Las cosas que no pasan Capítulo 18
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Capítulo 18

Birretes

La tarde prometida no llegó antes de la graduación, y no por las razones novelescas que ustedes temen: por las otras, las de siempre, las administrativas.

La primera semana de junio se la comió su mudanza —la beca de agosto era un hecho; desarmaba el cuarto de toda su vida en cajas rotuladas con marcador—, la segunda semana se la comió mi tesis, cuya defensa me adelantaron para el nueve, y entre el nueve y el doce el país entero de las dos familias entró en esa turbulencia de planchado y invitaciones que rodea a las graduaciones como el viento a las islas.

«La tarde queda pendiente», me escribió el diez.

«Pendiente no es cancelada. Es pendiente.

» Con Aura las palabras siempre tenían aduana propia.

De modo que llegamos al doce de junio, los dos, con una tarde pendiente entre las manos, a la explanada del campus convertida en mar de togas.

De la ceremonia recuerdo lo que recuerda todo el mundo: el calor bajo la toga, los nombres infinitos por el altavoz, la ola de gritos por cada graduado, cada familia rompiendo el protocolo con la alegría intacta de los que vieron el sacrificio de cerca.

Cuando dijeron «Serrat Núñez, Emiliano, magna cum laude», oí a mi madre por encima de doscientas personas, y a Radhamés silbando, y crucé la tarima pensando, lo confieso, menos en mis cuatro años de estudio que en un punto de la sección de la Facultad de Artes donde, ocho apellidos antes o después, según el alfabeto, estaría pasando lo mismo con «Beltrán».

Nos encontramos después, en el caos feliz de la explanada, entre fotógrafos ambulantes y ramos de flores envueltos en papel de aluminio. Se abrió paso ella hacia mí, birrete en mano, y el abrazo fue de los de aeropuerto, con las dos manos abiertas, y duró lo que dura una noticia.

—Lo logramos, Serrat.

—Tú primero, magna.

—Summa —dijo, y se rió con toda la cara, y me enseñó el medallón, y yo pensé que había visto amanecer pocas veces y que esa risa lo compensaba.

Las familias se mezclaron un momento: mi madre y su madre se saludaron con esa cortesía instantánea de las madres que se han oído mencionar durante años («¡el famoso Serrat!

», dijo la madre de ella, y yo archivé el «famoso» para descifrarlo por la noche, vieja costumbre, viejo yo).

La tía del jugo de chinola me apretó el cachete como a un sobrino.

Hubo fotos cruzadas: existe una, la tengo, donde estamos los dos con birrete, ella haciendo con los dedos el gesto de comillas —nunca supe comillas de qué, era un chiste con alguien fuera de cuadro— y yo mirando a la cámara con la cara de un hombre al que la felicidad le queda grande y se la puso igual.

Y hubo, al final de la tarde, cuando el sol aflojó y la explanada empezó a vaciarse en dirección a los restaurantes y las fiestas, un minuto en que el remolino nos dejó solos, a tres pasos de distancia, ella con sus flores de aluminio, yo con mi diploma en su tubo, los dos despeinados de abrazos ajenos.

Ese era el momento. Cualquier lector lo sabe: la luz dorada, el fin de una era, la tarde pendiente que podía cobrarse ahí mismo, adelantarse, resolverse.

El sobre no lo tenía encima —dentro de la toga alquilada no hay bolsillos para la valentía—, pero la boca sí, la boca siempre la tuve encima, y las palabras eran seis: «¿Y si la tarde es ahora? ».

Y ella me miró, y yo la miré, y les juro por los tres cuadernos que había en el aire algo con voltaje, algo que hasta un mueble lo habría medido, y abrí la boca...

Y llegó su familia entera a llevársela al restaurante, la tía adelante como un remolcador, «¡Aura, que perdemos la reserva!

», y llegó por el otro lado Radhamés a montarme en el carro de su primo, y la explanada hizo lo que hacen las explanadas, que es tragarse a la gente, y lo último fue ella caminando de espaldas un momento, entre su gente, mirándome, alzando la mano izquierda con los cinco dedos abiertos, y articulando sin voz, exagerando la boca para que cruzara la distancia, dos palabras:

«El viernes.»

Cinco dedos. El viernes. La tarde pendiente tenía fecha por fin, puesta por ella, sin que yo preguntara, delante del sol bajando.

El viernes era diecinueve de junio. Su vuelo a Buenos Aires, me lo había dicho Valeria, salía el veintiséis.

Siete días entre la tarde y el avión. Ese era el margen final de esta historia que empezó con un margen de dos filas en diagonal: siete días.

He sabido de vidas enteras decididas en menos.

La mía, por ejemplo. La mía se decidió en una sola tarde de viernes, y de esa tarde —ya llegamos, ya casi llegamos— es de lo que tengo que hablar ahora, con más cuidado que nunca, porque es la última y porque es la que no sé contar.

O la que sé contar demasiado bien. El lector de este libro ya sabe que en mi caso eso es lo mismo, y que ahí, exactamente ahí, en esa coincidencia terrible entre lo que pasó y lo que sé contar, vive el problema que me trajo a escribir doscientas páginas.

Vamos al viernes, pues. Pero antes tengo que confesar lo del jueves, porque sin el jueves no se entiende nada, y porque si algo he aprendido a estas alturas es que las vísperas son mi género natural.