Las dos cárceles (El primer invierno 1) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

“¡Asesinos!” se oyó un grito. Gabriel que arrastraba el cuerpo del que había sido su mentor, tampoco pudo identificar si el grito procedía del cuartel o de los edificios de enfrente.

Pero ese grito pareció dar la orden de abrir fuego porque se desató una lluvia de disparos entre todas las posiciones.

Los disparos ya no estaban interesados en el grupo de policías que se pudo poner a resguardo en un edificio.

Los cuerpos de Blázquez y Molina yacían en el suelo de un largo pasillo.

El comandante de la Guardia Civil llegó a la carrera con un enfermero que se agachó sobre los cuerpos solo para comprobar que ambos estaban muertos.

Desde el primer momento habían tenido en mente que la misión podía fracasar, pero no de esa manera.

Una ambulancia llegó a la parte trasera del edificio, subieron a ella los dos cuerpos y se fue sin que les dijeran hacia dónde.

Otro policía le dijo a Gabriel que todo se había acabado y que volvían a la comisaría como les había ordenado el comisario.

Los policías se fueron, pero Gabriel no podía irse.

Lo que había pasado le había dejado finalmente paralizado.

Daba vueltas en su cabeza al momento en que Blázquez y Molina habían caído.

¿Quién había disparado? Quien fuera pretendía el fracaso de la negociación.

No podía evitar pensar que tendrían que haber llegado a transmitir al comandante de la Guardia Civil el resultado de la conversación con el general.

Quizá el general había aceptado rendirse o retirarse, pero ya nunca lo sabrían.

Quizá todo podría haber acabado bien, pero ya no sería así.

Mientras tanto continuaba la tormenta de disparos en el exterior.

Una gran explosión sacó a Gabriel de sus pensamientos.

Inmediatamente hubo otra gran explosión.

Gabriel miró con precaución desde una ventana y vio que los cañones de la Plaza de España habían disparado sobre el cuartel abriendo grandes huecos en la fachada.

Miró al cielo y vio como un avión de los que había oído antes se lanzaba sobre el cuartel y dejaba caer una bomba que hizo explosión en la azotea.

A continuación, otros dos disparos de cañón volaban otras partes de la fachada del cuartel, una cerca de la puerta.

Dos carros blindados de la Guardia de Asalto avanzaban haciendo fuego con sus cañones hacia la puerta del cuartel.

De nuevo hubo disparos de artillería, como si que cada vez disparaban más cañones.

El avión hizo otra pasada dejando caer de nuevo su carga mortal.

Y el tableteo de los fusiles y ametralladoras no cesaba.

Gabriel apenas podía asimilar lo que estaba pasando.

Él mismo había sido soldado en ese cuartel, como los que ahora estaban dentro sufriendo esa brutal demostración de fuerza.

Ayer Madrid era una ciudad y hoy era un infierno.

La muerte envuelta en un sonido aterrador se había desatado frente a él en unas proporciones que nunca había imaginado.

Los disparos y los bombardeos de la artillería continuaron innumerables minutos.

El edificio del cuartel se iba desmoronando por partes.

Unos milicianos cargaron y consiguieron entrar en el recinto y las bombas y las ametralladoras callaron.

Continuaron los disparos dentro del cuartel, a Gabriel le sonaban más apagados, más siniestros.

Finalmente ya no hubo más disparos. Gabriel salió a la calle y se unió a unos fotógrafos de la prensa que iban a entrar al cuartel.

Se cruzaron con soldados que salían cantando La Internacional y con el puño en alto, contentos de vivir.

Lo que vio Gabriel al entrar al patio del cuartel y que los fotógrafos reflejarían en los periódicos del día siguiente era algo que nunca hubiera querido ver y nunca olvidaría.

Una alfombra de cadáveres ensangrentados cubría el patio.

Cuerpos de militares muertos. No se podía saber si eran soldados u oficiales porque les habían quitado los correajes y las chaquetas antes de dispararles.

Algunos milicianos revisaban el edificio en busca de armas y de algún oficial escondido.

De vez en cuando se oía algún disparo, seguramente otro muerto más.

En el patio unas jóvenes habían encontrado unas cornetas y las hacían sonar para alegría de algunos milicianos.

Gabriel decidió que no quería saber más y decidió marcharse.

A la salida unos guardias civiles llevaban heridos hacia las ambulancias y Gabriel les ayudó.

Estaban reuniendo a los heridos junto a una carpa donde les iban asistiendo como podían.

Algunos hombres y mujeres ayudaban a los heridos que esperaban a ser atendidos por un médico.

Sobre todo, había milicianos y algún soldado.

Gabriel vio al soldado con acento extremeño que intentaba consolar a su pragmático compañero herido.

Sus miradas se cruzaron un momento, pero no había nada que decirse.