Capítulo 9
El transporte
E n los últimos días Gabriel y Satur habían hecho varios transportes habituales de presos entre la Modelo y otras cárceles sin novedad.
Satur parecía otra persona y se había recuperado física y mentalmente.
Se habían enterado del nombramiento como delegado especial de prisiones de Melchor Rodríguez, un importante militante de la CNT conocido por defender los derechos de los reclusos de cualquier bando, lo que les dio la esperanza de que ya no habría más asesinatos indiscriminados de presos.
Una fresca mañana de noviembre, como era habitual, llegaron a primera hora en el coche al estacionamiento de la Modelo y aparcaron tras el camión de su grupo.
Saludaron al guardia de asalto que hoy conduciría el camión y se dispusieron a esperar la orden de traslado del día.
Momentos después paró detrás de su coche un pequeño camión negro.
Un miliciano se apeó por la puerta derecha, se caló una boina negra y se dirigió al grupo.
—Hombre Satur, ya creía que te habíamos perdido.
Satur se había quedado petrificado desde el momento en que vio acercarse el camión que reconoció inmediatamente.
—Ya ves, aquí sigo —consiguió articular Satur.
—Buenos días, soy Gabriel, escolta de este transporte —intervino Gabriel comprendiendo la situación—. ¿Vais a acompañarnos hoy? Porque no me han informado de nada.
—Pues ya te informo yo. Vamos con vosotros para cuidar un cargamento especial.
—Estupendo camarada, nos vendréis muy bien si ese cargamento es tan especial. —Gabriel pensó que mostrándose agradecido por la compañía y viendo que al miliciano le gustaba hablar, podría conseguir más información. —¿Qué llevaremos hoy?
—No me lo perdería por nada del mundo. Hoy trasladamos a un grupo de lo peor: militares traidores, falangistas, un cura reaccionario, un par de fascistas alemanes... ¡Joder, nazis! Eso no lo vemos todos los días.
—Vaya, sí que será un día interesante —respondió Gabriel mientras la cabeza empezaba a analizar la situación—. Satur y yo vamos a la cantina a desayunar que no se puede trabajar con el estómago vacío. Salud camarada.
Y tirando del brazo de Satur se dirigieron al interior del edificio. No hablaron nada entre ellos y se detuvieron ante el teléfono de pared que estaba junto a la entrada de la cantina. Gabriel llamó a la panadería y esta vez contestó María.
—¡María, gracias a Dios! Tengo que hablar con Jerónimo.
—Hola Gabriel. A esta hora estará ya en el laboratorio.
—Pues dame el número del laboratorio.
—Espera un momento...aquí lo tengo.
María dio el número a Gabriel que sin esperar a dar más explicaciones colgó y marcó ese número inmediatamente. Contestó una secretaria que se identificó como Pilar que pasó la llamada diligentemente a Jerónimo.
—Buenos días Gabriel, qué sorpresa.
—Jerónimo, con quien realmente quiero hablar es con tu jefe, don Joaquín —urgió Gabriel.
—Es curioso que lo digas porque siempre llega el primero y hoy nos extraña que no haya llegado todavía —respondió Jerónimo.
—Por favor, haz que llamen ahora mismo a su casa. Es muy importante localizarle.
—Gabriel, me estás preocupando.
—Hazlo por favor. Luego te explicaré.
Apartándose ligeramente el auricular Jerónimo pidió a Pilar que llamara a la casa del director. Un segundo después Gabriel oyó como alguien marcaba un número en otro teléfono y esperó.
—Ya le están llamando —confirmó Jerónimo. Tras unos momentos de espera continuó—. No contesta nadie. No deben estar don Joaquín ni Emilia.
Gabriel colgó impulsivamente sin pensar que dejaba a Jerónimo sin la explicación que le había prometido.
Volvió a tirar de Satur y esta vez fueron a la oficina del capitán donde recogieron la orden de traslado del día.
Como en el resto de ocasiones aparecía la lista de detenidos que Gabriel fue leyendo minuciosamente mientras volvían apresuradamente hacia los vehículos.
Gabriel se paró de golpe y releyó dos líneas:
Joachim Wichtig-Kreutzsieger
Emilia Wichtig-Kreutzsieger
Gabriel levantó la vista hacia Satur que le miraba ansioso. Tras él vio la puerta de unos aseos y le empujó dentro. Se aseguró de que no había nadie y dijo:
—Satur, en este transporte hay personas inocentes que me importan mucho y no voy a permitir que las masacren.
—Claro que no lo vamos a permitir, Gabriel —respondió Satur que parecía crecerse—. Dime qué hacemos.
—La armería de la cárcel está a cargo de la Guardia de Asalto. Intenta hacerte con algo más potente que tu pistola. ¿Cuántos milicianos van en ese camión?
—Conductor, acompañante y dos atrás con la ametralladora —enumeró Satur.
—Cuatro. En nuestro camión irá uno más y los dos que llevaremos en el coche. Siete en total y el guardia conductor del camión.
—Del guardia no te preocupes, le conozco del cuartel y hará lo que yo le diga —aseguró Satur.
—¿Estás seguro? Mira que si nos descubre acabamos acribillados también —advirtió Gabriel.
—Estoy seguro. No sé si nos apoyará, pero desde luego no estará de parte de esos asesinos.
—Actuaremos si hay una parada. —Gabriel aún quería pensar que no habría ninguna parada fuera de la orden y que podrían llegar sin novedad al destino.
—Gabriel, has visto ese camión y ese miliciano... habrá una parada para “estirar las piernas”, te lo aseguro —afirmó Satur con fatalismo.
—Entonces será el momento de atacar, primero al camión de la ametralladora y después al resto. Por lo que conozco de estos milicianos no se rendirán, tendremos que actuar rápido y aprovechar que no se esperan algo así —planeó Gabriel.
—Tienes razón en las dos cosas, se llevarán una sorpresa y no se rendirán.
Minutos después Gabriel revisaba la orden con el miliciano.
Satur, con las manos en los bolsillos y la chaqueta cerrada, salió del edificio, se aproximó al grupo, pero entró rápidamente en el coche sin apenas mirar a nadie.
La ruta del transporte estaba indicada en la orden y el miliciano le dijo a Gabriel que en esta ocasión los dos milicianos que solían ir en los asientos de atrás de su coche irían en su propio vehículo encabezando y guiando el convoy.
Gabriel pensó que eso no cambiaba el número de enemigos con que había contado y que además le daría más libertad para hablar con Satur.
Mientras esperaban a que llegara ese nuevo coche Satur se apartó del grupo con el guardia conductor del camión.
Gabriel los observó disimuladamente mientras los dos guardias hablaban y fumaban.
Satur puso la mano sobre el hombro del conductor en un gesto que Gabriel no acertó a saber si era de confianza o de intimidación.
Por fin llegó el coche de los dos milicianos que guiarían el convoy y se dio la orden de sacar a los presos y subirlos al camión.
Si bien normalmente Gabriel como policía supervisaba a los detenidos en este proceso, en esta ocasión le dejó su puesto a Satur, no quería que Emilia le viera y se creara un conflicto aún dentro de la prisión rodeados de milicianos.
Esperó sentado en el coche y vio a la fila de detenidos esposados.
Primero pasaron dos hombres en camisa con señales en la cara de no haber recibido buen trato.
Seguían tres mujeres que, como se solía decir, algo habrían hecho si estaban allí.
También alcanzó a distinguir dos hombres de cierta edad en uniforme del ejército al que se le habían arrancado las insignias.
Sintió un nudo en la garganta al ver tras ellos a Emilia y a su padre un paso por delante de ella.
Aunque siguieron unas personas más ya no se pudo fijar en ellos.
Con todos los presos sentados en los bancos laterales del camión unos frente a otros, el guardia conductor y el miliciano que le acompañaría cerraron y aseguraron la puerta.
Cuando Satur se instalaba en el puesto del conductor el miliciano de la boina con el que habían hablado antes se acercó a ellos junto a otro miliciano que había llegado en el coche que parecía tener mayor autoridad ya que no vestía el mono habitual, sino que llevaba una gabardina larga sobre lo que se intuía un traje, aunque sin corbata. El primer miliciano le ordenó:
—Seguid al coche guía aunque se desvíe de la ruta prevista. La seguridad es lo primero, ¿estamos?
—Claro, camarada, sin problema —contestó Gabriel que no quería discutir nada, todavía.
El miliciano elegante subió al primer coche donde le esperaba su conductor. El otro subió al camión negro que cerraba el convoy y la comitiva inició el viaje.
—Te he conseguido una pequeña ametralladora Lewis, como las que usamos en la academia, ¿te acuerdas? —dijo Satur sin que hiciera falta que Gabriel le preguntara.
—Claro que me acuerdo, mucho mejor que el fusil. ¿Y para ti?
—No te preocupes, voy bien preparado —aseguró discretamente Satur—.
Si lo hacen como las otras ocasiones nos desviaremos de la carretera asfaltada a un camino de tierra.
En un momento dado pararemos y harán bajar a los detenidos para que paseen por un campo en barbecho junto a la carretera.
El camión negro maniobrará situando la parte trasera hacia ese campo y será cuando abra la puerta y los dispare.
—El momento de actuar debe ser mientras el camión se posiciona.
—Sí. Los de ese camión son míos. Tú encárgate de los dos del primer coche y del miliciano del otro camión —ordenó Satur imperativo.
—¿Estás seguro? mira que son cuatro los del camión —advirtió Gabriel un tanto sorprendido por la resolución de Satur.
—Claro que estoy seguro. Esos cabrones pagarán lo que han hecho. Tú encárgate de los demás.
—Así será entonces. Suerte, amigo.
—Suerte, amigo.