Capítulo 16
El juicio
E n Salamanca, el fiscal instructor asignado al caso de Gabriel y Santiago era un comandante de intendencia apellidado Aguirre, de pelo pajizo, alto, delgado y de mediana edad que había perdido el ojo izquierdo en unas desafortunadas maniobras al principio de su carrera por lo que no podía servir en el frente.
Hay quien decía que por eso estaba amargado y lo pagaba con las personas que le correspondía investigar.
La ronda de testificaciones fue bastante rápida no permitiendo el fiscal más de cinco minutos a cada declarante.
En primer lugar, testificó el coronel Muñoz que insistió en la valentía de los tres hombres que se enfrentaron a un grupo de milicianos más numeroso acabando con ellos.
Uno lo pagó con su vida y otro fue herido, y salvaron a todo el grupo de una muerte inminente.
Insistió en que deberían ser condecorados, con la puntualización de que sus nombres no fueran públicos ya que sus familias permanecían en zona enemiga y podrían sufrir represalias.
Siguió el teniente Combarro que testificó en la misma línea, así como Emilia y su padre.
Igualmente declararon, los dos jóvenes falangistas, incluso el antes desconfiado José, los dos hombres con heridas en sus caras y el sacerdote.
A la vista de la similitud de las testificaciones el fiscal vio innecesario tomar declaración a las tres mujeres, y ordenó que todos se retiraran a la pensión donde estaban alojados y esperaran a la resolución del tribunal que les permitiría marcharse definitivamente.
El fiscal debía emitir un informe al tribunal militar sobre sus investigaciones y conclusiones.
La situación de la guerra implicaba un elevado número de juicios de todo tipo y el fiscal sabía que debía emitir su informe rápidamente.
Y así lo hizo. Al día siguiente el informe estaba sobre la mesa del presidente del tribunal, junto con otros diez casos que ese día debían ser sentenciados.
El fiscal había disfrutado con la redacción de la parte relativa a las investigaciones y la conclusión.
“Todos los testimonios recabados por esta fiscalía tienen un denominador común. Cuando el transporte de presos se había parado y los presos se habían alejado unos metros de su vehículo, se produjo la explosión del segundo camión. Se desconoce la causa de la deflagración ni el contenido de ese camión. Todos los presos se echaron a tierra por lo que no pudieron observar bien lo que pasó a continuación. Oyeron un tiroteo, pero no saben explicar con veracidad quiénes se enfrentaban. Cuando el tiroteo acabó el coronel D. Anselmo Muñoz atendió a un hombre herido, que se identificó como Gabriel Velasco, agente del Cuerpo de Investigación y Vigilancia (inscrito en el Ministerio del Interior del gobierno republicano). El único hombre ileso del grupo de carceleros se identificó como Santiago Ramos, perteneciente a la Guardia de Asalto, cuerpo enemigo declarado del Ejército Español. Este hombre dio su explicación de lo sucedido, según la cual tres hombres, los dos citados más Saturnino Corral, guardia de asalto y fallecido en el tiroteo, habrían atacado a siete milicianos que tenían la intención de asesinar en aquella ubicación y en aquel mismo momento a todos los presos. Esta explicación es poco plausible dada la diferencia numérica entre los grupos supuestamente enfrentados, por lo que se deben considerar otras posibles explicaciones. Es conocido que las distintas organizaciones armadas que conviven actualmente en Madrid no mantienen buenas relaciones entre ellas y existen numerosos enfrentamientos, especialmente entre milicianos de distintas lealtades (partidos y sindicatos) y entre éstos y las fuerzas del orden. Esta fiscalía cree que esta situación de enemistad ocasionó el enfrentamiento con el resultado de varios muertos, un herido y un ileso. Al verse solo y en clara minoría frente al número de presos que ya estaban armándose con las pistolas y fusiles de sus captores caídos, el guardia de asalto Santiago Ramos inventó el alegato de que ellos tres se habían enfrentado a los milicianos que los querían asesinar. Los presos creyeron la historia sin ponerla en duda puesto que su única preocupación en ese momento era escapar de la zona roja cuanto antes. El capitán legionario D. Miguel Parra de la primera compañía de la octava bandera de la legión que actúa victoriosamente en el norte de Madrid, encontró al grupo de fugados y ha manifestado a esta fiscalía que al principio le cabían dudas de la veracidad de la identidad de las personas y de la historia que le contaban. Tras la identificación positiva del coronel D. Anselmo Muñoz, el capitán siguió las órdenes recibidas de su superior el Excmo. Sr. general Ildefonso Pazos, que evidentemente albergaba más que serias dudas sobre el agente herido y el guardia de asalto, hasta tal punto que ordenó su arresto, bajo el que continúan a fecha de hoy en el hospital de El Espinar.”
“Esta fiscalía apoya el criterio del Excmo. Sr. general Ildefonso Pazos y determina que Gabriel Velasco y Santiago Ramos formaban parte de los carceleros que transportaban un grupo de presos, que tuvieron o se vieron envueltos en un enfrentamiento con otro u otros grupos de carceleros. Que no tenían intención alguna de liberar a los presos pero que ante la situación de encontrarse en minoría frente a los presos armados, inventaron esa historia para granjearse su simpatía y sobrevivir a esa situación crítica.”
“Ya identificados como enemigos, indicamos al Ilustre Tribunal que los citados Gabriel Velasco y Santiago Ramos no deberían ser tratados como presos comunes ni prisioneros de guerra ya que, aunque mantuvieron sus uniformes, entraron en territorio bajo control del Ejército Español con testimonio falso y actuación torticera, lo que la jurisprudencia y el Código Penal Militar permiten clasificar, en tiempo de guerra, como espionaje.”
“Por tanto esta fiscalía recomienda al Ilustre Tribunal que considere a los citados Gabriel Velasco y Santiago Ramos, ambos pertenecientes a fuerzas armadas del Ministerio del Interior del ilegítimo gobierno de la república que se enfrenta al Ejército Nacional en su noble liberación de la Patria, culpables del delito de espionaje en segundo grado sin atenuantes y que les sentencie a la correspondiente pena capital.”
Como era habitual, el general presidente del tribunal, ante el volumen de casos y la situación de la guerra, aceptó la tesis del fiscal y firmó la sentencia de muerte por fusilamiento de Gabriel y Santiago a ejecutar lo antes posible dentro de la ronda de fusilamientos matutinos.
La orden incluía el traslado inmediato de los arrestados desde el hospital de El Espinar a la cárcel central de Salamanca para cumplir la sentencia.
Sin embargo, el ansia del fiscal no había quedado satisfecha. Quería exprimir más este caso, aceptando para la propaganda la versión que había rechazado para el juicio. De modo que, quedó para tomar un café con un contacto periodista de La Gaceta.
—Te voy a dar una exclusiva que os va hacer vender periódicos como rosquillas, así que esta vez dile a tu jefe que quiero el doble de las otras veces —empezó el comandante fiscal.
—Si es tan buena, no te preocupes que tendrás el doble. ¿De qué se trata? —preguntó el periodista.
—Tenemos un grupo de supervivientes del terror rojo. Por fin podréis escribir sobre esos asesinatos indiscriminados y cobardes no solo por referencias sino por declaraciones directas de testigos que han escapado de milagro —alardeó el fiscal.
—Eso es estupendo, pero ¿cómo se han escapado esas personas?
—Te van a decir que fueron ayudados por elementos policiales madrileños, pero eso no lo podrás publicar así porque ha habido un juicio sumario contra esos supuestos salvadores y han sido condenados a muerte por espías.
Esto es confidencial y no lo puedes citar ¿entendido?
—el periodista asintió— La explicación que podéis publicar es que el transporte en el que iban a ser masacrados fue alcanzado por una compañía de legionarios que opera en el norte de Madrid y que acabaron con los milicianos asesinos y liberaron a los presos.
—Es una buena historia. ¿Cuántos son los liberados? ¿Tienes una lista? —pidió el periodista.
—Claro, aquí la tienes, con sus nombres y donde se alojan.
Tendrás que darte prisa porque pronto se irá cada uno por su lado —el fiscal pasó un sobre al periodista—.
Aparte de un grupo de civiles, hombres y mujeres, podrás sacar más efectismo de un sacerdote, dos militares y dos muchachos falangistas.
Ten en cuenta que están convencidos de que los salvaron unos héroes que finalmente he demostrado que eran unos agentes infiltrados, pero eso no deben saberlo.
Tú simplemente los escuchas, te centras en los maltratos en prisión y que los iban a masacrar, pero respecto a la fuga, cuentas la historia de su rescate por la Legión.
—Pues me pondré con ello inmediatamente. Va a quedar un artículo sensacional —adelantó el periodista.
—Y sensacionalista —añadió el fiscal.
Esa misma tarde el periodista entró a la pensión próxima al cuartel general donde estaba temporalmente alojado todo el grupo de liberados.
Siguiendo el consejo del fiscal, empezó entrevistando a los militares, el coronel Muñoz y el teniente Combarro, después el sacerdote, los falangistas y finalmente los civiles.
Había preparado una serie de preguntas igual para todos, empezando por sus detenciones y las condiciones de la prisión.
Como sería común en el grupo el motivo de su detención era su profesión y el no alineamiento manifiesto con el gobierno.
Sobre las condiciones de la prisión el periodista estaba especialmente interesado y obtuvo el material jugoso que esperaba, de dos hombres que relataron las torturas a manos de individuos no identificados en los sótanos de la prisión.
El periodista tenía que preguntar sobre su liberación, aunque ya sabía lo que iba a oír y lo que él posteriormente escribiría.
Efectivamente todos manifestaron su agradecimiento a los tres valientes que los liberaron, y algunos pidieron que desde el periódico se pidiera un reconocimiento público para ellos.
Los dos últimos entrevistados fueron Emilia y su padre don Joaquín.
Quizá fue la casualidad o el hecho de que el periodista ya estaba cansado, pero cuando Emilia le dijo los nombres de Gabriel, Satur y Santiago, pero que, según ella, no debía mencionarlos por las posibles represalias contra las familias, el periodista contestó sin pensarlo que ni sus familias ni nadie volverían a verlos nunca.
El profesor y Emilia se quedaron de piedra y le preguntaron qué quería decir.
Aunque el periodista se dio cuenta de su error, pensó que esos dos civiles no tenían importancia, que estaba cansado de entrevistas y que tenía que ir a la redacción a escribir el artículo cuanto antes.
Zanjó la conversación diciendo “Van a ser ejecutados por traidores mañana mismo”.
El periodista no tuvo en cuenta que Gabriel y Santiago estaban en el hospital de El Espinar. Por eso no serían ejecutados tan rápidamente como al día siguiente, aunque sí se había emitido la orden de traslado de ambos al cuartel general de Salamanca donde su suerte estaba echada.