CAPÍTULO 3 #3
—¿Y no lo estaban?
—Fue una trampa. Porque una vez que te llaman monja, ya no eres mujer libre.
Eres propiedad de la Iglesia. Y la Iglesia siempre quiere control absoluto.
—Me miró intensamente—. Por eso tu testimonio importará.
Porque cuando te pregunten si estas mujeres son rebeldes, dirás que no.
Dirás que solo quieren ser lo que siempre fueron: dueñas de sí mismas.
Un silencio denso.
—¿Y tú? —preguntó súbitamente—. ¿No te torturas? Veo cómo miras. Ojos hambrientos de alguien que desea pero no se permite sentir.
Me sonrojé violentamente.
—Yo soy diferente. Mi virginidad es...
—¿Tu prisión? ¿Tu armadura? ¿Tu condena autoimpuesta? —Se inclinó—. ¿O tu excusa porque es más fácil no sentir que sentir y no poder actuar?
Me golpeó. La verdad duele precisamente porque es verdad.
—No sé —admití con voz pequeña.
—Entonces somos iguales. Yo atrapado entre el deber y el deseo. Tú atrapada entre la observación y la participación. Ambos cobardes. Ambos valientes cobardes.
*
Dos noches después, en mis ya habituales e insomnes paseos por el claustro, oí voces.
Catalina estaba junto al muro sur. Del otro lado de la reja, Pedro.
Me escondí detrás del pozo, lo bastante cerca para oír, lo bastante lejos para no ser vista.
—Te extrañé —decía Catalina aferrándose a la reja.
—He rezado todo el día para que pudieras venir.
—No reces por mí, Pedro. La oración es la herramienta de la obediencia. —Pero acercó su rostro a la reja—. Dime qué has leído. Dime algo que me dé fuerza.
Pedro suspiró.
—He estado leyendo a Andreas Capellanus. Dice que el amor no cabe bajo el yugo del deber, que solo es verdadero cuando se concede en libertad. Lo escribió contra el matrimonio. Pero yo pienso: ¿no es nuestro voto otro matrimonio forzado? ¿No vale entonces también para nosotros?
—Entonces, ¿Qué nos queda a nosotros, que vivimos bajo voto y bajo esta reja?
—Nos queda la verdad. —Pedro acercó su rostro al hierro—. Mi amor por ti es la única cosa genuina que he encontrado desde que entré en la Orden. Es más real que la Transubstanciación. Mi amor es mi única herejía.
Sus labios se encontraron a través del frío hierro. Un beso breve, fugaz.
Pero cargado de todo.
—Si nos descubren... —empezó Catalina.
—Si nos descubren, el obispo tendrá su excusa. No quiere nuestra fe. Quiere nuestras rentas, nuestro suelo, nuestro silencio. —Pedro la miró intensamente—. Pero no podemos parar, Catalina. El riesgo es la prueba de que vale la pena.
Entonces oí un carraspeo. Cerca del claustro.
Catalina lo oyó también. Se separó de la reja, aterrada.
—¡Vete! —susurró—. ¡Vete!
Pedro desapareció en la oscuridad.
Catalina corrió hacia donde yo estaba. No me vio escondida detrás del pozo. Pasó junto a mí, temblando.
Esperé. El carraspeo no volvió. Tal vez había sido un gato. Tal vez había sido algo peor.
Volví al dormitorio con el corazón galopando.
«Los vi besarse a través de la reja. Como si el hierro frío fuera lo único que los separaba del cielo. O del infierno.»
*
Una semana después, los vi de nuevo.
Y los seguí.
Fueron al granero. Un edificio de piedra y madera junto al muro este.
La puerta estaba entreabierta. Me escondí en las sombras.
La luna llena entraba por las rendijas del techo, creando franjas de luz plateada.
Se desnudaron mutuamente con reverencia. Lentamente. Como si cada prenda fuera un voto que rompían juntos.
El cuerpo de Pedro era hermoso de un modo que yo no sabía nombrar, porque nunca había visto un hombre así. El de Catalina era hermoso de un modo que sí sabía nombrar, porque lo había envidiado mil veces.
Se amaron sobre el heno. Sus cuerpos moviéndose juntos en un ritmo que parecía antiguo como el mundo. Yo debí irme. Lo pensé: vete. Mis pies no se movieron.
No pude apartar la vista.
Mi cuerpo ardía. Mi mano encontró el camino bajo mi hábito, rozando mi propio sexo húmedo. Pero me detuve.
En lugar de tocarme, memoricé.
Cada gesto. Cada sonido. Cada palabra de amor susurrada en la oscuridad.
Cuando terminaron, cuando yacían entrelazados sobre el heno, Pedro dijo:
—Deberíamos huir. Antes de que sea tarde.
—¿Y ir adónde? —respondió Catalina—. ¿Vivir cómo?
—No lo sé. Pero esto... esto terminará mal.
—Todo termina mal. —Ella lo besó—. Al menos habremos vivido.
No sabían cuánta razón tenían.
*
Volví al dormitorio antes del alba.
Mi cuerpo temblaba. No de frío. De deseo. De envidia.
Saqué mi cuaderno.
Dibujé.
Dibujé con detalles que me sonrojaban incluso al dibujarlos.
Mi primer testimonio del amor carnal.
Mi primer pecado de escribana.
Porque, aunque no toqué a nadie, aunque mi virginidad permanecía intacta, algo en mí había sido violado esa noche.
La inocencia, quizás.
O la ilusión de que podía observar sin ser cambiada por lo que veía.
Cerré el cuaderno. Lo escondí bajo la piedra suelta de mi celda —había encontrado ese escondite hacía semanas.
Y me quedé dormida finalmente, cuando las campanas tocaban a laudes.
Soñé con cuerpos entrelazados sobre el heno dorado.
Soñé con besos a través de hierro frío.
Soñé con un amor tan fuerte que desafiaba a Dios.
Y cuando desperté, supe que algo había cambiado en mí para siempre.
Ya no era solo la observadora.
Era la cómplice.
La testigo.
La que sabía demasiado y aun así no podía mirar hacia otro lado.
El final malo estaba más cerca de lo que cualquiera imaginaba.
Pero yo aún no lo sabía.
*
Encontré a Constanza la vieja en el huerto al día siguiente, arrancando hojas de ruda.
—¿Para qué es eso? —pregunté.
Se incorporó despacio, con las manos llenas de las hojas de olor acre.
—Para limpiar heridas. Y para otras cosas.
Me miró con esos ojos que siempre parecían ver más de lo que uno quería mostrar.
—Las hierbas son sabias, niña. Pero no son infalibles. Y hay mujeres que creen que la suerte las protegerá para siempre.
No entendí entonces a quién se refería. Lo entendería meses después, cuando ya era demasiado tarde.
*
Las vi reír una vez. A Gimena y a Catalina.
Fue pocos días después de lo del granero, una tarde de finales de noviembre en que el frío ya mordía y la casa entera se había replegado junto a los braseros.
Yo buscaba a Gimena para devolverle un pergamino que me había prestado. Me dijeron que estaba en el scriptorium . Subí.
La puerta estaba entornada y no llamé. No sé por qué no llamé. Quizás porque para entonces ya había aprendido que en aquella casa se sabía más por las rendijas que por las puertas abiertas.
Estaban las dos solas, inclinadas sobre un mismo pliego. Gimena tenía la pluma en la mano y Catalina le sujetaba el tintero, muy cerca, los hombros tocándose.
Gimena escribía algo y Catalina leía en voz baja por encima de su hombro, y de pronto Catalina dijo algo que no alcancé a oír, y Gimena se rio.