Capítulo 7
El Cuartel de la Montaña
E l mes de julio comenzó con una triste noticia. Satur llamó por teléfono a la casa de Gabriel a la hora de cenar, lo que ya le resultó extraño. Era para comunicarle que su padre había muerto, sin darle más explicaciones, y que al día siguiente lo enterrarían en el cementerio municipal del pueblo.
Era una tarde calurosa y Andrés había querido acompañar a Gabriel en el funeral y el entierro. Cuando llegaron los amigos se abrazaron y Satur se llevó aparte a Gabriel.
—Satur, lo siento mucho. Tu padre era un buen hombre —intentó consolarle Gabriel—. ¿Qué ha pasado?
—Gracias. Sí, para mí ha sido un buen padre. Lo que ha pasado es que en la fábrica le hicieron meterse en el sindicato obrero. Yo le dije que no lo hiciera, que se iba a complicar la vida, pero no me hizo caso.
—Yo creía que había tenido un accidente.
—No, Gabriel, ayer estaba con otros compañeros tomando algo en la sede del sindicato que llaman Casa del Pueblo y pasó un coche de pistoleros ametrallando a todo el que estaba allí. Hay tres heridos. Mi padre… —Satur no pudo continuar.
—¡Qué barbaridad Satur! Cuánto lo siento. —Gabriel puso su mano en el hombro de Satur.
—Tienes que ayudarme Gabriel —dijo Satur mirándole a los ojos y agarrándole el brazo—. Ya sé que esto es Vallecas y que tú estás en la comisaría de Centro, pero tienes que hacer algo para encontrar a esos asesinos.
—Tienen que haber sido falangistas, ya ha habido ametrallamientos a sedes sindicales en otras partes de Madrid. Luego viene la represalia a tiros del otro bando y así no se acaba nunca.
—Yo no quiero una represalia indiscriminada, Gabriel. Quiero que cojáis a los verdaderos asesinos y que paguen por lo que han hecho.
—Satur, tenemos gente infiltrada en todos los grupos radicales. Lo investigaremos y te prometo que cogeremos al asesino de tu padre —se atrevió a comprometerse Gabriel recordando los falangistas que detuvieron por el asesinato del policía Guitart.
—Creo en ti, Gabriel, gracias —dijo Satur agachando la cabeza. Y ahora vamos a enterrar a mi padre.
Efectivamente, Gabriel intentaría cumplir su promesa, aunque se vería irremediablemente superado.
Así, la semana del 13 de julio apenas podía seguir la actividad frenética de la comisaría, volcada en la investigación de los asesinatos del teniente de la Guardia de Asalto José del Castillo y del diputado monárquico José Calvo Sotelo.
Sin embargo, mucho más graves acontecimientos aguardaban al fin de semana.
El lunes 20 de julio, Gabriel fue convocado por el comisario jefe, Enrique Molina, junto a la mayoría de sus compañeros. La mayor sala de la comisaría estaba repleta y el comisario desde el atril sobre una pequeña tarima se dirigió al grupo.
—Como muchos sabréis ya, el ejército de África se ha levantado contra el gobierno —comenzó el comisario en un tono aún más serio de lo que ya era habitual en él—.
Según he sido informado, en algunas ciudades el ejército y otras fuerzas del orden se han puesto al lado del levantamiento y se han apoderado de los gobiernos civiles.
En otras, todas las fuerzas se han mantenido junto al gobierno.
Lo peor está en las ciudades donde se están enfrentando violentamente el ejército, guardia civil, guardias de asalto y grupos de civiles armados, a veces sin tener muy claro de qué lado está cada uno.
—Hay muchas noticias y rumores de lo que está pasando aquí. ¿Cómo está la situación en Madrid, comisario? —preguntó uno de los agentes más antiguos, reflejando la preocupación de todos.
—Me temo que la situación es de la máxima gravedad. Acabo de volver del ministerio de una reunión con el propio ministro, el director general y los demás comisarios de Madrid. El ministro nos ha pedido la lealtad del cuerpo y se la hemos garantizado unánimemente.
A Gabriel le pareció que el comisario había pronunciado las últimas palabras un poco más despacio que el resto, como si la realidad no hubiera sido tan unánime.
O quizá porque se daba cuenta de que había dado garantías por todos sus hombres sin saber las posiciones reales de cada uno. El comisario continuó.
—Después el director general ha asignado misiones a cada comisaría.
A nosotros nos envía a mediar entre los enfrentados en el Cuartel de la Montaña e intentar resolver la situación.
Seguramente habréis oído algo de lo que pasa allí, pero os informo de la situación actual.
Dos regimientos del ejército se han unido al alzamiento y se han atrincherado en el Cuartel de la Montaña.
La Guardia de Asalto y la Guardia Civil se han mantenido al lado del gobierno que además ha dado armas a milicias de algunos grupos políticos y sindicales.
Algunos nos habíamos manifestado en contra de armar a civiles con poca instrucción militar, baja disciplina y cuestionable lealtad, pero ya es inevitable.
El edificio está totalmente rodeado y ya ha habido enfrentamientos violentos muy graves.
Con la autoridad delegada del ministro intentaré que me escuchen los militares, los guardias, y que me respeten los milicianos para conseguir una salida pacífica.
El comisario cogió el vaso de agua que tenía a su lado y bebió un trago sin dejar de mirar al grupo de hombres que le escuchaban cada vez más preocupados.
—No os voy a ocultar que la situación es crítica y de gran riesgo. Quiero que me acompañéis todos los comisarios y agentes, pero en esta ocasión no es una orden, solo quiero voluntarios. Quien no quiera participar puede salir de la sala ahora, no habrá represalias contra nadie.
Nadie se movió. Ni siquiera se miraron entre ellos para saber qué harían los demás.
—Cuento con vosotros entonces —dijo el comisario tras un momento—. Estoy orgulloso de todos y haré lo posible para que regresemos con bien de esta misión.
Gabriel nunca había oído unas palabras como aquellas. Se dio cuenta de que una gota de sudor empezaba a caerle por la espalda. Podía ser por los nervios, incluso por miedo, pero decidió que era por el calor que se había concentrado en la sala.
—En treinta minutos nos reunimos todos en los coches por los grupos habituales, con las armas revisadas, bien identificados con el brazalete y la placa bien visible.
Iré en el primer coche y nos desplegaremos en el paseo de Rosales.
Tanto los de dentro del cuartel como los de fuera han sido informados por teléfono de nuestra llegada y aceptan nuestra intervención.
Espero que no haya problemas, pero manteneos en contacto y con los ojos bien abiertos. ¿Alguna pregunta?
—¿Cuáles son las reglas de enfrentamiento, comisario? —preguntó alguien desde el fondo.
—La misión es evitar el enfrentamiento. Mantendremos las pistolas en sus fundas.
Inicialmente el peligro puede venir de los soldados sitiados, pero no dejéis de vigilar a los sitiadores.
Si no conseguimos una salida pacífica y finalmente hay lucha, habremos fracasado y nos retiraremos.
No participaremos en la lucha. Volveremos a la comisaría. Yo asumiré las consecuencias.
—¿Podemos llamar a nuestras familias? —preguntó otra voz.
—Me parece buena idea y decidles que se mantengan a salvo en sus casas. Tenéis media hora. Adelante.
No había más preguntas y el grupo se dirigió a sus dependencias para prepararse. Treinta minutos después un convoy de seis coches se dirigía al Cuartel de la Montaña.
A una manzana del cuartel los vehículos se detuvieron y los hombres salieron pendientes de lo que iba a ocurrir.
El comisario jefe escoltado por cuatro hombres se dirigió en primer lugar al jefe de la comisaría de Argüelles que le esperaba.
Desde ese punto se veía la fachada del cuartel con varias zonas derruidas impactadas por artillería y de las que salían columnas de humo.
En este momento había tranquilidad, efectivamente parece que todos sabían de su llegada y respetaban su misión.
Tras un minuto de conversación el comisario jefe Molina convino con el de Argüelles que éste con su grupo de agentes iría a mantener silenciados los cañones de la Guardia de Asalto apostados en la Plaza de España mientras que él se encargaría de la negociación con los jefes de los sublevados.
Los hombres que sitiaban el cuartel lo rodeaban completamente desde los edificios del Paseo de Rosales y muchos otros parapetos frente a las otras fachadas.
Un gran gentío se mantenía en las calles de segunda línea donde no había peligro por no tener visión directa desde el cuartel.
Entre los apostados en primera línea había guardias de asalto, guardias civiles y civiles armados, principalmente sindicalistas y anarquistas.
Un comandante de la Guardia Civil había tomado el mando de esa fuerza tan heterogénea.
El comisario jefe Molina escogió a tres hombres para que lo acompañaran, Blázquez, Luis García y Gabriel, mientras ordenó al resto que identificaran a los jefes de los grupos de los sitiadores, oficiales o suboficiales, para mantenerlos tranquilos mientras se llevaban a cabo las negociaciones.
El comisario con sus tres escoltas se reunió con el comandante de la Guardia Civil en una sala de la planta baja de un edificio frente al cuartel.
El comisario le informó que iba a entrar a negociar la rendición de los militares y pidió garantías al comandante de que no se iniciaría ninguna acción hasta su regreso con noticias.
El comandante le aseguró que no habría ningún ataque hasta que se volvieran a reunir en la misma sala, pero que si la rendición no era inmediata no tendría más remedio que ordenar el ataque con todos los medios disponibles.
Alguien había atado un gran paño blanco a un palo a modo de bandera blanca.
—Lleven esto, les hará falta —propuso el comandante al comisario mientras le daba la bandera.
—Gracias, estaremos de vuelta en unos minutos, con buenas noticias, espero —dijo el comisario.