Las dueñas de Zamora
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CAPÍTULO 1
La sangre sobre la piedra
Podría haber sido otra cosa. El canto, quizás, o el incienso, o el rostro de Gimena cuando comprendió que era el final.
Pero no. La memoria elige sus propias prioridades, y la mía eligió la sangre: oscura como el vino de misa, extendida en un charco irregular sobre las losas del claustro que aún brillaban con la escarcha del amanecer.
Han pasado sesenta y seis años de aquello, y esa sangre sigue siendo lo primero que veo cada vez que cierro los ojos.
*
El convento de Santa María la Real de las Dueñas de Zamora fue fundado en 1259 por Jimena Rodríguez y su hermana Elvira, mujeres nobles que transformaron un beaterio informal en monasterio dominico para dar refugio a «dueñas nobles sin matrimonio ni herencia».
Qué forma tan elegante de decir: mujeres que molestaban.
Éramos treinta y siete cuando esto empezó. Treinta y siete mujeres entre los catorce y los sesenta años. Algunas habían elegido estar aquí —o eso decían—. Otras, como yo, habían sido elegidas por padres que no sabían qué hacer con sus hijas sobrantes .
El convento dependía nominalmente del obispo de Zamora, don Suero Pérez, un hombre que confundía la autoridad eclesiástica con el poder absoluto.
Pero desde hacía casi veinte años, las Dueñas habían estado bajo la protección —algunos dirían jurisdicción— de los frailes dominicos de San Pablo.
Una situación ambigua que el obispo toleraba con resentimiento creciente.
Los dominicos nos confesaban, decían nuestras misas, administraban los sacramentos.
Y algunos hacían más que eso.
Mucho más.
En 1276, cuando yo llegué con catorce años, el conflicto ya llevaba años cociéndose a fuego lento. El obispo quería el control absoluto. Las monjas lideradas por doña Gimena Rodríguez de Cabrera, sobrina de la fundadora, querían mantener la jurisdicción dominica.
Más por miedo al obispo que por amor a los frailes.
Y tenían razón.
El convento estaba partido en dos: las que seguían a Gimena y las que seguían a María Martínez, la priora impuesta por el obispo en 1277. Dos refectorios. Dos comunidades. Dos formas de entender lo que significaba ser Dueña de Zamora.
La guerra había empezado mucho antes de ese amanecer de mayo. Eso fue solo su culminación sangrienta.
*
Habíamos comenzado laudes en la penumbra del amanecer, nuestras voces elevándose en el Deus in adiutorium meum intende . El incienso aún flotaba espeso en el aire frío.
Entonces llegó el estruendo.
Las puertas de roble reventaron hacia adentro.
Botas con clavos de hierro sobre las losas sagradas. Guardias del obispo. Treinta, quizás cuarenta.
Suero Pérez entró en el patio sin prisa, como si ya fuera suyo.
Setenta años, veinticinco de obispo. Lo que recuerdo no es su cara: es el oro de la cruz del pecho cogiendo el primer sol y devolviéndomelo a los ojos, de modo que durante un rato no pude mirarlo aunque hubiera querido.
Detrás venía su procesión: canónigos con sobrepellices blancos, notarios cargados de pergaminos, guardias del concejo.
Y tres frailes dominicos con las cabezas gachas.
A Catalina la sacaron a rastras por la escalera del coro.
Estaba de siete meses. No contaré cómo bajó esos doce escalones; lo intenté muchas veces en el pergamino y siempre lo taché.
Diré solo que quedó sangre en las losas, y que las losas eran grises, y que llevo sesenta y seis años viéndolas grises.
Sus gritos.
La sangre en las losas grises.
Vi a Pedro, el fraile que la amaba, traído encadenado desde las mazmorras episcopales. Cuatro días de tormento. Las manos destrozadas. Los dedos retorcidos en ángulos imposibles. Cuando el obispo le preguntó si reconocía a Catalina, escupió a sus pies:
—La amo. Siempre la amaré. Y vos sois un monstruo.
Vi a Gimena —nuestra priora legítima— golpeada por los guardias cuando intentó defenderla. Sangre en su labio. Fuego en sus ojos.
Vi cómo Marina, apenas catorce años, se arrodilló llorando y se arrepintió para salvarse. Y cómo otras la siguieron, una tras otra, como un dique que se rompe. Las jóvenes primero. Las asustadas después.
Y vi mi propia cobardía.
Cuando Isabel me sujetó el brazo y susurró « No. Vigila. Recuerda. Alguien debe contar esto » , no me moví. No corrí hacia Catalina. No interpuse mi cuerpo entre los guardias y su vientre embarazado.
Me quedé en las sombras. Observando. Memorizando.
Porque eso era lo que yo hacía. Observar.
*
Cuando el obispo declaró excomulgadas a las diecinueve que no se arrepintieron, cuando anunció su expulsión del convento y de la ciudad, todos esperaron que me uniera a ellas.
Pero cuando el obispo me preguntó —Teresa Álvarez, novicia, hija de escribano de Toro, virgen certificada—, cuando me obligó a decidir entre sumisión o exilio, entre obediencia o condenación, miré a Gimena.
Ella me miró.
Cuenta la verdad, decían sus ojos. Sobrevive y cuenta la verdad.
Incliné la cabeza.
—Me quedo, excelencia. Me someto.
El desprecio en los ojos de algunas casi me hace retractarme.
Pero alguien debía quedarse. Escribir la verdad.
Y ese alguien era yo, porque era la única que podía hacerlo sin ser quemada.
Ahora, sesenta y seis años después, lo entiendo: mi virginidad no me hacía mejor que ellas. Me hacía útil. Un pergamino en blanco sirve para que otros escriban en él.
*
Catalina murió días después, en el parto. La bebé también. Una niña. La llamó Esperanza en su último aliento.
Pedro murió en manos de la justicia secular.
Gimena desapareció en el exilio. Algunos dicen que llegó a París. Otros que entró en un convento en Portugal con nombre falso.
El obispo Suero murió siete años después. Se contó que murió en su cama, convencido de su victoria, y que lo lloró el pueblo de Zamora. No sabían lo que yo sabía.
Como tampoco sabían que, cada noche, yo escribía y dibujaba en pergaminos robados del scriptorium , con tinta fabricada con hollín y grasa de vela. Pergaminos que luego escondía bajo las losas del suelo de mi celda, donde nadie miraría nunca.
Y allí estaba la historia real. No la que cuentan los archivos.
*
Ahora soy vieja. Ochenta y tres años.
Me quedan pocos meses, quizás semanas. El cuerpo se cansa. Las manos tiemblan al escribir. Los ojos se nublan.
Pero antes de morir, debo lograr que todo se sepa.
Debo empezar antes del juicio. Mucho antes. Cuando llegué al convento con catorce años y el mundo parecía más simple. Cuando no sabía nada de amor ni de poder ni de lo que las mujeres deben sacrificar por un poco de libertad.
Debo contaros cómo Catalina y Pedro se enamoraron bajo los manzanos del huerto.
Cómo Gimena construyó su rebelión carta a carta, bula a bula.
Cómo el convento se partió en dos como una fruta podrida.
Cómo diecinueve mujeres nobles desafiaron al hombre más poderoso de Zamora.
Y cómo, aunque perdimos, en cierto modo también ganamos.
Porque estoy aquí. Escribiendo. Recordando.
Y mientras alguien recuerde, mientras estas palabras existan en un pergamino o en la memoria, no habremos sido derrotadas del todo.
Mi nombre es Teresa Álvarez. Hija de un escribano de Toro, monja de Santa María la Real de las Dueñas de Zamora. Virgen certificada por las matronas del concejo. Testigo de lo que no debía verse. Cronista de lo que no debía escribirse.
A fin de cuentas, solo una mujer que vio demasiado y ahora, antes de morir, necesita contarlo todo.
Dejadme que os cuente cómo dijeron no.
Y cómo yo, la virgen que nunca pecó, fui quizás la más culpable de todas.
Empecemos por el principio.
Por el día que llegué al convento.