Las dos cárceles (El primer invierno 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

La prisión

E milia y su padre contaron inmediatamente al coronel que Gabriel y Santiago iban a ser trasladados desde El Espinar a la prisión del cuartel de Salamanca para ser ejecutados por traidores, tal como prácticamente se le había escapado al periodista.

Ya era casi de noche y prometió que a primera hora de la mañana siguiente investigaría en el cuartel qué estaba pasando.

Efectivamente a primera hora el coronel Muñoz, acompañado por el teniente Combarro, se presentó en la secretaría del cuartel general y haciendo valer su grado ante el teniente de servicio pudo ver la orden de traslado de Gabriel y Santiago para ese mismo día.

Al requerir las próximas órdenes de ejecución, el teniente de servicio, conocedor del protocolo, se negó a enseñárselas.

En ese momento el teniente Combarro pidió al coronel que saliera un momento de la sala.

El coronel quedó extrañado pero la determinación en la mirada del teniente le hizo salir al pasillo.

Tras unos momentos en los que el coronel no alcanzó a escuchar nada del interior de la sala, salió el teniente que le dijo “Son ellos, los dos. Pelotón de fusilamiento mañana a las ocho de la mañana.”

De vuelta a la pensión los dos militares se reunieron con Emilia y don Joaquín.

—Serán trasladados a Salamanca hoy mismo. Pasarán esta tarde en la prisión del cuartel general y mañana serán fusilados ­—les informó el coronel.

—No lo permitiremos ­—intervino don Joaquín mientras su hija se tapaba la cara con las dos manos intentando contener el llanto—. Tranquila Emilia, hija mía, eso no va a suceder.

—¿Qué podemos hacer? —preguntó el coronel ante la firmeza del profesor.

—Coronel, usted venga conmigo —ordenó don Joaquín, que dio un beso a su hija y salió de la habitación seguido del militar.

Ya era media mañana cuando un camión militar se detuvo a las puertas del hospital de El Espinar.

El conductor se quedó en la cabina, pero se apeó un sargento y de la parte trasera bajaron dos soldados armados con fusiles.

Entraron al hospital, preguntaron a la enfermera de recepción que les indicó la habitación donde estaban Gabriel y Santiago y, sin escuchar más a la enfermera que insistía en que debían hablar con el médico, se dirigieron hacia el final del pasillo.

Entraron bruscamente en la habitación. Gabriel estaba tumbado en la cama algo atontado por los analgésicos, Santiago estaba sentado en la otra cama y el cabo legionario estaba de pie, afortunadamente para él, con su fusil en la mano.

—¿Qué es esto, cabo? ¿Por qué no están esposados los arrestados? —gritó el sargento.

—No ha sido necesario, mi sargento —respondió el legionario.

—Pues eso va a cambiar. Aquí tiene la orden, queda relevado y reintégrese inmediatamente a su compañía —el sargento le entregó una hoja mecanografiada y firmada—. Pongan su ropa a ese hombre y espósenlos —ordenó el sargento a sus soldados.

Mientras un soldado esposaba a Santiago, el otro incorporaba a Gabriel y le ponía bruscamente la camisa.

El cabo legionario se adelantó y le puso con cuidado los pantalones intentando no tocar el vendaje.

Finalmente, con ambos esposados, sargento, los dos detenidos y la escolta salieron de la habitación.

Apenas un cruce de miradas sirvió de despedida entre Santiago y el cabo que en aquellas pocas horas compartidas habían llegado a comprenderse a pesar de sus diferentes ideas.

Al paso por recepción la enfermera les repitió inútilmente que debían hablar con el médico.

Tuvieron que ayudar a Gabriel a subir a la caja del camión y no le permitieron tumbarse, por lo que las interminables dos horas y media de viaje lo hizo sentado, frente a Santiago y junto a los dos soldados que les vigilaban.

En la cárcel del cuartel general estaban presos un buen número de sindicalistas, comunistas y anarquistas de la capital salmantina y pueblos de alrededor, que de haber estado en zona republicana en vez de nacional, habrían sido armados y hubieran formado un buen grupo de milicianos.

Por la mañana el comandante fiscal hizo que le trajeran al despacho a uno de esos presos, un hombre de mediana edad, con poco pelo y bigote fino, antiguo maestro conocido por su doctrina marxista y con cierta primacía entre los reclusos.

Fiscal y maestro ya habían intercambiado antes información y en esta ocasión, cuando quedaron solos en el despacho el fiscal le dijo.

— Te voy a decir algo que hará que te ganes puntos con tus compañeros.

Hoy van a entrar dos nuevos presos, que parecen rojos como vosotros, uno policía y otro guardia de asalto.

Pero son unos traidores, atacaron a un grupo de milicianos que custodiaban a unos prisioneros fascistas.

Mataron a todos los milicianos y liberaron a esos fascistas.

Creen que se van a poder infiltrar entre vosotros y que luego vendrán a mí a que les compre información.

Espero que toméis las medidas necesarias con ellos.

Ya me lo agradecerás en otro momento. Puedes irte.

Era la segunda vez que condenaba a muerte a Gabriel y Santiago.

Quería asegurarse de que no sobrevivieran y pudieran contar a alguien que, en contra de la versión del fiscal, realmente habían liberado a aquel transporte de presos para evitar su masacre simplemente por sus ideas sobre la justicia y la violencia.

En el caso de Gabriel había algunas razones más que tenían que ver con Emilia, pero afortunadamente eso no lo sabía nadie.

El camión que traía a Gabriel y Santiago llegó hacia el mediodía a la prisión del cuartel en Salamanca.

Bajaron, los ficharon y los reconoció el sargento de entrada.

Viendo que la herida de Gabriel estaba sangrando ordenó que los metieran a los dos en la primera celda del corredor hasta que pudieran llevarle a la enfermería.

Mientras dos guardias los metían en la celda Santiago pudo ver al fondo del pasillo un grupo de hombres que les observaban con dudosas intenciones.

Los guardias cerraron la celda y salieron del corredor, Gabriel, dolorido, se tumbó en un catre.

Santiago desde el centro de la celda vio como los hombres se acercaron hasta apoyarse en los barrotes.

Uno de ellos, calvo y con bigote, se dirigió a él.

—Hola, camarada. Llevas el uniforme de los guardias de asalto. Aquí había alguno de vosotros, pero ya no —inició el hombre.

—Sí, nos han detenido a este hombre, que es del Cuerpo de Vigilancia y a mí y nos han traído aquí —explicó Santiago intentando dar la mínima información a esos hombres.

—¿Y no había milicianos con vosotros? —preguntó el hombre pronunciando la palabra milicianos un poco más alto. Otro hombre desde algo más atrás gritó “¡Sí, milicianos!”

—No, solo otro guardia que mataron los fascistas —respondió Santiago que empezaba a ver el peligro.

—Pues a mí me ha dicho un pajarito que fuisteis vosotros los que atacasteis a traición a unos camaradas milicianos. ¿Por qué no vienes más cerca y lo aclaramos? —dijo el hombre con una fea sonrisa.

En ese momento volvieron a entrar los dos guardias, a empujones y gritos hicieron que el grupo de hombres se retirara unos metros hacia atrás, abrieron la celda y uno de ellos incorporó a Gabriel que seguía un poco aturdido y dolorido y le ayudó a caminar.

Cuando el guardia y Gabriel pasaron la puerta de salida del corredor, Santiago vio como los hombres se lanzaban hacia ellos gritando ¡Muerte a los traidores!

¡Muerte a los fascistas! El otro guardia se había quedado paralizado por la sorpresa y Santiago le dio un fuerte empujón hacia fuera y cayó golpeando al guardia que sostenía a Gabriel, rodando los tres por el suelo.

Santiago cerró la puerta del corredor y la bloqueó con su cuerpo mientras empezaba a recibir puñetazos y patadas brutales.

“¡Santiago, no!” gritó Gabriel comprendiendo lo que había hecho por salvarle.

Oyeron durante unos segundos golpes secos, gritos de salvajismo y de dolor.

Después ya no se oyeron más gritos. Llegaron varios guardias y abrieron la puerta empujando porque había un obstáculo que se lo impedía.

El obstáculo era el cuerpo retorcido e inerte en un charco de sangre de Santiago.

Ya no había nadie en el corredor. Los asesinos se habían escondido en sus celdas.

Un enfermero limpió la herida de Gabriel, cambió el vendaje y le hizo tomar antibióticos y analgésicos, según las instrucciones que le había dado el médico del cuartel.

No pudo evitar escuchar el comentario de un guardia al enfermero “Es un desperdicio de medicinas, mañana le espera el paredón”.

No podía estar seguro de si lo había oído de verdad o habían sido imaginaciones suyas, desde que había visto muerto a Santiago estaba conmocionado.

Por segunda vez le había salvado la vida, esta vez sacrificando la suya propia.

En los últimos días dos hombres buenos que le habían acompañado en lo que debía ser una acción justa estaban muertos.

El coronel Muñoz le había prometido que explicaría ante las autoridades lo ocurrido, ¿cómo es posible entonces?

Estaba en un cuartel que era ¿amigo o enemigo?

¿Por qué estaba preso y Santiago muerto, en lugar de recibir una medalla?

Pensó en su familia y se alegraba de que no supieran lo que estaba pasando.

Pensó en Emilia, no sabía por qué, pero se había convertido en alguien muy importante para él en medio de aquella locura.

¿Había liberado aquel transporte de presos por sus valores de justicia, por evitar la masacre de unos inocentes, o solo por ella?