Las dueñas de Zamora CAPÍTULO 3 #4
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CAPÍTULO 3 #4

No fue una risa de monja. No fue la risa contenida, pedida con permiso, que se nos consentía en las fiestas de guardar.

Fue una risa entera, de garganta, de cabeza echada hacia atrás, una risa que le sacudió los hombros y le hizo soltar la pluma.

Catalina se rio con ella, tapándose la boca, y luego retirándose la mano de la boca como quien se quita un velo, y rieron juntas, las dos, en aquel cuarto frío que olía a tinta y a sebo, mientras afuera el mundo entero esperaba para castigarlas.

Me quedé en la rendija sin respirar.

Yo llevaba más de un año en el convento.

Había rezado miles de horas. Había aprendido a coser, a copiar, a callar.

Había visto a Catalina con Pedro y había sentido arder mi cuerpo.

Pero en aquel momento, viendo reír a aquellas dos mujeres sobre un pliego de pergamino, comprendí que no había oído reír así a nadie desde que crucé la puerta.

Ni una sola vez. En aquella casa se susurraba, se rezaba, se lloraba en silencio.

No se reía. La risa pertenecía al mundo de afuera, al que yo había dejado atrás con catorce años y un padre a la espalda de un caballo.

Gimena recogió la pluma. Dijo algo, ya seria, y Catalina asintió, y volvieron las dos sobre el pliego como si la risa no hubiera existido, como si fuera un secreto más que guardar.

Y entendí que lo era. Entendí que aquella risa, en aquel lugar, era tan peligrosa como los besos de Catalina en el granero.

Más, quizás. Porque un beso se confiesa y se absuelve, pero ¿cómo se confiesa una risa?

¿Cómo se arrepiente una mujer de haber sido, por un instante, libre?

Bajé las escaleras sin devolver el pergamino. Lo devolví al día siguiente, con los ojos bajos, y Gimena lo tomó sin saber que yo las había visto.

Tardé muchos años en comprender lo que de verdad envidié aquella tarde. Creí entonces que envidiaba el placer de Catalina, su cuerpo, lo que hacía con Pedro en la oscuridad. Era más joven que mis catorce años en todo lo que importaba.

Hoy, que tengo ochenta y tres y he visto arder y enterrar casi todo lo que amé, sé que no era el placer lo que envidiaba.

Era aquella risa. Era que aquellas dos mujeres, encerradas, vigiladas, amenazadas, condenadas ya, aunque todavía no lo supieran, fueran dueñas de algo que a mí me habían enseñado a entregar antes incluso de saber que lo tenía: eran dueñas de sí mismas.

El obispo podía quitarles el convento. Podía quitarles el nombre, el hábito, la vida. Lo hizo. Pero no pudo quitarles aquella tarde en el scriptorium , dos cabezas juntas y una risa que nadie autorizó.

Eso, creo, fue el día en que empecé a querer escribir. No copiar. Escribir. Dejar constancia de que unas mujeres, una vez, en Zamora, se rieron cuando no debían.

*

Era una mañana de diciembre cuando le pregunté a Gimena por qué no pedíamos ayuda.

Estábamos en el huerto, arrancando malas hierbas.

—¿Por qué no escribimos a las monjas de Las Huelgas de Burgos? —dije—. He leído que ellas ganaron su batalla contra el obispo. Que tienen poder, autonomía. Quizás puedan ayudarnos.

Gimena dejó de trabajar. Se sentó sobre los talones y me miró con algo parecido a la lástima.

—Las Huelgas ganaron su batalla hace veinte años, es cierto. ¿Sabes por qué?

Negué con la cabeza.

—Porque allí están enterrados los reyes de Castilla. Alfonso VIII, que fundó el convento. Su esposa Leonor. Sus hijos. La abadesa de Las Huelgas tiene sangre real. Es prima del rey. Y cuando un obispo de Burgos ha querido tocarlas, ha sido una infanta la que ha escrito al rey y al Papa por ella.

Gimena arrancó una mala hierba con rabia, sacudiendo la tierra de sus raíces.

—Nosotras no tenemos reyes muertos protegiéndonos, Teresa. No tenemos tumbas reales. No tenemos a la reina escribiendo cartas por nosotras. Somos hijas menores de nobles menores. Viudas sin fortuna. Mujeres que nadie reclamará si desaparecemos. Nuestro poder es... —buscó la palabra— limitado.

—Pero tenemos la regla agustiniana —insistí—. Tenemos la ley canónica. Los documentos de fundación dicen que somos autónomas.

—Los documentos dicen muchas cosas —Gimena rio sin alegría—.

Pero el poder real no está en el pergamino, Teresa.

Está en quién tiene la espada, quién tiene el oro, quién tiene al Papa de su lado.

Las Huelgas tienen las tres cosas. Nosotras tenemos...

—miró alrededor del huerto humilde, los muros desnudos de adorno, la espadaña de una sola campana— tenemos lechugas.

Me quedé callada, digiriendo aquella lección amarga.

—Por eso debemos ser más inteligentes —continuó Gimena—. Más cuidadosas. No podemos ganar como ganaron Las Huelgas, con cartas al Papa y sangre real. Tenemos que ganar de otra manera. Con paciencia. Con alianzas. Con pequeñas victorias que nadie note hasta que sea demasiado tarde para revertirlas.

Comprendí entonces la verdadera diferencia entre Las Huelgas y Las Dueñas. No era cuestión de fe. No era cuestión de reglas o de documentos antiguos.

Era cuestión de poder.

Y nosotras teníamos demasiado poco.

[De los cuadernos de Teresa Álvarez]

Luna llena en el granero

Carboncillo sobre pergamino reutilizado.

Fecha: 23 de noviembre, año de Nuestro Señor de 1276.

«Gimena me preguntó esta mañana si había visto algo. Dije que no. Pero mentí. Y luego vine aquí y dibujé porque el dibujo no es mentira. Es solo... testimonio silencioso. Pedro la ama con una desesperación que duele verla. Catalina se entrega con una libertad que nunca he conocido.»