Las dueñas de Zamora CAPÍTULO 5 #3
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CAPÍTULO 5 #3

Fue lo único cierto que pude darle.

Se durmió antes que yo, con la mano todavía en la mía. Yo me quedé despierta mirando la oscuridad, escuchándola respirar, pensando que las dos teníamos el mismo miedo y que eso, al menos, no nos lo podían quitar: estar asustadas juntas.

No sabía entonces cuál de las dos se rompería. Creo que, de haberlo sabido, no habría podido jurar que sería ella y no yo.

*

—El obispo exige una decisión. O aceptamos su jurisdicción exclusiva, o nos enfrentamos a las consecuencias.

El convento estaba reunido en pleno en la Sala Capitular, bancos de piedra adosados a las paredes y una ventana alta que apenas dejaba entrar luz. Ese día, el calor era sofocante. El aire olía a sudor y a miedo.

Treinta y siete monjas divididas en dos bandos tan claros como si hubiera una línea pintada en el suelo.

Veinte con Gimena, sentadas a su izquierda. Isabel, Mercedes, Constanza la vieja, sor Mencía. Las rebeldes. Las que querían libertad bajo los dominicos. Las que habían firmado la carta a Roma.

Quince con la priora, a su derecha. Sor Ana la fanática, sor Beatriz la mayor, sor Inés la delgada. Las que preferían la seguridad del obispo a la incertidumbre de la libertad.

Y dos indecisas en el centro, mirando a un lado y otro como corzas asustadas: sor Juana la muda y sor Leonor, que tenía diecisiete años y solo quería que la dejaran en paz.

Constanza la vieja me había contado que, en los primeros años, cuando el convento se fundó en 1258, todas éramos una.

Pero en 1264, cuando nos trasladaron aquí, fuera de las murallas, a este edificio junto al río que antes había sido hospicio de peregrinos, algo cambió.

La lejanía de la ciudad nos dio libertad.

Y la libertad nos dividió entre las que la queríamos y las que la temían.

Ahora, quince años después, esa división se había vuelto abismo.

—¿Qué consecuencias? —preguntó Gimena desde su lugar.

—Inspecciones. Investigaciones. Posible disolución del convento si se descubren... irregularidades.

—¿Irregularidades? —Gimena se levantó—. Llamemos las cosas por su nombre. El obispo busca excusas para quitarnos la jurisdicción dominica y quedarse con nuestros diezmos.

Murmullos entre las monjas. Algunas asentían. Otras negaban con la cabeza.

—El obispo es nuestro pastor legítimo —dijo sor Ana—. Debemos obedecerle.

—El Papa es nuestro pastor legítimo —respondió Gimena—. La bula Affectu sincero lo dice claramente, tenemos el derecho de elegir jurisdicción dominica.

—Esa bula puede revocarse…

—La jurisdicción es poder —dijo Gimena con voz que cortaba—.

Si quedamos bajo los dominicos, nuestros diezmos van a la Orden, no al obispado.

Si quedamos bajo su excelencia , perdemos el derecho a elegir priora, a administrar nuestras propiedades, a tener voz en nuestro destino.

Esto nunca fue sobre fornicación. Es sobre quién controla a treinta y siete mujeres nobles y sus rentas.

Sor Ana sonrió con amargura.

—Qué claridad para una simple monja.

—No soy simple. Soy hija de los Rodríguez de Cabrera.

Entiendo de poder tanto como cualquiera.

Y sé que, si nos quitan la jurisdicción dominica, nosotras seremos solo el principio.

Después irá detrás de toda casa de mujeres que no se le arrodille.

Quiere a todas las religiosas de Zamora bajo su mano, con sus rentas y sus tierras.

Nosotras somos la primera piedra. Si caemos, caen las demás.

—No dominar. Pastorear.

—Pastorear. —Gimena escupió la palabra—. Como se pastorea al ganado hacia el matadero.  Propongo votación. Ahora. Aquí. Para elegir priora legítimamente y confirmar nuestra jurisdicción.

—¡No puedes! —La priora se puso de pie—. No tienes autoridad...

—¿No tengo autoridad? Somos treinta y siete monjas profesas. Todas con derecho a voto según la regla agustiniana. ¿O niegas también eso?

El caos estalló.

Las monjas del bando de Gimena se levantaron, hablando todas a la vez. Las del bando de la priora las increpaban. Las dos del centro se encogían en sus asientos, intentando hacerse invisibles.

—¡Votación!

—¡Herejía!

—¡Libertad!

—¡Orden!

Sor Ana empujó a Isabel. Isabel le devolvió el empujón. Sor Mencía se interpuso entre ellas. Otras monjas gritaban, gesticulaban.

Yo escribía frenéticamente en mi cuaderno, sentada en mi rincón habitual junto a la puerta, documentando cada palabra, cada gesto.

Finalmente, la priora golpeó la mesa con la palma abierta.

—¡Silencio! —Su voz cortó el aire—. Habrá votación. Que conste que yo me opongo. Que conste que esto es irregular. Pero que se vote.

Gimena sonrió. Sabía que había ganado.

—Muy bien. Todas las que apoyen la jurisdicción dominica y mi elección como priora, que levanten la mano.

Veinte manos se alzaron inmediatamente. Las del bando de Gimena, sin dudar.

—Todas las que apoyen la jurisdicción episcopal y a la priora María Martínez...

Quince manos. Las del bando conservador.

—¿Y las indecisas?

Sor Juana miró a un lado y otro, aterrada. Sor Leonor se mordía el labio.

—Votad —ordenó Gimena—. No hay neutralidad en la guerra.

Lentamente, sor Leonor levantó la mano. Por Gimena.

Solo quedaba sor Juana. Todos los ojos sobre ella. La muda que nunca hablaba.

Levantó la mano. Por Gimena.

—Veintidós a quince —anunció Gimena—. La voluntad del convento es clara. Somos dominicas. Y yo soy vuestra priora legítima.

—El obispo no aceptará esto —dijo la priora María con voz temblorosa.

—El obispo no tiene elección. Roma ha hablado.

Pero todas sabíamos que el obispo tenía muchas opciones. Y ninguna era buena para nosotras.

*

Esa noche se organizó una procesión.

Vi a Isabel salir del dormitorio vistiendo el hábito dominico de fray Martín. Le quedaba grande, arrastraba por el suelo, pero ella caminaba con la espalda recta, solemne, como si fuera el prior en persona.

Mercedes llevaba el de fray Rodrigo. Catalina, el de Pedro.

Una docena de monjas vestidas con ropas de sus amantes, formando fila en el claustro bajo la luna llena.

Gimena abrió la marcha, todavía con su hábito de monja, pero portando el báculo de la priora como si fuera un cetro. Las demás la siguieron, cantando el oficio de vísperas con voces exageradas, masculinas, burlescas.

—Fray Pedro —llamó Isabel con voz grave—. ¿Nos acompañáis en la oración?

—Con mucho gusto, fray Martín —respondió Catalina, fingiendo una reverencia torpe.

Risas. Carcajadas que resonaban en la piedra del claustro.

Se llamaban entre ellas por los nombres de los frailes. «Fray Gonzalo, pasadme el salterio». «Fray Rodrigo, vuestra tonsura está torcida». Era teatro. Era blasfemia. Era política.

Caminaban despacio, procesionalmente, cantando los salmos con voces impostadas, graves, ridículas. No solo se burlaban de los hombres que querían controlarlas. Se burlaban de la idea misma de que solo los hombres pudieran ser sacerdotes, de que solo los hombres pudieran tener poder en la Iglesia.

Yo las seguía en silencio.

Desde una ventana del segundo piso, vi un rostro pálido observando. La antigua priora miraba la procesión con horror.

Gimena la vio también. Levantó el báculo hacia ella en un saludo burlón.

—Buenas noches, hermana María. ¿No os unís a nuestro oficio?

Cerró la ventana de golpe.

Supe en ese momento que escribiría al obispo. Que esto era demasiado. Que la procesión blasfema sería la gota que colmara el vaso.

Pero aquella noche nadie pensaba en las consecuencias.

Terminaron la procesión en la puerta de la cripta. Allí se quitaron los hábitos dominicos, riéndose, devolviéndoselos a los frailes que esperaban abajo con vino y antorchas.

La celebración apenas comenzaba.

*

La cripta estaba iluminada con velas de la sacristía. Docenas de ellas, derramando cera sobre el suelo de tierra. La luz parpadeante proyectaba sombras que bailaban en las paredes húmedas.

Alguien había robado vino tinto de la despensa —dos jarras de barro del que se usaba para la misa— y lo compartían con alegría genuina.

Gimena fue la primera en beber, levantando la jarra como en un brindis:

—Por las que eligieron —dijo—. Por las que eligen. Por las que seguirán eligiendo.

El vino pasó de mano en mano. Cuando llegó a mí, dudé. Nunca había bebido vino fuera de la misa.

—Bebe —me animó Mercedes—. Esta noche todas somos iguales. Incluso la virgen.

Bebí. El vino era áspero, agrio, pero quemaba al bajar por la garganta. Me hizo toser.

—Despacio —rio Isabel—. No estamos intentando emborracharte.

El vino continuó su ronda. Había música: sor Beatriz tocaba el salterio, las cuerdas vibrando en la oscuridad húmeda. La melodía era alegre esta vez, casi desafiante. Sor Beatriz cantaba una coplilla vieja, de las que se aprenden de oído y nadie sabe de dónde vienen:

—Tragóla la serpiente, mas no la tuvo nada... con la cruz en la mano salió, sana y librada...

Era la canción de santa Margarita, la que el dragón se tragó y devolvió entera, la que las parturientas invocan cuando les llega la hora.

Y había cuerpos. Cuerpos que se buscaban con menos disimulo que nunca. La victoria había dado permiso para celebrar sin miedo, al menos por una noche.

Vi a Isabel con el fraile Martín, el rubio que había sido amante de Elvira. La penetraba contra la pared de piedra, sus manos en las caderas de ella, sus bocas unidas en un beso hambriento. Isabel gemía sin intentar silenciarse.

Vi a dos monjas jóvenes, Luisa la novicia y una profesa, Leonor, besándose en un rincón. Las manos de Luisa se perdían bajo el hábito de Leonor, explorando, descubriendo. Leonor susurraba algo al oído de Luisa que la hacía sonreír.

Vi a Gimena con dos frailes —fray Rodrigo y fray Juan, ambos jóvenes, ambos dispuestos—. Los tres entrelazados sobre una manta, una confusión de extremidades y placer compartido. Gimena reía. Hacía meses que no la oía reír así.

Y vi a Catalina y Pedro.

Hacían el amor en el centro de la cripta, sobre mantas extendidas, sin esconderse. Lento, intenso, sus cuerpos moviéndose en sincronía perfecta. Pedro la besaba en los labios, en las mejillas, en el cuello, como quien reza.