Capítulo 14
El hospital
E l sol empezaba a ocultarse tras los picos de la sierra de Guadarrama cuando llegaron al hospital de El Espinar.
Gabriel, Santiago y el cabo se apeaban aquí.
Emilia quiso quedarse con Gabriel, pero el coronel le explicó que era ineludible que se presentara en Salamanca y testificara como los demás.
Su padre también se dio cuenta de que no podía quedarse y finalmente Emilia cedió.
—Volveré contigo en cuanto acabemos esos estúpidos trámites —aseguró Emilia a Gabriel.
—No puedo correr mucho así que seguro que me encuentras —bromeó Gabriel un poco aturdido por la fiebre—. Has sido una enfermera estupenda. Gracias, Emilia.
Esta vez Emilia no le besó porque estaban rodeados de gente, pero se prometió que la próxima vez que lo viera ya no se reprimiría. Un abrazo tuvo que ser suficiente.
El teniente había entrado al hospital y al volver le acompañaban dos enfermeros con una camilla.
—El capitán Parra llamó por teléfono y ya tienen preparado el quirófano.
—Gracias, teniente —dijo el coronel y dirigiéndose a Gabriel—. Aquí nos despedimos por ahora. Dedique sus esfuerzos a recuperarse. Nosotros nos ocuparemos de explicar lo sucedido y cómo ustedes tres nos salvaron de una masacre segura, se lo prometo.
Mientras le pasaban a la camilla todos se despidieron apresuradamente de él, mezclando las gracias con el deseo de que la operación fuera bien y se recuperara pronto.
Después de desaparecer tras la puerta del hospital, se repitieron los agradecimientos y las despedidas esta vez hacia Santiago que, tímido, apenas articulaba palabra.
Finalmente, el coronel concluyó la conversación.
—Debemos irnos ya porque se nos hará de noche pronto. Cabo, cuide de estos hombres, son dos valientes, no lo dude.
—Sí, mi coronel.
Y con el saludo militar de rigor se despidieron. El grupo se acomodó entre el coche y el camión y siguieron carretera hacia Salamanca.
—Bueno Santiago, vamos dentro a ver si organizamos nuestra estancia mientras esperamos que arreglen a tu amigo —dijo el cabo, intentando no parecer demasiado rudo ni demasiado cordial.
La enfermera de recepción les explicó que, siguiendo las instrucciones del capitán Parra, habían preparado una habitación triple, normalmente para tres pacientes, en este caso para dos arrestados y su vigilante mientras dure la convalecencia del herido o hasta nueva orden.
“Si quieren asearse, la habitación es la 10 al final de ese pasillo. Y pueden comer en el comedor del personal, en una hora abrirá para la cena.”
Ya en la habitación el cabo quiso marcar unas normas.
—Mira Santiago, no tengo nada contra ti.
He visto lo agradecidos que están todos y creo que le echasteis cojones plantando cara a tantos milicianos.
Pero tengo que vigilaros y entregaros a quienquiera que me sustituya.
Os mantendré sin esposas, menos cuando duerma, si me prometes que no intentarás escapar.
—No voy a escapar, no tengo ningún sitio a donde ir. Maté a un hombre, esa es mi carga, pero salvamos unas vidas inocentes y no creo que nos vayan a castigar por ello, ¿no crees?
—Me parece que el problema es tu uniforme. La Guardia de Asalto se ha mantenido al lado de este gobierno rojo y traidor y ya nos hemos enfrentado a muchos de vosotros.
—¿Cómo te llamas, cabo? —dijo Santiago para desviar el rumbo de la conversación.
—Soy Francisco Reyes, llámame Paco. Nacido y criado en Arjona, provincia de Jaén. ¿Y tú? Solo sé que te llamas Santiago.
—Santiago Ramos. Nací en Madrid, pero mis padres provienen de un pequeño pueblo de Zamora. Mis hermanas también nacieron en Madrid, las tres. Yo soy el más pequeño.
—Vaya, cuanta mujer, te tendrían en palmitas.
—No me quejo, Paco. Se aprende mucho de las mujeres.
—Eres muy joven todavía. Yo te podría contar cosas que he aprendido sobre las mujeres. Sobre ellas y debajo de ellas, a ver si me entiendes...
—Te entiendo, muy fina tu gracia andaluza.
— Ja, ja. El humor que no falte, que bastantes penas tenemos ya.
—Últimamente no tengo ocasiones de reír ni de sonreír.
—Cuéntame hombre, ¿Qué te ha pasado? preguntó el cabo.
—Me acuerdo que en el colegio no encajaba demasiado bien con los demás chicos. —Santiago se dio cuenta que es cierto lo que dicen, a veces se cuentan cosas más íntimas a un desconocido que a un amigo.
—Claro viniendo de una casa solo de niñas...
—No sé si sería por eso. El caso es que me llevé unas cuantas palizas. Cuando en la secundaria vino un guardia de asalto para ver si alguien se quería incorporar al cuerpo, vi la oportunidad de dejar de recibir palizas.
—¡Ahora podrías darlas tú!
—No, Paco. Odio la violencia. Solo quería dejar de sufrir y pensé que el uniforme implicaría respeto.
—¿Y conseguiste ese respeto?
—En gran parte, sí. Entré en otro ambiente. En la academia todos queríamos lo mismo, teníamos los mismos ideales y queríamos contribuir a la sociedad. Apenas llevo un año de servicio y la violencia que domina ahora es la del pistolerismo en las calles, incluso antes de la rebelión de los militares.
—¿Qué rebelión dices, muchacho? Será el alzamiento en contra precisamente de ese pistolerismo que dices. La violencia la han traído los partidos rojos y los sindicatos traidores que se han dedicado a enfrentar a la gente, a atacar el orden y la religión —replicó Paco algo enfadado.
—Para mantener el orden es para lo que estamos nosotros y las otras policías.
Antes del 18 de julio no había partidos rojos en el gobierno.
Ahora se han hecho con el poder los más extremistas con vuestro “alzamiento” como excusa, les han repartido armas por la amenaza que suponéis y el orden se ha perdido definitivamente.
—¿Las policías dices? No fuisteis capaces de parar a los criminales que campan por las calles. Y alguien tenía que hacer algo. Pero será mejor que lo dejemos, estamos personalizando en nosotros algo que nos supera.
—Tienes razón y yo soy el menos indicado para hablar.
Sin saberlo iba a participar en una masacre de personas que, inocentes o no, merecían un juicio justo y los iban a asesinar a sangre fría.
El odio se ha desbocado. El hombre más valiente que he conocido se enfrentó a esos asesinos.
Era Satur, mi amigo, y murió. Gabriel estuvo con él sin dudarlo y le ha costado estar ahora en un quirófano.
Yo fui el tercero en actuar, el último, el más cobarde.
—Por lo que he oído de no ser por ti ahora Gabriel no estaría en ese quirófano, sino bajo tierra.
No te llames cobarde, hombre. Actuaste, y no siguiendo una orden de un superior, sino por tu propia decisión.
No todo el mundo sería capaz de hacerlo —dijo sinceramente el cabo—.
Yo he luchado en combate y creo haber matado algún hombre, pero no he logrado ningún bien directo por ello.
Sin embargo, tú sí. Le diste la vida a Gabriel y a unos inocentes que la tenían perdida. Deberías estar más orgulloso.
—Intentaré verlo así. En un segundo decidí actuar de esa manera.
Podía haber hecho lo contrario y haberme unido a los milicianos, acabar con todos los presos que eran unos fascistas peligrosos, y volver al cuartel para seguir al día siguiente.
La línea entre actuar de una o de otra forma es muy fina.
—Has tenido ocasión de conocer un poco a esas personas, ¿Te parecen fascistas peligrosos?
—Claro que no. Son personas con diferentes pensamientos. Algunos mejores y otros peores, pero no merecen ser asesinados vilmente. Ni ellos ni nadie.
—Ahí lo tienes, eres un hombre justo atrapado en un mundo cruel —manifestó el cabo—. Creo que por eso te hiciste policía. Confío en que quien te juzgue en Salamanca lo vea y tu sentencia sea el reconocimiento a tu valor y el premio a tu ética.
—Gracias Paco, has pasado del humor andaluz a la filosofía clásica.
—¡Así somos los de mi pueblo, óle!
—¡Óle!
Los dos rieron y luego callaron por un minuto.
Se levantaron cuando la puerta se abrió.
Entró un médico con bata de cirujano que les informó de que la operación había terminado y que todo había salido bien, aunque había perdido mucha sangre, habían podido salvar al paciente que no perdería la pierna y que, si todo iba bien, se recuperaría en pocos días.
El médico salió de la habitación y los dos hombres se abrazaron con sincera alegría.