Capítulo 13
La caza
L a misma tarde en que Gabriel se despedía de su padre por teléfono, en Madrid empezaron a echar en falta al convoy de presos que había salido por la mañana y que aún no había vuelto.
A media tarde el capitán de guardia de la cárcel Modelo llamó a los dos agentes de policía de los que disponía.
Como el capitán sabía que eran del mismo Grupo de Homicidios que Gabriel, ante las distintas posibilidades de lo que pudiera haber ocurrido, no les quiso dar toda la información.
De hecho, no les dio la hoja de traslado con las identidades de presos y vigilantes, y les ordenó buscar el convoy solo con un mapa con el itinerario aproximado.
El mapa les sirvió para llegar a la zona donde preguntaron a los paisanos de un pueblo.
La noticia de la existencia de un coche abandonado, un camión incendiado y ocho tumbas había corrido por los contornos y en seguida encontraron quien los llevó hasta aquel descampado.
Tras revisar la zona, fotografiaron el camión para mostrar cómo no solo había ardido, sino que, por el estado de la estructura de hierros de la caja y del chasis, había debido sufrir una explosión previa.
Esa explosión y el incendio siguiente habían destruido casi totalmente la carga, pero eran buenos policías y encontraron, tanto entre los restos quemados del camión como en algunos puntos de alrededor, fragmentos de un arma grande y munición, probablemente de una ametralladora de gran calibre.
El coche no mostraba ningún daño, incluso tenía las llaves puestas.
Lo arrancaron y comprobaron que prácticamente no tenía combustible en el depósito.
En varios puntos del camino había evidentes restos de sangre, bastante separados por lo que debían corresponder a diferentes personas.
También fotografiaron las huellas de las rodadas comprobando que en la zona anterior al camión destruido podían intuirse las huellas de dos coches y dos camiones diferentes, mientras que camino adelante solo se identificaban un coche y un camión.
Dejaron para el final los montones de tierra alineados que con total probabilidad cubrían los cuerpos de las víctimas.
Exhumar los cadáveres excedía sus competencias y decidieron que comunicarían con Madrid para que enviara un equipo forense.
Fueron al pueblo más cercano para llamar y dar parte de sus averiguaciones.
Desde el teléfono del bar del pueblo el mayor de los dos policías habló con el capitán de guardia en la cárcel Modelo. Tras explicarle su investigación, el capitán, ansioso, preguntó:
—Muy bien, ya veo que son buenos policías. Ahora dígame qué es lo que ha pasado ahí.
—El convoy ha sufrido un ataque, que, por la falta de indicios de otros vehículos ajenos, no parece haber sido por individuos externos.
Ha debido ser un enfrentamiento entre los propios vigilantes armados.
Por ahora no podemos establecer el grado de preparación o de improvisación del ataque.
En el combate debe haber habido ocho bajas por las tumbas que hay, pero no podemos saber si son de vigilantes o de presos.
Le sugiero, mi capitán, que envíe un equipo forense para identificar los cuerpos.
—Desde luego, mañana estarán allí ¿Qué más?
—El hecho de que hayan enterrado los cuerpos, no es habitual en casos como este. ¿Había religiosos entre los presos?
—Efectivamente, había un cura.
—Probablemente el sacerdote hizo que los enterraran. Hay una cruz, como verá en las fotografías. Si el sacerdote está vivo es de suponer que el resto de los presos puedan estarlo. Por lo tanto estamos ante una fuga. ¿Cuántos vigilantes participaron en el transporte?
—Siete milicianos, dos guardias y un policía. Respondió el capitán.
—Diez hombres y ocho tumbas. Hasta que los forenses no identifiquen los cuerpos, debemos suponer que al menos dos de los vigilantes acompañan, voluntariamente o en contra de su voluntad, a los fugados.
—¿En qué vehículos han escapado?
—En el camión de transporte de presos y en un coche.
Parece que han vaciado el depósito del coche que ha quedado aquí para rellenar el del vehículo que se han llevado.
Pretenden llegar lo más lejos posible, probablemente se dirigirán desde aquí hacia el oeste, hasta zona enemiga.
Es el área en que debe realizarse la búsqueda.
—Buen trabajo, agente. Ordenaré inmediatamente bloqueos de carretera en esa ruta. Ustedes esperen a los forenses y acompáñelos en la exhumación. Quiero una lista de los muertos, sean vigilantes o presos.
—Eso haremos, mi capitán. Hay otra cosa, hemos encontrado restos que indican que en el camión destrozado iba una ametralladora de gran calibre, ¿sabe usted por qué iría un arma de ese tipo en un transporte de presos?
—No tengo conocimiento de ninguna ametralladora. No sé de qué me habla, pero esa información debe ser confidencial y no debe hablar con nadie sobre esa arma —ordenó el capitán, inquieto por el comentario.
—Desde luego, mi capitán. También convendría que revisara la lista de presos para ver si alguno podría tener la capacidad de organizar algo así con anterioridad.
—Ya me ocupo yo de eso ¿Algo más?
—Nada por ahora.
—Mañana infórmenme en cuanto tengan resultados.
—Eso haremos. Buenas noches.
Terminada la conversación los dos agentes se sentaron en una mesa del bar para cenar.
—Hay algo que no me gusta en todo esto, compañero. El capitán nos ha ocultado que había un agente en la vigilancia de este transporte. Tiene que ser Velasco, no hay más.
—¿Por qué haría eso?
—Creo que no se fía totalmente de nosotros. Hoy en día nadie se fía de nadie —dio un sorbo a un vaso de vino y continuó—. Además, se ha puesto nervioso cuando le he mencionado la ametralladora.
—Normal, ya sabes los rumores que hay de ejecuciones ilegales. ¿Para qué otra cosa iba a ir un arma de guerra en un transporte de presos?
—Pues al capitán le queda un papel muy difícil.
Si lo sabía y me ha mentido, es que está en el ajo; pero si ha dicho la verdad va a quedar como un incapaz porque le han colado un equipo de ejecutores en sus transportes —el agente bebió otra vez—.
Mañana estaremos con los forenses desenterrando esos cuerpos y te apuesto cinco duros a que son los siete milicianos.
El octavo fue alguien con mala suerte, un guardia o un preso. Espero que no sea Velasco.
—Y yo te apuesto una perra gorda a que no volvemos a ver a los presos. Esos ya están cenando con Mola y con Franco.
—Ja, ja. Dudo que lleguen a ese nivel, pero estoy de acuerdo en que, si son listos, ya están muy lejos de aquí.
El capitán en su despacho se mantuvo pensativo unos minutos tras la conversación con el agente. Hizo una llamada para ordenar el bloqueo de varios cruces de carretera en las posibles rutas de escape de los fugados. Después cerró la puerta, se dirigió al teléfono e hizo una nueva llamada.
—Pásame a Padre.
—...
—Venerable, hemos perdido un rebaño de ovejas preparadas para esquilar.
—...
—Yo me encargo, pero necesito a Tercero.
—...
—No, tiene que ser Tercero.
—...
—Gracias, le espero donde siempre.
A primera hora de la mañana el capitán esperaba sentado en un palco del Real Cinema. Le impresionaba la gran sala ahora totalmente vacía. No oyó que la puerta se abría y se sorprendió al ver que un hombre ya se había sentado detrás de él.
—¿Qué necesitas? —empezó el hombre, sin ningún preámbulo.
—¿Eres Tercero?
—No hagas preguntas estúpidas.
—Se han fugado los presos de un transporte del que nunca tenían que haber salido con vida. Hay varios muertos. La investigación es muy delicada para que no se sepa cuál era el destino de esos presos. Los agentes que han investigado deben comprender que deben ser muy discretos.
—Hablaré con ellos.
—También he estudiado el historial de los presos y solo hay dos que pudieran haber organizado una fuga así. Hay que sonsacar información de su entorno y familias.
—De acuerdo.
—Es posible que haya habido alguno de los vigilantes que haya colaborado con la fuga, pero todavía no hemos identificado los muertos y los supervivientes. Durante el día tendré la información.
—Puedes dejarme aquí mismo sus nombres cuando lo tengas seguro. No hace falta que nos volvamos a ver.
—De acuerdo. Aquí tienes los nombres de los investigadores y de los dos presos.
El hombre cogió el sobre que le dio el capitán, se levantó y se fue tal como había venido. El capitán se quedó un rato en el asiento esperando a tranquilizarse, era la primera vez que había visto a Tercero (¿realmente lo había visto?) y esperaba no tener que repetirlo.
Una vez que llegaron los forenses, la exhumación de los cadáveres duró apenas una hora. Con las fichas que tenían identificaron a seis de los milicianos y a un guardia de asalto. Otro hombre vestido con gabardina y un disparo en el corazón no aparecía en las fichas que tenían.
Los agentes informaron al capitán de que los que faltaban eran Gabriel Velasco y Santiago Ramos. El capitán decidió que le daba igual si habían colaborado con los presos o se los habían llevado a la fuerza, la mañana siguiente Tercero tendría sus identidades.
Con su trabajo cumplido, los agentes tenían ganas de volver a Madrid y, aunque un poco tarde, llegaban a tiempo para comer en su restaurante habitual.
Apenas aparcaron junto a la puerta dos hombres encapuchados se pusieron a los lados del coche y vaciaron los cargadores de sus metralletas sobre ellos.
Cristales y sangre volaron por el aire. La gente gritaba y huía de la escena y los pistoleros escaparon corriendo también calle abajo.
Al día siguiente la prensa presentaría el caso como un ataque terrorista de fascistas infiltrados contra dos agentes de la ley.