EPÍLOGO #4
—Porque fray Antonio, el nuevo confesor, es joven y hermoso. Porque sor Magdalena lo mira con hambre en los ojos. Y sor Clara también. Y sor Inés, aunque lo disimula.
—¿Y tú? ¿Tú también miras a fray Antonio?
Se sonrojó levemente.
—No me interesa fray Antonio. Pero entiendo por qué les interesa a ellas. Y veo lo que viene. El obispo ya está buscando excusas para intervenir. Escuché al prior dominico discutiendo con la priora.
—La historia se repite —dije.
—Entonces alguien debe contarla. Como tú la contaste. —Se sentó en el borde de mi jergón. Esperó.
—¿Sabes escribir? —pregunté finalmente.
—Mi padre me enseñó antes de morir. Soy hija de notario, como tú eres hija de escribano.
—Bien. El código es simple. —Saqué un pedazo de pergamino viejo—. Escribe normal, pero deja espacios. Luego, en esos espacios, escribe en tinta más clara lo que realmente quieres decir. Desde lejos parece una carta inocente. De cerca, con luz adecuada, se leen dos textos.
Le mostré un ejemplo de mis cuadernos. Una página que parecía ser una receta de potaje. Pero entre líneas, con tinta diluida, estaba la descripción del primer encuentro de Catalina y Pedro en la biblioteca.
—Ingenioso —dijo admirada.
—También hay que saber dónde esconder. Bajo losas sueltas, como esta.
—Levanté la piedra de mi celda—. Detrás de una piedra floja del muro, que se saca y se vuelve a encajar. Dentro de libros, pegando páginas falsas sobre las reales. En el huerto, en cajas de metal envueltos en cuero encerado. En tumbas del cementerio.
—¿Cuántos cuadernos has escrito?
—Los siete originales y seis más. Sesenta y nueve años de historia. Casi un cuaderno por década. Lento, ¿verdad? Pero escribir es peligroso. Solo escribía cuando estaba absolutamente segura de estar sola.
—¿Puedo leerlos?
Levanté los cuadernos de su escondite. Sesenta y nueve años de secretos envueltos en cuero. Se los puse en las manos.
—Debes leerlos todos. Son tuyos ahora. Junto con la responsabilidad.
—¿Qué responsabilidad?
—Contar la verdad. Observar sin juzgar. Registrar sin censurar. Ser testigo, aunque duela. Aunque te aísle. Aunque pases toda tu vida mirando cómo otros viven mientras tú solo observas.
Juana pesó los cuadernos en sus manos.
—Son pesados.
—Sesenta y nueve años siempre pesan.
Se quedó callada un momento. Luego:
—Hay algo que no escribiste. Puedo sentirlo. Algo que guardaste incluso de las páginas.
Era perceptiva. Demasiado.
—Sí. Hay algo.
—¿Me lo dirás?
Vacilé. Pero tenía que decírselo a alguien. No podía llevarme el secreto a la tumba.
—Catalina no fue la única que amó a Pedro. Ni Pedro fue el único que amó a Catalina.
El silencio fue absoluto.
—No físicamente —continué—. Nunca los toqué.
Pero en mi corazón, en mis sueños, en esas horas oscuras en mi jergón...
los amé. Y odié a Catalina, y odié a Pedro, por tener lo que yo nunca me atrevería a tomar.
Por eso observaba tanto. Por eso escribía cada detalle.
Vivía a través de ellos lo que nunca viviría yo misma.
Juana no me juzgó. Solo asintió.
—Todos amamos. Algunos actúan. Otros observan. Ambos son válidos.
—No. Solo uno es cobarde.
—O sabio. Tú sobreviviste. Catalina murió. Pedro murió.
—Catalina y Pedro vivieron. Yo sobreviví. Hay diferencia.
Juana se levantó, los cuadernos bajo el brazo.
—¿Te arrepientes? —me preguntó antes de irse—. ¿De no haber conocido el amor? ¿De haber permanecido virgen toda tu vida?
Lo pensé. Sesenta y nueve años en este convento. Ochenta y tres años en este mundo. Virgen aún. Pura aún. Intocada siempre. Sola siempre.
—No sé qué es el amor —respondí finalmente—. Pero sé qué es la libertad. Y la libertad de elegir mi pureza, de mantenerla como escudo, de usarla como poder... valió más que cualquier placer impuesto o cualquier pasión que me hubiera destruido.
—¿De verdad lo crees?
—A veces. —Fui honesta—. Y a veces no. Pregúntame mañana y te daré otra respuesta.
Juana sonrió por primera vez.
—Gracias, sor Teresa. Por confiar en mí. Por esto. —Levantó los cuadernos—. No te decepcionaré.
—Sé que no. Porque tienes el mismo fuego que tenía Gimena. Y ese fuego es lo único que puede mantener viva la verdad en lugares donde todos prefieren la mentira cómoda.
Se fue.
Yo me quedé sentada en mi jergón, más ligera. El peso que había cargado sesenta y nueve años ahora era suyo.
—La virginidad es poder —le dije cuando ya estaba en la puerta, las mismas palabras que Gimena me dijo hace sesenta y nueve años—. Úsala sabiamente. Observa todo. Participa en nada. Sé el testigo. Sé la memoria.
Asintió y desapareció en la oscuridad del corredor.
[De los cuadernos de Teresa Álvarez, última hoja]
Memorial
Tinta sobre pergamino amarillento.
«He dibujado toda mi vida lo que no me atreví a vivir. Pero estos dibujos son mi vida. Son mi testimonio. Son mi única valentía. Que alguien los encuentre. Que alguien sepa que existimos.»
Fecha: doce de noviembre, año de Nuestro Señor de 1345.
Decretum Gratiani, con el aparato de Bartolomeo da Brescia. Italia, 1340-1345. Lyon, Bibliothèque municipale, ms. 5128, fol. 100r.