Las dos cárceles (El primer invierno 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

El cazador

E n Madrid la caza ya había empezado. Tercero había “hablado” con los policías investigadores. Ya reposaban en la morgue. El siguiente paso era averiguar si los presos considerados importantes por el capitán, el coronel Muñoz y el alemán de nombre impronunciable, lo eran ciertamente.

Tercero era un hombre de apariencia anodina, bajo con una barriga incipiente, un bigote recortado como el de tantos otros y unas gafas que no necesitaba, solo eran parte del camuflaje. También vestía de manera discreta, de modo que nadie solía fijarse en él y menos aún recordarlo con detalle.

Solía trabajar con dos colaboradores en los que tenía plena confianza.

Eran dos antiguos actores que habían dirigido su talento hacia nuevos escenarios.

Tanto valían para seducir a una señorita, como para torturarla o asesinarla si era necesario.

Al contrario que él, ambos eran altos y de buen ver, siempre que no fueran encapuchados.

Nunca les llamaba por sus nombres y, para mantener el misterio y el secretismo que tanto valoraba, les había rebautizado como Stan y Oliver, le gustaba el cine de comedia.

Su lugar de reunión, al que llamaba “oficina”, era un antiguo almacén textil en la carretera a Villaverde.

Era un edificio pequeño y apartado, no llamaba la atención y tenía un sótano que había resultado útil en ocasiones anteriores.

Para aprovechar la tarde, Tercero había enviado a Stan a la residencia militar donde habían sido detenidos el coronel Muñoz y el teniente Combarro y a Oliver le envió al Laboratorio de Física a identificar a los colaboradores más cercanos del director alemán.

Stan, caracterizado como teniente de infantería se presentó en la residencia como amigo de Combarro para salir a cenar con él.

Fue fácil fingir sorpresa cuando el soldado de la cantina le dijo que le habían detenido allí mismo.

En las cantinas se hablan las cosas descuidadamente y también se enteró de que tanto el coronel como el teniente tenían la familia en Canarias y sólo habían venido a Madrid por pocos días.

El planeamiento de una fuga requeriría más tiempo, así que ellos no encajaban, simplemente habían tenido mala suerte.

Viendo que no había más de lo que tirar, dejó una buena propina y se fue.

Por su lado Oliver tomó el personaje de un representante de equipos de laboratorio y se presentó en el Laboratorio de Física para localizar a colaboradores sospechosos de Herr Direktor.

Usando su amabilidad no le costó llegar a la zona de Dirección y presentarse ante Pilar, la secretaria del director.

Era una mujer de unos cuarenta años sin duda eficiente, pero sensible a las galanterías de un hombre joven y guapo.

Sabiendo que no sería posible, Oliver quiso ver al director.

Al “no estar disponible” preguntó por quienes eran sus colaboradores más apreciados.

Pilar queriendo agradar al joven le dijo que el director solo tenía un ayudante de confianza, Jerónimo Sánchez-Gil y que ya se había ido a casa.

Oliver se preparó para el golpe definitivo.

Agradeció a Pilar la amabilidad que había tenido con él regalándole un pequeño y elegante bolso de muy buena apariencia.

Abrumada no pudo negarse cuando Oliver le pidió la dirección particular de Jerónimo para hacerle llegar otro regalo de presentación.

Con la dirección de su casa y la del trabajo, el tal Jerónimo no se les podía escapar.

Se reunieron a primera hora de la mañana para poner al día a Tercero sobre sus averiguaciones.

Con la información de Stan sobre el coronel estuvo de acuerdo en que no había nada más que sacar por ese lado.

Oliver le contó que el alemán solo tenía un colaborador de confianza y tenía su nombre y direcciones del trabajo y de su casa.

Tercero, como siempre organizó el trabajo.

Él iría al palco del Real Cinema donde ya debería encontrar la información sobre los dos vigilantes desaparecidos.

Stan y Oliver debían encontrar a Jerónimo.

Oliver volvería a jugar el papel de representante comercial y se presentaría de nuevo en el laboratorio.

Stan iría a su casa particular y tiraría de autoridad, usaría el uniforme de guardia civil que le sentaba tan bien.

El que lo localizara lo traería por las buenas o por las malas a la “oficina” para sacarle toda la información de sus actividades y las del alemán.

Pero habían ocurrido dos hechos que pondrían en alerta a Jerónimo y le permitirían ir un paso por delante de los planes de Tercero y sus secuaces.

En primer lugar, Andrés ya había informado a Isa y María de su conversación telefónica con Gabriel incluyendo el riesgo que corrían las familias y conocidos de los implicados en la fuga.

María, asustada, hizo que Jerónimo fuera a la tahona y Andrés le explicó también la situación, cómo don Joaquín y Emilia habían sido detenidos, los habían intentado matar, pero que se encontraban bien con Gabriel y otras personas que se habían fugado durante un traslado.

Con tristeza le dijo que su única opción de supervivencia era pasarse a la zona nacional.

Como familia de Gabriel, sus padres y hermana estaban en posible peligro y estarían alerta ante cualquier situación que se les pudiera plantear.

Y como contacto principal de don Joaquín, Jerónimo debía aplicar las medidas de seguridad que considerara oportunas.

A pesar de la advertencia, Jerónimo fue pronto al laboratorio la siguiente mañana y Pilar le contó inocentemente la visita del representante y que le había dado su nombre y dirección particular.

Jerónimo no necesitó más para comprender que estaba en peligro.

Inmediatamente volvió a casa en su coche, aparcó a unos metros del portal y esperó en el coche.

Vio entrar a un guardia civil y le extrañó que fuera solo, ya que solían ir en parejas.

Pasados diez minutos el guardia civil salió del portal y se alejó por la calle.

Jerónimo esperó un minuto y salió del coche.

No fue a su casa, sino en sentido contrario hasta que entró en un restaurante que conocía.

Era muy pronto y solo estaba el dueño preparando la cocina.

Jerónimo le pidió usar el teléfono y llamó a su casa.

Contestó su madre evidentemente nerviosa.

—¿Jerónimo qué has hecho? Ha venido un guardia civil a buscarte, no me ha creído cuando le he dicho que ya te habías ido a trabajar, y ha registrado toda la casa, aunque he intentado impedírselo.

—Madre, no he hecho nada y dudo que esa persona fuera un verdadero guardia civil. Detuvieron a don Joaquín y a Emilia, no sé bajo qué acusaciones, y les han intentado matar.

—¡Válgame Dios!

—No se preocupe, madre, están bien, pudieron escapar. Pero ahora parece que me buscan a mí por ser su ayudante. Es absurdo porque ni ellos ni yo hemos hecho nada ilegal. Creo que las intenciones de los que me buscan van más allá de encarcelarme, creo que querrán matarme como intentaron con ellos.

—Pero hijo, eso es una locura.

—Desde luego, pero no voy a dejar que me cojan. Voy a desaparecer hasta que todo se aclare. Si alguien vuelve a preguntar por mí, me he ido de viaje... ¡Sí! a la feria editorial de Lisboa que es ahora y no podrán verificarlo.

—Entonces vas a esconderte —afirmó más que preguntó su madre.

—Sí, explíqueselo todo a padre y dígale que venga a verme al taller de impresión del pueblo de Vicálvaro. Ahora no tiene actividad y será un sitio seguro.

—Ay hijo, ¿por qué nos tiene que pasar esto?

—Son malos tiempos, madre. Pero saldremos adelante. A usted y a padre no va a pasarles nada, pero cuídense y den las mínimas explicaciones posibles sobre mí.

—Voy a llamar a tu padre para que venga a casa.

—Yo me voy al taller y que venga a verme cuando pueda. Hasta pronto, madre.

—Hasta pronto, Jerónimo.

Colgó y volvió a marcar otro número, esta vez el de la tahona. Contestó María.

—¿Qué te pasa, Jerónimo? Estás alterado.

—Claro que lo estoy, María. Hay unos hombres que me están buscando, quieren detenerme y creo que, con lo que Gabriel contó a tu padre, algo peor.

—Es horrible ¿Qué vamos a hacer?

—Si vienen a por mí por ser conocido del director, con más motivo van a ir a por vosotros, ¡sois la familia del traidor que les ayudó a escapar!

—Jerónimo tomó aliento mientras ordenaba sus ideas.

— Tenéis que iros cuanto antes. Explícaselo ya mismo a tus padres y salid de ahí.

Tu padre que decida adónde ir, pero yo estaré en nuestro taller de impresión en Vicálvaro.

Te lo enseñé en una ocasión, ¿recuerdas?

—Sí, creo que me acuerdo dónde está.

—Allí podríamos ocultarnos hasta que las cosas se tranquilicen o hasta que pensemos otra cosa —propuso Jerónimo.

—Se lo diré a mis padres.

—Los míos son los únicos que saben dónde estaré. Bueno, y ahora tú también. —Jerónimo recordó que en el taller había un teléfono.— El taller tiene teléfono, es el 35918, llámame cuando hayáis tomado una determinación.

—Claro cariño. Ten mucho cuidado.

—Hasta pronto. Un beso María.

—Un beso.

Jerónimo colgó y su mente siguió dando vueltas por si se le escapaba algo.

Decidió que dejaría el coche donde estaba aparcado para que no llamara la atención en Vicálvaro, e iría en autobús.

No tenía la llave del taller así que tendría que esperar a que llegara su padre o buscar otra manera de entrar.

En el viaje tuvo que usar dos autobuses y andar un buen trecho.

Cuando llegó vio que su padre había sido más rápido con el coche y ya le estaba esperando.

Se abrazaron y entraron al taller antes de hablar.

El taller era una nave relativamente pequeña, aunque con espacio para meter un camión pequeño, zona de almacén de papel y material, varias máquinas de imprimir y encuadernar y otra zona de almacenar libros que ahora estaba vacía.

También había un despacho donde estaba el teléfono sobre una mesa y varios armarios de archivos.

Un pequeño cuarto detrás del despacho tenía un catre con un colchón y un aseo con agua corriente tras otra puerta.

Cuando había muchos libros ya preparados almacenados tenían costumbre de que un trabajador hacía noche en el taller para evitar robos.

— ¿Cómo hemos llegado a esto, hijo?

—Ya nos intentó advertir Gabriel en una ocasión. Sabía que los milicianos buscaban a gente simplemente por tener una pequeña empresa o por ser de un país que apoya al enemigo.

—¿Pero de qué acusan a don Joaquín? ¿O a su hija?

—¿De ser alemanes? No lo sé. Ya no hacen falta acusaciones formales ni pruebas ante un juez. La gente desaparece y no se vuelve a saber de ellos.

—Esto es el caos.

—Sí padre y lo único que podemos hacer es intentar sobrevivir.

En ese momento sonó el teléfono y Jerónimo corrió hacia él.

—Jerónimo, mi padre quiere hablar contigo —dijo escuetamente María.

—Claro.

—Jerónimo, soy Andrés. Yo no puedo abandonar la tahona, pero voy a confiarte a mi hija y a mi mujer, ¿puedo hacerlo?

¿cuidarás de ellas? —de fondo se oyó un momento la voz de Isa que se quejaba sollozando.

Aunque Andrés se apartó el auricular Jerónimo pudo oír claramente “¡Calla mujer! Ya lo hemos hablado y soy yo el que decide.”

—Andrés, mi padre está ahora conmigo y va a recogerlas y traerlas ahora mismo si quieres.

Este es el mejor sitio en que podemos estar tranquilos de que no nos encuentren.

Ya decidiremos qué hacer después viendo lo que va pasando.

Mientras tanto no me separaré de ellas y no permitiré que les pase nada malo, empeño mi vida en ello.

—Eso es lo que quería escucharte. Esperaremos a Serafín y estarán preparadas para ir contigo.

—Andrés, comprendo que no quiera abandonar la tahona, pero si cambia de opinión

—No cambiaré de opinión —interrumpió Andrés—. Tengo un par de muchachos que trabajan conmigo casi todo el día y puedo contar con unos buenos amigos si fuera necesario. Además, diremos a los vecinos que Isa y María se han ido al pueblo a ayudar a una prima que está esperando para dar a luz.

—Muy bien, Andrés. Entonces mi padre va a por ellas ahora mismo.

— Gracias, Jerónimo.

—Hasta pronto —Jerónimo continuó oyendo llorar a Isabel hasta que colgó el auricular.