Capítulo 3
El servicio militar
Coincidieron con Gabriel durante el periodo de instrucción y luego en el destino dos hermanos conocidos del barrio que eran hijos de un buen amigo de su padre, trabajador en una fábrica de relojes, muy cerca de la tahona.
Se llamaban Toño y Pedrito, aunque él insistía infructuosamente en que ya era hora de que le llamasen Pedro.
Los tres estaban habitualmente juntos de forma que a Gabriel esos meses se le hicieron más llevaderos.
Además de Toño y Pedrito, Gabriel conoció todo tipo de jóvenes de muchas partes de España.
Los había que venían de familias humildes, como él, otros más pobres y algunos verdaderamente miserables y analfabetos que se alegraban de poder comer todos los días.
Lo que prácticamente no había eran jóvenes de familias pudientes ya que se beneficiaban de la redención para evitar el largo servicio.
Algunos de los compañeros con los que Gabriel llegó a trabar cierta amistad fueron Ferrer, que era de Alicante, Zubizarreta “Zubi”, del mismo Bilbao y Brito, un canario moreno que siempre estaba de buen humor.
Pasaron buenos ratos en la cantina, y también hicieron alguna salida memorable por el centro de Madrid guiada especialmente por Toño que era el que mejor conocía las buenas zonas de vinos.
Al finalizar la mili, los de provincias volvieron a su pueblos o ciudades y no volvieron a tener contacto.
Durante la instrucción la disciplina era importante, entendía Gabriel, pero tema distinto era la rudeza rayana con la pura crueldad que manifestaban muchos sargentos a la tropa.
Al principio él mismo sufrió alguna de aquellas vejaciones injustas, aunque pronto se percató de que dejaban de ser indiscriminadas para centrarse en los muchachos que se lo merecían.
En su fuero interno, hubiera preferido un trato menos violento para esos jóvenes, pero llegó a reconocer que no había otra posibilidad de trato para los peores cafres que allí había.
Gabriel se dio cuenta de que el cuartel era un pequeño reflejo de la sociedad.
Estaban los que se aprovechaban de compañeros más ingenuos, los que abusaban de los más débiles y los amigos de lo ajeno.
Para Gabriel era un misterio el porqué de la existencia de estos estafadores, abusones y ladrones entre chicos tan jóvenes.
Sin estos actos la vida cuartelaria sería mucho más agradable, casi con la única preocupación de no hacer enfadar al sargento de turno.
En una ocasión Gabriel se encontró con dos soldados de otra compañía registrando una taquilla y guardándose cosas.
—¡Eh! Esa no es vuestra taquilla ¡Dejad esas cosas!
—A ti qué te importa ¿Acaso es la tuya? Además, estaba abierta -respondió el más pequeño de los dos.
—Lo que importa es que no es la tuya.
—Pero es la mía —intervino el que era más grande, mientras le daba una bolsa con las cosas que había cogido a su compañero.
—Sabes que no. Anda, dejad lo que habéis cogido y marchaos a vuestra compañía. —Gabriel empezaba a echar en falta la compañía en este momento de Toño y Pedrito.
—El que se va a ir eres tú, imbécil —siguió el soldado grande mientras se acercaba amenazante a Gabriel—, o te voy a partir la cara.
Gabriel no tuvo tiempo de contestar nada porque el brazo derecho del soldado ya estaba moviéndose hacia atrás para coger impulso y lanzar un puñetazo.
Advertido del movimiento, Gabriel tuvo tiempo de esquivar el derechazo que fue a parar a la estructura de hierro de una litera.
El soldado gimió de dolor y se agarró la mano derecha con la izquierda, momento en que Gabriel aprovechó y le empujó, yendo a caer encima del soldado pequeño que soltó la bolsa al caer al suelo.
—¡¿Qué cojones pasa aquí?! —desde la puerta el vozarrón del sargento de guardia paralizó la escena. —¡Firmes ahora mismo!
Minutos después los tres soldados se cuadraban ante el oficial de guardia en su despacho. El sargento depositaba sobre la mesa la bolsa con los objetos casi robados.
—¿Qué ha pasado, sargento? —preguntó el capitán.
—Mi capitán, por lo que he podido ver, el soldado Velasco se ha encontrado a estos dos soldados de la segunda compañía limpiando una taquilla ajena que encontraron abierta. Les ha increpado y se ha producido una pelea.
El capitán no vio la necesidad de pedir a ninguno de los soldados la confirmación o no de la versión del sargento. En su lugar descolgó el teléfono.
—Ponme con la segunda compañía.
Un momento después se ponía al otro lado de la línea el capitán de la segunda compañía. Los dos capitanes hablaban a un buen volumen y además el de guardia tenía el auricular algo separado de la oreja, probablemente para que los presentes escucharan la conversación.
—Aquí el capitán Rodríguez —se oyó levemente desde el auricular.
—Buenos días Rodríguez, soy Aguilera y estoy de guardia.
Te voy a mandar con mi sargento a dos elementos de tu compañía que han ido a la primera a ver qué podían pescar.
Les han pillado con las manos en la masa.
Vamos a evitar papeleos y juicios, pero quiero que les metas, por mi parte, un mes de arresto.
—Y por mi parte les voy a meter otro. No te preocupes Aguilera, yo me encargo. Mándamelos para acá.
Una vez que el sargento y los dos soldados habían salido del despacho camino a la segunda compañía, el capitán Aguilera se dirigió a Gabriel.
—¿Tu nombre?
—Velasco, mi capitán.
—Has hecho bien parando los pies a ese par, pero no puedo tolerar las peleas en el cuartel.
—Lo entiendo, pero yo no quise que hubiera pelea, mi capitán.
—A veces no se puede evitar, ¿verdad? —Era una pregunta retórica que no esperaba respuesta.
El capitán continuó—. Vamos a hacer una cosa; vas a localizar al soldado de tu compañía que se dejó la taquilla abierta y le devuelves estas cosas —dijo señalando la bolsa que el sargento había dejado sobre la mesa—.
Os presentáis los dos a vuestro sargento y le dices de mi parte que os ponga las imaginarias de una semana entera. ¿Entendido?
—Sí, mi capitán. Pero, si me lo permite, el soldado que dejó la taquilla sin cerrar no tiene culpa —se atrevió a interceder Gabriel.
—A ver, Velasco. Si no fuera por los idiotas que no cierran sus taquillas, no habría ladrones —sentenció el capitán—.
Estos descuidados, y también los flojos que se dejan abusar y los simples que se dejan engañar, tienen que aprender para cambiar.
Aquí hacemos hombres, además de soldados. ¿Entendido?
—Perfectamente, mi capitán.
—¿Tendré que comprobar que os presentáis al sargento?
—No hará falta, lo haré como ha ordenado, mi capitán.
—Estoy seguro, Velasco. Puedes irte.
Tras el saludo militar Gabriel salió del despacho y volvió a su compañía meditando las palabras del capitán sobre la responsabilidad de la víctima.
De aquella manera tan particular había obtenido una respuesta, al menos un punto de vista diferente, a sus dudas sobre los estafadores, abusones y ladrones que tanto le habían preocupado.
La semana siguiente Gabriel y el soldado Peláez, un auténtico badanas que no se cansó de protestar, cumplieron las imaginarias correspondientes.
Otra faceta de la sociedad que estaba representada en la vida del cuartel era la política, al menos en algunos de los jóvenes de la tropa que convivían con Gabriel.
También los oficiales debían tener sus ideas políticas, adivinaba Gabriel, pero el trato con ellos era muy escaso como para saberlo con certeza.
Sin embargo, el soldado que mostraba su tendencia política, quizá por su juventud, quizá por quererse dar importancia, lo hacía de forma vehemente.
Así, había un pequeño grupo de soldados que se decían comunistas, que les gustaba participar en el aprendizaje de la vida militar encaminado a obtener esa formación para un futuro en que la república debería ser superada hacia su nueva forma de gobierno ideal.
Prácticamente lo mismo se podría decir de sus mayores rivales que eran unos pocos jóvenes que se presentaban como falangistas, y que, a ojos de Gabriel, sus doctrinas y aspiraciones al final eran muy similares.
Otro caso era el de un par de chicos que se manifestaban como anarquistas.
Estos solo estaban interesados en las armas y rechazaban el resto de la vida militar, lo que les enfrentaba con los superiores y pasaban la mayoría del tiempo en el calabozo.
Afortunadamente, pensaba Gabriel, la inmensa mayoría de los soldados destinados como él, en el Cuartel de la Montaña no tenía ideas políticas, o al menos no las exhibía.
También se congratulaba de que, al menos durante su tiempo de servicio, los distintos grupos se mantuvieron a distancia y no hubo incidentes.
Durante todo este periodo militar Gabriel había ratificado su elección por la carrera policial y, si bien al principio el servicio militar le fue aportando formación y alguna experiencia interesantes, los últimos meses en el cuartel, con la misma rutina diaria, se le hicieron interminables.
Se licenció a finales de septiembre, a tiempo de evitar las intervenciones militares que el gobierno ordenó por los levantamientos en Asturias y Cataluña.
Se despidió del gran edificio del Cuartel de la Montaña sin saber que el destino le llevaría allí de nuevo en un futuro no muy lejano.