Las dos cárceles (El primer invierno 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Emilia

Tras la ceremonia oficial, disfrutaron de un ágape en los salones de la universidad, siendo toda una experiencia para Gabriel que nunca había departido en un evento de tal categoría social.

Jerónimo disfrutaba viendo felices a sus padres pero sobre todo no se separaba de María en un día de completa felicidad para él y en el que se había reservado un anuncio importante.

En un momento dado de la celebración Jerónimo presentó al grupo a su profesor de Ciencias Físicas Aplicadas, el doctor Joachim Wichtig-Kreutzsieger, “Llamadme Joaquín por favor”, dijo con un evidente acento que mantenía por su origen alemán.

El catedrático era un hombre alto con pelo y barba blancos y bien arreglados.

Le acompañaba su hija Emilia una elegante joven que, aunque algo mayor que Gabriel no pasó desapercibida a sus ojos.

Jerónimo explicó que su profesor, había sido nombrado director del Laboratorio de Física que el nuevo ministro de Fomento quería poner en marcha.

El propio doctor, al que ya llamarían desde entonces don Joaquín, les comunicó que había hecho a Jerónimo la oferta de incorporarse a su equipo científico y se deshizo en elogios de las bondades y conocimientos del que había sido su alumno más destacado.

Jerónimo, ligeramente sonrojado, explicó el honor que significaba para él esa oportunidad y todos le felicitaron emocionados.

Un camarero engominado que paseaba entre los asistentes ofreció al grupo las bebidas que llevaba en una bandeja.

Tras tomar una copa cada uno, la conversación se dividió de forma natural en dos corrillos.

El doctor y los padres de Jerónimo, combinando sus profesiones, hablaron sobre la situación editorial de libros científicos en España.

A su lado el grupo de los cuatro jóvenes continuó hablando sobre el nuevo trabajo de Jerónimo.

—Este trabajo me da una buena posición profesional y económica —explicó Jerónimo que sin dejar de mirar a María le cogió discretamente la mano—. En poco tiempo habré ahorrado suficiente para que hablemos de nuestro futuro.

—Claro que tendremos tiempo de hablar de todo —dijo María, un tanto incómoda con la sinceridad de Jerónimo frente a una desconocida.

Emilia, dándose cuenta, quiso dar un giro a la conversación hacia cuestiones menos personales.

—Es un alivio que mi padre haya seguido hablando con los vuestros, ya temía que no me soltara de su lado en ningún momento.

—Los padres suelen ser especialmente protectores para con sus hijas —intervino Gabriel, colaborando en el desvío de la conversación—. Perdona si soy indiscreto, pero veo que no tienes el acento de tu padre.

—Sí, a pesar del tiempo que lleva en España no ha conseguido disimular su origen. Seguramente no quiera hacerlo. Yo soy la pequeña de mis hermanos y me he criado en España desde lo que alcanza mi memoria, así que hablo mejor el español que el alemán.

—¿Cuántos hermanos tienes? —preguntó Gabriel, y por si parecía demasiado curioso, aportó su propia información— María y yo somos los dos hermanos de nuestra familia.

—Tengo dos hermanos mellizos algo mayores que yo, los dos están en Alemania.

No siguieron la vía científica de su padre, los dos son abogados, Albert dirige un bufete en Berlín y Karl trabaja con él.

Hace una semana cumplieron los cuarenta años —tras pensarlo un momento Emilia añadió—.

Yo nací mucho después, pero no os diré cuántos años tengo...

Todos sonrieron. Jerónimo, que ya conocía a Emilia por haber coincidido en alguna ocasión con ella en el despacho de su padre, continuó la conversación.

—Don Joaquín habla de ti siempre que tiene ocasión y de lo mucho que le has ayudado los últimos años.

—He hecho lo que he podido. Perdimos a mi madre hace cinco años en un accidente de coche durante un viaje a Alemania para ver a mis hermanos. Mi padre no pudo acompañarla en ese viaje y se culpa por ello.

—Lo siento mucho —dijo Gabriel.

—Lo siento —repitió María—. Me imagino lo duro que debe haber sido para ti.

—No fue fácil —Emilia, que se encontraba cómoda en el grupo, continuó—. Mi madre era española, ¿sabéis? Se llamaba Carmen. Por eso vinimos cuando le surgió a mi padre una oportunidad de trabajo. La verdad es que se vive mejor en España que en Alemania.

—¿Qué ves en España mejor que en Alemania? —preguntó María.

—Aparte de los horribles inviernos de allí, me gusta más el carácter de los españoles. Aquí sois más abiertos, hay más relaciones familiares, la gente pasea por la calle y disfrutáis en las fiestas. En Alemania todo es más frío, no solo el clima.

—Pues me alegro de que estés contenta en España —aseguró Gabriel.

—Sí, pero ya está bien hablar de mí, contadme cosas de vosotros —siguió Emilia que se dirigió a Gabriel—. Ese uniforme es la primera vez que lo veo, no lo conozco.

—Es el uniforme de gala de la policía —respondió Gabriel—. Estoy destinado en el Cuerpo de Investigación y Vigilancia y no vamos de uniforme a diario, aunque sí tenemos el de gala para ocasiones especiales, y ésta lo merece.

—Bueno, pues ya me siento más segura —ironizó Emilia— ¿Cómo te decidiste a ser policía?

—Puede parecer raro, no hay antecedentes en nuestra familia.

Está muy bien la descripción que has hecho de los españoles, pero aquí, como supongo en todas partes, también hay zonas oscuras.

Nunca he soportado la injusticia ni el abuso.

Y además me repugna la violencia. Tengo la esperanza de que en la nueva sociedad que empezamos a formar aquí en España encontremos la solución.

—Mi hermano es un idealista —dijo María.

—Puede ser, pero no ingenuo, también conozco la realidad. Hay actos violentos en la calle más frecuentemente de lo que debería. Y no parece que vaya a mejor. Será que el abierto carácter de los españoles oculta una fácil agresividad contra el que piensa diferente.

—Puede que en eso no sea tan diferente España y Alemania —siguió Emilia—. Aquí veo los incidentes que hay en los periódicos, pero en Alemania mis hermanos nos hablan de la situación allí y también hay problemas parecidos.

—Nos hemos puesto muy serios —intervino María—. Brindemos por el número uno de la nueva promoción, mi querido Jerónimo.

—¡Por Jerónimo! —brindaron todos.

Al finalizar la fiesta, Gabriel aprovechó un momento que Emilia no estaba junto a su padre para acercarse a ella, o quizá fue Emilia la que quiso quedarse aparte esperando que él se acercara. En cualquier caso los dos se habían sentido mutuamente atraídos y no querían despedirse sin más.

—Antes de que nos vayamos me gustaría decirte que ha sido un placer conocerte —inició Gabriel.

—El placer también ha sido mío y me gustaría que en otra ocasión pudiéramos vernos sin ese uniforme tan formal —siguió directa Emilia.

—Sería estupendo. Si me lo permites creo que Jerónimo podrá darme el teléfono de casa de tu padre, de tu casa claro, y podría llamarte en alguna ocasión —se atrevió a proponer Gabriel, neófito en estas lides.

—Me parece una gran idea. Me gustará saber cómo te va en tu nuevo destino.

—Entonces eso haré. Te llamaré pronto, Emilia.

—Estaré esperando, Gabriel.

Se dieron la mano con suavidad como despedida que ambos esperaban que fuera por poco tiempo. Se miraban con una sonrisa en la cara que tuvo que desvanecerse con la llegada de don Joaquín que se despidió de Gabriel, esta vez con un fuerte apretón de manos.

—Auf Wiedersehen joven. Espero volver a verle pronto.

—Eso espero yo también. Hasta pronto.

María y Jerónimo habían salido por un momento de su ensimismamiento habitual y miraban la escena sonrientes con una mirada cómplice.