Capítulo 17
La presa
M ientras Stan y Oliver intentaban en vano localizar a Jerónimo, Tercero había ido al palco del Real Cinema donde tendría la información sobre los dos vigilantes desaparecidos.
Las investigaciones del capitán podrían haber concluido que los fugados se los habían llevado a la fuerza, o que los habían encontrado muertos en otro sitio.
Pero no, el mensaje decía que eran dos traidores y desertores y que sus familias debían ser interrogadas para saber hasta qué punto estaban implicados y, en cualquier caso, castigadas.
Mejor así, con lo del coronel sin nada más que hacer, torturar al pobre ayudante del director alemán se le hacía poca cosa.
Ahora tenía dos familias enteras a las que dedicar su tiempo y su talento.
En el mensaje constaban los datos de las familias, con nombres y direcciones.
En seguida le llamó la atención que en una de las familias había tres hermanas y quiso reservarse para sí mismo ese caramelo.
No tardó mucho en llegar a la dirección de las hermanas que correspondía a una casa baja aislada que era la última de una calle sin salida.
Una situación ideal para disfrutar del trabajo.
Vigiló desde lejos la casa durante una media hora. Salió una mujer de poco más de treinta años con un cesto de los habituales para hacer la compra. Tercero se acercó a ella y con amabilidad le dijo
—Perdone joven, ¿sabe usted si hay un mercado cerca? Soy nuevo en el barrio y necesito ir a comprar.
—Pues sí, precisamente al mercado voy. No tiene pérdida. Aquella calle más ancha que ve usted allí, debe cogerla hacia la derecha y en cinco minutos llega a la plaza. El mercado ocupa un lateral entero de la plaza, así que es imposible no verlo.
—Muchas gracias. ¿Y tiene muchos puestos, buen género? Usted parece conocerlo bien ¿Qué me recomienda? ¿Qué va a comprar hoy, por ejemplo?
—Hoy tengo que comprar de todo, pan, queso, vino. También iré a la carnicería, a ver lo que hay porque últimamente está un poco desabastecida. Pescado hoy no, no coja pescado hoy, no es buen día.
—Ha sido usted muy amable. Tengo que hacer unas cosas, pero luego iré al mercado. Gracias por sus consejos.
—De nada. Quede usted con Dios.
—Adiós, joven.
Calculó que tenía una hora hasta que la mujer volviera de la compra. Probablemente más, era de las que le gustaba hablar con la gente. Fue directamente a la casa y llamó a la puerta. Una mujer quizá algo mayor que la hermana que iba a la compra abrió la puerta.
—Buenos días señora, soy el comisario al mando del grupo donde está destinado Santiago Ramos, es su hermano ¿correcto? —soltó de golpe mientras enseñaba una placa de la Dirección General de Seguridad.
—Pues sí, Santi es mi hermano. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Estamos valorando un ascenso para su hermano y para estos puestos debemos conocer a la familia. —Siempre funcionaba mencionar una promoción para que te recibieran de buen grado.
—Pase usted, estará mejor dentro.
—Muy amable.
La puerta daba acceso directo a la que debía ser la mayor sala de la casa que hacía las veces de salón, comedor y con la cocina al fondo. A la izquierda había una sola puerta cerrada y a la derecha dos puertas entreabiertas tras las que se adivinaban unas camas.
—Siéntese por favor ¿Quiere tomar algo?
—Un vaso de agua, por favor. Me gustaría lavarme las manos, ¿podría usar el aseo?
—Claro, es esa puerta que tiene a su izquierda.
El aseo era un pequeño cuarto, probablemente añadido a la casa no hacía mucho.
Abrió el grifo para que se oyera correr el agua, pero no estaba interesado en lavarse las manos.
Buscaba algo, todavía no sabía qué, miró a izquierda, pero no había nada.
A la derecha había un estrecho armario de madera con puertas de cristal.
Lo abrió con cuidado y revisó el interior, en la zona alta había unos jabones y un par de frascos de colonia femenina.
Más abajo había unas toallas dobladas. En la parte más baja había una cesta, la cogió con cuidado, apartó unas limas de uñas, un peine, un cepillo del pelo y finalmente vio algo que podría ser lo que estaba buscando.
Había dos tijeras, una pequeña y curva y otra más grande probablemente para cortar pelo.
La cogió y tocó el filo. “Esto es” pensó.
Salió del aseo y tenía un vaso de agua sobre la mesa junto a una silla. La mujer estaba de pie y junto a ella otra joven que debía estar antes en alguna de las habitaciones.
—Esta es mi hermana pequeña Susana, yo soy Sara y falta nuestra hermana mediana Sofía, que ha salido un momento.
—Encantado de conocerlas. Por favor siéntense y hablamos un poco sobre Santiago.
Se sentaron todos alrededor de una mesa camilla. Tercero empezó con las preguntas.
—¿Son ustedes toda la familia de Santiago?
—No tiene más hermanas ni hermanos. Nuestros padres volvieron hace unos años a su pueblo en Zamora y no suelen venir a Madrid —respondió Sara, la mayor. Siempre respondía ella.
—Muy bien. Evidentemente yo conozco a Santiago profesionalmente como policía, pero me gustaría saber más cosas de él. Por ejemplo, ¿qué cosas le preocupan realmente?
—A Santi le preocupa cuidar de las personas y protegerlas. —Era una respuesta normal que cabía esperar, pero él quería más.
—Y si no puede hacerlo, porque sabemos que hay veces que los delincuentes se salen con la suya, ¿qué haría él entonces?
—Cumplir las normas del Cuerpo. Santi está feliz en su destino, más feliz que nunca.
—¿Antes no era feliz?
—Bueno, antes de la academia no se llevaba bien con los chicos en general, no le aceptaban.
—Ya veo. —Bebió agua mientras iba haciéndose una imagen de la situación. —¿Tiene amigos?
—Santi siempre ha sido tímido, pero en el cuerpo sí ha hecho amigos. Nos habla de alguno al que aprecia mucho. Susana, ¿cómo se llama ese del que siempre nos habla?
—Satur, creo —respondió la pequeña, a la que no le gustaba el camino que llevaba la conversación.
—Sí, le conozco, un buen policía. Espero poder ascenderlos a los dos, ¿creéis que eso le gustaría a Santiago?
—¡Uy, estaría encantado! Le quiere un montón —soltó Sara, sin pensarlo mucho.
Susana se volvió hacia Sara recriminándole con la mirada lo que podría deducirse de esa respuesta.
Tercero ya había llegado a su propia conclusión.
Santiago no había actuado contra los milicianos para liberar a los presos, sino por seguidismo a ese Satur o por complacerle.
No había ninguna conspiración que descubrir.
Satur era el líder y estaba muerto. Tiempo de irse y pasar a la siguiente página. Pero antes, el castigo.
—Por favor Sara, ¿me rellenas el vaso de agua?
—Sí, claro.
Sara, un poco avergonzada, cogió el vaso fue lentamente hacia la pila de fregar y abrió el grifo de la cocina.
Le pareció escuchar un extraño golpe detrás de ella.
Cerró el grifo y cuando se volvió no comprendió porque ese policía había aplastado la cara de Susana contra la mesa y le había clavado en la nuca unas tijeras.
El vaso se le cayó de las manos y antes de que pudiera reaccionar el hombre saltó sobre ella y la golpeó en la cara con toda la inercia de su cuerpo.
Sara cayó hacia atrás y su cabeza golpeó brutalmente la pila cerámica.
La pila se rompió, así como el cráneo de la mujer, que quedó en el suelo en una posición inverosímil.
“¿Ya?” pensó insatisfecho Tercero. Menos mal que pronto llegaría Sofía con la cesta llena de viandas.
Esta vez cogió el cuchillo más grande que encontró en la cocina y se sentó a esperarla.