Capítulo 17
La lectura
En mayo, el Departamento de Letras organizaba cada año su acto de despedida: la Lectura de Grado, una tarde en el paraninfo donde los tesistas de literatura leían, ante quien quisiera asistir, diez minutos de algo propio.
Prosa o verso, tema libre y micrófono viejo.
Era una tradición menor, medio en broma para los de afuera, sagrada para nosotros.
Me tocaba leer el viernes veintidós de mayo.
El sobre llevaba treinta y ocho días en la gaveta de las camisas, encima de los cuadernos, esperando su vehículo.
Porque ese fue mi último acuerdo interno, el pacto entre la maquinaria vieja y la voz nueva: la carta no se manda por mensajería, no se entrega en aeropuertos, no se desliza debajo de puertas.
La carta se entrega en la mano, de frente, después de decir con la boca alguna parte del contenido, aunque sea el índice, aunque sea el título.
Los cincuenta y nueve días no fueron pura cobardía, en descargo del acusado: fueron también logística del valor, que es lenta cuando el músculo está nuevo.
Y mientras tanto había que escribir la lectura de grado, y ahí ocurrió la primera cosa importante de este capítulo: descubrí qué quería leer, y no me atreví, y me atreví.
Porque lo obvio era leer un cuento de los del taller, algo pulido y ajeno, mi voz de los tres borradores.
Y en cambio, la noche del quince de mayo, con el sobre mirándome desde la gaveta abierta, entendí que tenía una sola cosa que valiera diez minutos de paraninfo, y que era el sótano.
Escribí la pieza en tres noches. Se llamaba —se llama; existe, fue el embrión de este libro— «Registro civil de lo que no pasó».
Era corta, en primera persona, y era esto: un hombre que trabaja en una oficina imaginaria donde la gente viene a declarar las cosas que no le pasaron.
La viuda del hombre con el que no se casó.
El muchacho que registra el viaje que no hizo con el padre.
Y el funcionario que los atiende a todos con sus sellos y sus formularios y que al final, al cerrar la oficina, saca su propio expediente, el más gordo del archivo, y no nos deja ver el nombre escrito en la tapa.
Ahí terminaba. Sin nombre. Yo sabría, y sabría quien tuviera que saber.
Nunca he vuelto a tener el miedo escénico de esa tarde, ni defendiendo la tesis, ni en cosas mayores que vinieron después.
El paraninfo medio lleno: profesores, familias, Valeria en segunda fila con Radhamés dormido de antemano, mi madre con su cartera en las dos manos, en la fila de atrás, porque mi madre se sentaba siempre cerca de las puertas, costumbre de gente que ha esperado mucho en hospitales.
¿Y Aura?
Aura no estaba invitada de manera particular: el acto era público y su facultad era otra, pero los de Artes a veces se asomaban, y yo le había mencionado la fecha —una sola vez, un miércoles, con un tono tan cuidadosamente casual que a lo mejor no se oyó por encima del casual, esa era siempre mi tragedia técnica—.
No la vi al empezar. La busqué desde la mesa, con el papel temblándome, en ese barrido rápido y hambriento con que se busca a una persona en un público, y no la vi, y leí para el hueco donde no estaba, que es, me dijo después el oficio, como se lee casi todo lo que vale: para el asiento vacío de alguien.
Leí. La voz se me asentó en el segundo párrafo, como me habían prometido los que saben.
La gente se rió donde había que reírse —el formulario 7-B para «conversaciones ensayadas en la ducha»— y se calló donde había que callarse, y cuando el funcionario sacó su expediente sin nombre el paraninfo hizo ese silencio espeso que es el único aplauso que le importa a un escritor, y después aplaudieron además, y Valeria silbó con dos dedos, y mi madre lloró sin drama con la cartera en las dos manos.
Y al levantarme para volver a mi silla la vi.
De pie, atrás, junto a la puerta de la izquierda, con la mochila puesta, en la postura de quien llegó tarde y no quiso interrumpir buscando asiento.
¿Cuánto llevaba ahí? ¿Desde el formulario 7-B?
¿Desde el principio? ¿Había oído el final, el expediente, el nombre que no se veía?
Estaba aplaudiendo. Me miraba y aplaudía, sin sonreír, con una cara que en mi archivo de caras suyas no figuraba: una cara nueva, la número no-sé-cuántos, seria y abierta a la vez, la cara de quien está terminando de leer algo.
El acto siguió, faltaban dos lectores. Yo me senté y no oí nada de lo que leyeron, pendiente de la puerta izquierda por el rabillo de mi vida entera.
Y cuando terminó todo y el paraninfo se deshizo en abrazos y fotos, y mi madre me apretó, y Valeria me dijo «ahí está tu libro, bruto» señalándome el papel, yo me abrí paso hacia la puerta izquierda con el corazón en la boca y el sobre —porque el sobre había viajado conmigo esa tarde, en el bolsillo interno del saco, por si el valor llegaba de una vez— golpeándome el pecho a cada paso.
No estaba.
En la puerta, no estaba. En el pasillo, no estaba. En la escalinata, entre la gente que salía a la tarde dorada, no estaba. Le escribí esa noche: «Me pareció verte hoy en el paraninfo». Y su respuesta, dos horas después, es el penúltimo objeto de mi museo, y la transcribo exacta:
«Ahí estaba. Llegué tarde y me fui antes, no me gustan los abrazos multitudinarios, tú sabes.
Escribes mejor de lo que hablas, Serrat, y hablas mejor de lo que crees.
Me quedé pensando en tu funcionario. ¿Nunca nadie le pregunta a él por su expediente, verdad?
Todos llegan, declaran lo suyo y se van. Qué oficio tan raro el de ustedes dos.»
El de ustedes dos.
Ella lo vio. Vio al funcionario y me vio a mí y vio que éramos dos y el mismo, y lo dijo así, de lado, con esa manera suya de tocar las cosas por el borde. Y remató, en otro mensaje, un minuto después, el último del museo:
«En junio, antes de la graduación, ¿me guardas una tarde? Quiero pedirte una cosa y contarte otra.»
Pedirme una cosa y contarme otra. Junio. Una tarde.
Cerré el teléfono y me quedé sentado en la cama, con el saco todavía puesto, con el sobre todavía en el bolsillo, oyendo el ventilador dar vueltas, y por primera vez en seis años no corrí a ningún cuaderno ni a ninguna interpretación.
Me quedé quieto en el centro exacto de mi vida, sintiendo cómo la realidad —la lenta, la impredecible, la auditora— se acercaba por fin a mi dirección con un paquete que yo no había escrito.
Que fuera lo que fuera. Firmaría el acuse. Ya era hora.