Las dueñas de Zamora CAPÍTULO 4 #3
37%

CAPÍTULO 4 #3

Salimos de la cripta a la noche fría. La luna menguante apenas iluminaba.

Constanza llevaba al bebé envuelto en el paño de lino.

Llevaba también una pala pequeña. Cruzamos el claustro en silencio.

Nuestros pasos resonaban en la piedra. En alguna celda, alguien tosió.

Nos quedamos inmóviles, esperando, pero nadie salió.

Continuamos hasta el huerto viejo, detrás de la capilla abandonada de San Lázaro.

Los manzanos estaban en flor, blancos fantasmales bajo la luna.

Un olor dulce llenaba el aire. Primavera. Vida. Resurrección.

Y muerte.

Constanza se arrodilló junto a un manzano. No cualquiera. Uno específico. El tercero desde la esquina oeste de la capilla.

—Aquí —dijo—. Siempre aquí. Así sé dónde están todos.

Empezó a cavar. La tierra estaba blanda, trabajada antes. Cuántas veces antes, no quise imaginar. El bebé se despertó. Empezó a llorar de nuevo, ese llanto débil de recién nacido.

Constanza gruñó entre dientes.

—Le di láudano. Debería estar dormido.

—¿Cuánto tiempo...?

—Minutos. Tal vez. O tal vez aguante media hora. Los prematuros son fuertes a veces.

Cavó más rápido. El hoyo creció. Treinta centímetros. Cuarenta. Lo suficiente.

Puso al bebé en el hoyo. Aún envuelto en el paño de lino blanco. Aún llorando. Los ojitos cerrados. Los puñitos agitándose.

—Perdóname —susurró Constanza—. Perdónanos a todas.

Levantó la pala con tierra. Debí detenerla. Debí gritar, correr hacia ella, arrebatarle al niño. Llevarlo a la inclusa. Dejarlo en una puerta. Cualquier cosa menos quedarme paralizada, observando.

Pero no me moví.

Constanza empezó a echar tierra encima.

La primera palada cubrió las piernas del bebé. Siguió llorando.

La segunda cubrió su vientre. El llanto se hizo más débil.

La tercera cubrió su pecho. El llanto se convirtió en un gemido.

La cuarta palada cubrió su rostro. El llanto se detuvo.

Pero su pecho aún subía y bajaba. Poco. Muy poco. Pero se movía.

Quinta palada.

Sexta.

Séptima.

El montículo de tierra creció.

El bebé desapareció completamente.

¿Cuánto tiempo más? ¿Un minuto? ¿Dos?

Me tapé la boca para no gritar. Las lágrimas me cegaban. Pero no aparté la vista.

Era mi deber mirar lo que otras no podían.

Observadora. Testigo. Cobarde.

Todavía no sé cuál es la diferencia.

Cuando terminó, Constanza rezó un padrenuestro.

—¿Cuántos más habrá? —pregunté con voz rota. Constanza no respondió. Solo miró el montículo de tierra recién movida.

—Mientras haya amor prohibido —dijo finalmente—, habrá más.

—¿Todos vivos?

—Algunos nacen muertos. Es una bendición cuando pasa. —Me miró con infinita tristeza—. No me juzgues, niña. Es esto o la hoguera para la madre. Y la hoguera es más lenta.

No la juzgué. Me juzgué a mí misma.

Regresamos en silencio. Cada paso era un latido de culpa.

En la cripta, Elvira lloraba abrazada a Gimena. Sus pechos estaban hinchados de leche que nadie bebería. Sangraba aún entre las piernas.

—¿Ya está? —preguntó cuando nos vio.

—Ya está —respondió Constanza.

—¿Sufrió?

Constanza dudó.

—Se durmió. No sintió nada.

Elvira asintió, queriendo creerlo. Necesitando creerlo. Pero yo sabía la verdad. Y esa verdad me perseguiría el resto de mi vida.

Elvira sobrevivió.

Físicamente.

*

Tres semanas después, en una mañana de mayo, la encontraron flotando en el Duero.

Se había arrojado desde el puente de piedra en la noche, cuando nadie vigilaba. El río la arrastró casi una legua antes de que su cuerpo quedara atrapado en las raíces de un sauce.

Los pescadores la sacaron al alba. Trajeron el cuerpo al convento envuelto en arpillera.

La priora no permitió que la enterraran en tierra consagrada.

—Se suicidó. Es condenada eterna. No puede descansar con las santas.

—Era una santa —dijo Gimena con voz peligrosa—. Más que tú jamás lo serás.

—Era una fornicaria que mató a su propio hijo con su pecado.

Gimena la abofeteó. El sonido resonó en el claustro como campana.

—Su hijo murió por nuestra cobardía. Por tu hipocresía. Por este sistema que condena a las mujeres por sentir lo que los hombres sienten sin castigo.

La priora se tocó la mejilla enrojecida, temblando de rabia.

—Esto se lo diré al obispo.

—Dile lo que quieras. Ya no me importa.

Enterramos a Elvira fuera del cementerio del convento, en tierra no consagrada. Sin lápida. Sin cruz. Como si nunca hubiera existido.

Pero yo la recordaba. Su rostro cuando amamantó a su hijo. Su voz cuando le pidió perdón. Su cuerpo flotando en el río con los pechos todavía hinchados de leche.

Marina me contó que cuando la sacaron del río tenía barro en las manos. Intentaba aferrarse al fondo. O quizás escarbaba buscando a su niño bajo la tierra, aunque el río esté lejos del huerto.

El obispo dice que los suicidas no tienen descanso. Que su alma vaga eternamente.

Pero yo creo que Elvira encontró a su hijo.

[De los cuadernos de Teresa Álvarez]

El río y el árbol

Tinta negra diluida sobre pergamino.

Fecha: 12 de mayo, año de Nuestro Señor de 1277.

«No pude escribir, ni dibujar, hasta hoy.

¿Cómo dibujas el silencio que dejó Elvira?

En algún lugar entre el agua y la tierra, madre e hijo están juntos.

Hoy pude dibujarlos. No sé si eso me hace valiente o cobarde . »