Las dos cárceles (El primer invierno 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

La huida

E l coronel con el mapa guiaba al teniente que conducía el coche.

En los asientos traseros viajaban los dos jóvenes que se habían identificado como falangistas.

Los cuatro iban armados con pistolas. A corta distancia les seguía el camión conducido por Santiago, como siempre.

A su lado se habían sentado los dos hombres que continuaban mostrando las heridas en la cara como prueba de su paso por la prisión.

En la parte de atrás en el banco derecho habían tumbado a Gabriel con Emilia junto a su cabeza y don Joaquín a sus pies.

El padre Mariano y las tres mujeres viajaban en el otro banco.

Todos eran conscientes de que atravesaban zona controlada por el gobierno y que en cualquier momento podría aparecer un control que pusiera la situación muy difícil.

En su viaje hacia poniente utilizaban carreteras secundarias y en lo posible se mantenían alejados de cualquier pueblo.

El coronel se dirigió a los acompañantes del coche:

—¿Alguno de ustedes conoce los pueblos de esta zona? Necesitamos un lugar pequeño y tranquilo que tenga teléfono.

—Sí, mi coronel —respondió uno de los jóvenes—. Aquí cerca está La Vega donde hemos venido varias veces de campamento, ¿verdad José? —miró a su compañero— Apenas son un puñado de casas y la del alcalde es la única con teléfono. Es un hombre de confianza, no habrá peligro.

—Confiemos en que así sea. Ya lo veo en el mapa. Teniente, la desviación a La Vega debe estar a un par de kilómetros a la derecha.

—¿Para quién quiere el teléfono? —intervino el joven llamado José— ¿No será para ese policía?

—Pues sí, joven. Después de salvarnos la vida, es lo menos que podemos hacer por él —explicó el coronel—.

—¡Pero si es de los guardias de la cárcel!

—¡Qué bruto eres José! —interrumpió su compañero— ¿No te has dado cuenta de que nos han salvado a costa de morir uno de ellos?

—Pues no lo acabo de entender, Paco, pero veo esos uniformes y me hierve la sangre. No me fío.

—A mí tampoco me gustan sus uniformes —terció el teniente—, pero han demostrado que bajo esos uniformes hay unos hombres justos y cabales.

—Tiene usted razón, mi teniente. Perdónenme me he ofuscado —reflexionó el joven.

—Ahora tenemos que estar todos a una, José —estableció el teniente—. Juntos para poder salir de esta y luego para apoyar a estos hombres que han sido unos valientes y se la han jugado por nosotros ¿Está claro? ¿Podemos contar contigo?

—Sí, mi teniente. Perdóneme, mi coronel. Estoy con ustedes, no volveré a dudar.

El coronel, que no había vuelto a intervenir en la conversación, miró brevemente al teniente con un gesto de aprobación. Le habían dado ganas de abrir la puerta del coche y tirar fuera al tal José. Un momento después sonrió al oír al otro joven, Paco, decir

—De verdad, José, me han dado ganas de echarte del coche de una patada. Anda, usa la cabeza para pensar, no solo para llevar el pelo.

En unos minutos coche y camión se detuvieron frente a una de las casas a la entrada de La Vega.

Se adelantaron los dos jóvenes para localizar al alcalde en su casa y verificar que no había peligro.

En unos momentos volvieron a salir, se acercaron al camión y ayudaron a Gabriel a apearse.

Nadie más bajaría de los vehículos según las instrucciones del coronel.

Entraron a la casa y se dirigieron al teléfono que estaba en el pasillo.

No había nadie a la vista, pero cuando Gabriel descolgó el auricular una voz de mujer mayor le preguntó con qué número quería hablar.

Gabriel le dio el número y en unos momentos oyó el zumbido de llamada. Contestó Andrés, su padre.

—Dígame.

—Padre, soy Gabriel.

—Hijo, ¿dónde estás? Te oigo muy lejos.

—Padre, ha ocurrido algo muy grave.

—Me estás asustando Gabriel.

—No tengo mucho tiempo padre, escúcheme. En el transporte de hoy ha habido un enfrentamiento armado, han muerto varios milicianos. Y mi amigo Satur.

—¡Dios mío!

—Estoy con Emilia y su padre. También con un grupo de buenas personas que me están ayudando.

—¿Ayudando? ¿Por qué?

—Los milicianos iban a asesinar a los presos, padre, y no lo íbamos a permitir. Ahora dirán que soy un traidor y no podré volver a casa. Tengo que ir a la zona enemiga si quiero sobrevivir, me han prometido que me tratarán bien.

—Pero hijo, ¿cuándo te volveremos a ver?

—No lo sé padre, pero no tengo otra posibilidad. Les he llamado ahora porque desde la otra zona ya no podré. Solo quiero que sepan que estoy bien y que haré lo que pueda por volver a verles.

—Gabriel —susurró su padre sollozando.

—Y padre, no se crea lo que le digan de mí, no soy un traidor, ellos eran unos asesinos, pero nadie estaría de mi parte si vuelvo. Ya no hay justicia.

—Claro que te creo hijo.

—Me preocupa lo que dirán de ustedes, o lo que les pueda pasarles por mi culpa.

—Si quieren algo de nosotros, nos defenderemos, pero no creo que pase nada, no te preocupes hijo —aseguró para tranquilizarle.

—Explíqueselo a madre, por favor. Y a María y Jerónimo dígales que siento haber sido brusco esta mañana, pero me temía lo que al final ha pasado. Dígales que Emilia y don Joaquín están bien, pero tampoco pueden volver. Los quiero mucho a todos.

—Y nosotros a ti hijo —dijo ya entre lágrimas—. Lo principal es que te cuides y salgas adelante. Estoy seguro de que nos volveremos a ver.

—Ojalá sea así. Padre, tengo que colgar ya. Cuídense mucho. Los quiero —se despidió Gabriel.

—Y nosotros a ti —repitió Andrés—. Adiós, hijo.

Andrés colgó y se giró como un autómata. En la puerta estaban Isa y María abrazadas que habían oído la conversación y le miraban con unas expresiones de sorpresa y miedo que no las había conocido antes.

Gabriel colgó y se quedó agarrado al auricular unos momentos aguantando las lágrimas.

Los dos jóvenes le estaban esperando junto a la puerta.

Gabriel se apoyó en uno de ellos y, aunque su experiencia en la comisaría le llevaba a no fiarse de falangistas, murmuró “Gracias”.

El otro entró a una habitación contigua, se oyeron en bajo unas frases de gracias, tened cuidado y adiós.

Volvieron hacia el camión y ayudaron a subir a Gabriel.

Emilia le recibió con un abrazo y le ayudó a tumbarse.

Con los jóvenes de nuevo en el coche, el convoy volvió a su ruta.

Pronto tuvieron que cruzar una importante vía de comunicación, la carretera de Madrid hacia el norte.

El coronel precavido mantuvo a los dos vehículos ocultos y estudió el entorno y el tráfico de la carretera durante más de diez minutos.

En el momento que decidió, dio la orden y coche y camión cruzaron velozmente la carretera sin encontrar ningún otro vehículo.

Continuaron por carreteras de poca importancia y esquivando zonas habitadas.

Gabriel comenzaba a sentir los primeros efectos de la fiebre y Emilia le ponía pañuelos mojados en la frente.

Desde su posición tumbada, con la cabeza prácticamente en el regazo de ella, podía verla y sentir su proximidad.

De no ser por el dolor y la fiebre, le hubiera gustado continuar así indefinidamente.

En un momento dado miró al sacerdote y le pidió que rezara para que Dios le permitiera aguantar y, aunque esto no lo verbalizó, que le permitiera salir de esta para no volver a separarse de aquella su ángel guardián.

Gabriel se fijó que una de las mujeres sacó un rosario que llevaba escondido entre la ropa, se lo dio al padre y empezaron a rezar.

El coronel atisbaba la carretera lo más lejos posible para poder identificar a tiempo un posible control.

Temía salir de los llanos y llegar a las primeras rampas de la sierra madrileña que convertirían el trazado rectilíneo y de buena visibilidad en otro sinuoso y más peligroso.

Sin embargo, antes de llegar a esa situación ordenó parar el coche inmediatamente.

Había identificado unos quinientos metros más adelante un bloqueo.

En el cruce entre la carretera por donde ellos venían y otra carretera perpendicular podían apreciar tres camiones que prácticamente cerraban el paso y un grupo de más de veinte hombres que rodeaban el cruce.

Tan solo unos cien metros después del cruce bloqueado la carretera se escondía tras una densa arboleda, pero les sería imposible alcanzarla.

—Creo que no nos han visto —dijo el teniente.

—Pronto lo vamos a saber —contestó el coronel.

Efectivamente en un momento vieron como varios hombres armados montaban en uno de los camiones que salió arrojando una humareda tras de sí hacia su posición.

—Mi coronel, den la vuelta que Antonio y yo nos quedamos aquí para hacerles frente. Les daremos tiempo de alejarse. —Fue la propuesta de uno de los jóvenes falangistas quizá descontento de haber evitado la muerte unas horas antes.

—No los abandonaremos aquí de ningún modo. Teniente cruce los vehículos en la calzada. Haremos nuestro propio bloqueo. Que todos los hombres se pongan al abrigo del coche y del camión y preparen sus armas.

Rápidamente el coche giró a la izquierda y el camión maniobró hacia la derecha, formando una v que apenas dejaba paso en la carretera.

Algunos hombres se parapetaron tras el coche y otros bajo el camión.

Gabriel pidió también un arma y ordenó a Emilia que se alejase con el resto de las mujeres hasta que la situación se resolviera.

No estaba dispuesta a dejarle pero Gabriel le insistió en que debía proteger a aquellas mujeres.

Cuando aún no se había resuelto esa discusión escucharon una serie de extraños truenos lejanos.

—Fuego de morteros —gritó el teniente.

Efectivamente el cruce donde se mantenían dos camiones fue ocultado por varias explosiones que barrieron la zona, mezclando las nubes de polvo de los proyectiles que explotaban en el suelo con el humo negro de los dos camiones alcanzados.

—Pero, ¿quién dispara? preguntó el coronel.

La respuesta la tuvo en seguida a la vista cuando un numeroso grupo de hombres uniformados, aunque demasiado lejos para identificarlos, salieron desde la arboleda cargando contra los hombres que permanecían en el cruce.

El camión que había salido hacia donde ellos estaban, frenó y dio la vuelta dirigiéndose de nuevo al cruce donde ahora ocurría una pequeña batalla.

Unos cuarenta metros antes de llegar al cruce, el camión fue recibido con otra lluvia de proyectiles de mortero.

Esta vez no alcanzaron al camión directamente, pero fue suficiente para sacarlo de la carretera y que volcara.

Poco podían hacer aquellos hombres, algunos heridos, porque al llegar andando al cruce les recibieron sus propios compañeros desarmados y con los brazos en alto pidiendo que se rindieran también.

La fuerza que había cargado contra ellos era notablemente superior y sin ninguna otra posibilidad arrojaron al suelo sus armas.