Capítulo 7 #2
—Yo también lo espero. Si no, hoy morirán muchos hombres. Suerte —se despidió el comandante estrechando la mano al comisario.
Mientras salían del edificio Gabriel había cogido la bandera blanca, pero Blázquez se la arrebató con una seria mirada que no le había visto antes.
El comisario junto a Blázquez con la bandera cruzó la calle con Luis García y Gabriel un paso por detrás.
Esos cincuenta pasos se le hicieron interminables a Gabriel sintiéndose observado por decenas de hombres armados y rodeado de un extraño silencio.
Pensó en el tiempo que había estado destinado en el Cuartel de la Montaña durante su servicio militar y acercarse de nuevo al enorme edificio en esta situación tan diferente le creaba una gran incertidumbre.
Sin embargo, recordaba perfectamente el interior del cuartel, tantas horas en la cantina de la tropa y tantas guardias realizadas las garitas que lo hacían familiar, que parecían permitirle ser optimista en esta misión.
Por el tiempo transcurrido, ya no habría en el cuartel soldados con los que hubiera coincidido, pero seguro que continuaban la mayoría de los oficiales.
Se sentía especialmente concernido y se dio cuenta que por fin formaba parte de la misión que siempre había ansiado.
Si fracasaban, la violencia y la muerte se impondrían.
Si tenían éxito, por una vez habría conseguido la paz, al menos una pequeña tregua.
Al llegar a la puerta del cuartel un teniente de ingenieros les franqueó la entrada.
Pasaron a una habitación con ventanas interiores donde había varios soldados y el teniente les preguntó quién estaba al mando.
El comisario se identificó y el teniente les ordenó que dejaran las pistolas en una mesa, lo que hizo primero el comisario y le siguieron los demás.
El teniente dijo que le llevaría solo a él ante el general.
“Debe acompañarme el inspector Blázquez como testigo”, indicó el comisario.
El teniente accedió y salieron de la sala, primero el teniente, después comisario e inspector a los que habían vendado los ojos y dos soldados que los guiaban.
Gabriel y Luis García quedaron en el cuarto con otros dos soldados.
En los primeros momentos nadie habló en la habitación, solo se miraban sin moverse apenas. Luis García sacó un paquete de cigarrillos y se lo ofreció a los soldados. Todos los hombres empezaron a fumar y como si eso los hiciera más compañeros, un soldado con acento extremeño empezó a hablar.
—Así que sois policías. No ha tenido valor para venir ninguno de esos canallas que están ahí fuera.
—Sí, somos policías. Alguien ha pensado que es la mejor opción —dijo Gabriel y dio una calada al pitillo—. Ahí fuera la mayoría son guardias civiles y guardias de asalto, militares como vosotros. Espero que se lo hagan ver al general y pueda llegarse a un acuerdo.
—El general sabrá lo que tiene que hacer. Y esos “militares” que dices, si lo fueran de verdad estarían aquí de nuestro lado —sentenció el soldado.
El otro soldado, menos fervoroso y más pragmático, preguntó
—¿Cómo están las cosas ahí fuera? ¿Hay muchas armas?
—Me parece que ya lo sabéis —intervino Luis García sabiendo que no desvelaba ningún secreto—.
Habéis recibido fuego de fusiles y ametralladoras y, por ahora un cañonazo que ha debido ser un aviso.
Y el cuartel está rodeado por todas partes.
También hemos visto un gentío en las calles traseras que no presagia nada bueno.
Por eso creo que sería muy conveniente que el general y el comisario lleguen a un acuerdo.
—Pues nosotros también tenemos ametralladoras y el que las quiera que venga a por ellas —intervino altanero el soldado extremeño.
De nuevo hubo un silencio, como si comprendieran que su conversación no tenía mucho sentido. Solo importaba lo que se estuviera hablando entre un general y un comisario no muy lejos de aquel cuarto.
Cuando acabaron de fumar, la puerta se abrió y entraron el teniente, el comisario y el inspector, ahora sin vendas en los ojos, y los otros dos soldados. Gabriel quiso interpretar las caras de Molina o de Blázquez, pero fue incapaz de discernir el resultado de la conversación con el general.
—Cojan las armas y pueden marcharse —dijo fríamente el teniente.
Salieron del cuartel y tomaron el camino de vuelta de la misma manera que hace unos minutos.
El comisario jefe Molina y Blázquez con la bandera blanca en primer lugar y los otros dos policías un paso por detrás.
Unas avionetas sobrevolaban el cuartel a baja altura con un grave sonido de las hélices, lo que hizo que no se oyera el disparo.
Blázquez se paró, dejó caer lentamente la bandera al suelo y luego su enorme cuerpo se desplomó sobre ella.
El rojo de la sangre avanzó rápidamente sobre el blanco de la bandera y Blázquez no se movería más.
Entre la perplejidad del momento sí se escuchó claramente el segundo disparo.
El comisario jefe recibió el impacto en la cabeza que provocó un fuerte movimiento hacia atrás, salpicando de sangre y trozos de cráneo a Gabriel.
Nadie sabía de donde habían salido los disparos.
Dos compañeros de la comisaría que se habían mantenido expectantes salieron del portal más próximo y corrieron hacia ellos.
Entre todos cogieron los dos cuerpos de los policías caídos y los arrastraron hacia el mismo portal.