Las dueñas de Zamora CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

La escalada

El obispo vino dos días después del entierro de Elvira.

No en su visita anual de agosto como era costumbre. En junio. Sin previo aviso.

Llegó con veinte guardias del concejo.

—Una monja suicida —dijo paseando por el refectorio mientras desayunábamos en silencio forzado—. Qué vergüenza para esta casa.

La priora, su títere, asentía servilmente.

—Fue la influencia de las otras —dijo—. Las que no siguen la Regla como deben.

—¿Ah sí? —El obispo miró a Gimena, sentada entre las profesas—. ¿Y quiénes son esas... otras?

—Las que prefieren la jurisdicción dominica a la episcopal —respondió Gimena sin bajar la vista—. Como es nuestro derecho según las bulas papales.

—Las bulas pueden revocarse.

—La autoridad papal no.

Se miraron como dos lobos midiendo fuerzas.

—He sabido —dijo el obispo lentamente— que los frailes predicadores visitan este convento con... excesiva frecuencia.

—Vienen a confesar y dar misa —respondió Gimena—. Como es su deber.

—¿Solo eso?

—¿Qué más podría ser?

El obispo sonrió. Una sonrisa cansada.

—Eso me pregunto. —Se volvió hacia mí, sentada al final de la mesa de las novicias—. Tú. La novicia. Teresa, ¿verdad?

—Sí, excelencia.

—Dicen que sabes escribir.

—Sí, excelencia.

—¿Y que observas todo?

Miré a Gimena.

—Observo mis oraciones, excelencia. Y copio textos sagrados.

—¿Nada más?

—¿Qué más podría observar una novicia?

Me estudió con esos ojos de halcón. Yo mantuve mi expresión de inocencia absoluta.

—Cierto. ¿Qué más podría observar? —Se volvió hacia la priora—. Quiero un informe mensual. Todo lo que pase aquí. Todo.

—Sí, excelencia.

—Y quiero inspecciones. Cada mes.

—Sí, excelencia.

—¿Has entendido, doña Gimena? Cada mes vendré. Y revisaré todo. Las celdas. Los libros de cuentas. Las conversaciones. Y cuando encuentre lo que busco...

—¿Qué buscáis, excelencia? —preguntó Gimena con voz peligrosamente calma.

—Irregularidades. Desobediencia. Pecado. —Paseó entre las mesas—. Un convento donde una monja se suicida es un convento enfermo. Y los conventos enfermos deben ser... curados.

—¿O cerrados? —preguntó Gimena.

—Si es necesario.

Salió con su séquito, dejando un silencio tenso.

«El obispo ha venido. Ha amenazado. Ha prometido regresar. Gimena dice que tenemos derecho. Que Roma nos protege. Pero Roma está lejos y el obispo está aquí, con sus guardias y su poder.

La guerra ha comenzado oficialmente.»

*

Los meses que siguieron fueron de guerra fría.

El obispo cumplió su promesa. Vino cada mes. Siempre sin aviso. Siempre con guardias. Inspeccionaba celdas, revisaba libros de cuentas, interrogaba a monjas.

Buscaba pecado.

Y nosotras aprendimos a esconderlo.

Los frailes dominicos dejaron de entrar por la puerta principal.

Ahora saltaban el muro del huerto de noche, por el lugar donde las piedras faltaban.

Catalina y Pedro se volvieron fantasmas, viéndose solo en la oscuridad más profunda.

Isabel y Mercedes dejaron de dormir juntas, fingiendo enemistad durante el día.

Las cartas de amor se escondían en biblias vaciadas.

Las respuestas de los frailes llegaban en tablillas de cera, pequeñas como la palma de una mano, que pasaban por los huecos del muro donde las piedras no ajustaban.

Isabel las recibía en la huerta, fingiendo arrancar cebollas.

Yo copiaba el mensaje al pergamino a la luz del día, en el scriptorium , delante de todas: nadie sospecha de una novicia que copia.

Luego Gimena alisaba la cera con el pulgar, despacio, como quien borra un pecado, y la tablilla volvía por el muro con nuestra respuesta.

Mensajes que existían una hora. Palabras escritas para ser borradas.

—Aprende esto, Teresa —me dijo Gimena una tarde, alisando la cera—. Lo que el obispo busca son papeles. Nunca encontrará cera.

Las reuniones nocturnas se trasladaron de la cripta a la capilla abandonada de San Lázaro, donde el obispo nunca miraba.

Pero la división se hacía más profunda.

Éramos literalmente dos comunidades habitando el mismo edificio.

Las que seguíamos a Gimena comíamos juntas en un lado del refectorio. Las que seguían a María Martínez en el otro. Rezábamos en lados opuestos del coro. Dormíamos en alas separadas. Apenas nos hablábamos.

Cuando nos cruzábamos en el claustro, desviábamos la mirada.

Y en las paredes empezaron a aparecer mensajes.

Pequeños pedazos de pergamino pegados con cera, con tinta rápida, en latín o en castellano. Algunos eran insultos contra María Martínez:

«La falsa priora fornica con el diablo.»

Otros, declaraciones de independencia:

«Somos dominicas, no esclavas episcopales.»

Algunos, versos de amor anónimos. Uno que encontré pegado en el muro del huerto decía:

«Más vale arder en llamas de amor que helarse en obediencia muerta.»

Los guardias del obispo los arrancaban cada vez que venían. Aparecían nuevos al día siguiente.

Era una guerra de palabras. De pergamino contra autoridad.

Y las palabras estaban perdiendo.

*

La priora me mandó llamar al locutorio una tarde de septiembre, cuando el calor empezaba a ceder y el huerto olía a higos pasados. Sobre la mesa había un montón de pergaminos y un tintero que no era el mío.

—Tienes buena letra —dijo—. Mejor que la del clérigo que me mandan de la catedral. Copia esto.

Era una carta de obediencia, de las que el obispo exigía cada pocas semanas para dejar constancia de que la casa seguía bajo su mano.

Yo ya había copiado tres. Esta no decía nada distinto de las otras.

Pero mientras yo afilaba la pluma, María Martínez hizo algo que no le había visto hacer nunca: se quedó callada, mirando un documento viejo que tenía aparte, con el sello roto.

—¿Sabes qué es esto? —Lo giró hacia mí sin soltarlo—. La carta de venta. El veintiséis de marzo de 1264, doña Jimena y doña Elvira le compraron a don Suero el solar de la otra orilla. Este convento existe porque él se lo vendió.

No supe qué decir. En mi cabeza el obispo era un hombre que llegaba con guardias. No un hombre que había firmado el suelo que pisábamos.

—Por eso no lo entiendes, niña, y por eso es peligroso —siguió ella, en voz más baja—.

Crees que nos odia. No nos odia. Nos hizo.

Para él esta casa es suya como lo es su torre de Fermoselle, y que las dueñas escriban a Roma para salir de su jurisdicción no es para él una disputa de derecho.

Es una hija que reniega del padre que la levantó.

—Lo cuenta a quien quiera oírlo: que llegó a Zamora con cuarenta caballos en el séquito y no encontró en toda la diócesis más que una mula coja.

Hace más de veinte años de aquello y todavía lo dice como un agravio.

Lo que tú ves como nuestra casa, él lo ve como algo que levantó de la ruina con su mano.

Y a lo que uno levanta de la nada no le perdona que le diga que no.

Dejé la pluma. Era la primera vez que la priora me hablaba como a una persona y no como a un mueble útil.

—¿Y vos? —me atreví—. ¿Por qué le obedecéis?

Tardó en contestar. Fuera, una paloma se quejaba en el alero.

—Porque lo conozco. —Volvió a girar el documento hacia ella, como si le costara mirarlo—.

He estado en su mesa. No grita. No disfruta.

Reza solo, y reza mucho. Una vez le oí decir que la ley es la única misericordia que se puede dar a un mundo desordenado, que los grises los inventan los cobardes para no cumplir su palabra.

Lo decía sin rabia. Como quien dice que el agua moja.

—Me miró—. Un hombre cruel se cansa, Teresa.

Un hombre justo, nunca. Esos son los que hay que temer, porque te destruyen con la conciencia tranquila y duermen como niños.

Recogió los pergaminos. El servilismo le había vuelto al cuerpo igual que el frío vuelve al claustro en cuanto se pone el sol; cuando llegó la campana de vísperas ya era otra vez la priora que el obispo había sembrado entre nosotras, la que firmaba lo que le ponían delante.

Pero por un momento yo había visto a la mujer asustada que vivía debajo, la que sabía que también ella era una palabra que don Suero pronunciaría mientras le sirviera y olvidaría después.

Tenía razón en todo, y tardé sesenta años en saber cuánta. Lo único que entendí aquella tarde fue que el hombre que iba a arruinarnos no se parecía en nada al monstruo que yo me había imaginado. Era peor. Estaba convencido de tener razón. Y yo, que daba fe de todo, no tenía dónde anotar eso.

*

El invierno de 1277 fue cruel. Las heladas mataron la mitad de las hortalizas del huerto. Pasamos hambre. No hambre de morir, pero hambre de ver costillas bajo la piel, de contar cada mendrugo de pan.

Y el hambre hace crueles a las personas.

En febrero, sor Ana acusó a Isabel de robar pan. Isabel la escupió. Casi llegaron a las manos antes de que Gimena las separara.

En marzo, alguien —nunca se supo quién— envenenó los pozos con heces. Veinte monjas enfermaron. Tres de gravedad. Constanza la vieja salvó a dos con sus hierbas, pero sor Lucía la mayor, murió entre vómitos y fiebres.

El obispo vino a investigar. No encontró al culpable. Pero su sonrisa decía: «Veis cómo os destruís entre vosotras.»

La primavera de 1278 trajo alivio del hambre pero no de la tensión. El calor empezó temprano ese año. En abril ya hacía un calor que normalmente llegaba en junio.

Gimena pasaba horas en su celda, escribiendo cartas a Roma que quizás nunca llegarían. O que llegarían demasiado tarde.

María Martínez rezaba como si ya escuchara los cascos de los cuatro jinetes del Apocalipsis, horas y horas de rodillas hasta que le sangraban.

Y nosotras, las del medio, empezamos a entender que esto solo podía terminar de una forma. Con sangre.

Cuando llegó el verano de 1278, ya no éramos un convento. Éramos dos ejércitos compartiendo el mismo campo de batalla.

Y la batalla final se acercaba.

*

El cepo estaba en la vieja sala capitular, la que ya no usábamos, detrás de la leñera. Dos maderos con sendos huecos para los tobillos y un candado que la priora llevaba colgado del cíngulo, junto a las llaves del sagrario, como si pesaran lo mismo.