Las dos cárceles (El primer invierno 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Madrid en guerra

En los incidentes de julio del Cuartel de la Montaña la Comisaría de Centro había perdido a su Comisario Jefe y al Inspector responsable del Grupo de Homicidios.

Los agentes seguían yendo a la comisaría, pero entre ellos había cundido el desánimo y además sin dirección nada funcionaba como debería.

Gabriel y Luis García habían sido testigos directos del asesinato de Molina y Blázquez, pero tenían posturas contrarias de lo que hacer.

Gabriel quería investigar lo sucedido para llegar al asesino que abrió fuego contra ellos.

Luis García había quedado muy afectado por las muertes y opinaba que era inútil ni siquiera intentar ninguna investigación.

La escena del crimen era inabarcable, había cientos de posibles tiradores y sería prácticamente imposible identificar a la mayoría.

Otros agentes pensaban que se había declarado una guerra, que habían muerto cientos de personas y que sus jefes deberían considerarse bajas de guerra.

Incluso alguno pensaba que tomar la decisión de qué casos se debían investigar correspondía a un Comisario Jefe y que debían esperar a que la Dirección General nombrara los sustitutos.

Gabriel comprendía muchos de esos argumentos, pero no podía quedarse de brazos cruzados.

En esos momentos de desorientación decidió visitar a su antiguo profesor Cifuentes.

Notó al profesor envejecido, ya tenía conocimiento de las muertes de Molina y Blázquez y estaba muy afectado ya que con Blázquez había mantenido una buena amistad.

Sin embargo, el relato de primera mano que le hizo Gabriel de los asesinatos le sumió en un silencio que rompió unos minutos después con unas palabras que no eran las que Gabriel había ido a buscar.

—Velasco, debió ser muy duro para ti. Siempre te dije que nuestro mundo era cada vez más violento, pero hemos dado un salto brutal y ya no veo solución.

Hay unas fuerzas destructivas que nos superan, nos manejan y de las que no podemos escapar.

Tú eres una buena persona y una vez te dije que los buenos no encajan en esta sociedad y que deben aprender a defenderse si no quieren desaparecer.

Si has venido buscando un consejo, éste es el que te puedo dar: preocúpate de sobrevivir a estos tiempos infames, busca buenas personas para que te acompañen en tu viaje y aléjate de todos los demás.

Esta guerra va a ser ignominiosa y larga. Eres joven, sobrevive.

Gabriel salió de la casa del profesor con mayor confusión aún.

Tenía en gran consideración su opinión y tendría que pensar mucho en lo que le había dicho.

El profesor se había quedado meditabundo tras la marcha de Gabriel.

Había estado esquivando durante mucho tiempo la depresión y desesperación que le acosaban.

Ya no había más que hacer. Se dirigió a su habitación, abrió el armario y sacó una pistola de un cajón.

Se aseguró de que estaba cargada y se tumbó en la cama, no quería ensuciar demasiado.

Miró al techo blanco, se puso el cañón de la pistola en la frente y apretó el gatillo.

Unos días más tarde llegó la orden desde la Dirección General de Seguridad de disolución del Grupo de Homicidios.

Muchos asesinatos, incluyendo los de Molina y Blázquez, quedarían definitivamente sin resolver.

Tampoco olvidaba Gabriel el asesinato del padre de Satur, que ya tampoco podría investigar.

Los agentes fueron dispersados aleatoriamente.

Gabriel y otros dos agentes fueron destinados al denominado Servicio de Transporte Penitenciario con base en la cárcel Modelo.

En su nueva asignación Gabriel debía vigilar durante el transporte de presos entre las cárceles y los juzgados o entre unas y otras prisiones.

Distaba mucho de la misión que había tenido en el Grupo de Homicidios y de sus aspiraciones, pero se daba cuenta de la gravedad de la situación en Madrid y cumpliría su nueva misión lo mejor que pudiera.

Y la cumpliría sin cambiar sus ideales de justicia y, en contra de los tiempos que corrían, lucha contra la violencia, al menos hasta que próximos acontecimientos le superaran.

Con la situación de guerra y el miedo a acciones antigubernamentales dentro de la ciudad las detenciones de cualquier persona mínimamente sospechosa, a veces con el resto de su familia, se habían multiplicado en los últimos meses.

Las cárceles no daban abasto y empezaron a funcionar centros de detención populares gestionados por partidos o sindicatos en cada barrio, con escaso o nulo control de las autoridades, incluso algunos totalmente clandestinos.

Extrañas cárceles dentro de la gran cárcel en que se había convertido Madrid.

El grupo de Gabriel disponía de un pequeño camión de transporte de hasta doce personas y un coche de apoyo.

Normalmente al camión estaban asignados un conductor armado con pistola y un escolta con fusil.

El coche de apoyo llevaba igualmente un conductor con pistola y el papel de escolta con fusil era el asignado a Gabriel.

En función de la importancia del traslado de presos podían asignarse dos escoltas más en el coche o incluso en un vehículo suplementario.

Los dos conductores de este grupo eran guardias de asalto, mientras que el escolta del camión solía ser un guardia civil cuando el traslado era entre cárceles o un miliciano cuando intervenía uno de los denominados centros de detención.

En estos casos otros dos milicianos ocupaban los asientos detrás de Gabriel, lo que inevitablemente le hacía sentirse casi tan vigilado como los propios presos.

Afortunadamente no tenía mucho contacto con milicianos ya que la mayoría de los traslados en los que participaba el grupo de Gabriel incluía cárceles oficiales.

La crítica situación en la ciudad tenía sumida a la mayor parte de la población en el miedo.

La gente salía lo mínimo posible a la calle.

El propio Gabriel apenas veía últimamente a su familia por los extraños horarios que le imponía frecuentemente su nuevo destino.

Apenas había vuelto a ver a Emilia y la echaba mucho de menos. Eran malos tiempos para Gabriel.

Apenas llevaba unas semanas en este nuevo destino cuando una mañana vio a Satur en uno de los momentos de espera en el aparcamiento de la cárcel Modelo.

En un primer momento Gabriel no le reconoció.

Satur aparentaba más bajo, estaba encorvado y tenía una mirada huidiza y unos ojos hundidos.

Cuando finalmente Gabriel le reconoció y le saludó, Satur se mostró esquivo sin querer hablar con él.

Sabiendo que no había cumplido su palabra de encontrar al asesino de su padre, Gabriel quería explicarse ante Satur.

Sin embargo, Satur no le recriminaba nada porque sabía que no habría ninguna investigación sobre su padre en la situación que estaba el país.

El problema era otro que se había acumulado a la pérdida de su padre.

A duras penas Gabriel le sonsacó que estaba en otro grupo de transporte de presos parecido al suyo.

Gabriel lo llevó a una zona tranquila fuera de la mirada de los demás, sacó un paquete de tabaco y fumaron.

Satur se tranquilizó un poco y explicó a Gabriel que en su grupo él conducía el camión y otro guardia de asalto el vehículo de apoyo, pero que el resto de los escoltas, normalmente cuatro, eran milicianos.

Gabriel sabía que debía haber algo más e insistió a Satur hasta que le dijo que en algunos de los últimos traslados se había unido otro pequeño camión negro que no llevaba detenidos.

Satur no estaba dispuesto a revelar la carga de ese otro camión y Gabriel tuvo que recurrir a recordarle su amistad y a asegurarle que haría lo necesario para ayudarle en lo que hiciera falta.

Satur parecía necesitado de liberarse de una carga y finalmente confesó que el segundo camión llevaba una ametralladora pesada montada sobre trípode.

Gabriel no comprendía qué objetivo podía tener esa arma en un transporte de presos y quedó en silencio unos momentos, mientras Satur le miraba a los ojos esperando que llegara a comprender y a asimilar la realidad.

—¡Gabriel coño! Que salimos con el camión lleno de presos y volvemos vacíos.

Ahora era Gabriel el que buscaba los ojos de Satur pero él se había tapado la cara con las manos en un gesto de sufrimiento.

—¿Pero a dónde los lleváis entonces? —preguntó aún ingenuo Gabriel.

—A algún descampado alejado. Los milicianos los mandan bajar del camión “para que estiren las piernas”, abren la trampilla del camión negro y los acribillan con la ametralladora.

¿Sabes que la Hotchkiss dispara 10 balas por segundo?

Encima esos cabrones cronometran cuántos segundos necesitan para matarlos a todos ¡y hacen apuestas!

—¿Cómo va a ser eso, Satur? Nosotros llevamos presos a juicio y vuelta a la cárcel, no ejecutamos a nadie.

—Porque a ti te mandan a las cárceles. Yo voy a las checas, maldita sea —increpó Satur—.

Además, esos milicianos nos dan detalles de los pobres desgraciados que van a morir: falangistas o que lo parecen, militares jubilados, sacerdotes, monjas o cualquiera que vaya a misa, extranjeros de países anticomunistas, gente con dinero o dueños de negocios.

“Dueños de negocios” repitió mentalmente Gabriel y le vino la imagen de sus padres. Trató de apartar esa imagen para pensar qué podía hacer él.

—Satur, vamos a presentarnos ahora mismo al capitán y le voy a pedir que seas mi conductor. No se va a oponer porque me tiene estima y los dos sois guardias de asalto.

—Pero eso no soluciona nada. Mandamos a otro conductor a ese infierno —razonó Satur.

—Al menos te sacamos a ti de ahí y ya pensaremos algo —justificó Gabriel—. Venga, vamos ya mismo.

Satur siguió a Gabriel con un atisbo de esperanza entre un mar de dudas.

La suerte los debió acompañar porque el capitán les recibió en su despacho de la Modelo, consintió el cambio de conductores y ordenó a su secretario que redactara la orden de inmediato.

Sorprendidos de que por una vez las cosas se hicieran bien y rápido, llegaron a los vehículos y comunicaron la orden de cambio de conductores.

Satur sería a partir de ahora el conductor de Gabriel y, en otras circunstancias, le hubiera dado un fuerte abrazo.

Pero Gabriel mantenía encendida una luz de alarma.

Fue a buscar un teléfono y llamó a la panadería de sus padres.

Se le hizo un tiempo infinito hasta que por fin contestó su madre.

Intentando disimular su nerviosismo Gabriel le preguntó si todo estaba bien, si ella, su padre y su hermana estaban bien.

Isa le confirmó que todos estaban bien, pero evidentemente había notado que a Gabriel le preocupaba algo en especial.

—No madre, no me pasa nada. En cuanto pueda voy a casa y hablamos. Un beso para todos —con esto creyó Gabriel que dejaba tranquila a su madre.

No podía esperar mucho y aquella misma tarde fue a la tahona.

Gabriel explicó a sus padres el peligro de regentar un negocio en estos días, aunque fuera una panadería de barrio.

Su padre le recordó que nunca se habían metido en líos de sindicatos, que eran queridos por todo el vecindario y que no les iba a ocurrir nada malo.

Gabriel les pidió que pensaran en salir de Madrid y volver al pueblo, pero los dos querían quedarse, seguros de que no les pasaría nada y de que la guerra acabaría pronto.

Aunque no lo dijeran, también pensaban en sus hijos.

No querían dejar a Gabriel solo en Madrid en la situación actual y tampoco querían separar a María de Jerónimo, a los que cada vez veían más enamorados.

Querían pensar que el amor tenía un sitio incluso en este Madrid sitiado.

Pero Gabriel tenía otro amor en mente. Quizá lo tenía reservado en un rincón, alejado de toda la maldad que le rodeaba, pero desde luego no lo había olvidado.

Apenas había visto a Emilia últimamente, pero necesitaba verla.

Un día que no tenía servicio, fue a verla a su casa, ella no quiso quedar en otra parte.

Recibió a Gabriel y lo llevó a una salita para no molestar a su padre que estaba ocupado con unas importantes llamadas telefónicas.

Efectivamente, al pasar junto al despacho que don Joaquín tenía en su casa, estaba al teléfono, saludó a Gabriel levantando la mano y cerró la puerta.

Emilia se mostraba intranquila, aunque intentaba disimularlo.

La conversación no fue fácil, la guerra parecía haberlo cambiado todo.

Él intentó confortarla y ella lo aceptó.

Se abrazaron un largo rato y luego Gabriel quiso mostrar un optimismo que él mismo no tenía.

Le habló de que las cosas tendrían que mejorar, que la guerra iba a terminar pronto y que volvería la normalidad.

—No me dejes —pidió ella.

Gabriel temía que la petición escondiera un reproche por haberse ocupado menos de ella últimamente.

—No te voy a dejar —le contestó y volvió a abrazarla.

No se atrevió a besarla, aunque lo venía deseando desde hacía tiempo, pero creyó que ese no era el momento ni el lugar para dar el paso. Cuando finalmente se despidieron ninguno de los dos sabía que la próxima vez que se reunieran sería en un mundo aún inimaginable para ellos.