Capítulo 4
La Academia
De forma parecida al servicio militar, Gabriel se encontró rodeado de hombres que venían de todas las regiones de España y de orígenes sociales diversos.
Muchos como él eran hijos de familias humildes que veían en la policía una oportunidad para contribuir a la sociedad, pero sobre todo para mejorar su posición.
A diferencia de lo que pasaba en el servicio militar, en la academia habían desaparecido los aprovechados y los ladrones, y ahora sí había unos cuantos jóvenes de familias acomodadas, muchos de ellos con tradición policial o militar.
Esta mezcla de experiencias y perspectivas, antes que ser un inconveniente, propició un ambiente de camaradería.
Saturnino Corral, al que llamaban Satur, un joven de Vallecas con un carácter afable y bromista, se convirtió en uno de los mejores amigos de Gabriel, y juntos compartieron no solo los rigores de la formación, sino también deseos y aspiraciones sobre los destinos a los que serían asignados al graduarse.
En los momentos de descanso, los cadetes solían debatir sobre sus preferencias para el futuro.
Mientras algunos, como Satur, se sentían atraídos por el dinamismo del Cuerpo de Seguridad y Asalto, que desempeñaba funciones de seguridad pública y de vigilancia de las instituciones de la república, con una estructura militarizada, Gabriel tenía clara que su elección seguiría el consejo que le diera el agente Blázquez: el Cuerpo de Investigación y Vigilancia.
No le acababa de convencer el régimen militarizado de los guardias de asalto y prefería la investigación de delitos que encajaba con su temperamento observador y su deseo de trabajar cerca de la gente.
Aunque la academia no tenía carácter militar, la exigencia en cuanto a disciplina, puntualidad y esfuerzo físico era absoluta.
Gabriel no tuvo problemas en adaptarse a esta rutina estricta, aprovechando su fortaleza física y su capacidad de aprendizaje para destacar entre sus compañeros.
Las jornadas combinaban aspectos teóricos y prácticos.
Por las mañanas, los alumnos asistían a clases de derecho, criminología, psicología y procedimientos policiales.
Por las tardes, pasaban largas horas entrenando técnicas de vigilancia, manejo de situaciones de riesgo y capacidades físicas.
La asignatura de Criminología se convirtió en la favorita de Gabriel.
Su profesor, el doctor Gregorio Cifuentes, era un hombre mayor con el carácter amargado por años de exposición a los peores actos del ser humano.
Sin embargo, no tardó en notar el talento de Gabriel.
Era el alumno más destacado en su asignatura, no solo por su dedicación, sino también por su capacidad de aproximarse y analizar las complejidades del comportamiento humano.
Alumno y profesor mantuvieron algunas charlas fuera de clase y Cifuentes hablaba con crudeza y pesimismo, convencido de que la bondad era una rareza en una sociedad donde las personas se volvían agresivas y peligrosas a la menor oportunidad.
"Los buenos no encajan, Velasco," le dijo en una ocasión.
"Si no aprenden a defenderse, desaparecerán.
" El profesor se veía motivado al encontrar a un joven con el potencial de marcar una diferencia real.
A su vez, Gabriel grababa en su memoria estas conversaciones e iba moldeando su idealismo, comprendiendo la necesidad de estar preparado para enfrentar esas realidades de las que le hablaba su profesor.
Conforme avanzaba su formación y apoyado también por su profesor, Gabriel reforzó su decisión de unirse al Cuerpo de Investigación y Vigilancia.
Este cuerpo, permitía a los agentes operar sin uniforme, trabajando estrechamente con la población.
Requería un equilibrio entre la discreción, la observación y la negociación, cualidades que Gabriel consideraba esenciales para resolver conflictos sin recurrir a la fuerza.
Por otro lado, Satur, su compañero y amigo, mantenía su inclinación hacia el Cuerpo de Seguridad y Asalto.
"Me gusta la acción, Gabriel," solía decir entre risas.
"Y tú eres demasiado filósofo para mí. Mejor que te manden a buscar libros robados mientras yo persigo a los malos en la calle.
" Estas bromas fortalecían su amistad, aunque ambos sabían que sus caminos probablemente se separarían al finalizar la academia.
A Satur le encantaban las motocicletas y ahorrando durante un buen tiempo pudo hacerse con una BSA A-30 de segunda mano.
Mantenía la motocicleta impecable y con ella iba y venía desde su pueblo a Madrid, que no tenían buena comunicación, ya que a la última estación de la línea 1 del metro le habían llamado Vallecas aunque estaba a más de cinco kilómetros del pueblo.
En muchas ocasiones recogía a Gabriel para llevarlo y traerlo de la Academia.
Un par de domingos Satur había comido en la casa de los Velasco.
A Andrés le había caído muy bien sobre todo por su espontaneidad, sin embargo, a Isa le daba miedo la moto y siempre se despedía asustada cuando los dos jóvenes se iban en ella.
—Tienes una familia estupenda, Gabriel.
—Sí, la verdad es que me llevo muy bien con mis padres y mi hermana.
—¡Y menuda hermana guapa!
—Ni se te ocurra acercarte a ella, bribón.
—Tiene suerte ese Jeronimín, pero no te preocupes, ya sabes que yo soy de ir picando de flor en flor.
—Pues sigue así, pero lejos de mi hermana.
También Gabriel había conocido a la familia de Satur.
Su padre, Saturnino también, había enviudado poco después de nacer Satur.
Era un hombre rudo cercano a los sesenta años y que trabajaba en una de las fábricas de yeso próximas a Vallecas.
Padre e hijo estaban muy unidos, ya que la otra hija de la familia, seis años mayor que Satur, había emigrado a la Argentina y no tenían contacto con ella.
Era más complicado para Gabriel conocer a las sucesivas novias de Satur que, por su amigable carácter natural y probablemente por su motocicleta reluciente, añadía una nueva amiga cada poco tiempo a su larga lista de conquistas.
Finalmente, tras meses de intenso esfuerzo, llegó el día de la graduación. Gabriel se licenció “con mención destacada”, un logro que le llenó de orgullo, pero también de humildad al recordar su modesto origen en la tahona familiar. Satur, siempre optimista, lo felicitó efusivamente.
—¡Mención destacada! Te has pasado de listo, Velasco —bromeó, aunque estaba francamente feliz por su amigo.
Gabriel recibió su primer destino en Madrid, asignado al Cuerpo de Investigación y Vigilancia, tal como había deseado.
Su tarea consistiría en investigar delitos y proteger la seguridad de las personas, tratando directamente con la gente y enfrentándose a las complejidades del día a día en una ciudad que vivía intensos cambios políticos y sociales.
Satur, en cambio, fue destinado al Cuerpo de Seguridad y Asalto, también en Madrid, con la responsabilidad de responder a disturbios y situaciones de alto riesgo.
La experiencia en la academia había transformado a Gabriel.
Había aprendido que, aunque el mundo podía ser cruel y complejo, su idealismo seguía siendo una importante fuerza motriz.
Sin embargo, entendía que para combatir la violencia y proteger a los vulnerables, necesitaba combinar su visión quizá ingenua con la preparación práctica y el pragmatismo que había adquirido en la formación.
La amistad con Satur y la influencia de figuras como el profesor Cifuentes le habían enseñado que no había un único camino para servir a la justicia, y que cada elección implicaba desafíos y sacrificios.
También sabía que su verdadera formación apenas comenzaba y que las calles de Madrid serían el escenario donde demostraría si realmente podía ser el agente del cambio que aspiraba a ser.