Las dueñas de Zamora CAPÍTULO 5 #4
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CAPÍTULO 5 #4

—Te amo —le oí decir—. Dios me perdone, te amo más que a mi alma.

—Entonces no pidas perdón —respondió Catalina, sus manos en el rostro de él—. Ámame sin arrepentimiento. Sin culpa. Solo amor.

Se movían juntos, lentos, sus cuerpos conociendo cada curva, cada punto de placer. Los había visto hacer el amor docenas de veces, pero nunca así. Nunca con esta mezcla de alegría y desafío.

Pedro alzó la cabeza un momento y miró alrededor de la cripta. Sus ojos encontraron los míos.

—Teresa —dijo en voz alta, sin vergüenza de su desnudez ni de su acto—. Tú serás quien lo cuente. Cuando todos hayamos muerto o nos hayamos dispersado. Tú recordarás esta noche.

—Calla —le rogó Catalina tirando de él hacia abajo—. No hables de muerte.

—No hablo de muerte. Hablo de memoria. —Se volvió hacia ella—. Si mañana el obispo viene con hierro y fuego, al menos alguien sabrá que esta noche fuimos felices.

—No vendrá mañana —dijo Gimena desde su rincón—. Vendrá. Pero no todavía. Tenemos tiempo.

—¿Cuánto tiempo?

—Suficiente.

Pero nadie le creyó.

Yo contemplaba desde mi rincón, sentada en el último escalón de la escalera, mi cuaderno en el regazo, mi virginidad intacta como una armadura inútil.

—¿No participas? —me preguntó Mercedes, acercándose con una copa de vino.

—Observo. Como siempre.

—¿No te cansas? ¿De siempre mirar y nunca sentir?

—Mi pureza es mi poder.

—Tu pureza es tu prisión. —Mercedes se sentó a mi lado—. Pero allá tú. Al menos bebe conmigo.

Me ofreció la copa. La tomé. Bebí más de lo que debía.

—¿Sabes qué creo? —dijo Mercedes mirando a las parejas entrelazadas—. Creo que todas estamos condenadas. Las que pecan y las que no pecan. El obispo nos condenará a todas de todas formas. Así que al menos ellas tendrán recuerdos.

—¿Y yo?

—Tú tendrás tu cuaderno. Y tu pureza. Y tu soledad.

Se levantó y se alejó, dejándome con mis pensamientos amargos.

La celebración continuó hasta cerca del alba. Cuando finalmente subimos, agotadas y con la cabeza pesada por el vino, el cielo empezaba a aclarar.

Gimena fue la última en salir de la cripta. Me detuvo en el umbral.

—Gracias —dijo.

—¿Por qué?

—Por ser testigo. Por documentar. Por quedarte cuando podrías haberte ido.

—No tengo a dónde ir.

—Todos tenemos a dónde ir. Elegimos quedarnos. Y esa elección es lo que nos hace libres.

No le creí entonces. Pero años después, entendería lo que quiso decir.

*

Dos noches después encontré a Catalina y Pedro en la capilla abandonada de San Lázaro.

No estaban haciendo el amor. Solo estaban sentados entre las ruinas, Catalina recostada contra el pecho de Pedro, mirando las estrellas a través del techo derrumbado.

Los muros de la capilla vieja aún se mantenían en pie, pero el techo había colapsado hacía años. Los helechos crecían entre las piedras y la hiedra trepaba por los muros. Era un lugar olvidado. Perfecto para ellos.

Hablaban en susurros que apenas alcancé a escuchar desde mi escondite detrás de un pilar caído.

—¿Huimos? —preguntaba Pedro, una mano en el cabello de Catalina—. He hablado con fray Domingo. Hay un lugar en Portugal. Un pueblo pequeño. Podríamos vivir como campesinos. Ser libres.

—¿Libres? —Catalina rio con amargura—. Los alguaciles nos cazarían antes de llegar. Don Suero tiene contactos por todo el reino.

—Entonces Francia. Más lejos. Donde su brazo no llegue.

—Pedro. —Catalina se volvió para mirarlo—. Si huimos, confirmaremos cada acusación. Seremos culpables. Y Gimena perderá.

—Que pierda. Prefiero vivir contigo en el exilio que morir aquí como mártir de una causa perdida.

—No es una causa perdida. —Pero su voz no sonaba convincente—. Tenemos la bula papal. Tenemos la ley de nuestro lado.

—La ley no nos protegerá cuando don Suero decida atacar de verdad. Y atacará. Lo sabes.

Silencio largo. Solo el viento entre las ruinas.

—Si tuviéramos un hijo —dijo Catalina finalmente—. ¿Qué vida le daríamos?

—Una vida libre. Aunque fuera pobre. Aunque fuera difícil.

—¿Una niña o un niño?

—Niña —dijo Pedro sin dudar—. Como tú. Valiente como tú.

—¿Y cómo la llamaríamos?

Pedro pensó.

—Esperanza.

—Esperanza —repitió Catalina—. Me gusta. Nacida contra toda esperanza, sería la esperanza misma.

—Algún día —dijo Pedro besando su cabello—. Cuando esto termine. Cuando podamos.

—Si podemos.

—Cuando podamos —insistió él—. Tengo que creerlo. Si no creo que hay futuro, me vuelvo loco.

Se quedaron en silencio, abrazados bajo las estrellas, soñando con futuros que quizás nunca llegarían.

Fue la última vez que los vi en paz.

*

El obispo llegó tres días después de la votación.

No en agosto como esperábamos, para su visita mensual. Tres días. Como si hubiera estado esperando. Como si alguien le hubiera avisado.

Llegó al mediodía, cuando el calor era insoportable. El estruendo de las herraduras en las losas del patio nos alertó.

Estábamos en el refectorio, comiendo en silencio como era costumbre.

—Que nadie se mueva —ordenó Gimena con voz calmada.

El obispo entró sin anunciarse. Los soldados se desplegaron por el refectorio, bloqueando las salidas.

Más soldados que nunca. Treinta, quizás cuarenta.

—Doña Gimena Rodríguez de Cabrera —dijo con voz que cortaba el aire—. Me han informado que os habéis proclamado priora sin mi autorización.

—Con autorización papal —respondió Gimena sin levantarse de su asiento—. Como es nuestro derecho según la bula que sin duda habéis leído.

—He leído muchas bulas en mi vida. Algunas auténticas. Otras... menos.

—¿Acusáis al Papa de falsificar documentos?

—Acuso a monjas ambiciosas de inventar excusas para la rebelión. —Paseó entre las mesas—. Pero no importa. He enviado una carta a Roma. Llevará meses recibir respuesta. Un año, quizás. Y mientras tanto...

Paseó entre las mesas, dejando que el silencio hiciera su trabajo.

—He oído rumores, doña Gimena. Rumores muy perturbadores. Frailes que visitan de noche. Monjas que no cumplen el horario. Vino robado. Celebraciones... indecentes.

Nadie respondió. El silencio era absoluto.

Pero vi cómo palidecía Isabel. Cómo Catalina bajaba la vista. Alguien había hablado.

—La próxima semana —continuó el obispo— empezarán los interrogatorios. Uno por uno. Bajo juramento. —Se volvió hacia todas nosotras—. Y cuando encuentre lo que busco, este lugar arderá. Y todas con él.

Salió con su séquito.

El silencio que dejó era el silencio de una trampa cerrada.

Cuando finalmente pudimos movernos, Gimena habló:

—Alguien nos delató.

Las veintidós la miramos. Las quince del otro lado miraban sus platos.

—¿Quién? —preguntó Isabel con voz temblorosa.

—No importa —dijo Gimena—. Ya está hecho. Lo que importa ahora es sobrevivir a lo que viene.

—¿Qué viene? —preguntó Catalina.

Gimena la miró con algo parecido a la compasión.

—El juicio. La exposición. El castigo. —Hizo una pausa—. Todo lo que hemos temido durante años. Ya no es cuestión de si. Es cuestión de cuándo.

—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Mercedes.

—Semanas. Quizás menos. Depende de cuánto tarde en encontrar lo que busca. O de quién hable primero.

Todas nos miramos. Calculando. Preguntándonos quién se quebraría primero. Quién traicionaría a quién para salvarse.

—Nadie hablará —ordenó Gimena—. Pase lo que pase. Nadie dará nombres. Nadie confesará nada. ¿Entendido? Las veintidós asentimos.

Pero todas sabíamos que era mentira. Cuando llegara el tormento, cuando llegara el miedo de verdad, alguien hablaría.

Siempre alguien hablaba.

[De los cuadernos de Teresa Álvarez]

A través de los barrotes

Tinta negra sobre vitela fina

Fecha : tres de julio, año de Nuestro Señor de 1278.

«El hierro los separa. Pero cuando sus dedos se tocan es como si el hierro no existiera. Catalina dice que el amor es más fuerte que las rejas. Observándolos, la creo. Aunque el obispo construya mil muros, aunque la priora María ponga mil espías, esto que tienen es indestructible.»

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