Capítulo 19
El cazador cazado
C omo habían convenido los tres se reunieron en la “oficina” a las doce.
Tercero vio que evidentemente no estaba Jerónimo “¿Tendré que hacerlo todo yo?” pensó.
Stan y Oliver le explicaron que no había rastro de él ni en su casa ni en el laboratorio.
Stan explicó cómo la madre de Jerónimo, Adela, no se había achantado fácilmente, aunque pudo registrar casa y su padre, Serafín, estaba trabajando en la editorial.
Más tarde, preguntando en el vecindario, un vecino le había comentado que Jerónimo se había ido de viaje a una feria del libro fuera del país.
“Paparruchas” es lo que pensó Tercero, que empezó a organizar las siguientes tareas, como era propio en él.
Pensó que vigilar el laboratorio era inútil y mandó a los dos a vigilar la casa.
Estaba seguro de que Jerónimo aparecería en algún momento.
Cada dos horas, a las horas pares, llamaría a un teléfono público que había cerca de la casa de Jerónimo para que le informaran.
Él se reservaba el plato fuerte. Tras cerrar la investigación sobre Santiago tocaba ahora el turno de Gabriel.
En la tahona por las tardes hay poca tarea, sólo atender el mostrador para los clientes que hubiera y preparar los útiles para la madrugada siguiente.
A pesar de eso, Andrés mantuvo a los dos aprendices con él.
Abrió la puerta un hombre al que nunca había visto.
Entró, mostró la placa y se identificó como policía y superior de Gabriel.
A Tercero no le gustaba repetir estrategias, pero como ésta le había dado tan buen resultado con las hermanas de Santiago, quiso volver a probar.
Explicó que estaba pensando en proponer a Gabriel para un ascenso y que en esos casos le gustaba conocer a la familia.
—Yo soy su padre, podemos hablar aquí —dijo Andrés y dirigiéndose a los aprendices—. Muchachos id a la taberna y tomaros un refresco.
—Entonces, según la ficha de Gabriel, usted es Andrés Velasco, casado con Isabel Fernández —empezó con las preguntas. Hablaban cada uno a un lado del mostrador.
—Así es. Perdone, pero no he entendido su nombre.
Tercero se quedó un poco sorprendido. A las hermanas no le había dicho ningún nombre, ni a ellas se les ocurrió preguntar. Solo se le vino a la cabeza el nombre del torero al que Lorca había dedicado una elegía.
—Soy el comisario Sánchez Mejías.
—Tanto gusto —contestó Andrés mientras le tendía la mano por encima del mostrador.
Este hombre le volvía a sorprender. A Tercero no le gustaba ningún tipo de contacto con el resto del mundo.
Pero no le quedaba más remedio que estrechar la mano que tenía enfrente.
Andrés se percató de ese segundo de duda y también le pareció que la mano del “comisario” era fría, floja, casi viscosa.
—Dígame, ¿qué quiere saber de mi hijo?
—Primero me gustaría que me hable de su familia ¿Cuántos son ustedes?
—Como consta en su ficha, mi mujer se llama Isabel. Además de Gabriel tenemos una hija menor que se llama María.
—¿Y están aquí con usted?
—No están aquí y no las va a poder encontrar —contestó Andrés desafiante.
Era la tercera sorpresa y ya rebasaba los límites.
Decidió cambiar de procedimiento y pasar al interrogatorio con tortura.
La verdad es que le apetecía, estaba cansado de dar tantas vueltas.
De debajo de la chaqueta sacó un pequeño revólver de cinco balas en el tambor y apuntó con él a la cara de Andrés.
—Vaya, vaya. Nos quitamos las caretas, señor panadero. Vayamos adentro a un sitio más privado.
—Siento no poder complacerle, miserable hijo de puta.
La que era la cuarta sorpresa que le daba Andrés quedó sobrepasada por la conmoción de un estruendo de gente que entraba a la carrera por la puerta de la tahona.
“Muchachos id a la taberna y tomaros un refresco” había sido la clave que había acordado con sus aprendices para que trajeran a los seis amigos que Andrés había seleccionado para que le ayudaran en caso de peligro y que efectivamente esperaban en la taberna.
La tromba de hombres le cayó encima a Tercero que no pudo evitar perder el arma.
Le propinaron un buen número de puñetazos y patadas hasta que Andrés les detuvo.
Llevaron al magullado hombre a la parte trasera de la tahona que no se veía desde la calle, le ataron a una silla y le metieron un trapo en la boca.
Había perdido las falsas gafas y sangraba por la boca y las dos cejas y el oído derecho.
Uno de los muchachos le entregó el revólver a Andrés.
Lo cogió y mandó a los dos aprendices que se fueran a sus casas, lo que hicieron entre protestas.
Andrés no era un hombre de armas, pero tampoco les tenía miedo. Apoyó el cañón del revólver en la frente de Tercero y le amenazó.
—Te lo diré una sola vez, vas a ser un torero muerto de verdad si no me explicas ahora mismo quién eres y qué quieres de nosotros. —Uno de los hombres le sacó el trapo de la boca.
—De acuerdo, panadero, me has pillado. No te preocupes, no quiero morir y la gente para la que trabajo me importa un carajo —dijo entre muecas de dolor.
—Pues entonces habla y más te vale que me digas la verdad.
Andrés apretó aún más el revolver contra la cabeza de Tercero que se dio cuenta de que no tenía escapatoria así que daría a Andrés lo que quería.
—Yo solo soy un trabajador, como tú, al que contrata un grupo de peces gordos malnacidos que quieren que la guerra sea larga y sangrienta.
No me preguntes por qué, no lo sé, yo solo hago mi trabajo.
Llevan tiempo matando gente simplemente para que haya violencia en las calles.
O matan a un extremista para culpar a los contrarios.
Yo hago algunos encargos, no te lo voy a negar.
Últimamente organizan sacas de presos de las checas y acaban con ellos en descampados.
Tu hijo y sus amigos se entrometieron, acabaron con unos cuantos del grupo y liberaron a unos presos.
El grupo quiere saber si tu hijo y sus amigos habían actuado solos o si tienen socios.
Me contrataron para investigarlo, saber hasta qué nivel alcanzan los socios y castigarlos a todos.
—¿A quién más has investigado?
—Entre los fugados hay un coronel pero estaba claro que lo habían detenido por mala suerte, no formaba parte de ningún complot.
También un científico alemán, pero su familia también había sido detenida, así que había que indagar en sus colaboradores.
Luego estaba Santiago, un guardia de asalto, que ayudó a tu hijo por su aprecio, digamos así, por el otro guardia de asalto, no por ninguna conjura secreta. Y luego estáis vosotros.
—Háblame del alemán ¿Qué pasa con sus colaboradores?
—Solo tiene un colaborador que se pueda tomar en cuenta, un tal Jerónimo. Nos ha dado esquinazo, pero le encontraré.
—¿Nos? ¿Quién más trabaja contigo?”
Tercero se dio cuenta de que debía haber mantenido oculta la existencia de Stan y Oliver, pero ya se había delatado. Puede que los golpes que había recibido en la cabeza no le dejaran pensar como siempre.
—Tengo dos amigos vigilando la casa del ayudante del tal Jerónimo.
—¿Cómo contactas con ellos?
—Cada dos horas llamo a un teléfono público donde ellos están esperando la llamada y me informan de lo que haya pasado.
—¿A qué hora toca llamarles?
—A las seis.
—Muy bien, faltan quince minutos.
Andrés volvió a ponerle el trapo en la boca y salió a la parte del mostrador, donde estaba el teléfono. Hizo una llamada y volvió a la trastienda.
—Escúchame bien, basura. Vas a llamar a tus amigos y les vas a decir que sigan vigilando la casa de Jerónimo.
Su padre sabe dónde está escondido. Si el padre sale de la casa, ordénales que le sigan y les llevará hasta él.
Te estaré apuntando a la cabeza, como digas algo más de la cuenta, estás acabado ¿Lo has entendido?
—Lo he entendido. No te preocupes, tú mandas ahora.
Lo llevaron aún atado y amordazado hasta el teléfono.
Al llegar las seis, Andrés marcó el número que Tercero le dijo.
Con una mano sostuvo el auricular junto a la oreja que no sangraba y con la otra volvió a apoyar el revolver en su frente.
En seguida empezó a hablar mientras Andrés y él se miraban directamente.
—¿Habéis conseguido algo?
—...
—Ya lo suponía.
—...
—Escuchadme bien. El padre de Jerónimo sabe dónde se esconde. Volved a vigilar su casa y si el hombre sale, seguidle porque os llevará al escondite. No hagáis nada más, llamaré otra vez a las ocho.
—...
—Adiós.
Andrés colgó el auricular mirando satisfecho a aquel hombre que empezaba a darle pena, le amordazaron de nuevo y le llevaron de vuelta a la trastienda.
Andrés hizo un corro con sus amigos y habló con ellos en voz baja.
Al cabo de un rato, todos salieron de la tahona dejando a Andrés frente al amordazado. No volvieron a hablar.
Pasada una hora, se escuchó llegar un coche, parar el motor, alguien se bajó y cerró la puerta del coche. Tras unos pasos la puerta de la tahona se abrió y entró Serafín, el padre de Jerónimo, que se dirigió a la trastienda. Estrechó la mano de Andrés y le dijo
—Gracias por avisarme y por contar conmigo.
En ese momento se oyó el ruido de otro coche que se detenía frente a la panadería.
En el coche iban dos hombres en los asientos delanteros que miraban la puerta de la tahona y no vieron como se les aproximaban agazapados tres hombres por la derecha y tres por la izquierda.
Abrieron de golpe las dos puertas del coche, agarraron bruscamente a los dos hombres, los metieron a empujones en la panadería y les hicieron arrodillarse.
Allí, junto al mostrador estaba Andrés que les apuntaba con el revólver.
Y ordenó “Registradles”. Les quitaron dos revólveres similares al que ahora empuñaba Andrés y dos navajas.
Si este tipo de hombres solía trabajar del mismo modo y cada uno de estos dos lleva un revólver y una navaja, ¿no tendría el primer hombre también una navaja?
En ese momento de la trastienda llegó un grito de socorro.
Andrés de un salto llegó a la puerta y la empujó, vio que el amordazado había cortado las cuerdas que le ataban a la silla con una navaja y que, aún sin quitarse el trapo de la boca, se disponía a apuñalar a Serafín.
Andrés, en un movimiento mecánico, levantó el revólver y disparó.
Solo una vez, pero fue suficiente para que Tercero recibiera el impacto y saliera despedido, casi volando, para caer sobre la mesa donde diariamente se amasaba el pan.
Andrés se acercó con las manos temblando por la adrenalina.
La sangre rojo oscuro se extendía sobre la harina blanca.
Andrés alcanzó a escuchar las últimas palabras de aquel hombre.
—Me has vencido... un panadero.
Andrés salió de la trastienda con el revólver en la mano y miró a los dos hombres arrodillados.
—No nos mates, por favor, no hemos hecho nada.
—Mi hijo no querría que os matase, tenéis suerte.
Dos horas más tarde, los policías de la comisaría de Ventas salían para ver como dos hombres en ropa interior estaban atados espalda contra espalda junto a un coche con las puertas abiertas.
Encontrarían interesante varios uniformes e identificaciones falsas que había en el maletero.
Pero a lo que sacarían más partido sería a dos metralletas que el laboratorio de balística comprobaría como las usadas en el asesinato de dos policías a la puerta de un restaurante apenas dos días antes.