verlo después de prima. Medio convento estaba ya en la ribera, mirando.
El agua había subido hasta lamer los primeros arcos del puente de piedra.
Bramaba al pasar entre los tajamares, marrón y espesa como sopa de cuaresma, y traía un rumor hondo que se sentía en el pecho antes que en los oídos.
En la otra orilla, los hombres del arrabal subían sus enseres a lo alto.
Una barca se había soltado y giraba río abajo, vacía, dando vueltas como una hoja.
—Es el castigo —dijo sor Beatriz a mi lado.
Era la mayor de todas, sesenta años cumplidos, del bando de la priora. Se santiguaba mirando el agua.
—Lo recuerdo bien, cuando el río se llevó el convento viejo —dijo—. El de intramuros, antes de que nos trajeran aquí. También entonces subió así. También entonces Dios estaba enojado. —Me miró—. ¿Sabes por qué sube, niña?
No respondí.
—Sube por lo que guarda esta casa. Por la suicida que se arrojó desde ese mismo puente. Por las que fornican y entierran su vergüenza. El agua viene a limpiar lo que nosotras no hemos querido limpiar.
Otras monjas asintieron. Se persignaron. Alguna lloraba.
Yo no dije nada, pero el corazón se me había subido a la garganta, porque sor Beatriz, sin saberlo, había dicho una verdad más terrible que la suya.
Miré aguas arriba, hacia donde el huerto viejo se alzaba detrás de la capilla de San Lázaro, lo bastante apartado del cauce para que nadie lo temiera, lo bastante cerca para que aquel día yo sí lo temiera.
Hacia los manzanos. Hacia el tercero desde la esquina oeste y todos los demás. Y pensé: si el río sigue subiendo, llegará al huerto. Y si llega al huerto, removerá la tierra. Y si remueve la tierra...
No me dejé terminar el pensamiento. Pero lo vi.
Vi el agua parda escarbando entre las raíces, sacando a la luz los pañales de lino, los huesecillos pequeños como los de un pájaro.
Y volví a ver a Elvira flotando río abajo, con barro en las manos, como la había dibujado dos años antes sin atreverme a decidir qué buscaba.
Entonces lo había dejado en duda: si se aferraba al fondo o si escarbaba.
Aquella tarde, viendo el río trepar hacia el huerto, dejé de dudar.
Elvira no se aferraba. Cavaba. Había ido a buscar a su hijo, y el río, que entonces la llevó hasta él, volvía ahora a por los dos.
El río no llegó al huerto. Bajó tres días después, dejando la ribera cubierta de un limo negro y un olor a podrido que tardó semanas en irse. Los manzanos siguieron en pie. La tierra, quieta. Lo que ocultaba, oculto.
Sor Beatriz dijo que Dios se había apiadado.