Capítulo 19
La escena que me debo
El jueves dieciocho de junio, la víspera, no pude dormir, y a las once de la noche hice algo que llevaba cinco meses sin hacer: abrí el cuaderno azul tercero.
Quiero que se entienda el estado del laboratorio esa noche.
La tarde del viernes ya estaba pactada: «¿El Malecón te sirve?
Tipo seis, antes de que baje el sol», me había escrito ella el lunes.
«Me sirve», contesté yo, dos palabras, tras redactar mentalmente catorce versiones.
El sobre esperaba en la gaveta, con el nombre de ella con mi mejor letra, listo para viajar en el bolsillo de la camisa.
La cosa que ella quería pedirme y la cosa que quería contarme seguían siendo, para mí, dos bultos sin abrir.
Y yo tenía —la voz nueva y Peralta y Valeria me lo tenían dicho y redicho— una sola tarea para esa víspera: dormir, llegar limpio, no ensayar.
Ir al Malecón como se va a los lugares reales: sin libreto, dispuesto a que la otra persona exista.
Y no pude. Esta es la confesión del jueves y la hago sin descuento: no pude no ensayar.
A las once de la noche, con el ventilador dando vueltas y el sobre vigilándome desde la gaveta, la maquinaria vieja, que llevaba meses portándose bien, pidió su última función.
Y yo se la di. Me senté en el escritorio, abrí el cuaderno en la primera página limpia después de la entrada coja de enero, y escribí, con la letra en calma y el pulso feliz de los reincidentes, la escena del día siguiente.
La escena que me debía después de seis años.
La escribí completa, sin raya al pie, porque era la última y porque las aduanas, a esas alturas, ya sabían mi cara.
La copio. Es necesario copiarla entera, porque este libro entero existe para que ustedes puedan compararla con el capítulo que sigue:
Escena. El Malecón, viernes, seis de la tarde.
Ella llega primero, cosa rara, y la encuentro sentada en el muro, de espaldas al mar, con un vestido verde que no le conozco, mirando hacia la avenida por donde sabe que vengo.
Cuando me ve levanta la mano con los cinco dedos abiertos, el gesto de la explanada, y no sonríe del todo: guarda la sonrisa como se guarda un vuelto.
Me siento a su lado en el muro, de frente al mar yo, de espaldas ella: quedamos mirando en direcciones contrarias y sin embargo juntos, que es la definición de todos estos años, y ella lo dice, señalándonos con el dedo a los dos: «Mira: tú mirando el agua y yo mirando la calle.
Así mismo hemos estado siempre, Serrat».
Los vendedores de dulce de coco hacen su ronda.
El sol empieza a bajar detrás del Obelisco.
Y entonces ella dice: «Te voy a pedir la cosa primero, porque si te cuento la otra antes, capaz no te pido nada».
Toma aire. «Vente a Buenos Aires. No ahora; cuando puedas.
La beca tiene fondo para asistentes de investigación y el profesor tacaño de elogios leyó tu texto del funcionario, se lo mandé yo, no te enojes, y preguntó quién eras.
Eso es lo que vengo a pedirte: que por una vez en tu vida pidas tú algo.
La solicitud cierra en julio». Y antes de que yo pueda decir nada, cuando todavía tengo el sobre a medio camino del bolsillo, ella mira el mar por encima de mi hombro y dice la otra cosa, la que venía a contarme: «Y lo que quería contarte es que yo lo sé, Emiliano.
Lo sé hace tiempo. No sé desde cuándo tú, pero sé desde cuándo yo: desde la tarde de Darío, cuando te sentaste sin pedir permiso.
Las cosas que no pasan también nos pasan; tú eres la cosa que más me ha pasado sin pasar en la vida.
Y ya me cansé de que no pase». El sol termina de bajar.
Saco el sobre. Se lo doy. Ella lo abre despacio, lo lee con el último sol, y cuando termina no dice nada: se quita del pelo el lápiz —mi lápiz, el de siempre, seis años después, no me pregunten cómo—, y me lo devuelve, y dice: «Toma.
Ya no hace falta que me lo cuides. Ahora vas a tener que escribirme las cosas de frente».
Ahí termina la escena del cuaderno. La releo hoy y me asombra su moderación: ni un beso, fíjense.
Ni siquiera en la última función me lo permití.
Un lápiz devuelto, una solicitud de asistente de investigación, una frase.
Mi imaginación fue toda la vida un animal doméstico que soñaba con la puerta abierta y, de tanto en tanto, con echarse a dormir en el mejor sillón de la sala.
Cerré el cuaderno a la una de la mañana. Y entonces, en vez de acostarme, hice la segunda cosa de esa noche, la que ninguna versión mía anterior habría hecho, y por la cual me perdono en parte todo lo demás: arranqué la hoja.
La arranqué con cuidado, por el cosido, la doblé en cuatro, y le escribí encima, en el lomo del doblez: «Escrito el jueves 18, once de la noche.
ANTES. Que conste». Y la metí en la gaveta debajo del sobre, como quien deposita un documento ante notario.
Porque ya me conocía. Ya sabía lo que mi hornilla hacía con las vísperas y los recuerdos, ya sabía que dentro de un año, de diez, de treinta, el viernes del Malecón iba a ser una piedra lisa de tanto río, y quise dejarle a mi yo futuro —a este que escribe— una sola cosa que no se pudiera discutir: la prueba de qué estaba escrito antes. La fecha. El testigo de papel.
Ese gesto, esa hoja doblada con su «que conste», es el objeto más importante de este libro. Guárdenlo en la mano, lectores, que ya llegamos.
Me dormí a las tres. Soñé con la oficina del funcionario, con el archivo del fondo. Alguien tocaba el timbre de la oficina y yo no encontraba el sello.
El viernes amaneció despejado, con ese viento del sureste que le quita la humedad a la ciudad y deja el aire como recién revelado.
Me afeité despacio. Me puse la camisa azul, la del bolsillo del lado del corazón, que no es metáfora: es donde tienen el bolsillo todas las camisas.
Metí el sobre. A las cinco y veinte salí de casa, y mi madre, desde la cocina, sin preguntar nada porque las madres funcionan por sismógrafo, me dijo solamente: «Ve con Dios, muchacho. Y habla claro, que el mar hace ruido».