Capítulo 10
El momento de la verdad
I niciaron el viaje según la ruta prevista, pero pronto se desviaron por una carretera que se dirigía hacia el norte.
Es lógico pensó Gabriel sabiendo que el frente estaba al sur y el oeste de la ciudad solo podían alejarse hacia el norte o el este.
Pasado lo que a Gabriel le pareció una interminable media hora, el convoy se desvió por un camino de tierra hacia la derecha.
Gabriel y Satur se miraron y asintieron.
Pocos minutos después el convoy se detuvo.
El miliciano conductor del primer coche bajó y se dirigió junto al miliciano que viajaba en el camión a abrir su puerta trasera.
Por el retrovisor Gabriel vio que nadie se movía aún en el camión negro.
Los milicianos que habían abierto la puerta del camión de los detenidos les gritaron que se bajaran para descansar, beber agua y estirar las piernas.
Gabriel pensó lo repetitivo que podía llegar a ser un asesino en serie, tal como el profesor Cifuentes de Criminología en la academia les había enseñado.
No compartió el pensamiento con su compañero Satur que vigilaba concentrado al camión negro.
Cuando empezó a maniobrar para cruzarse en el camino y apuntar la parte trasera hacia donde los presos se habían agrupado a escasos pasos, Gabriel se percató de que había elegido ese lugar entre otras cosas porque el camino era ancho y el camión podía maniobrar fácilmente.
Al unísono Satur y Gabriel salieron de su coche.
Gabriel se colgó la metralleta y se apoyó en el capó del coche.
Tenía a los dos milicianos a unos cinco metros a su izquierda.
El miliciano elegante no se había apeado del primer coche.
Una vez que el camión negro estaba cruzado en el camino, los dos milicianos bajaron de la cabina y se dirigieron a la parte trasera.
Bajaron el portón y corrieron las cortinas dejando al descubierto a otros dos milicianos que ya tenían preparada la ametralladora y empezaban a apuntar al grupo de presos.
El miliciano que había conducido el camión subió con los otros para ver mejor el espectáculo.
Los presos formaban un grupo compacto y serían una ganga para la Hotchkiss.
Solo los dos militares del grupo se dieron cuenta de lo que iba a ocurrir, aunque no tuvieron tiempo de decir nada.
En ese momento una fuerte explosión destruyó la caja del camión negro, la ametralladora y a los tres milicianos que estaban en ella.
Gabriel se sorprendió, pero comprendió lo que había pasado cuando vio a Satur lanzar una segunda granada al camión.
Los dos milicianos que Gabriel tenía a su izquierda también se habían sorprendido y también habían visto la actuación de Satur.
Cuando se giraron para atacarle un haz de balas les atravesó desde el vientre al primero hasta el pecho al segundo.
La metralleta que empuñaba Gabriel alcanzó sus objetivos.
A unos metros del camión negro, ahora en llamas, estaba tendido el miliciano que ahora había perdido su boina, pero no su pistola.
Desde el suelo cruzó la mirada con Satur.
Como en una de las películas del oeste que habían visto en el cine Doré o el Ideal, los dos desenfundaron lo más rápido que pudieron.
La posición en el suelo favorecía al miliciano porque le hacía un blanco menor, pero a la vez dificultaba que desenfundara rápidamente.
Se oyeron las dos detonaciones casi simultáneas.
El miliciano recibió la bala en la cabeza y murió en ese momento.
Satur la recibió en el pecho y cayó hacia atrás.
Gabriel corrió hacia él, se arrodilló a su lado y le abrazó.
Quería decirle alguna palabra de ánimo, pero Satur se adelantó y le dijo “Suerte amigo” y expiró en sus brazos.
Gabriel había quedado paralizado con su amigo en sus brazos hasta que una bala que pasó silbando junto a su oreja le despertó.
El miliciano elegante se acercaba a él desde el otro lado del coche disparando pistola en mano.
Gabriel se levantó cogiendo la metralleta que había dejado a su lado pero no acabó de incorporarse porque una segunda bala le alcanzó el muslo derecho, cayendo de rodillas.
El miliciano ya se encontraba más cerca y tenía un disparo claro sobre Gabriel.
Según le habían enseñado sus padres, Gabriel se encomendó al Señor y escuchó el disparo.
Sin embargo, el que cayó muerto con un certero disparo en el corazón fue el miliciano con una extraña cara de sorpresa.
Tras él estaba el guardia de asalto, conductor del camión, al que Satur había convencido para que no interviniera.
Algo, a lo que Gabriel estaba enormemente agradecido, le había hecho intervenir finalmente.
Entre tanto el grupo de los presos se había echado al suelo desde la primera explosión.
Quizá más avezados en el combate, los dos militares habían comprendido el motivo de ese enfrentamiento, se levantaron y corrieron hacia Gabriel.
El más joven llegó primero y le dijo a Gabriel que se tendiera en el suelo.
El mayor llegó un segundo después y vio la herida.
—Teniente, coja el cinturón de ese guardia y démelo. Tenemos que hacer un torniquete rápidamente —ordenó el hombre.
—Sí, mi coronel —respondió el otro.
—Ese guardia se llama Saturnino Corral y les ha salvado la vida a todos ustedes.
Es lo que Gabriel le hubiera contestado al coronel si hubiera tenido más fuerzas, pero el que pronunció las palabras fue el guardia conductor que acababa de salvarle a él. Con dolor Gabriel extendió el brazo hacia él para darle la mano y le preguntó.
—¿Cómo te llamas?
—Santiago... y Satur es... era mi amigo.
—Gracias Santiago, tú me has salvado a mí —agradeció Gabriel.
—Yo solo quería seguir sus pasos. Satur siempre me protegió. Me dijo que no se me ocurriera salir del camión pasara lo que pasara.
—Afortunadamente le desobedeciste esta vez —agradeció de nuevo. Tras un segundo para respirar y pensar Gabriel le dijo—: Por favor Santiago, quita las esposas a todas estas personas.
Gabriel lanzó un quejido cuando el coronel apretaba a conciencia el torniquete para que la pierna dejara de sangrar.
—¡Gabriel, por Dios!, ¿eres tú?
Emilia corrió hacia el grupo que cuidaba del herido y se arrodilló junto a Gabriel.
—Perdóname Emilia, no podía permitir lo que os iban a hacer.
—¿Sabías que nos habían detenido? ¿Cómo?
—Deja de preguntas ahora Emilia —intervino su padre, don Joaquín, percatándose de la gravedad de la herida—. Ya habrá tiempo de aclararlo todo. Ahora debe recuperarse.
—Teniente, busque en los vehículos a ver si hay un botiquín —ordenó el coronel—. Vamos a necesitar limpiar esta herida y buscar ayuda médica.
—Mi coronel —dijo Gabriel—, soy el agente Velasco del Cuerpo de Investigación y Vigilancia.
Junto con este guardia de asalto, Saturnino Corral, supimos de los planes de asesinarles a todos ustedes durante el traslado y decidimos evitarlo.
Él lo ha pagado con su vida. Este joven guardia, Santiago también ha ayudado.
Si no me equivoco es usted el de mayor graduación aquí y debería tomar el mando.
Debe saber que en una o dos horas en Madrid echarán en falta este convoy y saldrán en nuestra busca.
—Tendremos que pensar y actuar rápido —admitió el coronel—. Por cierto, soy el coronel Muñoz y este que viene corriendo es el teniente Combarro.
—Solo he encontrado unas vendas y un poco de alcohol, mi coronel.
—Por ahora tendrá que servir. Teniente, asegúrese de qué vehículos funcionan y cuanta gasolina tienen. Encuentre todas las armas disponibles y revíselas. Usted, Santiago, ayúdele e infórmenme cuanto antes.
—A sus órdenes mi coronel —respondieron a la vez el teniente y el guardia de asalto, que recordaba la formación militar del cuerpo.
Mientras se alejaban para cumplir la tarea, se acercó un hombre delgado, entrado en los cuarenta años, vestido con pantalón y camisa oscuros que se dirigió al coronel.
—Habría que enterrar a los muertos. He contado siete milicianos y este buen hombre que se ha sacrificado por nosotros —dijo señalando a Satur.
—¿Y usted es? —preguntó el coronel.
—Claro, nos hicieron quemar nuestras sotanas y vestirnos de cualquier modo.
Soy el padre Mariano Castro, sacerdote de la parroquia de San Marcos.
También detuvieron al padre Secundino, pero no sé qué han hecho con él.
Aquellas mujeres me ayudan normalmente en la iglesia, se quisieron oponer a nuestra detención y acabaron arrestadas también.
—Pues padre, disponga de un par de los jóvenes que nos acompañaban en el camión y si encuentra alguna pala proceda con el enterramiento, pero con la máxima rapidez, por Dios —instruyó el coronel.
—Por Dios siempre —recalcó el sacerdote y se retiró a su cometido.
—Gabriel, ¿cómo te encuentras? —preguntó Emilia mientras le apretaba la mano.
—Es peor de lo que parece, puedo aguantar —mintió Gabriel para tranquilizarla.
El teniente llegó a la carrera notablemente satisfecho.
—Mi coronel, el camión de transporte está operativo y casi lleno de combustible, los dos coches están bien, pero los dos están a un tercio del depósito, sería conveniente utilizar solo uno traspasándole la gasolina del otro.
—Será conveniente según la distancia a recorrer —precisó el coronel.
—Sobre eso, mi coronel, en el primer coche he encontrado este mapa que indica nuestra situación —dijo el teniente pasando el mapa a su superior.
—Excelente Combarro, esto será vital para planear la ruta que nos lleve a nuestras líneas. —Mientras desplegaba el mapa el coronel continuó— ¿Armas?
—Diez pistolas, una metralleta y dos fusiles. Munición bastante.
—¿Cuántas personas somos?
—Éramos 12 los trasladados —contestó el teniente satisfecho de saber la respuesta—, más el herido y el guardia, somos 14, mi coronel. Aptos para usar las armas, sin contar al herido, el anciano, las mujeres y el cura, quedamos siete hombres.
—Intentaremos evitar enfrentamientos, teniente. Será suficiente el camión y un coche con el máximo depósito posible, como usted apuntaba. Encárguese de ello. Y que todas las personas ayuden al padre para poder salir de aquí cuanto antes.
—A sus órdenes, mi coronel.
El coronel cambió el tono estricto por uno más confidencial para dirigirse a Gabriel.
—Velasco, amigo, su herida necesita atención médica urgente. Gracias al mapa sabemos dónde estamos, y también sabemos que hacia el oeste podremos salir de esta zona enemiga y alcanzaremos nuestras líneas, pero no sé a qué distancia exacta.
—No se preocupe, mi coronel. Aguantaré —volvió a suponer Gabriel.
—Viajará tumbado en el camión al cuidado de esta señorita y las demás mujeres. El resto nos repartiremos entre el coche y la cabina del camión.
—Como usted diga, mi coronel. Por cierto, no pierdan la orden de traslado donde constan todos sus nombres. Les será muy útil para demostrar sus identidades al llegar a sus líneas —advirtió Gabriel previsor.
—Ya son también sus líneas, Velasco. Me encargaré de que sea reconocido por su acción de hoy.
—Gracias, mi coronel. Y cuide de Santiago por favor —añadió Gabriel.
—Tiene mi palabra.
—Debo pedirle otra cosa, mi coronel.
—Lo que necesite.
—Si pasamos por un pueblo pequeño, antes de salir de esta zona, necesito encontrar un teléfono y llamar a mi familia, no saben nada de mí. Desde el otro lado de las líneas no podré comunicarme.
—Lo tendré en cuenta, no se preocupe —accedió el coronel, no demasiado contento por el riesgo que suponía entrar en un pueblo.
El sacerdote se acercó y les informó de que los cuerpos ya estaban enterrados y que estaba listo para el responso, para poder partir de inmediato.
Gabriel se apoyó en Santiago y levemente en Emilia para poder andar.
Todos estaban de pie frente a unos montones de tierra alineados.
Una cruz de palo improvisada se situaba a la izquierda.
“Satur es el primero” susurró Santiago a Gabriel.
No pudo evitar pensar que Satur merecía algo mejor que yacer junto a aquellos asesinos.
El sacerdote pareció escuchar aquel pensamiento y dijo unas palabras que Gabriel recordaría a partir de entonces: “Que estos hombres que yacen juntos y viajan juntos al encuentro del juicio del Señor, reciban su misericordia y sean símbolo de la reconciliación que nuestro torturado pueblo necesita más que nunca”.