Las dos cárceles (El primer invierno 1) Capítulo 1
4%
Las dos cárceles (El primer invierno 1)

Las dos cárceles (El primer invierno 1)

Por F. P. Morales

© inepub.com

Capítulo 1

Tras las elecciones municipales del domingo el joven Gabriel venía informándose de los acontecimientos por la gente que entraba a comprar en la panadería y se quedaba un rato a conversar.

El trabajo en la tahona familiar le ocupaba casi todas las horas del día, desde antes de amanecer, junto a su padre Andrés, y no le sobraba tiempo para leer el periódico.

Sin embargo, era evidente que algo importante estaba pasando y cayendo ya la tarde salió a la calle a enterarse por sí mismo de lo que pasaba.

Gabriel se dejó llevar por la corriente humana que se dirigía hacia el centro de la ciudad.

La algarabía en el Paseo de Recoletos se sentía como un oleaje de emociones desbordadas.

La multitud gritaba a pleno pulmón consignas republicanas, el joven vio ondear por primera vez banderas tricolores, y el aire se llenaba de una energía inédita, mezcla de júbilo y expectación.

Entre la multitud, Gabriel observaba las caras encendidas por la esperanza y los ecos de los cánticos que se perdían por las calles convertidas en ríos humanos.

Al acabar un cántico y cuando era de esperar el siguiente, de repente, un sonido seco y metálico rasgó el aire.

Apenas un instante después, a dos pasos de Gabriel, un hombre con gabardina y bigote se desplomó al suelo como si las fuerzas hubieran abandonado su cuerpo de golpe.

Su rostro reflejaba una mezcla de sorpresa y dolor mientras una mancha carmesí comenzaba a extenderse en su camisa.

Gabriel, paralizado por un instante, sintió cómo su corazón se detenía antes de que su instinto lo empujara a moverse.

El caos se desató. La multitud que momentos antes celebraba con entusiasmo ahora corría en todas direcciones, gritando y buscando refugio.

Una madre abrazó a su hijo mientras se apresuraba a encontrar un lugar seguro.

Otros simplemente se tiraron al suelo, buscando protección tras postes y bancos.

Gabriel, sin embargo, se lanzó hacia el hombre caído.

A su alrededor, el mundo parecía girar a cámara lenta: el eco de los disparos resonando como un trueno lejano, las pisadas a la carrera de la gente que huía mezcladas con gritos desgarrados de hombres y mujeres.

Se arrodilló junto al herido, quien respiraba con dificultad.

"Tranquilo, te sacaremos de aquí," dijo Gabriel, sin pensar si podría hacerlo realmente, ni siquiera si aquel hombre podría oírle.

“No me puedo mover” fue la respuesta en un hilo de voz.

Con un esfuerzo tremendo, lo levantó por los hombros, y, dos hombres llegaron para ayudarle.

Gabriel y uno de los hombres cargaron con el herido, mientras que el otro, un hombre muy alto y cuadrado como un armario, les iba abriendo paso sin contemplaciones entre los curiosos que se les acercaban.

“Aguanta ¿Cómo te llamas?”. “Emilio” contestó con un hilo de voz.

Los pasos apresurados de los tres resonaban contra el adoquinado, mientras el peso del cuerpo de Emilio se volvía cada vez más evidente.

El hombre que les abría camino parecía saber adónde se dirigía y tras doblar en una bocacalle del Paseo llegaron a una clínica donde los sanitarios actuaron rápidamente.

Se llevaron adentro a Emilio mientras aparentaba despedirse de Gabriel con los ojos mostrando una extraña mezcla de agradecimiento y resignación.

Los otros dos hombres que le habían ayudado se identificaron como policías del Cuerpo de Vigilancia.

Uno de ellos siguió al herido al interior de la clínica.

El otro hombre, el grande como un armario, dijo a Gabriel que le acompañara.

Entraron en una sala que debía ser una consulta médica solo con una mesa, dos sillas, un biombo blanco plegado y una vitrina con material de curas.

También había un grifo con una pequeña pila que aprovecharon para lavarse uno tras otro las manos aún con la sangre del herido.

El hombre acercó una de las sillas a Gabriel y se sentó en la otra, del lado de la mesa que correspondería al doctor.

Sacó una cajetilla de Condal y ofreció un cigarrillo a Gabriel

—No fumo —respondió aún excitado por el reciente esfuerzo.

El hombre guardó el paquete sin coger un cigarrillo, quizá pensando que no sería adecuado fumar en una clínica.

—¿Cómo te llamas?

—Gabriel. Velasco.

—¿Dónde vives?

—Al final de la calle Jorge Juan, en el Progreso. Mi familia tiene allí una tahona.

—Como has visto, somos de Vigilancia. Yo soy el agente Blázquez. —Hubo un corto silencio— ¿Qué hacías en Recoletos?

—Los clientes nos hacían muchos comentarios diferentes de lo que estaba pasando y quise enterarme por mí mismo. Cuando echamos el cierre a la panadería, me vine al centro. —La excitación comenzaba a ser nerviosismo por el inesperado interrogatorio.

—Cuéntame qué ha pasado.

—Como no quería que me llevara el gentío, me aparté al lateral y al momento de pasar el tranvía sonaron unos disparos. Este hombre...Emilio cayó casi a mi lado. Al principio me asusté, no lo sé, pero fui a ayudarle.

—¿Viste quién disparó o desde dónde habían disparado?

—No, solo escuché varios disparos. No sabría decir cuantos.

—Ya, ¿qué edad tienes?

—Cumplí 18 años en enero.

—¿Estás afiliado a algún partido o sindicato?

Esta pregunta no se la esperaba, pero Gabriel contestó mirando a los ojos del agente.

—No señor, a ninguno. Me dedico a madrugar y trabajar con mi familia. No me preocupan esas cosas.

—No te preocupes Gabriel que no estás en ningún problema —dijo el agente, que había notado el nerviosismo del joven—. Te has portado bien, con lo joven que eres mejor que muchos de los que estaban allí.

—Ustedes han hecho lo mismo que yo ayudando a este pobre hombre.

—Ya, pero tú eres un civil. Por cierto, estás fuerte para tu edad. Y pareces espabilado. ¿Qué estudios tienes?

—Acabé un curso del bachillerato, pero tuve que dejarlo para ayudar en la tahona.

—Ya, la familia es lo primero.

En ese momento entró el otro agente sin llamar a la puerta.

—Blázquez, no he sacado nada a ese pobre desgraciado. Ha podido decir que no tiene nada que ver con los manifestantes y que acababa de salir del cine. Hay que ver qué mala suerte.

—¿Qué dicen los doctores? —preguntó Blázquez.

—Que el tiro le entró por el pecho y salió por la espalda. No hay bala. Han intentado parar la hemorragia, pero era tarde. Ha muerto ahí sobre la camilla.

Gabriel se quedó paralizado unos momentos y le atravesó un torrente de pensamientos. A pesar de todo, el hombre había muerto. Hacía una hora estaba vivo. ¿Así era morir?

—Y éste, ¿qué? —continuó el agente.

—Es Gabriel. Es un buen muchacho.

—Entonces aquí ya estamos de más, Blázquez. Han llegado dos guardias y se encargan ellos.

—Ya —contestó Blázquez y dirigiéndose al joven continuó—. Gabriel, pareces una buena pieza. ¿Sabes que en la academia podrías terminar el bachillerato?

—¿La academia de policía? —preguntó Gabriel sorprendido.

—Claro, en un año estarías en un Cuerpo, el de Vigilancia es el mejor, te lo digo yo. Siempre andamos justos de buenos elementos.

—No sé —dudó Gabriel—. Tengo que trabajar en casa.

—Ya, claro. Tú piénsatelo.

Blázquez se levantó de la silla y también Gabriel. Blázquez le ofreció la mano y el joven le respondió con la suya. El agente tenía una mano enorme y un apretón contundente.

—Ha sido un placer conocerte Gabriel, a pesar de las circunstancias —se despidió Blázquez—. Si quieres algo de mí, me encontrarás en la comisaría de Centro.

—Igualmente y gracias —contestó Gabriel.

—Adiós, muchacho —se despidió el otro agente desde la puerta. —Vete directamente a casa que pronto se echa la noche.

—Eso haré. Gracias.

Los dos agentes desaparecieron tras la puerta. Gabriel quedó unos momentos pensando en la mala suerte... no, mala suerte no, la injusticia que se había cebado con Emilio. No olvidaría fácilmente ese día y ese nombre.

Gabriel recorrió de vuelta el camino que le parecía haber hecho hace una eternidad.

La muchedumbre había vuelto al griterío y los cánticos de alegría republicana.

Se fijó en que tenía sangre en la camisa y quiso alejarse del gentío.

Iba pensando y aún afectado por lo que acababa de vivir cuando se dio cuenta de que ya estaba a la puerta de casa.

A la mañana siguiente don Miguel, un cliente de la tahona, enseñaba el periódico con la foto de Emilio rodeado por los doctores que le habían atendido.

Informaba que había habido cuatro heridos incluyendo un extranjero que viajaba en el tranvía.

Se desconocía la autoría de los disparos.

Emilio aún estaba vivo en la foto, agonizante.

Gabriel no supo decidir si era más indecente el periódico por publicar esa fotografía o los que rodeaban a don Miguel para verla y comentarla detalladamente.

La injusticia y la violencia se habían presentado brutalmente ante Gabriel y ese día marcó el inicio de un camino que cambiaría su vida para siempre.