Las dueñas de Zamora CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Las primeras grietas

El Duero se heló por primera vez en una década, y desde el convento se veían las barcas atrapadas en el hielo. Las monjas más viejas decían que era mal augurio.

Y, con el hielo, llegaron las primeras grietas.

Fue Marina quien me lo contó, susurrando en el dormitorio mientras las demás dormían.

—Elvira está encinta.

Elvira era una de las profesas. La conocía de vista: veintitrés años, de buena familia de Toro, hija de un mercader de paños. Llevaba cinco años en el convento.

—¿De quién? —pregunté, aunque ya lo sabía.

—Del fraile Martín. El rubio. El mismo que se acostaba con Isabel. Las compartía, o ellas lo compartían. Nunca quedó claro.

—¿Cuánto tiempo?

—Tres meses, quizás cuatro. Ya no puede ocultarlo mucho más bajo el hábito.

No supe qué decir.

Marina se quedó dormida poco después, quizás aliviada por quitarse el peso del secreto. En cuanto escuché sus suaves ronquidos, me levanté. Fui a buscar a Gimena.

La encontré en la cripta, bajo el altar de la iglesia. Se bajaba por una escalera estrecha de piedra, siempre húmeda, siempre oscura. Era el lugar más secreto del convento, donde se había enterrado a la fundadora, muerta diez años atrás.

Estaban en consejo: Gimena, Isabel y otras seis monjas, sentadas en círculo sobre el suelo de tierra apisonada. Una sola vela las iluminaba, proyectando sombras gigantes sobre las paredes de piedra.

—Teresa —dijo Gimena al verme—. Bien. Íbamos a empezar y tu memoria nos vendrá bien para esto.

Me senté.

—Elvira está encinta —anunció Gimena sin preámbulos—. Cuatro meses. El fraile Martín.

Murmullos de las monjas reunidas. Algunas ya lo sabían, otras se persignaban.

—¿Qué hacemos? —preguntó Isabel, pálida. Ella también había estado con Martín. Podría haber sido ella.

—Constanza —Gimena se volvió hacia la monja más vieja, el rostro surcado de arrugas como un mapa de sufrimiento—. ¿Puedes ayudarla?

Constanza negó con la cabeza. Era la que conocía las hierbas, la que había «ayudado» antes. Llevaba en el convento, desde su fundación.

—Está muy avanzado —dijo—. Cuatro meses, quizás cinco. Las hierbas la matarían a ella también. La ruda y el poleo funcionan en las primeras semanas. Después...

—¿Y si lo tiene? —preguntó Isabel.

Silencio. Todas sabían la respuesta, pero nadie quería decirla en voz alta.

—Si lo tiene —dijo Gimena lentamente—, tendremos que hacer lo que se ha hecho siempre.

—No —susurró Isabel.

—¿Prefieres que el obispo la queme?

Hubo un momento de silencio pesado. Solo el goteo del agua filtrándose por las paredes.

—¿Qué haremos? —dije sin poder contenerme.

—Lo que hicimos con Juana hace tres años —dijo una monja mayor, sor Mencía—. Y con María Alfonso hace cinco.

—¿Hubo otros? —pregunté sin poder contenerme.

Todas me miraron. Constanza rio amargamente.

—Niña inocente. ¿Crees que esto empezó ayer? Desde que llegué aquí he visto nacer... —se detuvo, calculando— muchos bebés. He perdido la cuenta.

—¿Dónde? —pregunté—. ¿Dónde están?

—Mejor no saberlo —dijo Gimena.

Pero Constanza me miró con sus ojos cansados, del color del agua turbia.

—En el huerto viejo, detrás de la capilla abandonada de San Lázaro. Donde las raíces son más profundas. Donde la tierra es más blanda.

Un cementerio secreto. Bebés sin bautizar bajo los manzanos.

—¿Cuántos? —insistí.

Constanza cerró los ojos.

—Si los contara, me volvería loca.

—Pero muchos —dijo sor Mencía—. Suficientes para que el suelo esté blando bajo los árboles.

—¿Y nadie dice nada? —pregunté—. ¿El obispo no sospecha?

—Sospecha —dijo Gimena—. Pero sin pruebas, sin escándalo público, no puede actuar sin enfrentarse a todas las familias nobles del convento.

—Los bebés no tienen voz —respondió Gimena—. Nosotras sí. Y nuestra voz debe proteger a las vivas, no a los nonatos.

—Eso es...

—¿Monstruoso? —Gimena me miró directamente—. Sí. Pero es supervivencia. Elvira puede vivir. O Elvira y el bebé pueden morir. Elige.

No pude elegir. Nadie podía.

—Elvira primero —decidió Gimena finalmente—. Cuando llegue el momento, Constanza, tú asistirás el parto. En la cripta, de noche. Teresa, tú vigilarás. Y después...

—Yo lo haré —dijo Constanza—. Como siempre. Es mi penitencia.

—¿Tu penitencia? —preguntó Isabel.

—Por sobrevivir cuando ellos no.

*

Marzo llegó con lluvias que convertían el claustro en un espejo de agua y el huerto en lodazal. El Duero crecía, turbio y amenazante, arrastrando ramas arrancadas de las riberas.

Elvira con el vientre cada vez más abultado bajo el hábito holgado. Caminaba con cuidado, como si llevara un secreto de cristal que pudiera romperse en cualquier momento. Lo que era cierto, en cierto modo.

Yo la observaba durante los oficios. Su rostro había cambiado. Ya no era la muchacha alegre que cantaba más alto que todas en vísperas. Era una mujer marcada, esperando su sentencia.

Una tarde de mediados de marzo, después de nona, Gimena me llamó a su celda.

—Siéntate —dijo señalando el taburete junto a su mesa—. Hoy aprenderás algo que ninguna escribana debe ignorar. Sobre la mesa había un manuscrito que reconocí: el mismo que me había mostrado brevemente en diciembre. Gonzalo de Berceo. Pero esta vez no lo guardó tras un vistazo rápido.

—Léelo —ordenó—. Todo. En voz alta.

—¿Todo?

—Todo. Te tomará horas, pero tenemos tiempo. Las demás están en el huerto. Nadie nos molestará.

Abrí el manuscrito. Las páginas estaban gastadas, manchadas de humedad en los bordes. La caligrafía era clara.

Empecé a leer:

En el tiempo primero, cuando fue la ceguera,

antes de que el bautismo a la gente fiziera,

el ermitaño bueno de buena voluntera,

siempre a Dios fue súbdito por servicio de era...

—Ese no —interrumpió Gimena—. Más adelante. Busca El sacristán fornicario .

Pasé las páginas hasta encontrarlo.

Amigos, si quisiéredes el mío consejo prender,

otro milagro bueno querría vos leer...

Continué leyendo. La historia era simple pero perturbadora: un sacristán devoto de la Virgen María que cada noche, después de rezar, salía del monasterio para visitar a una mujer con la que fornicaba.

Una noche, al salir, lo encuentra el diablo y lo mata.

Los monjes descubren su doble vida. Pero la Virgen, por su devoción a Ella, intercede y lo resucita.

Levanté la vista del manuscrito.

—No entiendo. ¿La Virgen perdona la fornicación?

—Sigue leyendo —dijo Gimena—. Lee La abadesa encinta .

Busqué el poema. Este era aún más perturbador.

De una abbadesa vos quiero contar

que fue en buen punto a la orden llegar...

La historia contaba de una abadesa que se enamoraba de un clérigo.

Quedaba encinta. Las monjas la descubrían y la denunciaban al obispo.

Pero cuando el obispo llegaba a investigar, la Virgen había sustituido a la abadesa, ocultando su embarazo y llevándose al bebé.

El obispo encontraba a la abadesa «pura» y castigaba a las monjas denunciantes por calumniadoras.

Terminé de leer en silencio.

Mi mente conectaba puntos con una claridad que me aterraba.

—Esto... —empecé.

—Esto es nuestra historia —completó Gimena—. Escrita por un monje de San Millán que nunca pisó Zamora, muerto cuando yo era niña. Y sin embargo...

—Es exactamente lo que está pasando aquí —susurré.

—No exactamente. Aquí no hay milagros. No hay Virgen que venga a salvarnos. Solo hay mujeres intentando sobrevivir a un sistema que las condena por sentir lo que los hombres sienten sin castigo.

Me levanté, caminé hacia la ventana. El Duero corría oscuro y crecido abajo.

—Pero... ¿cómo es posible? ¿Cómo pudo Berceo escribir esto?

—Porque esto no es nuevo, Teresa. —Gimena se acercó a mi lado—. Esto pasa desde que existen conventos. Desde que se encierra a mujeres jóvenes con votos que su cuerpo no puede cumplir. Desde que se obliga a hombres jóvenes a negar su naturaleza en nombre de Dios.

—Entonces... ¿Berceo…?

—Berceo lo vio. En su propio monasterio, en las casas de monjas de Castilla y de Navarra. Lo vio y lo documentó. Pero lo disfrazó de milagro. Lo hizo piadoso. Convirtió el escándalo en edificación.

Volví a la mesa, pasé las páginas del manuscrito.

—¿Y Las dueñas de Zamora ... Este no existe.

—Todavía no —dijo Gimena con una sonrisa amarga—. Pero existirá. Cuando alguien lo escriba.

Me miró intensamente.

—Berceo escribió sobre sacristanes y abadesas. Sobre monjes y monjas que pecaban y eran salvados por milagros. Pero nosotras no tendremos milagros, Teresa. Nadie vendrá a salvarnos. Cuando esto arda —y arderá—, necesitaremos algo más que fe.

—¿Qué?

—Testimonio. Documentación. Prueba de que existimos.

De que amamos. De que sufrimos. De que nos rebelamos.

—Puso su mano sobre mi hombro—. Por eso estás aquí.

No para copiar documentos del obispo. Para escribir el poema que Berceo nunca escribió.

El que cuenta la verdad sin milagros. El que dice: esto pasó.

Estas mujeres vivieron. Y merecen ser recordadas.

—Pero... yo no soy poeta.

—No necesitas serlo. Solo necesitas ser testigo.

—Señaló el manuscrito—. Berceo cuenta que un sacristán salía cada noche a fornicar.

Pero no dice cómo se llamaba la mujer. No dice si ella lo amaba o si solo era su entretenimiento.

No dice qué pasó con ella después de que él murió y resucitó.

La mujer desaparece de la historia como si nunca hubiera existido.

—Como Elvira —dije lentamente.

—Como Elvira. Como Juana. Como María Alfonso. Como todas las que vinieron antes y todas las que vendrán después. —Gimena volvió a La abadesa encinta —. Mira este verso:

Las dueñas que la vieron de mal enferma yacer

fueron luego al obispo la verdat descubrir .

Las monjas delatan a su abadesa. ¿Por qué?

—Porque... estaba encinta.

—No. Porque el convento estaba dividido entre las que querían una cosa y las que querían otra. Entre las que seguían a la abadesa y las que la odiaban. —Cerró el libro. Berceo lo sabía. Vio lo mismo que nosotras vivimos. Conventos divididos. Obispos investigando. Mujeres denunciándose entre ellas.

—¿Y si nadie lee lo que escribo?