Las dueñas de Zamora CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

La educación

Las campanas nos despertaron cuando aún era noche cerrada. Cuatro campanadas secas, brutales. Maitines.

Me senté en el jergón desorientada, sin saber dónde estaba. Por un instante creí estar en Toro, en mi cama, con mis hermanas durmiendo al lado. Luego vi las vigas del techo, « Dios me libre de este infierno. » los siete jergones con siete bultos levantándose como muertos que resucitan, y recordé.

El convento. Mi nueva vida. Mi cárcel.

—Vamos —susurró Beatriz—. Si llegamos tarde a maitines, la priora nos castigará con el cepo.

Nos vestimos en la oscuridad, a tientas, tanteando la lana áspera de los hábitos. El frío mordía. Octubre en Zamora es cruel, y las piedras nuevas no habían aprendido aún a guardar el calor.

Bajamos en fila por la escalera de caracol, yo la última, nuestros pasos resonando en la piedra. El claustro solo iluminado por la luna menguante que se filtraba entre las arcadas.

La iglesia olía a cera fría e incienso viejo. Nos arrodillamos en nuestros sitios mientras las monjas profesas entraban: primero las del bando de Gimena, después las de la priora, las dos facciones separadas incluso en la oscuridad.

El canto comenzó.

Canté sin entender, siguiendo el ritmo de las voces a mi alrededor. Mi voz sonaba pequeña, perdida en el coro de treinta y siete profesas además de nosotras, las novicias, que aún no éramos nada. Pensé: así será cada día. Cada noche. Cada amanecer por el resto de mi vida.

Después de maitines, cuando el cielo aún estaba negro y solo las campanas de San Cipriano marcaban la hora, volvimos a dormir otra hora antes de laudes.

*

Los días adquirieron un ritmo.

Maitines.

Laudes.

Prima.

Tercia.

Sexta.

Nona.

Vísperas.

Completas.

Ocho veces al día nos reuníamos a cantar en un latín que ninguna entendía realmente.

Entre los oficios, el trabajo.

Las novicias no teníamos privilegios. Yo fui asignada al scriptorium tres mañanas por semana —Gimena había pedido específicamente que me pusieran allí— y el resto del tiempo a la lavandería, donde el agua helada del Duero nos dejaba las manos rojas y agrietadas.

Inés lloraba cada noche. Beatriz tocaba su salterio, ella creía que en secreto. Marina musitaba oraciones a todas horas. Constanza la joven se mordía las uñas hasta sangrar. Todas intentábamos sobrevivir a nuestra manera.

Yo observaba.

Además de la priora y Gimena como subpriora, pronto aprendí que María de Sevilla era la sacristana, encargada de los cálices y ornamentos sagrados, mientras que Urraca ejercía, además de como portera, como depositaria, guardando las cuentas del convento con mano firme.

Algunas dueñas, como Gimena y Catalina, conservaban bienes propios incluso dentro del convento. Una gracia papal les permitía mantener propiedades que en otras órdenes habrían debido ceder. Esto creaba tensiones invisibles: las que tenían y las que no.

Tal vez por eso las monjas se dividían claramente en dos grupos.

Vi que algunos días llegaban frailes dominicos a decir misa. Jóvenes la mayoría. Algunos guapos. Vi cómo ciertas monjas los miraban de forma que no era exactamente devota.

Vi que después de completas, cuando se suponía que todas estábamos en el dormitorio, algunas monjas salían. Hacia dónde, no lo sabía.

Todavía.

Y vi a Catalina.

Siempre vi a Catalina.

Tenía diecinueve años y era hermosa de una forma que dolía mirarla. Cabello rubio que se escapaba siempre del velo. Ojos azules como el cielo de verano. Una boca que parecía hecha para besar. Y una forma de moverse, de caminar, de existir, que hacía que el aire a su alrededor vibrara.

No entendía por qué me fascinaba tanto. O no quería entenderlo.

*

La tercera semana, Gimena me llamó a su celda después de prima.

—Siéntate —ordenó señalando un taburete junto a la mesa de roble—. Hoy empiezas tu verdadera educación.

Sobre la mesa había pergaminos, tinta, plumas de ganso cortadas con precisión.

—Dijiste que sabías copiar documentos. Muéstrame.

Me dictó un texto en latín. Algo sobre rentas y diezmos que no entendí. Copié con mi mejor caligrafía, la que mi padre me había enseñado con golpes cuando las letras no salían perfectas.

Gimena estudió mi trabajo.

—Bien. Muy bien. —Guardó el pergamino—. Esto es importante, Teresa. En este convento, quien controla los documentos controla el poder. Los contratos de tierras, las cartas al obispo, las bulas papales, los inventarios... todo se escribe. Y quien escribe puede... digamos, interpretar.

—¿Interpretar?

—Una palabra cambiada aquí, una fecha modificada allá. Nadie nota la diferencia. Pero esa diferencia puede significar cien maravedís más o menos en rentas. Puede significar jurisdicción dominica o episcopal. Puede significar libertad o esclavitud.

No dije nada. Pero algo en mi expresión debió delatarme.

—No te estoy pidiendo que falsifiques documentos. Todavía. —Sonrió—. Solo que entiendas que las palabras escritas tienen poder. Más poder que las espadas. ¿Tu padre no te enseñó eso?

—Mi padre me enseñó a copiar. Nada más.

—Entonces yo te enseñaré el resto.

Se quedó mirándome un momento, como si calibrara cuánto podía decirme.

—¿Crees que llegaste aquí por azar, Teresa? No supe qué responder.

—Supe de ti antes de que cruzaras la puerta.

Una hija de escribano, de Toro, que sabía latín y a la que su padre no sabía dónde meter.

—Se levantó y fue hasta la ventana estrecha—.

En esta casa hacen falta muchas cosas. Manos para el huerto, voces para el coro, monjas que recen y monjas que callen.

De eso vamos sobradas. Lo que no teníamos era a alguien que supiera mirar sin correr a contarlo, y que además supiera escribir lo que mira.

—La prueba de anoche —dije lentamente—. La celda.

—La prueba de anoche. —No se disculpó. No pareció ocurrírsele—. Tenía que saber si la niña letrada que me habían descrito tenía estómago. Lo tienes. No gritaste. Miraste. Sentí algo frío en el pecho, una mezcla de orgullo y de espanto que no supe nombrar entonces.

—¿Para qué? —pregunté.

Gimena miró por la ventana, hacia el río.

—Los hombres lo escriben todo, Teresa. Sus pleitos, sus rentas, sus sentencias.

Cuando un hombre muere, queda su nombre en un pergamino, en un archivo, en una piedra.

Cuando muere una mujer, no queda nada. Se la lleva el viento, como si no hubiera existido.

—Se volvió hacia mí—. Algún día, lo que pase en esta casa querrán contarlo ellos.

Y lo contarán a su manera, o no lo contarán.

A menos que una de nosotras lo haya escrito antes.

Por eso te quiero a ti. No para rezar. Para recordar.

No entendí del todo lo que me pedía. Pero algo en mí, algo que ni mi padre ni la priora habían tocado nunca, despertó al oírlo.

Durante las siguientes semanas, Gimena me enseñó los fundamentos de su guerra.

Me explicó que el convento dependía de rentas de tierras que habían sido donadas por familias nobles. Esas tierras generaban grano, vino, ganado. De eso vivíamos.

Me explicó que el obispo quería controlar esas rentas. Que cada convento bajo su jurisdicción le pagaba un tributo. Pero los conventos bajo jurisdicción dominica —que respondían directamente a la Orden de Predicadores en Roma— no le pagaban nada.

—Por eso nos quiere bajo su control —dijo—. No es por Dios. Es por dinero.

—Pero él es obispo...

—Los obispos son hombres. Y los hombres quieren poder. —Gimena sacó un libro: las Confesiones de San Agustín —. ¿Lo has leído?

—No.

—Léelo. Y cuando termines, dime si crees que Agustín renunció al placer por amor a Dios o simplemente porque ya era viejo y su cuerpo no respondía.

No supe qué decir.

Herejía.

Pura herejía.

*

El dormitorio estaba silencioso, echaba de menos los suaves ronquidos de Marina, Salí a buscarla.

La luna llena lo bañaba todo en plata.

Entonces oí voces.

Venían del huerto. Bajas, susurrantes, pero inconfundibles.

Caminé hacia allá con pasos de ratón. El portón del huerto estaba entreabierto.

Me asomé.

Catalina estaba junto al muro sur, hablando con alguien al otro lado. No podía ver quién, solo oír la voz masculina.

—...mañana después de prima —decía la voz.

—Es peligroso —respondía Catalina.

—Todo es peligroso. Pero no puedo estar sin verte.

Un silencio. Luego un sonido que tardé en identificar: un beso.

Retrocedí antes de que me vieran. Volví al dormitorio con el corazón galopando.

Ahora entendía.

Las monjas tenían amantes. Los frailes entraban de noche. Y Catalina... Catalina amaba a alguien con tanta fuerza que arriesgaba todo por un beso.

Entonces lo oí: un llanto ahogado, casi un gemido, que venía del refectorio.

Me acerqué despacio, el corazón golpeándome en el pecho. La puerta del horno estaba entreabierta. El fuego llevaba horas apagado, pero dentro había algo que se movía.

—¿Quién está ahí?

El llanto se cortó. Silencio.

—Soy Teresa. No voy a hacerte daño.

Una mano apareció en la oscuridad del horno. Luego un rostro pálido, sucio de ceniza. Era Marina.

—¿Qué haces ahí dentro?

Salió temblando. Tenía el hábito rasgado en el hombro. Un moretón le oscurecía la mejilla.

—Fray Gonzalo —susurró—. Después de completas, me siguió al dormitorio. Dijo que... que quería confesarme. Pero no era confesión lo que buscaba.

Se me heló la sangre.

—¿Te tocó?

—Intentó. Pero Isabel apareció. Le gritó que se fuera o gritaría para despertar al convento. Fray Gonzalo huyó. Isabel me dijo que me escondiera aquí hasta el alba. Que él no se atrevería a buscarme.

El horno. Un refugio de ceniza y hollín para una niña asustada.