Las dos cárceles (El primer invierno 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

El rescate

E l coronel acompañado del resto de hombres había presenciado toda la maniobra desde una posición privilegiada.

Estaba claro que el bloqueo del cruce había sido tomado por las fuerzas contrarias, o sea por las fuerzas que ellos estaban buscando.

El coronel decidió que avanzarían lentamente hacia el cruce para evitar que los identificaran erróneamente del bando republicano.

En primer lugar y a pie irían él y el teniente.

Sus uniformes, aunque maltratados, aún serían reconocibles.

Tras ellos seguirían lentamente el coche (con las armas en el maletero evitando ser vistas y que pudieran malinterpretarse) y el camión.

De este modo en pocos minutos llegaron a las inmediaciones del cruce.

El coronel ya pudo identificar los uniformes que desde lejos no reconoció.

Era una compañía de legionarios. En una zona habían alineado los cuerpos de los milicianos muertos y en otra podían ver sentados y desarmados a los supervivientes del fracasado bloqueo.

Hacia el coronel y su grupo se dirigió un capitán al que acompañaba un sargento fusil en mano.

El coronel ordenó a los vehículos que pararan y se acercó finalmente hasta el capitán. Fue el primero en hablar.

—Capitán, soy el coronel de infantería Anselmo Muñoz —saludó militarmente—. Me acompaña el teniente Combarro.

El capitán devolvió el saludo.

—Soy el capitán Parra al mando de la primera compañía de la octava bandera de la Legión. Me disculpará mi coronel, pero su uniforme no me ha permitido reconocer su rango.

—Tanto el teniente como yo hemos sido prisioneros de los rojos en Madrid.

Hemos conseguido escapar cuando nos trasladaban junto a un grupo de civiles que nos siguen en esos dos vehículos.

No sabe el alivio que ha supuesto encontrarles.

Aquí tiene la documentación del traslado por si mis palabras requieren verificación —el coronel entregó al capitán el documento con el listado de presos—.

Lo que sí le pido con urgencia es atención médica para el agente de la policía que nos ha conseguido la libertad y que se encuentra gravemente herido en ese camión.

—Sargento, lleve inmediatamente al teniente médico al camión y que haga todo lo necesario por ese hombre —ordenó el capitán.

—Gracias capitán. Si le parece haré bajar a todo el grupo para que lo reviste.

—Eso está bien y se puede encargar su teniente. Me gustaría que me acompañara usted con mi oficial de comunicaciones para dar parte al mando —propuso el capitán aún con algún resquicio de duda.

—Desde luego capitán. Es mi mayor deseo zanjar este terrible episodio y poder volver al servicio cuanto antes.

—Pues entonces acompáñeme, la tienda de comunicaciones aún está un poco carretera arriba, en el bosque.

En el paseo de un par de minutos al capitán y el coronel les escoltaban dos legionarios unos pasos por detrás.

—Capitán, comprendo que debe tomar sus precauciones ante un grupo como el nuestro que aparece de repente con una documentación débil y podríamos no ser quien decimos. Es tiempo de precaución frente a infiltrados.

—No se preocupe por eso mi coronel, estoy seguro que son quienes dicen ser y que no son infiltrados.

De hecho, nos han ayudado a tomar ese cruce que va a ser importante para el movimiento de nuestras tropas en esta zona.

Teníamos vigilados al grupo de milicianos desde el bosque.

Son gente brava pero ignorantes en el combate.

Preparé los morteros para atacar en el momento oportuno, y ese momento me lo dieron ustedes.

Les vimos llegar, como les vieron los milicianos, que no tuvieron mejor idea que desprenderse de un camión del bloqueo para ir a por ustedes, debilitando así su posición en el cruce.

Cuando vi que se había posicionado para defenderse del camión que se dirigía hacia ustedes di la orden de ataque como había previsto, primero con morteros y luego a la carga.

Hubiéramos atacado igualmente, pero nos ayudaron distrayendo a la fuerza enemiga.

Al capitán le gustaba hablar, pensó el coronel. Y si le había dado tantos detalles es que creía en sus identidades. Les alcanzó a la carrera un joven teniente legionario con un brazalete con una cruz roja, se cuadró ante el capitán e informó de la situación de Gabriel.

—Mi capitán, ese hombre tiene una herida de bala grave en el muslo y debe ser operado cuanto antes. Hemos limpiado la herida y cambiado el vendaje, pero aquí ya no podemos hacer más. Tiene que ir al hospital.

—Gracias teniente. Puede irse —contestó el capitán. Ante la mirada inquisitiva del coronel, continuó—. No se preocupe mi coronel, haremos todo lo posible por ese hombre.

Al llegar a los primeros árboles el capitán se dirigió al operador de comunicaciones.

—Ponme con el mando. —En unos momentos el capitán hablaba por el teléfono de campaña. —Aquí el capitán Parra de la primera compañía, a sus órdenes mi comandante.

De manera clara y concisa dio parte de la toma del cruce, sin bajas propias.

Informó de las bajas, heridos y prisioneros enemigos.

El coronel se percató de que no pedía instrucciones de qué hacer con los prisioneros por lo que ya tendría una directriz sobre ello.

A continuación dio cuenta de la aparición del grupo de prisioneros fugados y las explicaciones y documentación recibidas del coronel.

En este caso sí pidió instrucciones y se mantuvo unos momentos en silencio escuchando a su interlocutor.

Se despidió con el obligado “A sus órdenes, mi comandante” y colgó.

Ofreció un cigarro al coronel y fumaron sin añadir palabra.

Antes de acabar el cigarro, sonó el teléfono de campaña, el soldado contestó e inmediatamente se lo pasó al capitán que volvió a repetir la fórmula de identificación.

—Aquí el capitán Parra de la primera compañía —escuchó a quién estuviera al otro lado y dijo­—. A sus órdenes, mi general.

Pasó el auricular al coronel que utilizó la misma fórmula.

—Aquí el coronel Anselmo Muñoz.

—Anselmo, ¿de verdad eres tú? —preguntó la voz en línea, parecía que retóricamente— Soy Pazos, te habíamos perdido la pista.

—¡Qué alegría Pazos! Mi general, quiero decir. Me detuvieron los rojos en Madrid hace dos semanas junto al teniente Combarro y hoy nos hemos fugado un grupo con la ayuda de unos buenos policías. Gracias a Dios hemos encontrado a tu capitán y aquí me tienes para que verifiquéis mi identidad.

—Por Dios Anselmo, reconocería tu voz en cualquier parte. Lo que pasamos juntos en Alhucemas no se puede olvidar. Organizaremos tu traslado a este mando inmediatamente.

—Muchas gracias, mi general.

—Tú puedes seguir llamándome Pazos, como siempre.

—Gracias Pazos. Tengo que pedirte que el agente Gabriel Velasco y el guardia Santiago, no recuerdo su apellido, sean reconocidos por la valerosa acción de nuestra liberación y sean tratados consecuentemente. Velasco está herido y además otro guardia murió en la acción —solicitó el coronel.

—No te preocupes Anselmo. Tenemos gente que se ocupan de estos casos. Asegúrate de que el capitán Parra tiene todos los datos de lo ocurrido y él ya sabe lo que tiene que hacer.

—Gracias de nuevo Pazos, espero verte pronto.

—Así será Anselmo. Pásame de nuevo con el capitán.

El coronel devolvió el auricular al capitán que escuchó durante medio minuto y finalizó “A sus órdenes, mi general”.

Coronel, capitán y los dos legionarios de escolta desanduvieron el camino de vuelta al cruce.

—Me alegro que todo se haya aclarado rápidamente, mi coronel. Organizaré su salida para Salamanca inmediatamente. Solo usted y el teniente podrán continuar armados, el resto de las armas que tengan se quedarán aquí.

—Lo entiendo capitán.

—Los civiles deberán testificar en el cuartel general y luego serán libres de ir donde quieran.

—Es lógico.

—Tendrán que hacer el trayecto en el coche y el camión en que vinieron, pero les daremos víveres y gasolina —dijo el capitán.

—El hombre herido no aguantará el viaje hasta Salamanca —objetó el coronel.

—Lo he tenido en cuenta y a él lo dejarán primero en el hospital de El Espinar que no está muy lejos de aquí.

—Gracias capitán. Espero que le puedan atender a tiempo, ese hombre se ha jugado la vida por todos nosotros.

Finalmente llegaron al cruce. Junto al coche y el camión aparcados estaba todo el grupo, excepto Gabriel que continuaba acostado en el camión y Emilia que le acompañaba. Mientras el capitán atendía otros asuntos que requerían su atención, el coronel se dirigió a todos.

—Gracias a Dios he podido verificar nuestras identidades y nuestra situación ante el mando.

Saldremos hacia El Espinar donde dejaremos a Gabriel que será atendido en el hospital.

Luego seguiremos hasta Salamanca para presentarnos en el cuartel general donde seremos entrevistados para declarar todo lo ocurrido.

Todos debemos agradecer a Gabriel y Santiago su valor y rezar por Saturnino que dio su vida por nuestra liberación.

—¡Vivan esos valientes! —gritó alguien del grupo.

—¡Vivan! —respondieron todos.

Desde el interior del camión Gabriel y Emilia escuchaban todo lo que se decía y cuando gritaron el “¡Vivan!” Emilia apretó la mano de Gabriel y tuvo que hacer un esfuerzo por no besarlo.

Entonces llegó el capitán acompañado de dos legionarios. Se acercó y dijo al coronel en voz baja “Las armas”.

—Teniente Combarro, recoja todas las armas que hemos traído —ordenó el coronel—. Usted y yo mantendremos nuestras pistolas, el resto entrégueselas al capitán.

El teniente se dirigió al maletero del coche, lo abrió, extendió una manta en el suelo y colocó las pistolas, los fusiles y la metralleta.

El coronel se aproximó y cogió una Astra 300 y revisó el cargador, el teniente copió el gesto y cogió otra.

El capitán ordenó a uno de sus soldados que recogiera las armas.

El soldado enrolló la manta con las armas y se fue.

Uno de los jóvenes falangistas, José, dio un paso para protestar porque ellos no recibieran armas, pero el coronel le miró severamente y negó con la cabeza, lo que fue suficiente para que el joven desistiera y se mantuviera callado.

—Buenas tardes a todos, soy el capitán Parra y les doy la bienvenida a territorio liberado —dijo el capitán dirigiéndose al grupo—.

Como les habrá informado el coronel Muñoz, sus vehículos serán inmediatamente aprovisionados y partirán hacia Salamanca donde testificarán sobre su prisión y evasión.

Hasta que eso suceda y el mando se pronuncie sobre lo sucedido el guardia de asalto Santiago y el agente Velasco se consideran bajo arresto.

—Pero capitán, han sido nuestros libertadores —protestó sorprendido el coronel.

—No lo dudo, mi coronel, pero pertenecen a las fuerzas del orden que actualmente son nuestros enemigos en Madrid.

Y son órdenes del general —señalando al legionario junto a él, continuó—.

El cabo los acompañará y será responsable de su vigilancia, en la que todos ustedes deben colaborar —ordenó el capitán.

El legionario que acompañaba al capitán dio un paso al frente.

—Cabo arréstelos —ordenó el capitán. El cabo se dirigió hacia Santiago.

—Capitán le pido que no los espose. Me hago responsable —intervino el coronel.

—Así será, mi coronel, bajo su responsabilidad —aceptó el capitán—. Teniendo en cuenta al herido, ambos arrestados y el cabo viajarán en el camión. El resto distribúyanse como quieran.

Media hora después, ya avituallados, se dispusieron a partir.

El coronel se despidió militarmente del capitán agradeciéndole el trato recibido, omitiendo el disgusto del arresto de sus dos libertadores, pero seguro de que al final, tras sus testificaciones, todo quedaría aclarado.

El pequeño convoy inició su camino encarando primero el bosque y luego la sierra.

Los viajeros sentían un sabor agridulce ya que, pese a su liberación, afrontaban la incógnita de qué sería de cada uno de ellos lejos de la que había sido hasta entonces su ciudad y su vida.