CAPÍTULO 5 #2
María Martínez metió en él a las dos Marías a comienzos de aquel verano.
A María de Sevilla, la sacristana, por haber abierto el coro a los frailes cuando vinieron a decir la misa que la priora tenía prohibida.
A María de Valladolid, por ponerse delante cuando los guardias fueron a sacarla.
Dos días con los pies en la madera. Para que aprendieran, dijo, qué cosa era la obediencia.
Les llevé pan al anochecer. Estaban sentadas en el suelo de tierra, la espalda contra el muro, las piernas estiradas ante sí porque la madera no las dejaba recogerlas. María de Sevilla no se quejaba. Miraba el candado con una calma que asustaba más que el llanto.
—Ella cree que esto es disciplina —me dijo, sin apartar los ojos del hierro—. Pero la disciplina la pone quien manda. Y aquí ya no manda ella.
No entendí del todo qué quería decir. Lo entendí la noche siguiente.
*
Vinieron después de completas, cuando la priora dormía. No diez ni doce. Casi todas. Gimena delante, con un cirio del altar en la mano, y detrás las demás con sus velas, de modo que la vieja sala capitular se llenó de una luz temblorosa que no habíamos encendido para Dios.
Yo iba al final, con la tablilla, porque alguien tenía que escribirlo y todas sabían que esa era yo.
Gimena se arrodilló frente al cepo. Pasó la mano por el madero, despacio, y habló sin levantar mucho la voz.
—Una priora puede corregir a sus hijas. Pero esta no es priora nuestra, y nosotras ya no somos suyas. Estamos incorporadas a la Orden de Predicadores. Lo dicen las bulas. Lo dice Roma. Ningún obispo, y ninguna mujer puesta por un obispo, tiene derecho a ponernos hierro en los pies.
No pidió la llave. Pedir la llave habría sido reconocer que la priora tenía algo que cerrar. Dos trajeron una palanca de la leñera y reventaron el madero por la juntura. Cedió con un crujido que se oyó en toda la sala.
María de Sevilla sacó los pies despacio, como si le costara creer que podía. María de Valladolid se echó a llorar, y no era de dolor.
Y entonces cantaron.
Te Deum laudamus. El himno de la victoria, el que se entona cuando vence un rey o eligen a un papa, cantado a medianoche por mujeres descalzas alrededor de un cepo roto. Las velas, los rostros, el hierro inútil en el suelo.
Lo anoté todo. El número de velas. El orden de las voces. La palanca. Las palabras de Gimena, que copié dos veces por miedo a perderlas.
*
La priora llegó cuando ya terminábamos, con el manto sobre el camisón y dos de sus leales detrás. Miró el madero partido. Miró a las dos Marías de pie. Miró el candado, que seguía cerrado, colgando de una madera que ya no sujetaba nada.
Abrió la boca. No le salió la orden.
—Buenas noches, hermana María —dijo Gimena. Nada más.
Las velas se fueron apagando camino del dormitorio. La priora se quedó sola en la sala capitular, con la llave en la mano y nada que abrir.
Esa noche entendí que una llave vale solo lo que valga el miedo de quien está al otro lado de la cerradura. Y que en las Dueñas el miedo había empezado a cambiar de bando.
*
El refectorio estaba tenso aquella tarde. Dos mesas: las rebeldes a un lado, las leales al obispo al otro. Como siempre. En medio, un silencio que pesaba como plomo.
María Martínez se levantó. Intentó dirigirse a la comunidad, recuperar algo de autoridad.
—Hermanas, debemos recordar que la obediencia es la primera virtud...
No pudo terminar.
Gimena se puso de pie lentamente. Miró a María Martínez con ojos fríos. Luego, con movimientos deliberados, lentos, se llevó dos dedos a sus propios ojos.
Los señaló. Los apuntó.
Después apuntó esos mismos dedos hacia María Martínez.
Cum digitis ad oculos.
El gesto del mal de ojo.
Isabel la imitó. Luego Mercedes. Luego otras tres monjas más. Todas haciendo el mismo gesto: dedos a los ojos propios, luego apuntando a María Martínez.
Maldiciéndola.
El rostro de la priora se puso ceniciento. Se llevó la mano al pecho y se santiguó con dedos temblorosos. Algunas monjas del otro lado gritaron escandalizadas. Otras se persignaron también, como si el mal de ojo pudiera alcanzarlas a ellas.
Pero las rebeldes no bajaron las manos. Seguían apuntando, en silencio, con una violencia más terrible que cualquier palabra.
Yo tomaba apuntes con manos temblorosas. Sabía que debía registrar aquello. El gesto exacto, la posición de los dedos, el orden en que lo hicieron.
No era superstición vacía. El mal de ojo era real. Tan real como la peste, como el hambre, como la muerte. Era de todos sabido que ciertos gestos, ciertas palabras, podían causar daño físico. Que la mirada de una mujer enfurecida podía enfermar, marchitar, matar.
María Martínez lo sabía. Por eso palidecía. Por eso retrocedía.
No era solo intimidación. Era una amenaza de muerte.
Gimena habló por fin, con voz suave, casi amable:
—Que Dios te proteja, hermana María. Porque nosotras ya no lo haremos.
Luego se sentó. Las demás también.
María Martínez huyó del refectorio. No regresó a comer en tres días.
*
El calor de julio llegó como una maldición.
No el calor normal del verano castellano, que ya era bastante cruel. Este era diferente. Más pesado. Más sofocante. Como si Dios hubiera decidido convertir Zamora en un horno y nosotras en el pan que se horneaba lentamente.
Las moscas se multiplicaban en las letrinas del convento, nubes negras que zumbaban día y noche. El hedor era insoportable.
De noche, el calor atrapado en la piedra hacía imposible dormir. Las paredes del dormitorio irradiaban el calor del día. Nos quedábamos en nuestros jergones, empapadas de sudor, jadeando como perros.
—Esto es el infierno —susurraba Marina —. Dios nos está castigando.
—Dios no tiene nada que ver —respondía Beatriz—. Es solo el verano. Pero parecía un castigo.
*
La sequía vino con el calor, o el calor con la sequía, que aquel julio fueron la misma cosa.
Llevábamos semanas sin una nube. El Duero bajaba flaco, enseñando guijarros que yo no había visto nunca, y la tierra del huerto se abría en grietas por las que se habría colado un dedo.
Los campos del otro lado del río, que en primavera habían verdeado, eran ahora una costra parda hasta donde alcanzaba la vista.
Una mañana las campanas de la ciudad rompieron a tocar todas a la vez, las de la catedral y las de cada iglesia, y no era hora de oficio. Nos asomamos al muro del huerto. Por la puerta del puente salía Zamora entera.
Salía a pedir agua. Delante, los pendones y las cruces; después el cabildo, con sus mejores capas pese al calor; y en medio, sobre andas, bajo un palio que se combaba, el relicario de San Ildefonso.
El oro cogía el sol y lo devolvía partido en astillas que cegaban desde la otra orilla.
Detrás del santo, sin palio, a cabeza descubierta, caminaba el obispo.
Aun de lejos lo reconocí por la cruz del pecho, que ardía igual que el relicario.
Lo sacaban a él, al santo, el cuerpo que el propio don Suero había mandado desenterrar en los primeros años de su episcopado, cavando bajo los cimientos de San Pedro.
Había hallado un santo en la tierra, y desde entonces lo paseaba como quien enseña una escritura de propiedad.
La ciudad lo seguía, cantando, pidiendo lluvia, y él iba delante, llevando a su santo hacia los campos resecos, cruzando el puente, acercándose a nosotras.
Yo sabía quién había sido aquel a quien llevaban en hombros.
Lo había leído. Ildefonso de Toledo, el que escribió un libro entero para probar que la Madre de Dios fue virgen antes del parto, en el parto y después del parto, virgen perpetua, sin mácula.
El santo de la pureza de María cruzaba el puente dorado y mudo, camino del único convento de la ciudad donde, antes de que pasara el año, unos hombres discutirían pergamino en mano qué mujeres conservaban la suya y cuáles no.
Pasó tan cerca que oí toser a los que cargaban las andas.
Ninguna de nuestras campanas contestó a las de la ciudad.
Estábamos del otro lado del muro, mirando rezar a Zamora, y Zamora no miró hacia nosotras ni una vez.
No llovió. Ni aquel día ni en muchos. El santo volvió a su urna, el obispo a su palacio, y el cielo siguió blanco y duro sobre nuestras cabezas.
*
Aquella noche, Marina se pasó a mi jergón.
Lo hizo sin pedir permiso, como hacen los niños cuando tienen miedo, arrastrándose en la oscuridad hasta quedar pegada a mi espalda. Yo no la aparté. Hacía demasiado calor para el consuelo de otro cuerpo, pero la dejé quedarse.
Las dos éramos las más jóvenes. Las dos habíamos entrado siendo casi niñas. Las dos sabíamos que lo que se acercaba era más grande que nosotras.
—Teresa —susurró—. ¿Tú qué vas a hacer?
—¿Cuándo?
—Cuando nos lo pregunten. Cuando el obispo nos haga elegir. —Su voz era un hilo—. Porque lo va a hacer. Nos va a poner delante y nos va a hacer decir de qué lado estamos.
No respondí enseguida. Afuera, los grillos. Dentro, la respiración de treinta mujeres y el calor de la piedra que no se enfriaba nunca.
—No lo sé —dije al fin. Y era verdad.
—Yo tampoco. —Se quedó callada un momento—. A veces pienso en el horno.
¿Te acuerdas de que me escondí en el horno?
Me acordaba. Yo la había encontrado allí, ovillada en la boca fría del horno, blanca de ceniza, huyendo de un fraile cuyas manos no quiero nombrar.
—Era pequeño y oscuro y olía a pan —dijo Marina—. Y yo cabía entera. Nadie me veía. A veces pienso que ojalá pudiera volver a meterme ahí y quedarme.
Hacerme pequeña. Que pasara todo sin mí.
No supe qué decirle. No le dije que fuera valiente, porque yo no lo era.
No le dije que Dios nos protegería, porque ya no estaba segura de que Dios mirara hacia Zamora.
No le dije nada de lo que se supone que debe decirse.
Solo busqué su mano en la oscuridad y se la apreté, y ella me la apretó a mí, y nos quedamos así, dos novicias sudando en un dormitorio que era un horno, agarradas como si la otra fuera lo único sólido en un mundo que se hundía.
—No nos van a dejar en paz, ¿verdad? —dijo.
—No —dije yo.