Las dueñas de Zamora CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

La llegada

Salimos de Toro al amanecer. Mi padre llevaba su mejor mula y yo iba en una más vieja, con mi baúl amarrado a la grupa. Seis leguas hasta Zamora siguiendo el curso del Duero, que brillaba bajo el cielo plomizo de octubre.

No hablamos durante todo el camino.

Mi padre cabalgaba delante, su espalda recta como una estaca, los ojos fijos en el horizonte. Yo lo seguía tres pasos atrás, como correspondía. Como siempre había sido entre nosotros: él adelante, decidiendo; yo atrás, obedeciendo.

En mi baúl llevaba todo lo que era mío en el mundo: dos camisas de lino, una túnica de lana, un manto de viaje, el libro de horas que había sido de mi abuela, y el cuaderno en blanco que mi hermana Juana me había regalado en secreto la noche anterior.

«Escribe», me había susurrado. «Aunque solo sea para ti. Escribe para no olvidar quién eres.»

¿Quién era yo? Teresa, quinta hija. Una boca más. La que no hubo manera de casar porque la dote se había agotado con las cuatro hermanas anteriores. La que leía cuando debía hilar. La que hacía preguntas cuando debía callar. Otra mujer, cuando mi padre lo que necesitaba era un hijo.

Mi padre no me había preguntado si quería entrar en el convento. Para qué. Era un destino tan inevitable como la muerte.

Observé su nuca mientras cabalgábamos. Cuántas veces la había visto así, inclinada sobre pergaminos, copiando documentos legales con su caligrafía perfecta. Él me había enseñado a escribir, sí. Pero solo porque necesitaba ayuda con las copias. No porque creyera que las mujeres debían saber leer.

«Es una herramienta», decía. «Como saber coser. Útil, nada más.»

Pero yo había aprendido que las letras eran más que herramientas. Eran ventanas. Puertas. Armas.

Quise hablarle. Decirle algo. Cualquier cosa. Pero ¿qué? ¿Gracias por deshacerte de mí? ¿Alguna vez me quisiste? ¿Me extrañarás siquiera un poco?

Mantuve la boca cerrada. Él también.

Ese silencio nos acompañó las seis leguas enteras.

Pasamos pueblos pequeños, viñedos ya vendimiados, dehesas donde pacían las ovejas.

El río a nuestra derecha, serpenteando entre chopos que empezaban a perder las hojas.

El frío mordía, y yo me ceñía la capa mientras mi padre mantenía los ojos fijos adelante, como si pudiera borrarme de su vista antes de tiempo.

Zamora apareció bien pasado el mediodía.

Primero las murallas, después las torres de las iglesias, más de una docena, oscuras contra el cielo.

La catedral dominaba la colina con su cúpula de escamas de piedra, extraña y hermosa.

Cruzamos el puente de piedra —dieciséis arcos, pude contarlos uno a uno— y entramos por la puerta del obispo.

La ciudad nos tragó como una boca enorme.

Las calles eran estrechas, apenas dos mulas podían pasar una junto a la otra. Las casas de piedra se elevaban a ambos lados, algunas con hasta tres pisos, balcones de madera que casi se tocaban sobre nuestras cabezas. La luz del sol llegaba en franjas delgadas, cortada por las sombras.

Vi a una mujer vaciando una bacinilla desde un segundo piso. El contenido cayó con un chapoteo a tres pasos de nosotros. Mi padre ni siquiera se inmutó. Esto era normal en las ciudades. En Toro también.

Un grupo de niños medio desnudos corría persiguiendo un perro callejero, gritando y riendo. Una vendedora de pescado pregonaba sus mercancías con voz ronca:

—¡Truchas del Duero! ¡Frescas de esta mañana!

Aunque el olor sugería lo contrario.

Pasamos junto a una iglesia —San Ciprián, decía la inscripción sobre el portal— donde un grupo de mendigos se amontonaba esperando la caridad vespertina. Uno de ellos, sin piernas, arrastrándose sobre un tablón con ruedas, extendió la mano hacia nosotros.

Mi padre le tiró una moneda sin mirar. El hábito de dar de los que tienen algo a los que no tienen nada.

Dos clérigos discutían en una esquina, sus voces elevándose en latín.

Un grupo de caballeros pasó al trote, haciendo que nos apartáramos contra la pared. Llevaban en sus armas la cruz episcopal sobre campo de oro.

Hombres del obispo Suero, le oí decir a mi padre.

Una ciudad viva, rica, poderosa.

La ciudad que custodiaba el cuerpo de San Ildefonso.

El convento estaba al sur, apartado del bullicio.

Salimos de la ciudad por una calle que descendía hacia el río. El ruido se fue apagando detrás de nosotros, reemplazado de nuevo por el murmullo constante del Duero. El aire cambió de nuevo: más fresco, húmedo, con olor a agua y juncos.

Mi padre detuvo su mula.

—Ahí, dijo—. Su primera palabra en seis leguas.

Seguí su mirada.

Lo vi desde lejos: muros gruesos de piedra gris, una torre cuadrada, ventanas estrechas como ojos de una fortaleza.

Santa María la Real de las Dueñas.

Fundado hacía apenas diecisiete años por doña Jimena Rodríguez y su hermana Elvira para albergar a mujeres nobles que no podían o no querían casarse. Un refugio. O una prisión, según se mirase.

El convento se alzaba como una fortaleza de piedra y silencio.

*

Mi padre ni siquiera hizo ademán de desmontar. Me dejó junto al portón de madera claveteada con mi baúl, pagó la dote de trescientos maravedís a la portera, —conté cada moneda cayendo en la bolsa de cuero—, cogió la vieja mula por las riendas y se volvió para irse.

—Padre—dije.

No se volvió. Solo detuvo la mula.

Esperé. ¿Qué esperaba? ¿Un abrazo? ¿Una bendición? ¿Una palabra de aliento?

—¿Sí? — preguntó sin mirarme.

—Nada —respondí.

Porque no había nada que decir. O, mejor dicho, nada que él quisiera oír. Nada que cambiara el hecho de que me estaba dejando aquí como quien deja un fardo en el mercado.

—Que Dios te guarde—, dijo finalmente. Palabras huecas. Rituales.

—Y a vos —respondí.

Espoleó la mula y se fue. Lo vi alejarse por el camino junto al río, su espalda cada vez más pequeña, hasta que desapareció tras una curva.

No miró atrás ni una sola vez.

Me quedé allí, en el portón, con mi baúl a los pies y el sonido del Duero en los oídos. Catorce años y sola en el mundo.

*

La portera carraspeó.

Urraca, se llamaba. Cincuenta años, rostro de cuero curtido, manos grandes de lavandera. Me miró de arriba abajo con algo parecido al desdén.

—Otra más —murmuró—. Como si no tuviéramos bastante.

No entendí qué quería decir.

Me guió por un zaguán oscuro que iba a dar al claustro.

Era pequeño, de doble arquería, con columnas pareadas que sostenían arcos de medio punto.

Los capiteles tallados mostraban hojas, animales fantásticos, alguna escena que no alcancé a distinguir.

En el centro, un pozo. Las piedras del suelo, desgastadas por años de pasos.

Octubre en Zamora muerde como un lobo en un mal invierno, y yo solo llevaba mi vestido de lana y la capa de viaje. Los muros rezumaban humedad del río.

—Te esperan —dijo la portera.

Me llevó a una celda en el segundo piso, subiendo por una escalera tallada en roca. Desde dentro llegaban sonidos que no supe identificar. Respiración entrecortada. Un gemido ahogado.

La portera empujó la puerta sin llamar.

Lo que vi me heló y me quemó al mismo tiempo.

Dos mujeres en un jergón estrecho. Una encima de la otra. Hábitos subidos hasta casi el cuello. Piel blanca contra piel blanca. La de arriba tenía el rostro hundido entre los pechos de la otra, que arqueaba la espalda con los ojos cerrados, mordiendo su propia mano para no gritar.

—Doña Gimena —dijo la portera con voz aburrida—. La novicia nueva.

La mujer de arriba levantó la cabeza. Tenía treinta años quizás, rostro anguloso de halcón, ojos verdes que me atravesaron. No mostró vergüenza. Ni siquiera sorpresa.

De hecho, había algo calculado en su calma.

Se bajó el hábito con lentitud deliberada, sin apartar los ojos de mí, observando cada detalle de mi reacción. El rubor. El temblor. El intento fallido de apartar la mirada.

—Déjala aquí, Urraca —dijo finalmente—. Y cierra la puerta al salir.

La portera obedeció sin más comentario. La puerta se cerró con un golpe que resonó como una sentencia.

Nos quedamos las tres. Yo de pie junto a la puerta, paralizada. Ellas en el jergón, observándome como lobas estudian a un cordero.

La otra mujer, más joven, rubia, me miraba con curiosidad. No se cubrió. Yo nunca había visto a nadie así, desnuda y sin vergüenza ninguna, y no supe dónde poner los ojos. Los puse en todas partes. Eso fue lo que me asustó: que no quería dejar de mirar.

—¿Catorce años? —preguntó Gimena estudiándome.

—Sí, señora.

—No me llames señora. Doña Gimena, si quieres, pero jamás, jamás, me llames 'hermana'. Somos dueñas, no simples monjas. Nuestras familias fundaron este lugar. Aquí no perdemos nuestro linaje al entrar. —Se levantó, alta, imponente—. ¿Sabes por qué te traje aquí?

—No, doña Gimena.

—Para ver qué clase de novicia eres. —Caminó hacia mí con pasos lentos—.

Las hay de muchos tipos. Las que gritan escandalizadas y corren a contárselo a la priora.

Las que se desmayan del susto. Las que rezan por nuestras almas.

Y luego... —se detuvo a un paso de distancia— están las que miran.

Las que observan. Las que guardan secretos.

Me tomó la barbilla, me hizo levantar la vista.

—¿Cuál de ellas eres tú, Teresa?

Tragué saliva. Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que podía oírlo.

—La... la que observa —susurré aún sin saber si era la respuesta adecuada.

Gimena sonrió. Una sonrisa de lobo.

—La que observa —repitió, despacio, como si guardara la palabra para usarla más tarde.

—No entiendo, doña Gimena.

—No tienes que entender. Todavía. —Me soltó.

Catalina habló desde el jergón—Déjala respirar, Gimena. La estás asustando.

—Bien. Que se asuste. El miedo es útil. —Gimena volvió a su sitio. Me estudió un momento más, como quien comprueba una cuenta que ya sabía—. ¿Sabes leer?

—Sí, doña Gimena.

—¿Escribir?

—También.

—¿Latín?

—Un poco. Mi padre me enseñó antes de…

—Antes de que te encerraran aquí. Lo sé. —Gimena intercambió una mirada con Catalina, una mirada que entonces no supe leer y que tardaría años en entender—. Pronto empezarás tu educación. Pero no la que esperas. No la que te enseñará la priora.