Las dueñas de Zamora CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Apenas una hora antes habíamos cantado completas todas juntas, sus voces y la mía entre ellas, el himno de cada noche subiendo hacia las bóvedas: «Te lucis ante terminum, / rerum creator, poscimus, / ut pro tua clementia / sis praesul et custodia.

» Antes de que la luz acabe, Creador del mundo, te pedimos que por tu clemencia seas nuestro amparo y nuestra guarda.

Y luego la estrofa que ahora se me agriaba en la boca: «Procul recedant somnia / et noctium phantasmata; / hostemque nostrum comprime, / ne polluantur corpora.

» Que se alejen los sueños y los fantasmas de la noche; somete a nuestro enemigo, para que no se manchen los cuerpos.

Que no se manchen los cuerpos. Lo habíamos cantado todas, y fray Gonzalo también, con su voz grave de hombre de Dios, y al salir del coro había ido derecho a por el cuerpo de Marina. Esa noche aprendí que el latín servía para pedir lo que nadie pensaba cumplir.

Miré de nuevo a Marina. Pensé en Catalina y en Pedro, en sus besos robados en el huerto. Eso era amor, elegido. Esto era otra cosa. Esto era violencia disfrazada de santidad.

—Ven —le dije—. Dormirás conmigo esta noche. Y mañana hablaremos con la priora.

Marina negó con la cabeza.

—La priora no puede hacer nada. Los frailes son dominicos. Tienen más poder que ella. Si digo algo, fray Gonzalo dirá que fui yo quien le tentó. Y me creerán a mí, una novicia sin dote, o a él, un hombre de Dios.

Tenía razón. Y lo sabíamos las dos.

Esa noche aprendí que no todos los amores en Las Dueñas eran como el de Catalina y Pedro. Que no todas las monjas elegían. Que algunos hombres de Dios eran lobos vestidos de frailes.

Y que el horno, donde se cocía el pan de cada día, servía también para esconder a las que huían.

*

El frío llegó con noviembre. Heladas cada mañana. El Duero bajaba más lento, más oscuro. Las hojas de los nogales del huerto cubrían el suelo como monedas de cobre.

Gimena intensificó mi educación.

Me enseñó a reconocer sellos. El del obispo: águila episcopal sobre campo dorado. El del Papa: las llaves de San Pedro cruzadas. El de la Orden de Predicadores: perro con antorcha en la boca.

—Este —dijo mostrándome una bula papal con sello de plomo— es nuestro salvoconducto. Juan XXI, que Dios lo tenga en su gloria, nos concedió en 1277 plena autonomía bajo la Orden de Predicadores. Mientras este documento exista, el obispo no puede tocarnos legalmente.

—¿Por qué no lo acepta?

—Porque llegó tarde. Meses después de que él ya hubiera impuesto a María Martínez como priora. —Gimena guardó la bula con cuidado—. Y porque los hombres como don Suero no aceptan derrotas. Esperará. Buscará una grieta. Y cuando la encuentre, atacará.

—¿Qué grieta?

—Un escándalo. Un embarazo. Cualquier cosa que pueda usar para demostrar que somos indignas de autonomía.

—Me miró fijamente—. Por eso tu papel es crucial.

Cuando llegue el momento, necesitaremos testigos creíbles.

Vírgenes. Puras. Que puedan jurar ante Dios y ante notarios que todo son calumnias del obispo.

—Pero... si veo cosas...

—Verás lo que yo te diga que veas. Nada más. ¿Entiendes?

No estaba segura de entender. Pero asentí.

*

Una tarde, después de nona, vi a uno de los frailes dominicos en el claustro. Era joven —veintiséis, veintisiete años quizás— con el rostro afilado y ojos color miel. Estaba hablando con Catalina junto al pozo.

Ella reía. Él sonreía.

Y entonces vi cómo sus manos se rozaban. Apenas un instante. Pero suficiente.

Era él. El amante del huerto.

—Fray Pedro —me susurró Isabel, que había aparecido a mi lado—. Predica hermoso. Dice que Dios es amor, no castigo.

—¿Lo crees?

—Quiero creerlo. —Isabel miró a Pedro y Catalina—. Pero creer cuesta caro aquí.

«El amante de Catalina es fray Pedro. Fraile dominico. Joven. Hermoso. La mira como si fuera el sol y él hubiera vivido en oscuridad toda su vida.»

*

Empecé a verlos en todas partes.

En la iglesia durante los oficios, sus ojos se buscaban por encima de las cabezas de las demás. En el refectorio, cuando él venía a comer con los otros frailes, ella se sentaba donde pudiera verlo. En el claustro, encontraban excusas para cruzarse.

Y yo, la observadora invisible, lo registraba todo.

No por orden de Gimena. Todavía no.

Por mi propia fascinación. Por mi propia hambre de entender qué era ese fuego que los consumía.

*

Una noche de finales de noviembre, el cuerpo me pedía algo que no sabía nombrar. Un calor que subía desde el vientre. Una humedad entre mis piernas que me avergonzaba.

El agua helada del pozo no ayudó.

—No funciona, ¿verdad?

Me volví sobresaltada. Era Mercedes, una de las monjas jóvenes. Veinticinco años, morena, con ojos que parecían saber demasiado.

—No sé de qué hablas.

—El agua fría. Para apagar el fuego. —Se acercó—. Lo intenté durante años. No funciona. El cuerpo quiere lo que quiere.

—Mi cuerpo es templo de...

—Tu cuerpo es carne y sangre, como el de todas. —Me estudió a la luz de la luna—. Eres nueva. Aún no has aprendido. Pero aprenderás. Todas aprendemos aquí que los votos no eliminan las necesidades.

Se alejó antes de que pudiera responder.

Me quedé sola junto al pozo. Temblando. No de frío.

*

La primera nevada llegó a mediados de diciembre. Despertamos y el claustro estaba blanco. Silencioso. Hermoso y terrible a la vez.

El frío era tan intenso que el agua del pozo se congeló. Teníamos que romper el hielo cada mañana para lavar la ropa.

Pero el frío exterior no era nada comparado con el fuego interior que me devoraba.

*

Una tarde, Gimena me llamó de nuevo a su celda.

—Léeme esto —dijo entregándome un manuscrito viejo.

Era poesía. Versos en castellano, no en latín. De un tal Gonzalo de Berceo.

Empecé a leer: historias de milagros. Monjas que caían en tentación. Obispos que investigaban. Conventos divididos.

—Entonces… ya pasó antes —dije.

—Muchas veces —respondió Gimena—. Y volverá a pasar. Por eso alguien debe documentarlo. Por eso estás aquí.

Me miró con esos ojos verdes que veían demasiado.

—Teresa, necesito que entiendas algo. Lo que estamos haciendo aquí no es solo rebelión contra un obispo.

Es rebelión contra siglos de hombres diciéndonos qué pensar, qué sentir, qué hacer con nuestros cuerpos.

Algunas de nosotras elegimos amar a otras mujeres.

Algunas elegimos amar a hombres que no podemos tener legalmente.

Y algunas, como tú, eligen observar sin participar.

Todas estas elecciones son válidas. Todas son formas de decir no.

—¿No a qué?

—A la obediencia ciega. Al destino impuesto.

A la idea de que nuestro único propósito es ser esposas de Cristo porque no pudimos ser esposas de hombres.

—Se levantó, caminó hacia la ventana—. Este convento fue fundado por mujeres que dijeron no.

Mi tía Jimena, mi tía Elvira. Dijeron: queremos vivir juntas, rezar juntas, gobernarnos a nosotras mismas.

Y lo lograron. Por quince años lo lograron.

Hasta que el obispo decidió que habíamos sido libres demasiado tiempo.

—¿Y qué pasará?

—Pasará lo que siempre pasa. Los hombres atacarán.

Buscarán pruebas de nuestra indignidad. Nos acusarán de brujas, de putas, de heréticas.

Y usarán cualquier arma que encuentren. —Se volvió hacia mí—.

Cuando llegue ese momento, necesitaré que recuerdes todo.

Que escribas todo. Que seas el testimonio que ellos no pueden quemar.

—¿Por qué yo?

—Porque eres virgen. Porque eres joven. Porque nadie te ve como amenaza. Y porque tienes el don más peligroso de todos: la memoria perfecta. —Sonrió—. Te he estado probando. Cada conversación, cada documento que copiaste. Nunca olvidas nada, ¿verdad?

No respondí. Pero ella tenía razón.

—Entonces úsalo. Observa. Memoriza. Y cuando llegue el momento, cuenta la verdad. No la verdad del obispo. La nuestra.

*

Una mañana de diciembre, cuando la escarcha cubría los claustros y el aliento se volvía vapor, me encontré a fray Pedro solo en la biblioteca del convento.

Leía las Confesiones de San Agustín con el ceño fruncido.

—¿La escribana estudia? —preguntó sin levantar la vista.

—La escribana observa al fraile que lee sobre el pecado.

Entonces me miró.

—¿Me crees hipócrita?

No supe qué responder. Pero algo en su tono me hizo sentarme frente a él.

—No lo sé. ¿Vos os creéis hipócrita?

Cerró el libro violentamente.

—Leo las Confesiones y veo a un hombre que pasó su juventud fornicando, que tuvo un hijo bastardo, que vivió en pecado durante años. Y luego, cuando ya era viejo y su miembro ya no se levantaba con la misma fuerza, decidió que todo eso había sido pecado.

—San Agustín se arrepintió...

—San Agustín se volvió cobarde. —Se levantó, empezó a caminar como animal enjaulado—. Es fácil renunciar al pecado cuando ya no te tienta. Pero yo... yo tengo veintiséis años. Mi cuerpo está vivo. Mi sangre arde. Y Catalina...

Se detuvo.

—Cuando la veo cruzando el claustro... mi corazón late tan fuerte que creo que va a romper mis costillas. Y cuando la toco...

—No deberíais tocarla.

—Lo sé. Créeme que lo sé. Cada vez me digo: esta es la última vez. Mañana confesaré. Mañana me flagelaré. Mañana volveré a ser el fraile que prometí ser.

—Pero no lo hacéis.

—No lo hago. Porque no puedo. —Me miró—. ¿Es eso hipocresía? ¿O es honestidad?

No tenía respuesta.

Pedro se dejó caer en la silla.

—¿Sabes cómo empezó esto? Hace veinte años, esto no era convento. Era un beaterio. Mujeres viviendo juntas. Sin votos. Sin regla. Solo... juntas.

—¿Beguinas? lo he leído.

—Aquí las llamaban «dueñas». Mujeres nobles, viudas la mayoría. No querían volver a casarse. No querían entrar en conventos donde las tratarían como siervas. Así que compraron este edificio y se instalaron. Libres.

—¿Y el obispo las dejó?

—Al principio sí. Pero luego cometieron el error de ser felices. De leer libros. De hablar de teología. De no pedir permiso para todo. —Pedro rio amargamente—. Así que, en 1258, para protegerse, pidieron al Papa que las convirtiera en monasterio formal. Pensaron que así estarían seguras.