Las dos cárceles (El primer invierno 1) Epílogo
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Epílogo

S erafín conducía y Andrés iba a su lado. Era de noche y prácticamente no había nadie por las calles. El coche paró junto a la puerta del taller. Jerónimo desde el interior había estado todo el tiempo vigilando y les abrió la puerta. Serafín se abrazó a su hijo y Andrés abrazó a Isa y María.

—Ya se ha terminado —dijo Serafín.

—Al menos por ahora —puntualizó Andrés.

—¿Qué ha pasado Andrés? —preguntó ansiosa Isa.

—Ya no hay nadie que nos persiga. Podemos volver a casa.

—Adela se ha quedado preparando la cena para todos, así que en casa os contaremos todo. Vámonos de aquí —finalizó Serafín.

Se abrazaron otra vez, salieron del taller, montaron los cinco en el coche y se encaminaron a la casa de Jerónimo. Cuando entraron en la casa Adela estaba en el salón grande sentada junto a un hombre elegantemente vestido. Se levantó y se dirigió al grupo.

—!Qué alegría que ya estéis todos aquí! Pasad que os voy a presentar.

Andrés, después de todo lo vivido, sospechaba de inicio de todo el mundo, pero dejó que Adela hiciera el papel de anfitriona y les presentara a ese desconocido.

—Mi marido Serafín, y mi hijo Jerónimo —empezó señalando Adela. —Esta encantadora joven es María Velasco, novia de mi hijo, y sus padres, Andrés e Isabel.

—Permítanme —dijo el hombre que se había levantado dejando ver que era el más alto del grupo—. Me llamo Nikolaus Huber y soy el agregado comercial de la embajada de Austria en Madrid.

—Por favor, sentémonos todos —propuso Adela.

La sala era grande y disponía de suficientes sofás y sillones para todos.

—He venido a transmitir a don Jerónimo Sánchez-Gil una información reservada, pero ya me ha indicado la señora Adela que puedo compartirla con confianza con la familia Velasco —Adela sonrió y afirmó con la cabeza—.

Me es grato informarles de que el súbdito alemán Herr Joachim Wichtig-Kreutzsieger se encuentra bien de salud en compañía de su hija Fräulein Emilia y del ciudadano español d.

Gabriel Velasco en la ciudad de Salamanca. ”

Una ola mezcla de sorpresa y alivio atravesó el salón.

—¡Gabriel está bien! —no pudo evitar exclamar María que se levantó y abrazó a sus padres.

—Pero, ¿cómo saben ustedes eso? ¿Por qué nos lo dice usted? —preguntó Andrés que no acababa de comprender todo el cuadro.

—Como saben ustedes el Reich Alemán no tiene relaciones diplomáticas con la República Española, pero nosotros, los austríacos, las tenemos con ambos. Herr Joachim ha aprovechado esta situación para hacerles llegar este mensaje a través de mi embajada.

—Se lo agradecemos mucho —intervino Jerónimo—. El profesor, su hija y especialmente Gabriel son personas de gran importancia para nosotros.

—Sí, es una gran noticia —añadió Isabel conmovida.

—Aunque no sepamos si les volveremos a ver” dijo Andrés pesimista y continuó hablando para todos—.

Acabamos de resolver una situación de peligro en que nos hemos visto envueltas las dos familias, pero me temo que haya sido solo una solución temporal y que a no mucho tardar los individuos que ordenaron nuestro castigo envíen otras personas contra nosotros.

—Sí, continuó Serafín. Deberíamos tomar alguna decisión drástica, probablemente salir de Madrid.

—Si me lo permiten, señores —intervino el diplomático—, quizá les resulte oportuno en este punto escuchar la propuesta que Herr Joachim, con la aprobación del gobierno alemán, y la realización por parte de mi embajada, les quiere hacer llegar.

—No le entiendo —intervino Andrés un poco cansado de la forma de hablar de ese hombre.

—Mi embajada puede encargarse de que ustedes viajen con salvoconducto diplomático hasta Valencia. Desde allí podrán tomar un barco hasta Lisboa y finalmente por carretera o tren hasta Salamanca. Mi gobierno se ocupará de los gastos y garantiza su seguridad.

Todos se quedaron boquiabiertos y se miraban entre ellos. Una puerta que ni siquiera habían imaginado, se abría ante ellos. Sin embargo, Andrés mantenía dudas.

—¿Por qué va a hacer Austria eso por nosotros?

—El gobierno de Austria es amigo del gobierno alemán.

Cuando Alemania nos pide alguna cosa, estamos encantados de ayudar —como parecía una explicación un tanto general, el austríaco quiso bajar un poco los pies al suelo y añadió, bajando el tono, como si fuera una confidencia— Entre ustedes y yo, Herr Joachim debe tener amigos importantes.

Tras un momento de silencio, el austríaco dio por terminado su trabajo y se despidió.

—Han sido ustedes muy amables, pero creo que debo dejarles para que hablen entre ustedes y decidan lo más oportuno. Les dejo mi tarjeta y quedo a su disposición en la embajada.

Todos se pusieron de pie, le despidieron y quedaron pensativos. María miró en silencio a Jerónimo y le cogió la mano. Adela quiso romper el hielo.

—Tenemos bastante de lo que hablar y no sé si he hecho suficiente cena.

Había pasado más de una semana y Gabriel se había recuperado bastante.

Apenas necesitaba un bastón para andar, y andaba mucho con Emilia.

Solían pasear por el jardín botánico, en la plaza de la Merced, que le gustaba mucho a Gabriel.

Algunas veces Emilia conseguía llevarle colgada de su brazo hasta la muralla y descansaban en el Huerto de Calixto y Melibea, que le parecía un romántico rincón medieval y con unas vistas magníficas de la catedral y las muchas cúpulas de la ciudad.

Apenas se daban cuenta, pero ya eran una pareja feliz.

Solamente la sombra de los tristes días que habían vivido empañaba a ratos su felicidad.

Especialmente Gabriel no olvidaría nunca la muerte de Satur y el sacrificio de Santiago.

Pero aquel viernes Emilia dirigió el paseo hasta la estación.

Se sentaron en el vestíbulo como si fueran viajeros e imaginaron destinos a los que querrían que les llevara el tren.

Algunos eran reales, como París o Egipto, y otros eran imaginarios, como Ítaca o El Dorado.

De estos sueños, les despertó la ruidosa locomotora del tren que entraba en la estación, silbando frenéticamente.

Una pequeña avalancha de personas pasaba a su lado en busca de sus destinos en la ciudad.

—Mira, ese hombre se parece a Gary Cooper —bromeó Emilia, señalando disimuladamente a un hombre alto con un gran sombrero.

Gabriel se rio y continuó la broma.

—Y esa chica se parece a mi hermana.

Gabriel la siguió mirando y la chica le miró, sonrió y salió corriendo hacia él. Gabriel aún no se lo creía cuando la chica le abrazó.

—Gabriel, por fin.

Ya de pie, Gabriel miró a Emilia que le miraba llorando con cara de alegría.

—Perdóname cariño. Quería que fuera una sorpresa.

Otra mujer le abrazó entonces y Gabriel reconoció rápidamente a su madre. Y su padre estaba detrás de ella esperando a que Isa le soltara para poder abrazarle él.

—Madre....padre —fue lo que alcanzó a decir.

Cuando se recompuso un poco vio a Jerónimo de la mano de María y fue a darle otro abrazo.

—¿Recuerdas a mis padres? Serafín y Adela.

También dio un abrazo a cada uno y luego se acercó a Emilia que se secaba una lágrima.

—No sabía nada. Emilia, te odio.

La abrazó y la besó, el primer beso delante de su familia. Todos sonrieron y María aplaudió.

Salieron de la estación, Gabriel y su padre se habían agarrado por el hombro.

—Padre, ¿cómo ha sido esto posible?

—Te lo explicaré todo hijo. De hecho, han pasado muchas cosas que tengo que contarte.

—Yo también tengo muchas cosas que contarte.