Las dos cárceles (El primer invierno 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Gabriel se dio cuenta de que la base de una investigación era la información que se recogía de los testigos y personas relacionadas con las víctimas, siempre aplicando grandes dotes de psicología.

Generalmente se generaba una red de relaciones entre las personas interrogadas y sus declaraciones, algunas falsas, que más tarde había que desenredar a base de sentido común, o experiencia como decía Luis García.

A Gabriel le hubiera gustado desenmascarar rápidamente a los asesinos con las nuevas técnicas de criminología, pero debía admitir que solo en contadas ocasiones ayudaban al trabajo policial clásico.

A veces se desesperaba porque sentía que las investigaciones no avanzaban, pero Luis García le animaba.

“Al final los cogeremos” le decía y a Gabriel le parecía que lo decía en serio.

La violencia entre extremos políticos le hizo recordar una conversación con Satur, con el que seguía en contacto a pesar de que estaba destinado en la Guardia de Asalto.

Hacía unas semanas se habían reunido y Satur le contó con preocupación la situación de violencia que vivía su pueblo, Vallecas.

Le detalló cómo en las últimas semanas extremistas habían lanzado una bomba a la casa de una vecina dueña de una tahona y presidenta del grupo Acción Popular Femenina de Vallecas, habían incendiado el convento de las Hermanas Pastoras, varios pequeños comercios, además de los Almacenes Tarodo, donde él compraba a menudo, y la sede en el pueblo del Círculo Católico.

También habían saqueado las iglesias de San Ramón y la del barrio de Doña Carlota.

Los dos convinieron en que lo malo era que esa violencia no era exclusiva de Vallecas sino que se daba en cualquier zona de Madrid.

Satur abogaba por mayor presencia coercitiva de la policía en las calles, pero Gabriel opinaba que además se necesitaba algún cambio más profundo en la gente que solo podría llegar por la educación de base y la desaparición de los extremos políticos en el asociacionismo vecinal.

Las navidades de ese año 1935 Gabriel disfrutó de un permiso que aprovechó para distanciarse del ambiente de violencia que le rodeaba en su trabajo.

La Cabalgata de Reyes de Madrid del 6 de enero estaba dedicada ese año a los libros y los propios Reyes Magos eran literatos disfrazados.

Uno de ellos, Ramón Gómez de la Serna, había trabajado con la editorial de los padres de Jerónimo, de forma que junto a otras pequeñas editoriales y librerías les tocó preparar una gran cantidad de libros para repartir a los niños.

María y Jerónimo le pidieron a Gabriel que les ayudara en la tarea y él aceptó gustosamente y, para su agrado, también se lo habían propuesto a Emilia.

María era conocedora de la estima en que su hermano tenía a Emilia y quiso colaborar, cual pequeña Celestina, invitándoles a esa tarea que les “obligaría” a pasar bastante tiempo juntos.

Los cuatro jóvenes pasaron unos días muy atareados a la vez que disfrutando de la buena compañía.

La cabalgata y los regalos a los niños fueron un éxito y el día siguiente las dos parejas quedaron para celebrarlo con una merienda en San Ginés.

Ya cayendo la tarde pasearon abrigados por las calles del centro y, ya que María y Jerónimo preferían andar ligeramente distanciados para su intimidad, Gabriel tuvo la ocasión de acercarse a Emilia.

El frío invernal invitó a Emilia a cogerse del brazo de Gabriel y la conversación fluyó fácilmente en voz baja.

Era evidente que ambos se encontraban a gusto juntos y esos últimos días de convivencia les había reiterado la afinidad que había entre ellos.

Gabriel, a pesar de su inexperiencia en este tipo de relaciones, se seguía sorprendiendo de lo fácil que le resultaba sentirse cómodo y hablar con Emilia.

A su vez Emilia, apenas unos años mayor que Gabriel se sentía acogida, incluso para su propia sorpresa, protegida en su compañía.

Quedó claro, sin especificarlo en palabras, que ambos tenían la clara voluntad de convertir aquellos encuentros en una verdadera relación.

Un par de meses después, Gabriel colaboró con Luis García en el caso en que mostraba más interés, el asesinato de un compañero policía, Jesús Guitart Urrea.

Este agente había estado en la comisaría varios meses y desde diciembre del año anterior, prestaba servicio de custodia del señor Lucas Jiménez de Adra.

Este era un abogado conocido defensor de relevantes socialistas acusados de estar implicados en la revolución de octubre de 1934 por lo que se le suponía objetivo de elementos de extrema derecha.

En las últimas elecciones obtuvo escaño como diputado por el partido socialista y había sido nombrado vicepresidente de las Cortes.

La mañana del 12 de marzo un grupo de cuatro hombres esperaba frente a la puerta de la casa del abogado.

Cuando salía éste en compañía de un amigo y del agente de escolta uno de los hombres se aproximó y sacó de debajo de la gabardina una ametralladora.

Jesús dio un grito de alarma y salieron a correr mientras el arma disparaba una ráfaga.

El policía que cubría la huida recibió un disparo en el pie y otro mortal en el hígado.

El grupo de asesinos huyó a pie mientras Jesús quedaba tendido en la calle y moría pocas horas más tarde en el hospital.

Las investigaciones en las que había colaborado Gabriel con Luis García y el propio Blázquez habían llevado a la identificación de cuatro miembros de un grupo universitario de ideología falangista que habían sido recientemente detenidos.

En los interrogatorios, algunos de los cuales pudo asistir Gabriel, reconocieron su acción y pretendieron justificarla como venganza por el asesinato dos días antes de dos jóvenes de Acción Católica a manos de comunistas.

Gabriel se dio cuenta de que la violencia era una cadena que se formaba con eslabones de venganza, pero quería mantener sus ideas de que la violencia y la crueldad se podrían erradicar de la sociedad que correspondía a este tiempo.

Sin embargo, la realidad se empeñaba en contradecirle.

El juicio por el asesinato del policía Jesús Guitart fue rápido y el tribunal condenó a treinta años y nueve meses al asesino.

Como para enseñar a Gabriel que esa cadena de violencia no tendría un final próximo, cuatro días más tarde un juez ponente de ese tribunal fue asesinado a tiros cerca de su casa.