Las dueñas de Zamora CAPÍTULO 4 #2
33%

CAPÍTULO 4 #2

—No importa. Lo importante es que exista.

Que quede constancia de que estas mujeres vivieron.

De que Catalina amó a Pedro con todo su ser.

De que Elvira parió. De que Gimena peleó contra un obispo por el derecho a gobernarse a sí misma.

—Me miró. De que Teresa observó todo y tuvo el valor de escribirlo.

—No sé si tengo ese valor.

—Ya lo has demostrado. Cada noche que escribes en tu cuaderno. Cada detalle que memorizas. Ya eres cronista, Teresa. Solo falta que lo aceptes. Me dio el manuscrito de Berceo.

—Quédatelo. Léelo completo. Todos los milagros. Y cuando termines, piensa: ¿qué milagro escribirían sobre nosotras? ¿Sobre las Dueñas de Zamora?

Tomé el manuscrito. Pesaba poco pero se sentía como una sentencia.

—¿Y si no hay milagro? ¿Si solo hay tragedia?

—Entonces esa es la historia que debes contar. —Gimena abrió la puerta—. Ve. Tienes lecturas que hacer.

*

Esa noche, después de completas, y escondida en el horno con un candil, leí el manuscrito entero.

Leí sobre el ladrón devoto salvado por la Virgen.  Sobre el clérigo ignorante a quien Ella dictó la misa. Sobre la monja que pecó pero fue perdonada.

Historia tras historia de pecadores salvados por milagros.

Y pensé en Elvira, encinta en su celda, esperando un milagro que nunca vendría.

Pensé en el bebé que nacería en unas semanas y que sería enterrado bajo los manzanos.

Pensé en todas las que habían muerto sin milagros. Sin ser recordadas.

Cerré el manuscrito de Berceo.

«He leído los milagros de Berceo. Historias hermosas donde la Virgen salva a pecadores devotos. Pero aquí no hay milagros. Aquí solo hay mujeres que aman y pagan por ello. Que paren y entierran a sus hijos. Que se arrojan a ríos fríos porque el dolor es demasiado.

Berceo escribió lo que necesitaba escribir: edificación. Yo escribiré lo que necesito escribir: verdad.

Aunque nadie lo lea jamás.

Aunque me cueste la vida.

Aunque sea mi propia condena.

Alguien debe contar que existimos. Y ese alguien soy yo.»

*

Elvira dio a luz en abril, cuando las cigüeñas volvían a anidar en las torres de la catedral.

El mes de la vida nueva. La ironía no escapó a ninguna de nosotras.

Empezó con los dolores en la tarde, después de nona.

Estaba en el huerto, arrancando malas hierbas entre las lechugas, cuando el primer dolor la dobló como un cuchillo en el vientre.

—Ya viene —dijo Constanza cuando la vio—. Esta noche.

Esperamos hasta completas. Hasta que todas las demás estuvieran dormidas. Solo entonces bajamos a Elvira a la cripta.

Constanza iba delante con una vela. Gimena y yo sosteníamos a Elvira, una a cada lado. Isabel traía paños limpios y agua caliente en una jarra de barro.

Olía a tierra húmeda. El agua goteaba en algún lugar de las sombras.

—Aquí —ordenó Constanza señalando un lugar en el suelo de tierra apisonada—. Poned las mantas.

Acostamos a Elvira, que jadeaba ya, el rostro brillante de sudor pese al frío de la cripta.

—¿Cuánto falta? —preguntó agarrando la mano de Gimena.

—Pronto —mintió Constanza—. Muy pronto.

El parto duró toda la noche.

Los dolores venían en oleadas, cada vez más frecuentes, cada vez más fuertes. Elvira gritaba, luego se mordía el puño para ahogar los gritos, pero aun así el sonido resonaba en las paredes de piedra.

—Empuja —decía Constanza—. Cuando venga el dolor, empuja.

—No puedo... no puedo más...

—Sí puedes. Todas podemos más de lo que creemos.

Yo estaba en la entrada, arriba, vigilando. Desde allí podía escuchar todo pero no ver. Era casi peor. Imaginar el dolor sin poder verle la cara. Oír los gritos sin poder ofrecer consuelo.

Isabel subió una vez a buscar más agua. Tenía sangre en las manos, en el hábito.

—¿Cómo está? —pregunté.

—Sangrando mucho. Constanza dice que es normal, pero...

—¿Pero?

—Pero nunca se sabe.

Volvió abajo con el agua. Los gritos de Elvira se intensificaron.

Pasó una hora más. Dos. Las campanas de la catedral tocaron a maitines en la ciudad.

Finalmente, un grito diferente. Más agudo. Más desesperado.

Y después, el llanto de un bebé. Débil. Apenas un maullido de gato. Pero inconfundible.

Vida.

Bajé corriendo por la escalera.

El bebé estaba sobre el pecho desnudo de Elvira, manchado de sangre y fluido blanquecino. Diminuto. La piel casi transparente, como un pergamino sin curtir. Los puños cerrados del tamaño de nueces. Pero vivo. Respirando. Llorando.

—Es un niño —dijo Constanza envolviéndolo en un paño de lino limpio.

Elvira lo miraba con una mezcla de amor y horror. Extendió los brazos.

—Déjame... déjame verlo.

—Es más fácil si no lo ves —advirtió Constanza.

—No me importa fácil. Es mi hijo. Quiero verlo.

Constanza se lo puso en los brazos. El bebé dejó de llorar al sentir el calor del cuerpo de su madre. Se acurrucó contra ella, buscando instintivamente el pecho.

—Tiene hambre —dijo Elvira con una sonrisa rota—. Mi bebé tiene hambre.

—Elvira... —empezó Gimena.

—Lo sé. —Lágrimas corrían por las mejillas de Elvira—. Sé lo que va a pasar. Pero déjame... solo un momento. Un momento para recordar.

Abrió su camisa ensangrentada. El bebé encontró el pezón y comenzó a mamar con esa concentración absoluta de los recién nacidos.

Elvira lo miró. Solo lo miró. Memorizando cada detalle. Los deditos. Las uñas como cáscaras de almendra. El remolino de pelo oscuro en la coronilla.

—Se parece a él —murmuró—. A Martín.

El bebé mamó unos minutos. Luego se durmió en sus brazos, satisfecho, inconsciente de lo que le esperaba.

—Es hora —dijo Constanza con voz gentil—. Elvira, es hora.

—No.

—Sí. Cada minuto que pasa, más fuerte se hace el vínculo. Más te dolerá.

—Ya me duele. Ya me está matando.

—Entonces no lo hagas peor.

Elvira besó la frente del bebé. Una vez. Dos veces. Tres.

—Perdóname —susurró—. Hijo mío, perdóname.

Le devolvió el bebé a Constanza.

—Hazlo rápido —dijo con voz quebrada—. Que no sufra. Prométeme que no sufrirá.

Constanza asintió, pero vi en sus ojos que no podía prometérselo.

—Quiero ir con él —dijo Elvira intentando levantarse—. Quiero estar allí cuando...

—No —dijo Gimena sujetándola—. Eso no puedes verlo. Créeme. Eso no.

Constanza tomó al bebé. Yo la seguí sin que nadie me lo pidiera.

No quería hacerlo. Pero era mi deber. Mi maldita misión.

*