CAPÍTULO 2 #2
La verdadera.
La portera esperaba fuera. Me guió después por el convento. Me mostró cada espacio como quien muestra una trampa al animalito, que acaba de caer en ella.
El claustro era el corazón. Pequeño, apenas veinte pasos de lado a lado. Ahora pude fijarme en el capitel más cercano, mostraba una escena que me hizo sonrojar: dos figuras humanas entrelazadas de forma explícita, sus cuerpos desnudos tallados con detalle que no parecía propio de un lugar sagrado.
—Los canteros tienen sentido del humor —dijo Urraca sin sonreír.
El refectorio olía a caldo de col y pan rancio. Una sala larga con mesas de tablones sobre caballetes. En la pared del fondo, un Cristo pintado al fresco nos miraba con ojos tristes. —Aquí se come en silencio —explicó Urraca. —Mientras una hermana lee las Escrituras. Si necesitas sal, haces así.
Demostró un gesto con las manos.
—Si necesitas pan, así.
La iglesia era oscura y fría incluso a mediodía.
Pequeña, con apenas espacio para cuarenta personas.
El altar, una losa de piedra desnuda. El crucifijo sobre él, de madera tallada toscamente, si el Cristo del refectorio estaba triste, este miraba con expresión de agonía exagerada.
Las bancas, dispuestas en dos filas enfrentadas.
—Maitines antes del alba —enumeró Urraca—.
Laudes al amanecer. Prima a la hora primera.
Tercia a la tercera. Sexta al mediodía. Nona a la hora novena.
Vísperas al anochecer. Completas antes de dormir.
Ocho veces al día nos reunimos aquí. Si llegas tarde, ayuno de pan y agua. Si faltas sin causa, cepo.
El dormitorio de las novicias estaba en el ala norte, la más fría. Una sala larga con ocho jergones sobre bastidores de madera, separados por apenas un brazo de distancia. Sin cortinas, sin privacidad. Todas durmiendo bajo la mirada de un, otro, Cristo doliente.
—Esa es tu cama. La última, junto a la ventana.
*
Conocí a las otras novicias esa misma tarde.
Marina, la más joven, apenas catorce años, casi como yo. Rostro redondo de niña, ojos asustados de ratón.
Beatriz, quince años, morena, con manos que habían conocido mejor vida. Hija menor de un hidalgo empobrecido que no podía casarla sin dote. Había aprendido a tocar el salterio cuando aún había dinero. Ahora esas manos lavaban ropa en el convento.
—Mejor monja que prostituta —le habían dicho.
Beatriz, descubrí más tarde, guardaba un salterio en su baúl. Por las noches, cuando creía que todas dormían, lo tocaba con dedos expertos. Melodías prohibidas aprendidas de su madre.
Inés, dieciséis años, pelirroja, con pecas que cubrían cada centímetro de piel visible. Bastarda de un noble que quería esconderla. Tenía los ojos de su padre, decían, y eso era suficiente escándalo.
Constanza la joven (para distinguirla de Constanza la vieja), diecisiete años, alta y desgarbada. Se había metido monja para evitar casarse con un primo hermano que la miraba de forma que la hacía sentir sucia.
Juana, dieciocho años, callada como tumba. No hablaba. Nunca hablaba. Nadie sabía por qué estaba aquí.
María, diecinueve años. Viuda sin hijos, sin dote para un segundo matrimonio. Convento o prostitución. Eligió convento.
Y finalmente Lucía, quince años, hija de un mercader arruinado. Bonita. Demasiado bonita. Su padre la había metido aquí antes de que algún hombre rico la tomara como concubina y arruinara las posibilidades de matrimonio de sus hermanas.
Conmigo, ocho novicias. Ocho historias de mujeres desechadas, inconvenientes, peligrosas.
Ocho futuros arruinados antes de comenzar.
Antes de la cena, una monja joven se acercó. Veinticinco años quizás, rostro amable, manos callosas de trabajo. —Soy Isabel —dijo en voz baja—. Vi que eres nueva. Siéntate cerca de mí en el refectorio y... —dudó— observa. El convento está dividido. Ya lo verás.
Lo vi enseguida. Veintinueve sentadas en el refectorio.
Un grupo alrededor de Gimena, hablando con gestos discretos pese al silencio obligatorio.
Otro grupo alrededor de una monja de rostro severo —la priora María Martínez, según Isabel—, rígidas como estacas, mirando su comida como si comer fuera un deber desagradable.
Y en el medio, unas pocas que miraban a un lado y otro. Las indecisas.
Siete ausentes por enfermedad o castigo, me explicaría después sor Isabel.
Y una más cuyo sitio estaba vacío. La busqué con los ojos, pero no la encontré.
Catalina no había venido a cenar.
Después, vísperas. Más cantos en latín. Más arrodillarse sobre piedra fría. Los himnos resonaban en las bóvedas de la iglesia: «Deus in adiutorium meum intende...» Dios mío, acude a auxiliarme.
Miré a mi alrededor. Treinta y siete mujeres cantando al unísono, pidiendo auxilio a un Dios que las había abandonado aquí.
Y por primera vez desde que mi padre se fue, lloré.
No hice ruido. Solo dejé que las lágrimas corrieran mientras cantaba. Nadie se dio cuenta. O si se dieron cuenta, no les importó. Todas habían llorado su primera noche.
Después de completas, nos retiramos al dormitorio.
*
Intenté dormir.
Imposible.
Marina roncaba suavemente a mi izquierda. Beatriz murmuraba en sueños a mi derecha. Desde algún jergón lejano llegaba el llanto ahogado de alguien —Inés, creo— que intentaba no hacer ruido.
Afuera, el Duero murmuraba su canción interminable.
Un búho ululaba desde el nogal del huerto.
Me quedé mirando las vigas del techo. Alguna había tallado palabras en una: « Dios me libre de este infierno.
» Me pregunté quién. Me pregunté si había escapado o si había muerto aquí, bajo este mismo techo, mirando las mismas vigas.
Cerré los ojos e intenté no pensar en lo que había visto esa tarde.
Imposible también.
Los cuerpos de Gimena y Catalina seguían allí, grabados en mi mente con la precisión de un fresco.
Piel contra piel. El gemido mordido para no salir.
Un brillo que yo no tenía palabra para nombrar y que me persiguió hasta el amanecer.
El fuego no estaba en lo que había visto. Estaba en mí. Por eso no podía dormir.
Mi propio cuerpo respondía al recuerdo. Un calor que subía desde mi vientre. Una humedad entre mis propias piernas que me avergonzaba y me fascinaba a la vez.
Llevé la mano a mi pecho. Mi corazón latía rápido. Demasiado.
Más abajo, ese calor se volvía insoportable. Una sensación que no tenía nombre, que nadie me había explicado, que se suponía que las buenas muchachas no sentían.
Pero yo la sentía.
Moví mi mano hacia abajo, bajo el camisón, sobre mi vientre... Y me detuve.
Si me tocaba, ¿seguiría siendo pura? ¿Era virgen solo la que no había sido penetrada, o también la que se penetraba a sí misma?
No lo sabía. Nadie me lo había dicho nunca.
Los curas hablaban de pureza como si fuera una cosa simple, blanco o negro.
Pero yo apenas empezaba a intuir que había mil tonos de gris entre lo puro y lo impuro.
Por si acaso, retiré la mano. La puse sobre el pecho de nuevo, sobre el corazón desbocado.
«No», me dije. «No puedo. No debo.»
Pero el fuego seguía allí. Quemando. Exigiendo.
Así que, en lugar de apagarlo, lo convertí en palabras. Me levanté con cuidado de no despertar a las demás. Descalza sobre las losas heladas, crucé el dormitorio hasta la ventana donde entraba luz de luna suficiente para ver.
Saqué el cuaderno que Juana me había regalado. Mi pluma y tintero, escondidos en el fondo de mi baúl.
Me senté en mi jergón, el carboncillo robado del brasero en la mano, el cuaderno sobre las rodillas. El Duero continuaba su canción.
«Primera noche. Vi...»
Me detuve. ¿Cómo describir lo que había visto? ¿Cómo poner en palabras dos cuerpos juntos, el gemido ahogado, la humedad brillante en la piel de Catalina? Las palabras no venían. O venían mal. Torpes. Inadecuadas.
Así que hice lo único que podía hacer.
Dibujé.
Mi padre me había enseñado a escribir, sí. Pero nadie me enseñó a dibujar. Sin embargo, el carboncillo parecía saber qué hacer en mi mano
[De los cuadernos de Teresa Álvarez]
Primera lección
Carboncillo sobre pergamino reutilizado.
Fecha: quince de octubre de 1276.
«Esto vi la primera noche. No sé si es pecado o amor. Gimena dice que documente la verdad. Esta es mi verdad: vi dos mujeres que se aman. Y no parecía pecado. »