Las cosas que no pasan Capítulo 20
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Capítulo 20

El Malecón, seis y cuarenta

Llegué a las seis menos diez y ella llegó primero.

Estaba sentada en el muro, de espaldas al mar, mirando hacia la avenida por donde yo venía.

Me detuve un momento antes de que me viera, en la acera de enfrente, con los carros pasando entre nosotros, porque necesité un segundo para acomodar lo que veía: el muro, la postura, la dirección de la mirada.

El vestido era azul, no verde. Me agarré de eso —azul, no verde— con una gratitud desesperada, como el que entra a un sueño y busca un reloj para comprobar que los números funcionan. Azul. Los números funcionaban. Crucé.

Cuando me vio levantó la mano con los cinco dedos abiertos, el gesto de la explanada, y no sonrió del todo: guardó la sonrisa como se guarda un vuelto.

Sé cómo suena. Lo sé mejor que nadie: llevo veinte capítulos enseñándoles exactamente cómo suena, entrenándolos para desconfiar de este narrador, para pedir la raya al pie y el testigo civil.

No tengo raya que ofrecer. Tengo lo que tengo: que me senté a su lado en el muro, yo de frente al mar, ella de espaldas, y que quedamos mirando en direcciones contrarias y sin embargo juntos, y que ella nos señaló con el dedo, a los dos, y dijo:

—Mira eso. Tú mirando el agua y yo mirando la calle. Así mismo hemos estado siempre, Serrat.

Los vendedores de dulce de coco hacían su ronda.

El sol empezaba a bajar detrás del Obelisco.

Yo tenía el sobre en el bolsillo del lado del corazón y el corazón debajo del sobre, empujando, y en la cabeza, girando como un ventilador, una sola pregunta que no era ninguna de las que había traído: ¿en qué momento le dije yo al jueves cómo iba a ser el viernes?

¿O en qué momento el viernes le dictó al jueves?

¿Existe un tercer país, entre los dos que conozco, donde las cosas pasan y no pasan a la vez, y llevo toda la vida haciendo la fila en la ventanilla equivocada?

—Te voy a pedir la cosa primero —dijo ella—, porque si te cuento la otra antes, capaz no te pido nada.

Y tomó aire.

Aquí tengo que parar. No por suspenso: por honestidad de método, que es lo único que me queda a esta altura.

Porque hay dos maneras de terminar de contar esa tarde y he pasado años —esta es la confesión final, la que organiza el libro entero— sin poder establecer cuál de las dos es la crónica y cuál es la escena.

La primera manera dice: que pidió lo que pidió, palabra sobre palabra como estaba en la hoja doblada, la beca, el profesor tacaño, «que por una vez en tu vida pidas tú algo»; y que contó lo que contó, Darío, la tarde en que me senté sin permiso, «tú eres la cosa que más me ha pasado sin pasar en la vida, y ya me cansé de que no pase»; y que el sol bajó, y que saqué el sobre, y que lo leyó con la última luz, y que se quitó del pelo un lápiz —un lápiz; no diré que era el mío, no lo sé, todos los lápices de grafito son el mismo lápiz— y me lo puso en la mano y me dijo lo de escribirle las cosas de frente.

Y que después caminamos por el Malecón hasta que encendieron los faroles, y hubo un beso con sabor a dulce de coco, ese sí no estaba escrito en ninguna parte, ese fue mejor que toda mi literatura junta.

La segunda manera dice: que pidió otra cosa y contó otra cosa, cosas más pequeñas y más torcidas, como es lo real — una despedida, un encargo, un «cuídame a Valeria que se queda sola», un abrazo largo con las dos manos abiertas y ninguna palabra de las mías dichas a tiempo—; y que el sobre volvió a casa en el bolsillo, sin abrir, como volvieron todas mis cartas; y que lo demás, el lápiz, el beso, el dulce de coco, lo escribió esa misma noche un hombre con seis años de práctica, en una hoja que después traspapeló adrede, porque ya sabía demasiado bien lo que hacía la hornilla con las vísperas, y esta vez quiso que hiciera su trabajo completo.

Busqué la hoja doblada, claro. El «que conste» del jueves, mi documento ante notario, el testigo de papel que dejé precisamente para esta hora.

Lo busqué años después, cuando empecé a escribir este libro y necesité, como ustedes ahora, saber.

La gaveta de las camisas estaba: los tres cuadernos azules estaban, forrado el primero, comido el segundo, cojo el tercero, con su hoja arrancada por el cosido, eso es verdad, falta una hoja, el muñón del papel está ahí y lo he tocado con el dedo cien veces.

Pero la hoja doblada no apareció. Ni el sobre.

Ni la carta. En su lugar —y esto es rigurosamente cierto, compruébelo quien herede mis gavetas— hay un lápiz de grafito común y corriente, con la punta bien sacada, que yo no recuerdo haber puesto ahí.

Un lápiz lo prueba todo y un lápiz no prueba nada.

Yo respetaba demasiado los lápices: pude comprarlo cualquier día, en cualquier papelería, la de la esquina de la biblioteca sigue abierta.

O pudo dármelo ella con la última luz del sol.

Los dos países reclaman ese lápiz como suyo y el lápiz, como el mar, no opina.

Aura vive en Buenos Aires. Eso es público, eso se puede verificar sin mí: da clases, publicó su libro sobre los retratos, el de la niña esclava con los ojos del pintor está en la portada.

A veces me escribe. A veces le escribo. Lo que nos decimos no lo voy a poner aquí, porque una cosa aprendí en todos estos años: lo que se cuenta, se altera.

Diré lo único que hace falta para terminar: en su última carta —o en la última que recuerdo, ya ustedes sabrán qué peso darle a mi memoria— hay una línea que dice «aquí las jacarandas hacen lo mismo que tus framboyanes: florecen sin pedir permiso», y otra que dice «la mesa era la cosa, Serrat; la mesa siempre fue la cosa», y yo llevo meses con esas dos líneas al trasluz, buscándoles la marca de agua, y no se dejan, y está bien que no se dejen.

Porque este es el final, y es el único final que puedo firmar sin mentir:

Yo estuve en el Malecón un viernes de junio a las seis de la tarde, con una carta en el bolsillo del lado del corazón.

Ella estuvo. El sol bajó detrás del Obelisco, eso lo hace todos los días, con testigos o sin ellos.

Algo se pidió y algo se contó. Y una de dos: o la vida, por una vez, me plagió el cuaderno, me copió la escena palabra por palabra como yo se la dejé escrita la víspera —y entonces todos estos años de escribir lo que no pasaba fueron, sin saberlo, el borrador de lo que iba a pasar, y el amor platónico no era una jaula sino un ensayo—; o el cuaderno, por última vez, me plagió la vida, se comió mi único viernes verdadero y lo digirió en una hoja que después se perdió a propósito, y llevo desde entonces viviendo de una renta que nadie me depositó.

No sé cuál de las dos. He hecho las paces con no saber, si esto son las paces: escribir doscientas páginas para entregarle la pregunta a otros.

Pero a veces, en las tardes buenas, cuando el viento del sureste deja el aire recién revelado, pienso que a lo mejor la pregunta está mal hecha desde el principio.

Que me lo dijo ella, hace media vida, en una biblioteca, mirando la ventana, y yo lo anoté sin entenderlo y lo entendí sin poder usarlo, y que no hay, ni hubo nunca, más respuesta que esa:

Las cosas que no pasan también nos pasan.

Y las que pasan, a veces, no alcanzan a pasar del todo, y se quedan ahí, como el lápiz en la gaveta, como la luz naranja en las mesas del fondo, haciendo su trabajo, que es el mismo trabajo de todo lo que amamos: seguir sin permiso, florecer sin permiso, doler sin permiso, hasta que alguien —un funcionario cualquiera, en una oficina que no existe— les ponga por fin el sello, y las archive, y apague la luz, y cierre despacio, para no despertarlas, la puerta.

FIN

Santo Domingo — en el país de lo que no pasa, que limita al norte con la memoria, al sur con el deseo, y al este, siempre al este, con el mar.