Las dos cárceles (El primer invierno 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

La salida

E n la enfermería del cuartel general en Salamanca Gabriel se despertó como si se hubiera dormido apenas un segundo, pero vio por la ventana que ya era de noche.

El enfermero entró y le dio otra pastilla que le hizo dormirse de nuevo profundamente.

Soñó que al amanecer oía las órdenes de un oficial “Carguen”, “Apunten”, “Fuego” y las detonaciones casi al unísono.

Un momento después escuchaba como se amartillaba una pistola y seguía una serie disparos a intervalos de pocos segundos.

El último disparo pareció despertarle ¿o ya llevaba despierto un rato?

Ya era entrada la mañana cuando finalmente le despertó una pareja de guardias que sin contemplaciones hicieron que se levantara, se vistiera y aseara mínimamente y le dieron unas muletas.

Gabriel les siguió como pudo afuera del edificio penal.

Pasaron por un patio y entraron en el edificio principal más lujoso, en medio de un largo pasillo con cuadros de batallas navales había una doble puerta de madera flanqueada por dos soldados.

Uno de ellos abrió la puerta, le indicó que pasara y entró tras él cerrando de nuevo la puerta.

Ante Gabriel se disponía una escena que tardaría un rato en comprender.

En el fondo de la sala, en tres sillones que rodeaban a una pequeña mesa de café estaban sentados tres oficiales de alta graduación, generales le pareció a Gabriel desde lejos, que apenas le miraron un momento y continuaron su conversación.

La pared de la derecha tenía tres grandes ventanas y delante de ellas reconoció al coronel Muñoz y al profesor don Joaquín, que le hicieron la indicación de que se pusiera a su lado.

Los tres generales estaban fumando y daba la impresión de que esperaban a alguien más.

Apenas un minuto después llamaron a la puerta, el guardia abrió desde el interior y pasó el comandante fiscal Aguirre, que al ver quien estaba en la sala se cuadró y se mantuvo firme.

El general sentado en el sillón central comenzó a hablar con un timbre agudo pero un tono firme.

—He sido informado por el coronel Muñoz aquí presente, con el respaldo del general Pazos, sentado a mi derecha, de los hechos sucedidos hace unos días y que consiguieron la liberación de doce personas detenidas por el gobierno rojo de Madrid.

La intervención de tres policías que se enfrentaron a unos milicianos asesinos que pretendían masacrarlos fue más que valiente, heroica.

Los tres serán propuestos para la Medalla Militar individual.

El asombro de Gabriel solo era superado por el del fiscal, que, acostumbrado a organizar él mismo escenarios de encerronas, empezaba a reconocer éste, no precisamente a su favor.

—El general presidente del tribunal que les había condenado a muerte ha revisado el caso y ha decidido la revocación de las penas y la exoneración de los cargos.

También le he encargado personalmente que revise cómo la justicia militar, uno de los baluartes de nuestro glorioso ejército, ha podido ser retorcida en este caso.

Así mismo, ha investigado las circunstancias que han llevado a la muerte bajo custodia de uno de los policías que ahora tendrá que recibir su medalla a título póstumo. General, adelante.

Un general de avanzada edad que estaba sentado en el sillón de la derecha se levantó y dijo.

—Con su permiso mi general. Guardia, ¡arreste al comandante fiscal Aguirre!”

El fiscal se reconoció superado por la graduación de los presentes en la sala y valoró que mantener silencio en aquel momento era su única baza.

“Vivir ahora para luchar después”, pensó.

Salió de la sala precedido por el general presidente del tribunal y seguido del guardia que le escoltaría hasta la prisión que tantas veces había visitado, pero ahora desde el otro lado.

El general desde el sillón central continuó.

—No he querido mencionarlo antes pero ya que estamos más en confianza les diré, caballeros, que, antes de escuchar la narración del coronel Muñoz, yo ya era conocedor de lo ocurrido.

Había recibido una interesante llamada telefónica del señor ministro de Asuntos Exteriores del Reich alemán, von Neurath, que tuvo a bien explicarme de buena mañana lo ocurrido con un transporte de prisioneros en forma similar a la que luego ratificó el coronel.

A la vez me pedía que tomara las medidas necesarias para repatriar a dos ciudadanos alemanes, padre e hija, incluidos en el grupo de los liberados. ”

El general se levantó y se dirigió hacia Gabriel, que, aún apoyado en las muletas, era más alto que él.

—Estimado joven, es usted un ejemplo para la juventud de la nueva España que resurgirá tras esta cruzada.

Después se dirigió al profesor.

—Señor profesor, por favor transmita mis respetos al señor ministro von Neurath.

Y dicho esto salió de la sala acompañado del general Pazos que dirigió una sonriente mirada al coronel. Gabriel, sin saber qué hacer se sentó lentamente en la silla que el coronel le acercó mientras le decía.

—No ha sido fácil joven, pero he podido cumplir mi promesa y he removido Roma con Santiago para conseguir su rehabilitación —y pensándolo un momento continuó—.

Creo que el profesor en su caso ha removido Berlín con Santiago...

—y se rio. Estrechó la mano de Gabriel, reiterando las gracias de nuevo en nombre de todos y salió de la sala.

El profesor fue a buscar a alguien que esperaba en el pasillo e hizo entrar a su hija, mientras él se quedaba fuera y cerraba la puerta. Emilia corrió y se arrodilló a los pies de Gabriel.

—Por Dios, ¿cómo estás Gabriel?

Él la miraba incrédulo y sin conseguir articular palabra le corrió una lágrima por la mejilla. Ella le besó la lágrima cariñosamente, le miró de nuevo y le besó los labios.

—Emilia, he deseado tanto tiempo este beso.

—Yo también Gabriel.

Permanecieron abrazados un tiempo. Finalmente, Gabriel volvió a la realidad de la que no podía escapar.

—Han matado a Santiago, se ha sacrificado por mí —dijo totalmente afligido.

—Era una gran persona. Y tú también lo eres.

—¿Eso crees? No estoy tan seguro. Siempre he creído que mis intenciones eran buenas, pero mira dónde estoy.

He tenido que escapar de una España ciega de violencia y he llegado a otra que en el fondo no me acepta.

Una mató a Satur y la otra a Santiago. Las personas que están junto a mí salen dañadas y no quiero que tú sufras daño por mí.

—No sufriré por ti, siempre que tú quieras estar conmigo.

—Eso es lo único que quiero Emilia, créeme.

Hace un momento en esta habitación ha habido un acto de reparación, ¿sabes?

Nos habían condenado y nos han rehabilitado, pero ¿por qué?

Ni siquiera sé si ha sido sincero o una farsa ¿Estos grandes generales han visto nuestro acto de justicia y lo valoran, o solo ha sido una negociación con sus aliados extranjeros que necesitan?

—Gabriel se detuvo un momento y respiró profundamente—.

Pero no puedo pensar en eso ahora. Tengo que explicarte una cosa, Emilia.

Cuando atacamos a aquellos milicianos que os querían asesinar, creía que lo hacía por la idea de justicia y para evitar una masacre.

Pero Emilia, yo actué solo para salvarte a ti.

¿Te das cuenta? Si tú no hubieras estado en la lista, si no te hubiera visto en la fila subiendo al camión, no sé lo que hubiera hecho y nunca lo sabré.

—Hubieras hecho lo mismo que hiciste, porque tú eres así, tú eres ese policía, ese hombre idealista al que conocí cuando te graduaste. Ibas a mejorar las cosas. Lucharías contra la violencia y la injusticia. Y es lo que has hecho Gabriel.

—Ojalá tengas razón. Ahora no pienso claro, tú eres mi guía. ¿Qué hago ahora? No puedo volver a esa España violenta y ansiosa de muerte, ni me reconozco en esta otra, fría e hipócrita. ¿Estaré equivocado y estoy juzgando mal a mis compatriotas?

—Seguramente haga falta algo de tiempo y distancia para responder a esa pregunta. Y yo te lo quiero dar Gabriel.

—¿Cómo Emilia?

—Yo también tengo una pequeña confesión que hacerte. Mi padre es algo más que el profesor don Joaquín que conocéis. Creo que ya sabes de la conversación del general con el ministro de mi país.

—Sí, nos lo ha dicho. No comprendo cómo ha podido suceder.

—Cuando supimos que os iban a ejecutar, el coronel se dirigió a su amigo el general Pazos, que le creyó y le apoyó.

A la vez mi padre usó de su influencia en Berlín —Emilia se tomó un momento para seguir—.

Gabriel, mi padre es un enlace secreto entre el ministerio de Asuntos Exteriores de mi país, y la cúpula de los generales españoles sublevados.

Viene participando en muchas negociaciones de cooperación de mi país con el tuyo, al menos con esta parte del tuyo.

—Entonces os detuvieron por eso.

—¡No! Esos milicianos no tenían ni idea, si no, hubieran fusilado a mi padre públicamente, a bombo y platillo. Solo nos detuvieron por ser de Alemania y de buena posición. No es buena idea ser alemán o italiano ahora en Madrid.

—¿Y ahora que vais a hacer?

—Mi padre vuelve a Berlín y yo te ofrezco el tiempo y distancia que necesitas. Vámonos nosotros también. No solo te lo digo porque no quiero volver a separarme de ti. También creo que tu posición en esta España en guerra es casi imposible y Berlín es una ciudad donde podremos salir adelante.

Gabriel la miraba con los ojos muy abiertos, pero no dijo nada. Pensaba en cuál de las Españas podría quedarse, si acaso en alguna. Emilia continuó.

—Desde allí podrás contactar más fácilmente con tu familia, aquí no hay contacto posible entre las dos zonas. Pero Gabriel, si prefieres quedarte en tu patria, yo me quedaré contigo. Nadie ni nada me separará de ti.

Fue entonces cuando Gabriel tuvo una certeza absoluta como nunca antes había tenido. Fue como una revelación y así se lo hizo saber a Emilia.

—Emilia, mi única patria eres tú.

Se besaron y abrazaron largamente. Se separaban para mirarse, se reían como adolescentes y volvían a besarse y abrazarse.

En la calle a la puerta del cuartel se habían reunido los doce que fueron presos rescatados por el valor de tres hombres.

En realidad, once porque Emilia no estaba con ellos.

Esperaban para vitorear por fin a su héroe y agradecerle otra vez por sus vidas.

Sabían que, a partir de ese momento, cada uno se iría por su lado, buscando un futuro incierto lejos de sus vidas anteriores, pero no podían dejar pasar esta oportunidad de despedirse entre ellos y de su salvador.

Ciertamente tuvieron que esperar un largo rato, pero al final lo consiguieron.