Capítulo 2
Gabriel
G abriel había nacido en el seno de una familia trabajadora que, como tantas, vino a la capital en busca de un futuro mejor.
Sus padres, Andrés Velasco e Isabel Fernández, decidieron salir de su pueblo abulense tras casarse y emigrar a Madrid para formar una familia.
Con mucho esfuerzo, lograron abrir una tahona en el barrio del Porvenir, no lejos de la plaza de toros de Goya, donde se ganaron la vida a base de largas jornadas de trabajo y dedicación.
Su padre, Andrés, siempre había sido un hombre fuerte y serio, estricto, pero justo, dedicado al trabajo duro y a su familia.
Su madre, Isa, aportaba calidez al hogar y trabajaba codo a codo en la tahona, encargándose de atender al público.
De ella Gabriel aprendió mucho del trato con la gente y de psicología de la muy diversa clientela.
Por su lado, María era la más sensible de la familia, admiraba profundamente a Gabriel y solía confiarle sus inquietudes.
Con su carácter amable y una discreta determinación, había llamado la atención de Jerónimo Sánchez-Gil, un joven estudiante de ciencias en la Universidad de Madrid.
Jerónimo era el hijo único de una familia de clase acomodada que poseía una pequeña pero próspera editorial en el centro de la ciudad.
Aunque los Sánchez-Gil tenían un nivel de vida más elevado, no pusieron ningún reparo a la relación de su hijo con María.
Su carácter honesto y trabajador les había ganado el respeto, especialmente porque ella aportaba una frescura y sencillez que ellos valoraban.
En un tiempo en que las diferencias sociales a menudo marcaban las relaciones personales, la conexión entre María y Jerónimo destacaba por su naturalidad.
Para Gabriel, la relación de María había sido inicialmente motivo de preocupación, como buen hermano mayor.
Aunque estaba orgulloso de su hermana y Jerónimo le parecía un joven respetuoso, no podía evitar sentirse un poco preocupado por cómo podrían enfrentarse a las diferencias sociales si las cosas avanzaban hacia un compromiso mayor.
Sin embargo, su idealismo y su fe en las personas le permitían confiar en que Jerónimo y su familia valorarían a María por lo que realmente era: una joven fuerte, noble y capaz.
Por otro lado, los padres de Gabriel y María, aunque humildes, se mostraban tranquilizados por el trato respetuoso que la familia de Jerónimo brindaba a la pareja.
Las visitas de Jerónimo a la tahona se habían vuelto habituales.
Aunque era un joven que estaba acostumbrado a un estilo de vida más refinado, se encontraba encantado en el modesto hogar de los Velasco.
Gabriel llegaría a trabar amistad con Jerónimo y ambos solían hablar muchas tardes en la tahona mientras esperaban a que María terminara sus tareas.
Jerónimo, con su disciplina científica y su capacidad para analizar situaciones complejas presentaba un buen contraste con el carácter más apasionado y práctico de Gabriel.
También admiraba la rectitud de Gabriel y su compromiso con lo que consideraba justo.
Aunque venían de mundos diferentes, forjaron una amistad que se basaba en un respeto mutuo y en una visión compartida de que el cambio social debía construirse desde la educación y el entendimiento entre todas las partes.
Sin embargo, una semilla inquieta bullía en el espíritu de Gabriel y finalmente encontró la forma de manifestarse y mostrar el camino que el joven iba a seguir.
Aunque no era consciente de ello en ese momento, cada experiencia en la tahona, los eventos de su primera juventud y de su entorno lo preparaban para el camino que emprendería tras los incidentes del 14 de abril.
Gabriel sentía que su función en la tahona era temporal y debía encontrar su propio lugar. Siguiendo el método científico de Jerónimo quiso analizar sus propias cualidades para concluir hacia dónde apuntaban.
Las largas horas de trabajo en la tahona, las madrugadas y la necesidad de cumplir con los clientes a tiempo le enseñaron a Gabriel la importancia de la constancia y la responsabilidad.
Su relación diaria con clientes de diversos trasfondos le permitió desarrollar una gran capacidad para escuchar y comprender las diferentes necesidades ajenas. Su intervención al salvar a don Esteban del asalto reforzó su impulso de actuar frente a las injusticias.
Aunque no tuvo la oportunidad de completar sus estudios, su hábito de lectura, especialmente los libros de leyes que recibió de don Esteban, abrió su mente al concepto de justicia formal, a la existencia de unas reglas sociales de comportamiento y a la necesidad de su aplicación efectiva.
Finalmente, ser testigo de cómo la violencia arrebató la vida de Emilio, a quien intentó salvar aquel martes 14 de abril con aquellos dos policías, fue el detonante definitivo.
Gabriel sintió que debía hacer más que simplemente observar la injusticia y la violencia; debía actuar para prevenirlas y combatirlas.
Entre el trabajo y estos pensamientos iba pasando el tiempo y Gabriel sentía que debería tomar alguna decisión aunque en poco tiempo tendría que hacer el servicio militar.
No había olvidado su conversación con el agente Blázquez y la posibilidad se fue materializando ante él.
Si bien las fuerzas del orden represivas y clasistas que le habían referido en los años anteriores no habían sido de su agrado, las reformas que traían los nuevos aires republicanos proponían una policía más social, defensora y garante de los derechos de los ciudadanos, respetuosa con las instituciones y neutrales políticamente.
Al fin y al cabo, su única experiencia personal con la policía había sido la conversación con Blázquez y había estado bien, excluyendo la parte trágica de la muerte de Emilio, incluso agradable en la despedida.
La decisión se le hacía demasiado grande y decidió aceptar la indicación del agente Blázquez e ir a verle a la comisaría para pedirle consejo.
Habían pasado unos meses y Gabriel no sabía si el agente le recordaría pero en cuanto le vio a la entrada de la comisaría le reconoció, dotes de policía supuso Gabriel.
—¡Hombre, qué sorpresa! Nuestro ayudante en el caso del pobre Emilio. ¿Qué te trae por aquí?
—Me gustaría hablar con usted de la academia. Me dijo que podía venir a verle.
—Claro que sí. Vamos a tomar un café que estaremos más tranquilos, aquí hay mucho jaleo.
Junto a la barra de un bar de la calle Leganitos pidieron dos cafés con leche. Gabriel le participó sus pensamientos y dudas sobre la posibilidad de ser policía.
—Veo que tienes buenas capacidades y fundamento, Gabriel.
Cuando acabes tu servicio militar creo que, con la formación de la academia, encajarías bien en el cuerpo.
Piensa que en el tiempo de la academia podrías terminar el bachillerato yendo a clases nocturnas.
Con eso y esforzándote en la academia podrías elegir destino y podrías entrar como agente de 2ª, que no está nada mal para empezar —Blázquez continuó con un semblante más serio—.
También te digo que esta vida no es fácil.
Vas a tener que coger músculo y sentido común.
Y tendrás que endurecer el carácter. Aquí se ven cosas muy duras y poco agradables —y finalizó su consejo—.
A cambio, hay ocasiones en que participas de algunos momentos en que se hace justicia y para mí eso compensa el resto de esfuerzos y dificultades.
Gabriel le agradeció sus consejos y volvió hacia casa dando vueltas a un mar de pensamientos. El largo paseo le permitió meditar largamente y al final vio claro que así podría cumplir sus aspiraciones de encontrar su sitio en la sociedad y decidió que ese sería su camino. Sería policía.
La cena familiar de esa noche fue difícil, pero no tanto como él esperaba.
Sus padres y María estaban a la mesa cuando Gabriel les contó todo lo que había estado pensando y su decisión de entrar en la academia de policía.
Su padre dijo que con la prevista marcha de Gabriel al servicio militar ya había pensado en la ayuda que iba a necesitar y que conocía un par de chicos del barrio que podrían funcionar bien como aprendices.
Isa compartió con los demás que siempre había sabido que Gabriel debía seguir sus propias ideas y que le apoyaba si lo había pensado bien, aunque no ocultó su preocupación por los riesgos de la profesión que había elegido.
Ambos mencionaron un par de conocidos que eran policías y que siempre habían sido buena gente.
A Gabriel le dio la impresión de que sus padres debían conocer algún policía más, quizá no tan buena gente, pero que en aquel momento no querían recordar.
María, que vivía más en su mundo romántico con Jerónimo, fue la que se mostró inicialmente más sorprendida pero pronto recapacitó y apoyó la decisión de su hermano “siempre que no te vayas muy lejos de nosotros”.